Hoy es san Justino, mártir, uno de mis preferidos. Es el patrono del os filósofos, además llegó a la fe sin renegar del conocimiento humano, por poco que éste llegue a poder ver y expresar.
Fue uno de los pensadores que ayudaron a que se fuera formando de a poco ese "optimismo" intelectual que dio lugar a la gran patrística cristiana, la que llegó a decir que todo está lleno de logos, que las semillas del Verbo están sembradas en la realidad natural.
Eso, que no debería faltar nunca en la mirada cristiana sobre lo que nos rodea, no era la actitud natural de muchos cristianos de los primeros tiempos. Más bien alimentaban una cierta desconfianza hacia el mundo, un mundo lleno de dioses paganos y de costumbres ajenas a toda rectitud, no ya cristiana sino incluso «natural». San Justino es un convertido venido del paganismo y la filosofía, convertido quizás hacia el 150, así que estuvo en la época inmediatamente post apostólica -incluso cita muchas veces testimonios de primera mano-, y por sí mismo, por su propia experiencia se dio cuenta que el cristianismo debía ser dicho en todos los lenguajes, hasta dar con el que el interlocutor es sensible a percibir...
Como muy bien observa Butler en la hagiografía de hoy, los cristianos preferían que se los acusara de comer chicos y de ateísmo, con tal de "proteger los sagrados misterios" de la mirada pagana. Y san Justino vino precisamente a romper con eso: si no comemos chicos, hay que decirlo, si no somos ateos, hay que decirlo, y hay que decirlo en el modo en que los paganos lo puedan entender, así que lo que tenemos de él son dos "apologías" (defensas) escritas para el Emperador, y un díalogo con un interlocutor judío. Seguramente hubo más obras, pero esto es lo que nos ha llegado.
Se me podra decir que no tuvo mucho éxito en su estrategia, del momento en que precisamente fue martirizado, pero sí que tuvo éxito: primero porque él mismo se convirtió gracias a comprobar el testimonio cristiano que daban los mártires, así que avalar sus apologías con su propio martirio es completar la escritura con tinta viva; pero además, con él (y algunos otros) se inicia una época de mucho fruto para la Iglesia, época en la que ya no serán personajes aislados los que se comprometen en el diálogo con el mundo, sino que toda la Iglesia entra de lleno en ello.
Posiblemente nos vendrían bien algunos justinos que nos enseñen a perderle el miedo al mundo, seguimos llenos de ese miedo, que se reviste hoy de purismo, mañana de autodefensa, pasado de lógica moralista, traspasado de conformismo progre o de nostalgia retro... etc; pero realmente tenemos las de ganar, qué cristiano tiene algo para perder?
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«Cristo dijo en el Evangelio: Yo soy la verdad, y no dijo: Yo soy la costumbre» (San Libosio, obispo y mártir)
Bravo, por San Justino, tienes razón, harian falta más cristianos como él; aunque me temo, que ya sería tarde, el mundo de Justino, aún era joven, aún podía ser rescatado, ser salvado, el mundo del siglo XXI, yo, ya no le veo solución, ni remedio, con todo, si Dios nos quiere regalar un San Justino, se acepta
Un abrazo
Maite
"El que a vosotros, oye, a Mi, me oye"
Quizás porque los sudamericanos somos europeos de los suburbios de Occidente, también podemos ver ciertas taras de nuestra cultura que Europa no ve. Una de las cosas que se escucha decir mucho a los europeos de Europa es que la cultura europea es vieja, que todo es viejo, que es como si ya se hubiera pasado el tiempo de hacer algo nuevo. Una sensación de agotamiento y finalización que es muy notoria, por ejemplo, en la gran literatura de fines del XIX y a lo largo del siglo XX, que está muy presente en el cine europeo, etc.
Pero lo más curioso es que si uno se transporta a la literatura y en general el arte de los siglos II y I antes de Cristo... decían lo mismo. Los artistas del helenismo tardío copiaban las esculturas del siglo III porque ya no había más nada nuevo por representar, y el grandísimo Cayo Valerio Catulo, además de traducir la mejor poesía griega antigua, la lírica de Safo o de Alceo, se dedicaba a cantarle a sus erecciones ("nueve continuas"... eh, sagerao!)... decadencia de la que el posmodernismo no tiene nada que envidiar.
Lo que digo es que tenemos que volver a usar ese adverbio que tanto gustaba a santo Tomás de Aquino que casi no hay página de su obra donde no aparezca varias veces: quoddammodo, "en cierto modo".
Todo es "en cierto modo": nuestro mundo es insalvable "en cierto modo", y en otro cierto modo es salvable. Y nuestra cultura es vieja "en cierto modo", y en otro cierto modo todo está por hacerse.
Es verdad, por ejemplo, que el margen de maniobra que, como creyentes, tenemos frente al mundo no puede ignorar los 2000 años de historia que llevamos a la espalda. en todo sentido esos 2000 años nos condicionan. San Pablo podía pararse en el areópago y decir de viva voz cosas chuscas, y que luego se arreglen los hermeneutas del futuro; un papa de hoy tiene que primero poner por escrito sus discursos, nada de improvisar, y además de eso, cada página debe estar revisada primero por expertos en dogmática, no sea que se le vaya la pinza y diga cosas que comprometan al Espíritu...
¡Y eso es lamentablemente así! y por mucha espontaneidad que deseemos, en eso la Iglesia es vieja.
Los apóstoles podían fustigar al mundo denunciándoles su hipocresía. Cuando salimos nosotros a denunciar la hipocresía del mundo, el mundo saca el manual de historia de la Iglesia, o simplemente el periódico de ayer, y no necesita inventar nada, porque está todo ahí, y todo eso pasó y pasa.
¡y eso también es lamentablemente así, y tenemos que contar con ello!
Pero hay algo que tenemos nosotros y que el mundo no tiene ni se espera que lo tenga, y es ése nuestro valor diferencial, y es eso lo que enseñan tipos como Justino: que lo que nosotros anunciamos no es el valor de la Iglesia, ni el valor de su autoridad, ni el valor de su dogmática, sino el valor de la gracia. Lo que anunciamos es gracia. Tampoco anunciamos que el mundo sea perfecto antes de creer, sino que puede, incluso en su situación de desespero, recibir una palabra de gracia. Eso es, reducido a lo elemental, todo, y eso no depende de la edad del mundo ni de la nuestra.
«Pruebenme, a ver si no abro las exclusas del cielo y derramo mi bendición sobre vosotros hasta que ya no quede...», dice Malaquías, y lo lindo es que lo dice como si estuviera amenazando con una especie de bomba atómica, pero de lo que se trata es "sólo" de gracia: járin anti járiton, como lo dice el prólogo de Juan: «gracia de un lado, gracia del otro», o «gracia tras gracia», como se suele decir.
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«Cristo dijo en el Evangelio: Yo soy la verdad, y no dijo: Yo soy la costumbre» (San Libosio, obispo y mártir)