
Aunque el Santoral contiene las referencias y artículos extensos sobre cada uno de los Doce, incluyendo a San Matías, es conveniente reflexionar unificadamente acerca de ellos, para no perder de vista el sentido de esta original institución de Jesús, tan importante que los primeros Doce decidieron volver a completarla tras la defección de uno de ellos (Hech 1,15-26). Claro que eso mismo nos aboca a una pregunta que deberemos hacer conforme avancemos en la comprensión: si era tan importante, ¿por qué no se volvió a completar el colegio de los Doce cuando nuevas circunstancias lo diezmaron?
Pero comencemos por lo más elemental: cómo se llamó este Colegio de discípulos del Señor.
Estamos tan acostumbrados a la expresión «doce apóstoles» que nos parece que las tres mencionadas en el título son equivalentes, y lo más probable es que no reparemos en los usos diferenciados que tienen en los evangelios.
Comencemos con Marcos, quien, según el consenso exegético actual, fue el primero en escribir un evangelio, poco antes del año 70(1). En él se utiliza varias veces la expresión «los Doce» para referirse a los seguidores más cercanos de Jesús. La primera vez es en 3,14, donde nos introduce esa institución: «instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos [apostélle] a predicar», ¿doce qué?, preguntaríamos. Pues bien: doce personas o doce discípulos; pero él no lo dice, dice simplemente «doce». Pero casi a renglón seguido, en 3,16, agrega: «Instituyó a los Doce, y dio a Simón el nombre...» Fácil es ver que aquí ya «doce» no es el numeral sino el nombre del grupo, la frase misma nos lleva a escribirlo con mayúsculas (a diferencia de como debe ponerse en el v. 14), y es muy notoria la presencia del artículo determinado, que los singulariza.
Lamentablemente esta mitad del versículo no es segura en los manuscritos, los hay que lo traen y los hay que no lo traen, sin embargo lo más probable es que sea original, precisamente porque entre una y otra mención hay una diferencia de perspectiva: el v. 14 enuncia la acción de Jesús de escoger a doce, el 16 enuncia el resultado conocido ya por las iglesias a las que se dirige Marcos: la institución nuclear de los Doce.
Es interesante que Marcos asocia a los doce tanto con el seguimiento discipular («para que estuvieran con él») como con el apostolado («para enviarlos a predicar»), algo que, como veremos, traerá algunas confusiones de título posteriores.
De momento pongamos atención en un aspecto: el llamado de los discípulos se produjo al inicio de la vida pública, en los capítulos 1 y 2, mientras que esto que dice en el cap. 3 se refiere específicamente al grupo especial de los Doce (ahora sí, con mayúsculas).
En el resto del evangelio la denominación de «los Doce» (con artículo) es constante: Mc 4,10; 6,7; 9,35; 10,32; 11,11; 14,17.20; junto con la mención de Judas como «uno de los Doce» en 14,10 y 14,43. Este nombre está siempre sin ningún especificativo, ni doce apóstoles, ni doce discípulos, sino simplemente «los Doce».
Hay dos de estas citas de Marcos que me gustaría destacar: la de 4,10, que dice: «los que le rodeaban y los Doce le preguntaban», que nos muestra que los destinatarios de la enseñanza, incluso en algo tan clave y en cierto modo «iniciático» como las parábolas (ver 4,11), no son sólo los Doce sino otros seguidores que rodean a Jesús (algunos manuscritos traen directamente «sus discípulos», en vez de «los que le rodeaban y los Doce»). La otra que me parece interesante y curiosa es 14,20, cuando Jesús les advierte que el traidor será «uno de los Doce, que está mojando en la misma fuente que yo»... ¡no da la impresión de que allí estuvieran sólo Jesús y los Doce, como en los cuadros de la Última Cena y en nuestra representación mental! No hubiera hecho ninguna falta aclarar que el traidor pertenecía a los Doce si hubieran estado sólo los doce.
Reservemos de momento estas curiosidades, que irán cobrando importancia con la lectura de los otros testimonios.
San Mateo escribe después de Marcos, entre el 70 y el 80 d.C., y no sólo después, sino en la estela de Marcos, a quien respeta profundamente. Por supuesto esto no le impide a Mateo ampliar el material de Marcos con tradiciones que a este le fueron desconocidas (por ejemplo, lo que los especialistas llaman «la fuente Q», es decir, lo que traen Mateo y Lucas, pero no Marcos), y corregir la expresión de Marcos cuando le parece dura o confusa. A veces, sin embargo, los cambios no obedecen a «problemas» de Marcos, sino a cambios de perspectiva teológica entre uno y otro.
Ello precisamente parece ocurrir con el tema de los Doce. Al igual que Marcos, Mateo habla inicialmente de discípulos, y no menciona específicamente a doce, sino que más bien parece un número indeterminado (ver Mt 5,1; 8,21.23; y otros), pero al llegar a la institución de los Doce nos dice: «y llamando a sus doce discípulos, les dio poder... los nombres de los doce enviados [apostólon] son:... a estos Doce envió [apestéilen]» (10,1.2.5)
Da la impresión de que esos indeterminados discípulos mencionados hasta ahora resultaban ser no más que los doce, aunque la verdad es que no queda del todo claro, es decir: si había muchos, de entre los que escogió a doce, o si sólo había doce, y los escogió como especial colegio (pero atención a 12,49 donde queda claro que los discípulos son un amplio círculo). Si nos guiamos por Marcos, es lo primero, pero a la vez Mateo deja más clara la unión entre institución y envío.
Quizás algún lector perspicaz se ha dado cuenta que traduje «los nombres de los doce enviados» en vez de «los nombres de los doce apóstoles», como suele ser corriente. Ocurre que en el consenso exegético más bien se suele entender que aquí la palabra «apóstol» no tiene todavía un sentido técnico/programático (como lo tendrá en Lucas y lo tendrá para nosotros) por eso es preferible entenderla en su significado idiomático más que en su valor teológico.
En el resto, Mateo sigue las formulaciones de Marcos, pero en la Cena, luego de mencionar que la cena la preparan los discípulos, dirá que «se puso a la mesa con los Doce», con lo cual, si seguimos la representación marcana, imaginaremos que, en una sala llena de discípulos, Jesús está a la mesa donde están los Doce, mientras que si seguimos nuestra representación pictórica/tradicional, imaginaremos que en la Cena sólo están los Doce, y Jesús se puso a la mesa con ellos. La ambigüedad de Marcos 14,20 ha desaparecido.
Como podemos ver, Mateo ahonda en la representación de que los Doce son, no sólo un grupo inicial relevante en el ministerio de Jesús, sino el verdadero núcleo inicial.
Y llegamos así a San Lucas, entre el 80 y el 90. Él menciona también a los Doce en 8,1; 9,1; 9,12; 18,31; 22,3; 22,30 y 22,47; con una particularidad: ya los conoce como «los doce apóstoles», un título que a nosotros nos suena familiar, pero que, como vemos, no surge naturalmente de la mención de «los Doce». De hecho, san Lucas habla de «los Doce» mucho antes (en términos del desarrollo de la historia narrada) que Marcos y Mateo, en 6,13 dirá: «Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles.» Como vemos aquí «apóstoles» no es solamente la cualidad de enviado, es también un nombre específico de los Doce. Realmente son «los doce apóstoles» tal como nosotros los conocemos.
En el resto del evangelio la denominación no difiere de Marcos y Mateo, pero cuando llega la Cena, no dirá que se puso a la mesa con los discípulos, como Marcos, sino que «se puso a la mesa con los apóstoles», es decir, con los Doce, a los que precisamente había llamado «apóstoles».
¿Son estos los únicos «enviados»? En realidad no. De hecho, san Lucas es el único que refleja la existencia de una misión de setenta y dos discípulos (o setenta, según algunos manuscritos, lo que no modifica el argumento), además de la misión de los Doce: en Lc 10,1-17 se menciona la misión de los setenta y dos, con el mismo vocabulario de envío que con los Doce, es decir que el verbo principal sigue siendo «apostello», pero ya no son llamados «apóstoles», un título que, en san Lucas, queda ligado exclusivamente a los Doce, como hemos visto, aunque sólo para el evangelio, como veremos enseguida al comparar con el uso en Hechos.
En Hechos resulta también natural (para nosotros) leer: «Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles.» (Hch 1,26), donde «apóstol» no expresa la cualidad de «enviado», sino la pertenencia al colegio de los Doce.
Todo esto refleja una comprensión bastante tardía de los términos, con una representación muy empobrecida de los orígenes de la Iglesia, apta para una apologética de la admiración: «¡mirad, sólo empezó con doce!!!». La realidad es que el propio Lucas refleja otra comprensión de los orígenes cristianos, mucho más compleja y rica: no sólo registra los setenta y dos «enviados» tras los «doce apóstoles», sino que nos dice que la iglesia inicial constaba de, al menos, 120 miembros (Hch 1,15), una cifra, sin duda, de valor también simbólico (es decir: 12 x 10, como plenitud de la comunidad), pero que, sin embargo, está más cerca de los reales inicios cristianos, en los que Jesús atrajo y escogió a unos pocos, para algo que atraía también a muchos otros: una iglesia inicial no menos diversa y compleja que la Iglesia de tiempos posteriores, que la Iglesia actual. Y una Iglesia en la que también hay lugar para llamar «apóstoles» a Pablo y Bernabé, como lo hará en Hch 14,4.14.
Parece que Juan también lo entendió así: si bien es posterior a san Lucas, más allá del año 90, no aceptó ceñir la imagen de la Iglesia de Jesús a los Doce, y desde el principio mostró una iglesia donde los Doce (Jn 6,67; 6,70; 20,24) ocupaban un lugar junto a los «discípulos» (Jn 2,2.11.12.17 y muchos más), un conjunto mayor, pero tan cercano a Jesús como los Doce, como lo prueba el título de «discípulo amado» que escogió el Cuarto Evangelio para reflejar el ideal del seguidor de Jesús, a pesar de que la tradición posterior prefirió asimilarlo a los Doce con la identificación de «apóstol Juan», que nunca se le da en el propio evangelio, no porque él desvalorice a los Doce, sino porque aprecia de manera especial el discipulado, que no se ciñe necesariamente a ellos.
Identificar a los Doce con los únicos discípulos o apóstoles iniciales de Jesús achica la tradición y empobrece la mirada sobre la Iglesia inicial. No lo ha hecho ninguno de los cuatro evangelios, a pesar de que san Lucas haya entendido esos términos casi como tecnicismos (pero sin perder de vista que hubo más enviados y más seguidores). Los Doce fue un grupo especial en los orígenes cristianos, algo que Jesús quiso decirnos a través de ellos, y que restringiéndolos a ser los primeros seguidores y los únicos enviados, nos perdemos de escuchar.
Los estudiosos de la historia de Jesús han debatido mucho acerca de si la elección de doce es algo que puede ser pensado en el horizonte de la predicación de Jesús o es una retroproyección que hizo la iglesia posterior de su propia estructura organizativa. En general, en el consenso actual, se está de acuerdo con que no se trata de una mera retroproyección, sino de que realmente fue Jesús quien le dio esa estructura de colegio especial a los Doce, para decir algo a los suyos.
En realidad el número de doce no es nada casual. Cualquier lector bíblico sabe que ese número juega un papel simbólico en el conjunto del texto, con los doce hijos de Jacob y las doce tribus como modelo de comprensión total del pueblo de Dios. Quizás nunca lleguemos del todo a saber por qué «doce» y no diez o catorce (hay distintas hipótesis al respecto, que no vienen al caso), pero lo cierto es que pensar en que cuando llegaran «los tiempos últimos» Dios restauraría la unidad del pueblo de Dios en torno a una nueva totalidad de doce no es algo completamente original de Jesús.
La comunidad de Qumram, anterior y contemporánea del movimiento de Jesús, tenía un consejo de gobierno de doce hombres, junto al que además, proveniente de ellos mismos o aparte, destacan tres (que hace pensar en la terna que Jesús destaca de entre los Doce para algunos momentos especiales, como la transfiguración):
«En el consejo de la comunidad (habrá) doce hombres y tres sacerdotes, perfectos en todo lo que ha sido revelado de toda la ley, para practicar la verdad, la justicia, el juicio, el amor misericordioso y la conducta humilde de cada uno con su prójimo, para preservar la fidelidad en la tierra con una inclinación firme y con espíritu contrito, para expiar por el pecado practicando el derecho y sufriendo las pruebas, para marchar con todos en la medida de la verdad y en la norma del tiempo.» (Regla de la Comunidad, 1QS 8,1-4, tr. F. García Martínez).
Como parece claro, estos doce tienen como misión expresar la llegada de los «tiempos últimos», la restauración final de Israel. En el caso del movimiento de Jesús, posiblemente la elección de este símbolo está estrechamente ligada a su predicación del «Reinado de Dios», no como algo futuro o en advenimiento, sino como realmente llegado ya a nosotros (Mt 12,28//Lc 11,20), en el cual, por tanto, se hace necesario visibilizar que se han cumplido, en Jesús y su movimiento, las promesas de restauración del conjunto de Israel, que venían repitiéndose desde los antiguos profetas:
«El número de doce sólo puede interpretarse en estos términos: Jesús era consciente de haber sido enviado a las doce tribus de Israel; no sólo a los que vivían en Palestina, sino a toda la diáspora. Quiso unir y reagrupar a Israel con ayuda de los doce discípulos. El grupo de los Doce representa ya al pueblo de las doce tribus restaurado y goza, además, de una promesa especial...» (Theissen-Merz, El Jesús histórico, Ed. Sígueme, 1999, pág. 241). La promesa especial a la que los autores se refieren es la expresada en Mt 19,28, de sentarse en tronos para juzgar, como verdaderos dirigentes, a las doce tribus del nuevo Israel.
Los primeros cristianos entendieron con naturalidad que el número de doce debía ser respetado literalmente, ya que esperaban una venida inminente y visible del Señor resucitado, y había de encontrar a su Iglesia preparada para ese juicio de Israel. Eso hace comprensible que en la primera generación haya habido preocupación por reemplazar el lugar vacante dejado por el traidor, tal como lo relata Hechos 1,15-26. Este mismo texto pone ciertas condiciones que muestran hasta qué punto imaginaban que tal vuelta del Señor iba a ocurrir muy pronto: el candidato debía haber estado en el movimiento de Jesús desde el principio, desde el bautismo de Jesús por Juan (Hch 1,22), y ser testigo de la resurrección (se entiende que de las apariciones del Resucitado). No es posible saber si sólo dos (es decir: José Barsabas y Matías, Hch 1,23) cumplían esas condiciones, o si sólo dos fueron presentados a la elección, pero podría haber habido más candidatos. Lo que es importante señalar es que las condiciones dependían de circunstancias históricas que no se podrían cumplir más adelante. Efectivamente, la suerte de los Doce se pierde en la bruma de la historia. Ni siquiera Hechos narra su final, simplemente aceptamos, con la tradición posterior, que los doce se dirigieron a distintos destinos evangelizadores y en ellos entregaron su vida (generalmente a través del martirio). Pero ya nadie intentó reunirlos en un nuevo Colegio. Parece que con naturalidad la Iglesia fue desprendiéndose de la literalidad con la que había leído la promesa de una vuelta inminente del Señor, y con la misma naturalidad se desprendió de la literalidad del número doce.
Jesús reunió a los Doce como señal de una era renovada, pero no limitó su círculo a esos doce, por el contrario, se dirigió a todos los judíos, incluyendo explícitamente a los «perdidos», las prostitutas, los publicanos, los pecadores. Su movimiento daba cabida a todos, hombres, mujeres, niños, de toda condición, sin limitación de número. Y con tal potencial de llamamiento que la propia Iglesia inicial fue entendiendo (no sin conflictos internos, Hch 9-10) que debía romper el cerco del judaísmo y llegar también a los gentiles. En esa extensión de la proclama del Reinado de Dios, el propio número de doce fue quedando sin referencia y fue finalmente abandonado. No obstante aquello que quiso decir Jesús permanece: en su mensaje, en su proclamación, y en la acción de la fe en el mundo, el reinado de Dios se acerca a los hombres, y algo en la condición humana se restaura, y llega a ser como Dios mismo lo había pensado: la gran familia de Dios, anticipada en la pequeña familia de Jacob.
Todo este desarrollo que hemos visto nos prepara para aceptar un hecho en el que quizás no habíamos reparado: si Jesús pensó a los Doce como una institución específica y significativa de su movimiento, y no simplemente como una reunión de doce seguidores, es posible que a lo largo del tiempo que haya durado su predicación algunos miembros de ese colegio hayan podido ser reemplazados por otras personas. Esto explicaría algunas vacilaciones en el modo como la tradición evangélica recogió los nombres. Hace tiempo que los especialistas mostraron que los listados de los Doce se muestran en los Sinópticos y Hechos (Juan no trae listado) en tres grupos de cuatro nombres, no en una simple retahila de doce miembros. En esos tres grupos ocurre algo curioso: el primer nombre del grupo no cambia, y los restantes nombres pueden cambiar de lugar dentro del grupo, pero no cambian de grupo. Veamos los cuatro:
| Mc | Mt | Lc | Hch |
|---|---|---|---|
| primera serie | |||
| Pedro | = | = | = |
| Jacobo(2) de Zebedeo | Andrés | Andrés | Juan de Zebedeo |
| Juan de Zebedeo | Jacobo de Zebedeo | Jacobo de Zebedeo | Jacobo de Zebedeo |
| Andrés | Juan de Zebedeo | Juan de Zebedeo | Andrés |
| segunda serie | |||
| Felipe | = | = | = |
| Bartolomé | Bartolomé | Bartolomé | Tomás |
| Mateo | Tomás | Mateo | Bartolomé |
| Tomás | Mateo | Tomás | Mateo |
| tercera serie | |||
| Jacobo de Alfeo | = | = | = |
| Tadeo | Tadeo (Lebeo, en algunos manuscritos) | Simón Zelote | Simón Zelote |
| Simón Zelote | Simón Zelote | Judas de Jacobo | Judas de Jacobo |
| Judas Iscariote | Judas Iscariote | Judas Iscariote |
Las vacilaciones son adecuadas a una transmisión oral que ha tenido que buscar la manera de recordar nombres que eran muy propios de judíos, pero que cuando la comunidad se amplió, quizás ya no sonaban tan familiares. Muy posiblemente el agrupamiento en tres series de cuatro, con un nombre fijo en cada una, sea una cuestión mnemotécnica. Y no deja de ser significativo que los mayores problemas se dan en la tercera serie, es decir, donde posiblemente la tradición oral puso lo que le resultaba menos familiar, los menos o nulamente nombrados en los demás textos, y con el traidor en último lugar. En cuanto a Tadeo, Lebeo y Judas de Jacobo, no es posible saber si se trata de una misma persona, o de tres personas que han estado en distintos momentos en el grupo de los Doce, que es lo más probable. La tradición armonizadora ha producido el personaje histórico de «Judas Tadeo», que no pasa de ser un intento de resolver el problema sin cuestionarse demasiado acerca de la naturaleza de este Colegio tan especial.
A los primeros Padres de la Iglesia, los de los siglos II y III, debemos en gran medida los esquemas fundamentales con los que comprendemos nuestro pasado y nuestros inicios como Iglesia. En muchos casos, la formación de esos esquemas estuvo condicionada por un problema que la Iglesia del siglo I, la de la redacción de los evangelios, no había llegado a vivir: el choque de la fe cristiana con el gnosticismo y sus derivados, es decir, la confrontación de una fe que decía que todo lo fundamental había ocurrido en la historia concreta de hacía 100 o 200 años, con una comprensión "espiritual", "simbólica" y en definitiva "desencarnada" de todos esos mismos puntos de la fe, tal como los proponían las corrientes gnósticas que —estoy simplificando mucho la enorme variedad de este movimiento— veían en la fe cristiana algo así como un reflejo simbólico del camino interior de cada hombre hacia un renacimiento y una iluminación personal, que lo sacarían de este eón, de este mundo y de este cuerpo para transportarlo hacia su verdadero yo, hacia el conocimiento (gnosis) de su verdadero ser interior y divino.
Los gnósticos aprovechaban cada resquicio "no historicista" de los evangelios para mostrar que la verdadera historia de Jesús no era en la carne, ni su gesta tenía que ver con una cruz concreta que había sido padecida en un tiempo histórico anterior. Se comprende que los Padres hayan cerrado filas en torno a leer los evangelios como biografías, en las que los datos discordantes debían ser, por fuerza, neutralizados.
Se comprende y agradece esta enorme tarea de armonización que emprendieron, pero lamentablemente se llevaron por delante a veces fragmentos de historia concreta que hubiera sido precioso reconocer, antes de que muchos siglos más tarde tuviéramos que tratar de reconstruirla con nuestros métodos críticos.
Así, por ejemplo, nos transmitieron una noción de la redacción de los evangelios que buscaba acortar la distancia entre los textos y los hechos históricos narrados en ellos: los autores de los evangelios habían sido apóstoles (Juan, Mateo), o secretarios o discípulos inmediatos de apóstoles (Marcos, Lucas). Esto parece un detalle menor, pero al eliminar los más de 30 años de tradición oral entre los hechos ocurridos y los evangelios que los cuentan, se pierde la dimensión encarnada de la revelación: Dios no le dictó nada a ningún testigo privilegiado, Dios se reveló en la historia, y a través de la historia, como lo había hecho siempre. Dios se dejó ver en la vida de la Iglesia, y ella encontró en su propia vida la verdad de ese Jesús que había pasado "haciendo el bien".
Una vez convertidos los evangelios en testigos oculares ellos mismos (y no en dependientes de segunda generación de los testigos oculares, como lo afirma explícitamente Lucas en su prólogo), era impensable que, por ejemplo, pudiera haber diferentes listas de los Doce, era impensable que una memoria que dependía, para lo visible de los testigos oculares y para lo invisible de la revelación directa —¡el dictado!— del propio Dios, nos hablara de un Judas y un Tadeo... ¡no! debía ser «Judas Tadeo».
Pero además, si la Iglesia no hace nacer los evangelios, seguramente es porque de los evangelios nace la Iglesia, que entonces ya estaba toda formada en el texto mismo, así que la estructura posterior tiene que estar contenida explícitamente en la inicial, y así se proyecta sobre la época de Jesús lo propio de una iglesia posterior que es necesariamente apostólica, puesto que se está expandiendo, de allí que los Doce, los únicos que mencionan los evangelios con algún detalle, tienen que ser los antecedentes inmediatos de los apóstoles posteriores. De allí las numerosas leyendas que van surgiendo sobre cómo tal miembro de los Doce fundó tal iglesia.
No es que sea imposible que los miembros de los Doce, así como muchos otros apóstoles hayan fundado iglesias posteriores, pero no lo hicieron en tanto miembros de los Doce, puesto que esa función escatológica se perdió.
Es una pregunta legítima. Diría que el sólo hecho de tener mayor claridad sobre el origen de la Iglesia es ya una importante ganancia. Pero además, nos sirve para entender mejor a Jesús y su proyecto, nos sirve, por ejemplo, para no identificar livianamente a los Doce, una institución de significado escatológico, con nuestra Iglesia, que se mueve en la historia, con todas las contradicciones de la historia. Los obispos son los sucesores de los apóstoles, sí, pero no son una repetición "ad infinitum" del colegio de los Doce, que no fue replicado (ni puede serlo) nunca, que Jesús lo dio como signo y tal vez lo quitó también de la historia, quizás para que aprendamos a construir su Reino, sin identificar nunca su Reino con ninguna de nuestras parciales realizaciones históricas, en una historia que a la vez está consumada —en Él— y aún pendiente de realización —en nosotros—.
(1) Los años que doy en el escrito: antes del 70 para Mc, entre 70 y 80 para Mt, 80-90 para Lc y más de 90 para Jn son esquemáticos, a los efectos de representárnoslos visualmente en una línea de tiempo, cada una de estas fechas es debatida por los especialistas, pero las relaciones aproximadas que aquí aparecen son correctas.
(2) A pesar de lo arraigada que está la costumbre de "cristianizar" el nombre de Jacobo por Santiago (apócope español de Sant'Yago, es decir Sant Iaacov), conviene no olvidar que se trata de un nombre de los más comunes en la época de Jesús, que muchos judíos llevaban con orgullo, no sólo un par de seguidores de Jesús.