Amadísimos en el Señor, sabéis que, tras la desobediencia del mandato divino, el alma no puede conocer a Dios a no ser que se aparte de los hombres y de todos los afanes. Entonces verá con cuanta energía le hace frente su adversario. Pero una vez visto el adversario que lucha con él y vencido el que a veces choca contra él, Dios habita en el alma, y de la tristeza pasa al gozo y al júbilo. Pero si es vencida en la batalla, le sobreviene la tristeza, la tibieza unida a otras muchas cosas y las molestias de todo tipo.
Por ello, los Padres vivían en el desierto de manera solitaria, como Elías el Tesbita y Juan. No penséis que éstos fueron justos entre los hombres por el hecho de que entre ellos pusieron en práctica la justicia, sino porque estuvieron en gran silencio y, por ello, recibieron las virtudes de Dios hasta el punto de habitar en ellos. Sólo entonces Dios los envió entre los hombres después de haber conseguido todas las virtudes para ser dispensadores de Dios y curar las enfermedades de aquéllos.
Eran, en efecto, médicos de almas, que podían curar la enfermedad de éstas. Por eso, arrancados del silencio fueron enviados a los hombres, pero sólo fueron enviados cuando habían sido sanadas todas sus enfermedades. No es posible que un alma sea enviada para edificar a los hombres mientras tenga algunas imperfecciones. Quienes salen antes de haber conseguido la perfección, van por decisión propia, no por voluntad de Dios. A propósito de éstos dice Dios vituperándolos: «Yo no los envié, pero ellos corrían». Como no pueden guardar su propia alma, mucho menos pueden edificar las almas de los demás.
Quienes son enviados por Dios, no se alejan voluntariamente del silencio. Saben que adquirieron la virtud divina en el silencio. Pero como no son desobedientes al Creador, salen para edificar espiritualmente, imitando al mismo Dios, tal como el Padre envió desde el cielo a su Hijo verdadero para sanar todas las enfermedades y debilidades de los hombres. Está escrito: «Él soportó nuestros dolores y llevó nuestras enfermedades». Por eso todos los santos que han ido hasta los hombres para sanarlos imitan al Creador en todas las cosas para hacerse dignos, al menos, de la adopción de hijos de Dios y vivir también por los siglos de los siglos con el Padre y el Hijo.
Amadísimos, os he mostrado la virtud del silencio, cómo lo sana todo y cómo es agradable a Dios. Por ello os he escrito para que os mostréis fuertes en el asunto al que os dedicáis y sepáis que todos los santos progresaron por el poder del silencio, habitó en ellos la virtud divina, les enseñó los misterios celestes y con su gracia destruyeron la vetustez de este mundo. El que os ha escrito esto llegó a esta altura por el poder del silencio.
Pero, en estos tiempos, hay muchos anacoretas que no son capaces de perseverar en el silencio porque son incapaces de vencer su propia voluntad. Por ello viven asiduamente entre los hombres, incapaces de despreciarse a sí mismos, de rehuir las costumbres del mundo y de esforzarse en el combate. De ahí que, abandonado el silencio, se queden con sus allegados para consolarse el resto de su vida. No son considerados dignos de la suavidad divina ni de que en ellos habite la virtud divina. Cuando aparece ante ellos la virtud, los encuentra buscando consuelo en el tabernáculo de este mundo y en las pasiones del alma y del cuerpo y, por tanto, no puede descender sobre ellos; más aún, el amor al dinero, la vanagloria de los hombres, todas las enfermedades del alma y los afanes impiden que la virtud divina descienda sobre ellos.
Pero vosotros os mostráis fuertes en el asunto al que os dedicáis. Quienes se alejan del silencio, no pueden superar sus propias pasiones ni pueden luchar contra su adversario, porque son esclavos de sus pasiones; pero vosotros vencéis también las pasiones y ojalá la virtud divina esté con vosotros.