
Uno de sus monjes atestigua que "era un hombre de incomparable sencillez y pureza de corazón, amable con todos por su dulzura y mansedumbre, fuerte en la adversidad, grande en el amor". Bertrando se dedicó a la predicación y viajó a menudo al sur de Francia para combatir los errores de los albigenses, que le persiguieron y le obligaron a abandonar su abadía y vivir en Italia durante dos años. El 31 de marzo de 1145, Bertrando y los monjes de la comunidad de Grandselve, fundada en 1117 y que observaba la regla de San Benito a la manera cisterciense, se asociaron formalmente a la Orden, sobre todo por obra de San Bernardo, al que tenía en gran estima.
Bertrando, desde el principio de su vida monástica, se preocupó de meditar todos los días el Evangelio y de mantenerse en un estado de gran pureza, hasta el punto de que nadie se atrevía a llevarle noticias de acontecimientos ajenos a la vida religiosa. Con sólo oír el nombre de Jesús, las lágrimas brotaban de sus ojos y durante la misa, según él mismo contaba, tenía a menudo apariciones celestiales. Murió el 11 de julio de 1149 y fue venerado en Grandselve los días 20 de noviembre, hasta la destrucción del monasterio.
Traducido para ETF del artículo de Alfonso Zimermann en Enciclopedia dei Santi, recogido en Santi e Beati