
Con el nombre de «mártires del Zenta» nos referimos a un grupo de cristianos que fueron muertos en su afán de acercar a la fe a los nativos del valle del Zenta, en la provincia de Salta, República Argentina. De estos solo se conocen los nombres del sacerdote jujeño Pedro Ortiz de Zárate y del jesuita de Cerdeña, Juan Antonio Solinas. Del resto solo se sabe que habia un Cacique de nombre Jacinto, dos españoles, un negro, un mulato, una mujer indigena, 2 niñas y 16 indios.
Don Pedro Ortíz de Zárate
Nació en 1622, único hijo varón de un encomendero y, por lo tanto, uno de los poderosos del lugar. La cruz lo acompañó desde muy joven. Perdió a su madre cuando tenía 11 años y su padre cuando tenía 16.
A los 22 años ya fue nombrado alcalde de Jujuy, de donde fue alcalde tres veces. También tenía a su cargo las Encomiendas de los Paypayas y Ocloyas. Administraba un territorio enorme con población española e india de diversas etnias. Se puso al hombro con hondo sentido cristiano la variopinta sociedad jujeña de entonces poniendo tambien sus bienes al servicio de la sociedad: ejemplo de gobernante.
En 1644, se casó, con 22 años, con Petronila Argañaraz y fue un matrimonio que resolvió un serio conflicto entre grandes familias y aportaba paz a la región. Por el camino del matrimonio tambien el Señor lo fue llevando para servir a los demás, comenzando por la familia. Con Petronila tuvieron dos hijos, pero su esposa murió tras diez años de matrimonio. Se ocupo de la educación de sus hijos que puso también al cuidado de su suegra.
Estudio Filosofia y Teologia y a los 36 años fue ordenado sacerdote. Dejó sus riquezas para dedicarse a tareas humildes.
Tres años mas tarde fue nombrado párroco de Jujuy; dedicó 24 años a la parroquia. Para enriquecer la liturgia hizo venir músicos de Perú. Con sus bienes atendia a los enfermos.
Defendió a los indios en las encomiendas y abrió capillas en cada una, aportandoles un refugio sagrado.
Padre Juan Antonio Solinas, S.J.
A 10 kilómetros de Nuoro, en la isla de Cerdeña, se encuentra Oliena, el pueblo donde nació Juan Antonio Solinas, el año 1643.
En su educación tuvieron un papel determinante los padres jesuitas, que se establecieron en la localidad pocos años después de que naciera Juan Antonio. Allí oyó hablar de los misioneros en tierras lejanas, de Francisco Javier y de las reducciones de los guaraníes en Paraguay, en cuya capital, Asunción, se encontraba trabajando un paisano de Juan Antonio, el padre Bernardino Tolu.
En ese clima surgió su vocación religiosa, de modo que a los 20 años, el 13 de junio de l663, ingresó en el noviciado de Cagliari. Uno de sus conocidos y contemporáneo resume estos años escribiendo que Juan Antonio “se entregó tanto a Dios, como si no fuera de esta vida”.
Cuando el estudiante Solinas concluía su trienio de magisterio, llegaba a Europa el P. Cristóbal Altamirano, quien había recibido el encargo de volver a su provincia paraguaya con 35 religiosos, destinados a trabajar en las Indias. También nuestro joven estudiante sardo fue elegido como miembro de esta expedición. Para ello tuvo que dejar Cagliari y viajar hasta Sevilla. En dicha ciudad se ordenó sacerdote el 27 de mayo de 1673.Cuatro meses después (16 de setiembre de 1673), desde Cádiz zarpó con sus compañeros a Buenos Aires, adonde llegaron, después de cinco meses de navegación, el 11 de abril de 1674. En la lista de los misioneros se describía a Juan Antonio de este modo: “moreno, pelo y barba negros, mediano de cuerpo y de veintiocho años”. Se adivina una juventud pujante, con un promisorio futuro por delante, que a imitación de Iñigo de Loyola, en vez de perderse en sueños de caballería, escoge decididamente “la estrecha senda de los pocos sabios que en el mundo han sido”.
El Martirio
En su deseo de llevar el Evangelio a los nativos de los valles orientales, Don Pedro y el padre Juan Antonio Solinas solicitaron la colaboración de otro misionero jesuita y sin demora se dirigieron a esta región.
En octubre de 1683, los dos sacerdotes y algunos acompañantes: dos españoles, un mulato, un negro, una mujer indígena, dos niñas y dieciséis indios, estaban en su capillita en medio de una pradera rodeada de bosques, en las cercanías del río Bermejo y del río Santa María, esperando una caravana que traía provisiones desde Salta.
Entonces se presentaron 500 indios o más con armas y pinturas. Unos 150 eran Tobas, el resto eran guerreros Motovíes con 5 caciques. No había entre ellos niños ni mujeres. Durante unos días les rodearon, los misioneros les ofrecieron regalos, vestidos y alimentos, y los indios respondían con sonrisas, pero sin dejarles moverse, como si esperaran más refuerzos.
Un cacique amigo, de los indios Mataguayos, advirtió en secreto a los sacerdotes que iban a ser asesinados. La mañana del 27 de octubre de 1683 los sacerdotes oraron y celebraron misa. Después hablaron de Dios con sus asediadores en tono amistoso.
Por la tarde, los indios, al parecer azuzados por hechiceros, arremetieron con flechas, lanzas, garrotes y macanas, contra los misioneros y todos sus acompañantes. Los mataron, los desnudaron y les clavaron una flecha a cada uno, ya muertos, y les cortaron a todos la cabeza para llevárselas.
Cuando llegaron tropas españolas desde Salta, el sargento mayor Lorenzo Arias quería atacar y matar a los culpables, pero el padre Diego Ruiz que le acompañaba lo impidió: “Hemos venido a convertir infieles, no a matarlos”.
Puede encontrarse un resumen de la obra Mons. Salvatore Bussu "Martiri Sensa Altare" en la página web de donde provienen estas pinceladas biográficas. Inicialmente la causa de beatificación incluía a los anónimos compañeros de los dos sacerdotes, pero en 2002 la Congregación para las Causas de los Santos decidió retirarlos por la falta de documentación para continuar adelante con el proceso.