Fiado en una increíble inconsciencia, creyó el pueblo judío que jamás caería en manos de sus enemigos y que ni siquiera sería atacado por ellos; al contrario, pensaba que podría llevar una vida pacífica y rodeada de una profunda tranquilidad, aun cuando ofendiera a Dios y llegare hasta el no-va-más de la impiedad. De hecho, se postraron ante los ídolos y ofrecieron sacrificios a dioses falsos en los altares y en las ermitas erigidas bajo cualquier encina o álamo, ofreciéndoles libaciones, con absoluto desprecio de la gloria debida al Dios santísimo.
Efectivamente, por boca del profeta Jeremías dirige a los habitantes de Jerusalén estas palabras: No digáis: Es el templo del Señor, porque si de verdad y con seriedad no enmendareis vuestra conducta y vuestras acciones, trataré a esta casa lo mismo que traté a Siló. Los fustigó también por medio del profeta Miqueas, diciendo: Sus jueces juzgan por soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas adivinan por dinero: Y encima se apoyan en el Señor, diciendo: «¿No está el Señor en medio de nosotros? No puede sucedemos nada malo». Por vuestra culpa será arado Sión como un campo, Jerusalén será una ruina; el monte del templo, un cerro de maleza.
Parece referirse aquí a la devastación que tuvo lugar en tiempos de Jeconías: reprocha ásperamente a los israelitas el que, hallándose ya en esos mismos males y rodeados como estaban de gravísimas e inaplazables calamidades, rehusaron hacer lo que las circunstancias requerían y lo que hubiera podido granjearles la benevolencia de lo alto. Pues lo que procedía era llorar y hacer duelo, subir a la casa de Dios, decretar días de penitencia, suplicar que se echara en olvido la culpa de quienes se habían desviado, y solicitar únicamente de él una ayuda subsidiaria.
Es lo que les enseñaba, diciéndoles por boca del santo profeta: Vestíos y haced duelo, sacerdotes; llorad, ministros del altar; venid a dormir en esteras, ministros de Dios, porque faltan en el templo de Dios ofrenda y libación. Proclamad el ayuno, congregad la asamblea, reunid a los ancianos, a todos los habitantes de la tierra, en el templo de nuestro Dios, y clamad al Señor: ««¡Ay de este día!» Esto es lo que convenía hacer, aplacando de esta suerte al Dios irritado, que es capaz de salvar. Muy al contrario, engreídos quizá e hinchados de confianza, ni les pasó por la cabeza actuar de este modo, y contraviniendo los ritos de los padres y del país, volvieron a los altozanos. Por todas partes se oían llantos y lamentos de las mujeres y de los niños, consumidos de hambre y de sed. Pues en las ciudades asediadas, es inevitable que sucedan estas cosas.
Hubiera sido necesario llorar para conseguir el arrepentimiento, hubiera sido preciso derramar lágrimas en presencia de Dios. Mirad —dice—, antes de presentar batalla, antes de empuñar la espada, antes de planear la resistencia, la ciudad está ya llena de cadáveres. Es por tanto útil y necesario para la salvación que quien esté en situación de aplacar al Dios salvador con estas cosas, las ofrezca religiosamente, aun cuando se encuentre en gravísimas dificultades. Es lo que canta el bienaventurado David, diciendo: ¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre que confía en ti!