Vosotros, eximios pastores de almas, entre las diversas tareas a que tenéis que prestar atención, atended sobre todo a esto: lo difícil que es regir almas y ponerse al servicio de la índole de cada cual, adaptándose a todos de modo que en nada os diferenciéis de los siervos, siendo señores de todos. Por lo cual, el mayor entre vosotros, para hacerse como el más joven, no se debe avergonzar de llamarse siervo de los siervos de Dios.
Queriendo mostrarnos el Apóstol cuál es la norma de este servicio, dice: Siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos; me he hecho todo a todos, para ganar a todos. El siguiente texto está ordenado asimismo a demostrar lo razonable de este servicio: Hazte pequeño en las grandezas humanas. Cualquier dignidad es indigna de tal nombre si desdeña las cosas humildes. La humildad es a la vez causa y guardián del honor.
Vean, pues, los que ocupan un puesto de honor, de mostrarse humildes en todo a ejemplo de Cristo. El, como maestro de humildad, siendo el que gobierna, se hizo como el que sirve; siendo el primero se portó como el menor arrodillándose a los pies de sus discípulos. Con este ejemplo de humildad, cual potente dispositivo, Cristo os urge a las cosas humildes, hasta haceros siervos de los mismos esclavos. Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo.
También vosotros, aunque seáis dioses, despojaos de vuestro rango y tomad la condición de esclavo, siendo de momento hombres entre los hombres, débiles entre los débiles, cargando con las necesidades y enfermedades de todos, como aquel que dijo: ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mí me dé fiebre? Es necesario que trabajéis más que los demás, ya que trabajáis por todos.
Si amáis a Cristo, amad también la justicia. Dios ha hecho a Cristo para nosotros sabiduría y justicia, cuando al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios. Cristo se hizo víctima del pecado y, como buen pastor, ha dado la vida por sus ovejas, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Con su sangre Cristo se adquirió la Iglesia y, para poner de manifiesto el exceso de amor con que la amó, derramó por ella su sangre y así dio curso a su caridad. Adquirida a tal precio, tan querida, tan amada, os la confió a vosotros, os la encomendó, fiándose de vosotros para que, por vuestro medio, también su marido se fíe de ella.
Así pues, en la medida en que amáis a Cristo y Cristo puede confiar en vosotros, custodiad a su esposa con fidelidad, mostrándoos celosos de ella, no por vosotros, sino por él; para que la presentéis como una virgen fiel a su esposo, nuestro Señor Jesucristo, que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.