
Nacido el 13 de junio de 1981 en Goma, capital de Kivu, en el este del Congo, Floribert vive en una región que no conoce la paz: una tierra rica, con una naturaleza exuberante, pero políticamente compleja y convulsa, atravesada por un largo y sangriento conflicto. Durante sus estudios, que concluyen con una licenciatura en Derecho, conoce la Comunidad de Sant'Egidio, que le lleva a visitar a los pobres, en particular a los maibobo, es decir, los niños de la calle, como se les llama con desprecio en la zona de los Grandes Lagos. No eran así para Floribert, que quería, a través de la Escuela de la Paz, que estudiaran y les ayudara a convertirse en los congoleños del futuro. Se fue a trabajar a Kinshasa, a la Office Congolais de Contrôle, la agencia estatal encargada de verificar la calidad de las mercancías que transitan por el país, pero tras este periodo de formación, en una capital llena de oportunidades, donde podría haberse quedado, decidió volver a su Goma, donde estaban sus amigos, su novia y los niños de la calle a los que estaba muy unido.
A uno de ellos, Jonathan, lo había conocido porque, después de subir a un barco en Bukavu, en el sur de Kivu, tal vez a causa de una pelea con sus padres, se había encontrado solo en las calles de Goma. Floribert ni siquiera sabía su edad exacta porque no tenía documentos: el registro civil en el Congo es un procedimiento complicado y costoso. Sin embargo, entre ambos, a pesar de las muchas dificultades, surgió una profunda amistad, hasta el punto de que Floribert, con su sueldo de funcionario de aduanas, se ofreció a pagarle los estudios.
Entre los testimonios recogidos por don Francesco Tedeschi, sacerdote de la Comunidad de Sant'Egidio, que fue amigo de Floribert y posteriormente postulador de su causa de beatificación, se encuentra también el de Jonathan. «Cuando lo vi por primera vez, tuve miedo. Iba bien vestido, una persona así no suele acercarse a los chicos de la calle, no les dirige la palabra. En cambio, vino directamente hacia mí, casi como si me estuviera buscando. Pensé que había algo detrás, que tenía intención de hacerme daño. Así que me mantuve en guardia. En cambio, se puso a hablar y me invitó a lo que él llamaba la Escuela de la Paz. No me fiaba, no quería ir, se lo dije. Pero me llamó la atención su insistencia. ¡Fue toda una sorpresa! Yo no era de su familia, pero él venía a buscarme, me hacía preguntas, se preocupaba por mí». Cuando Jonathan le pregunta por qué le ayuda, Floribert responde: «Porque para Dios todos somos iguales, tenemos los mismos derechos». Al igual que Jonathan, muchos otros niños y jóvenes de la calle se hacen amigos suyos. Pero de Sant'Egidio admira especialmente su compromiso con la paz, empezando por la alcanzada en Mozambique: «La Comunidad —le gusta decir— pone a todos los pueblos a la misma mesa».
En Goma, Floribert comienza a trabajar en la aduana fronteriza con Ruanda: un puesto de responsabilidad en una frontera conflictiva, atravesada por ejércitos de milicianos y oleadas de refugiados, pero también por muchas mercancías. Como comisario de averías, su trabajo consiste en controlar la calidad de los productos alimenticios y señalar cualquier infracción: mercancías falsificadas, en mal estado y nocivas para la salud. Tras entrar en servicio en abril de 2007, enseguida se enfrenta a quienes quieren pasar mercancías en mal estado e intentan sobornarlo por todos los medios: empiezan ofreciéndole mil dólares, luego dos mil y aún más. Pero él responde «no», un «no» que no se puede comprar. Piensa en sus niños de la calle y se pregunta: «¿Es peligroso para la vida de las personas autorizar la comercialización de alimentos caducados?». Con firmeza, confía a una amiga, la hermana Jeanne-Cécile Nyamungu, cirujana del Hospital de Goma: «El dinero pronto desaparecerá. En cambio, ¿qué será de las personas que consuman esos productos? Si acepto este dinero, ¿vivo en Cristo? ¿Vivo para Cristo? Como cristiano, no puedo permitir que se sacrifique la vida de las personas. Es mejor morir que aceptar ese dinero».
Así llegamos al terrible sábado 7 de julio de 2007, cuando Floribert es secuestrado al salir de una tienda y obligado a subir a un coche. Los intentos de búsqueda no dan resultado. Dos días después, al mediodía, es encontrado sin vida por un motociclista. Su cuerpo presenta signos de golpes y torturas sufridos durante las horas de cautiverio. La autopsia dirá que murió el 8 de julio, día que ahora se ha convertido en su fiesta en el calendario de la Iglesia.
La corrupción puede matar. La historia de Floribert lo demuestra, pero también nos dice que se puede resistir al mal y abrir el camino a la esperanza de un futuro que a menudo se niega a los jóvenes en África. En su introducción a Il prezzo di due mani pulite (El precio de unas manos limpias), de Francesco De Palma, el primer libro sobre la vida de Floribert Bwana Chui, publicado en 2014, Andrea Riccardi subraya la fuerza que deja como legado la derrota de los hombres de paz y de fe: «Es una historia muy triste, que muestra la fuerza de la corrupción y el clima de violencia. Pero es también la historia de la “fuerza débil” de un joven que cree. Indica el camino de la resurrección de África, que comienza con los jóvenes y los laicos».