Si realmente estás unido en el cuerpo de Cristo, todos los demás a una te asocian a sus oraciones y, juntos, imploran que se haga en ti la voluntad del Padre. Por tanto, no debemos minusvalorar esta unidad, ni hemos de tener en poco una tan firme comunión en Cristo, donde una es la voz de todos, unidos en una única fe, poseen a Dios en el corazón, lo aman con la misma caridad y gozan ya de él por la misma esperanza; juntos todos piden y buscan lo mismo, y llaman a una misma puerta de bondad.
Así pues, nada hay más valioso, nada más fecundo, nada mejor que todos sean uno y todos velen por cada uno y que cada uno vele por todos en el seno de la comunidad, a fin de que todos juntos se encuentren en Cristo formando una sola cosa. Precisamente en nombre de esta fe, de esta esperanza y de esta caridad nos enseñó que ningún fiel debe separarse de esta unidad.
Que nadie desconfíe, pues, de obtener del Padre lo que el Hijo único nos enseñó a pedir; que nadie omita por desidia las obras que nos enseñó ser propias de los hijos. Este es, a mi juicio, el poder que ha dado a los hombres de llegar a ser hijos de Dios. Por lo cual hizo preceder las obras del poder, para que de él dimane la adopción de nuestra libertad. Por esto nos da la audacia de rezar la oración que él nos dio y nos enseñó, para que la gracia supla nuestra insuficiencia. De donde se sigue que, cuando uno de nosotros, por más remoto que esté de los demás, y aunque se oculte en los lugares más recónditos, da a Dios el nombre de Padre, ha de caer en la cuenta de que el don de una gracia tan grande ha sido concedido, no separadamente a cada cual, sino a todos comunitariamente.
Por eso, nadie debe pavonearse, diciendo: Padre mío que estás en los cielos, sino Padre nuestro, pues la expresión primera compete únicamente a Cristo, de quien Dios es Padre en sentido propio. Por eso dijo significativamente en otro pasaje: Subo al Padre mío, para añadir en seguida: y Padre vuestro. Con estas palabras insinúa, con la suficiente distinción que a él le compete, una gloria especial por cuanto es Hijo por naturaleza, mientras que la gracia global de la adopción fue colectivamente concedida a todos por gracia. Es, pues, evidente, en el primer caso la consustancialidad de la naturaleza, y, en el segundo, la bondad del Señor, y, en ambos, es comparticipado el nombre de la paternidad.
De esta forma caemos en la cuenta cuantos somos lavados por la misma agua bautismal, de que, en él, todos hemos de ser hermanos y estar recíprocamente unidos por el vínculo de la fraternidad. Fijaos hasta qué punto hemos de considerar fiel y dichosa la oración que nos enseñó el doctor de la vida y el maestro celestial; mirad qué felices podemos ser nosotros, si la observamos no sólo proclamándola con la boca, sino viviéndola con fidelidad; ved qué esperanza cierta de salvación ha sido otorgada a los creyentes, cuán grande es el amor con que el Creador nos envuelve, qué cúmulo de misericordia y de bondad se nos da por anticipado, que abundancia de gracia y qué don de confianza nos es concedido, que quienes no fuimos dignos siervos tengamos el atrevimiento de llamar a Dios Padre. Es necesario, pues, que vivamos y nos comportemos como hijos de Dios, para demostrar con las obras y nuestro tenor de vida que somos realmente lo que nuestro nombre indica.