
Si hubiese que hacer un resumen sobre su vida, decir, en unas pocas líneas cómo vivió, quizás habría que decir que fue uno más. Que tuvo una vida absolutamente ordinaria, pero que, con sus valores y sus virtudes, hizo que fuera extraordinaria, que se saliera de lo común, que alcanzara, con su bondad, a tantas personas.
Nació en un barco en medio del Océano Atlántico. Era 3 de julio de 1813 y sus padres, Gerardo Vera y Josefa Durán, viajaban hacia la Banda Oriental desde las Islas Canarias.
Por un conflicto el barco desvió su camino y paró en Santa Catarina, en Brasil. Allí fue bautizado, un mes después de su nacimiento, en la Catedral de Florianópolis.
Su infancia y adolescencia, sin embargo, las pasó entre Maldonado y Toledo, en Canelones. Creció trabajando en los cultivos de la chacra familiar, aprendiendo las labores de campo, viajando en carretas tiradas por bueyes.
Fue su madre la que le dio clases de catequesis. Jacinto tomó la comunión siendo un niño, en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, en Canelones. Y nunca abandonó la fe.
Tenía 19 años cuando encontró su vocación cristiana y, poco tiempo después fue a formarse como sacerdote a Buenos Aires. En Uruguay no había ningún tipo de formación. Antes, había estudiado gramática y latín: todos los días ensillaba el caballo e iba hacia la parroquia Peñarol, donde el padre Lázaro Gadea lo guiaba.
Cuatro años después de su llegada a Buenos Aires, en mayo de 1841, tras haber estudiado con los jesuitas, fue ordenado sacerdote. En julio celebró su primera misa. Tenía 28 años.
Luego de su regreso a Uruguay, fue nombrado párroco de la iglesia de Guadalupe, en Canelones, donde permaneció por 17 años. En 1857, después de la muerte de José Benito Lamas, Jacinto Vera fue elegido como vicario apostólico del Uruguay. Y a partir de entonces, empezó otra historia: la historia de la iglesia uruguaya, directamente vinculada con su labor.
La iglesia entonces era una institución debilitada. Sus sacerdotes habían peleado en las guerras por la independencia del Uruguay y las sucesivas guerras civiles posteriores la habían dejado aún más golpeada. No había ni diócesis, ni obispo, ni seminarios, ni conventos, ni estructura.
Fue Jacinto Vera quien, como vicario, empezó a trabajar para darle a la iglesia católica la estructura que, aunque débil, había tenido durante la época colonial: la institucionalizó, creó seminarios para la formación de sacerdotes, formó un clero, trajo a distintas congregaciones religiosas y defendió siempre, ante cualquier persona o autoridad, sus derechos.
“Hay un antes y un después en la historia de la iglesia uruguaya con la figura de Jacinto Vera”, dijo el cardenal Daniel Sturla, en una conferencia de prensa para anunciar las actividades por su beatificación.
Como el Estado aún no estaba separado de la iglesia, tras diversos conflictos e inconvenientes de intereses en el manejo de la institución eclesiástica, en 1862, el entonces presidente de Uruguay Bernardo Berro firmó un decreto para desterrar a Vera, que se fue a vivir a Buenos Aires. Regresó diez meses después.
En 1865, tres años más tarde de su exilio, Jacinto Vera fue nombrado obispo de Montevideo -fue el primer obispo del Uruguay- por el papa Pío IX. La diócesis de Montevideo recién fue reconocida en 1878.
Jacinto Vera murió el 6 de mayo de 1881 en Pan de Azúcar, en su tercera recorrida por el país. Fue el primer sacerdote en visitar todo el Uruguay, en querer volver a cada rincón, en atravesar campos y bosques, en insistir con estar cerca de todos.
Los relatos de la época dicen que mientras la diligencia que llevaba su cuerpo se dirigía a Montevideo, las personas que se iban enterando salían a buscarla, no solo para despedirlo, sino también para pedirle una última bendición.
Cuando llegó lo esperaba una multitud. Entre ellos, Juan Zorrilla de San Martín, que, en medio del sepelio pidió silencio y dijo: “Las lágrimas en este momento inundan mi alma y el alma del pueblo uruguayo, enlutado y consternado, padre, maestro, amigo. Señores, hermanos, pueblo uruguayo, el santo ha muerto”.
El milagro para la beatificación
Se trata de la curación completa de una niña de 14 años en 1936. La historia dice que María del Carmen Artagaveytia Usher fue operada de apendicitis y que, poco después, tuvo una infección que la dejó en una situación desesperante y crítica. La atendieron los mejores médicos de la época, incluso su padre, cirujano. Una noche, uno de los tíos de la niña llevó una imagen de Jacinto Vera y le pidió que se la pusiera en la herida. También, que la familia rezara para que el obispo, muerto en 1881, intercediera y la ayudara.
Esa misma noche desaparecieron todos los síntomas. María del Carmen se recuperó completamente, vivió hasta los 89 años, y ningún médico pudo explicar científicamente qué fue lo que sucedió. En diciembre de 2022 el papa Francisco reconoció el milagro de Jacinto Vera y habilitó con esto el último requisito para su beatificación.
Tomado del artículo de Soledad Gago publicado en el contexto de la beatificación, en el diario El País, de la República Oriental del Uruguay.