Soy morena y hermosa, hijos de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como las pieles de Salomón (en otros ejemplares leemos: Soy negra1 y hermosa) (1,5).
[Bae 113-172] Una vez más se introduce aquí hablando al personaje de la esposa: hablando, sin embargo, no a las doncellas que suelen correr con ella, sino a las hijas de Jerusalén, a las cuales, como si ellas hubieran criticado su fealdad, parece responder diciendo: Sí, soy morena (o negra) de color, hijas de Jerusalén, pero hermosa, si uno mira el diseño interno de los miembros. Efectivamente, dice, también las tiendas de Cedar -un gran pueblo-son negras, y el mismo nombre del pueblo, Cedar, se interpreta como negrura u obscuridad. Pero también las pieles de Salomón son negras y, sin embargo, no por eso le pareció indecorosa la negrura de sus pieles a un rey tan grande en toda su gloria. Por tanto, hijas de Jerusalén, no me reprochéis el color, pues al cuerpo no le falta la hermosura, ya la natural, ya la buscada en el ejercicio. Este es el contenido del drama, según el sentido literal y la forma del relato en cuestión. Pero volvamos al orden de interpretación mística. Esta esposa que habla representa a la Iglesia congregada de entre los gentiles2. Las hijas de Jerusalén, en cambio, a las cuales va dirigida la plática, son las almas que, gracias a la elección de los padres, se dicen queridísimas, cierto, pero son enemigas por causa del Evangelio3: son las hijas de la ciudad terrenal de Jerusalén4. Estas, cuando ven a la Iglesia de los gentiles que, no obstante carecer de nobleza, pues no puede atribuirse la nobleza de Abrahán, de Isaac y de Jacob, sin embargo olvida a su pueblo y la casa de su padre5 y llega hasta Cristo, la desprecian y la ennegrecen de ultrajes por la carencia de nobleza en su linaje. Entonces la esposa, al darse cuenta de que esto es lo que le echan en cara las hijas del pueblo anterior y que la llaman negra por considerarla como si no tuviera la claridad de la instrucción de los padres, en respuesta a todo ello, dice: Negra soy, en efecto, hijas de Jerusalén, puesto que no desciendo del linaje de varones ilustres ni recibí la iluminación de la ley de Moisés, pero tengo conmigo mi propia belleza. Efectivamente, en mi está aquella primera creación que en mi se hizo a imagen de Dios6, y ahora, al acercarme al Verbo de Dios, he recibido mi belleza. Realmente podéis compararme cuanto queráis, por la oscuridad de mi color, con las tiendas de Cedar y las pieles de Salomón: también Cedar desciende de Ismael7, pues de él nació como segundo hijo, y el tal Ismael tuvo parte en la bendición divina8. Y también me comparáis a las pieles de Salomón, que no son otras que las pieles de la tienda de Dios9 ¡Me extraña, pues, que vosotras, hijas de Jerusalén, queráis echarme en cara mi color obscuro! ¿Cómo no recordáis lo que está escrito en la ley, a saber, lo que padeció María por criticar a Moisés cuando éste tomó por esposa a una etíope negra?10 ¿Cómo ignoráis que la apariencia de aquella imagen tiene ahora en mi su plena realidad? Yo soy aquella etíope, soy negra, ciertamente, por la condición plebeya de mi linaje, pero hermosa por la penitencia y por la fe, pues en mi he acogido al Hijo de Dios, he recibido al Verbo hecho carne11. Me llegué al que es imagen de Dios, primogénito de toda criatura12 y, además, resplandor de su gloria e impronta de su esencia13: y me volví hermosa. ¿Por qué, pues, zahieres a la que se convierte del pecado? ¿No lo prohíbe la ley14? ¿Y cómo te glorias en la ley, tú que estás violando esa ley15? Sin embargo, puesto que estamos en estos pasajes en que la Iglesia que procede de los gentiles dice que es negra y hermosa, aunque parezca largo y trabajoso recoger de las divinas escrituras en qué lugares y de qué manera se anticipa la figura de este misterio, con todo me parece que no debemos omitirlos del todo y sí recordarlos con la mayor brevedad posible16.
Así pues, en primer lugar, en el libro de los Números hay escrito sobre la etíope lo siguiente: Y hablaron María y Aarón, y criticaron a Moisés por causa de la mujer etíope que había tomado por esposa, y dijeron: ¿Acaso el Señor no ha hablado más que a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?17. Y de nuevo, también en el libro tercero de los Reyes, está escrito de la reina de Saba que vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón18: La reina de Saba oyó el nombre de Salomón y el nombre del Señor, y vino a probarle con enigmas. Y llegó a Jerusalén con gran comitiva, con camellos cargados de aromas y de oro en gran abundancia y piedras preciosas. Se presentó a Salomón y le dijo todo cuanto tenían en su corazón. Y Salomón le declaró todas sus palabras, y no hay palabra que el rey omitiera y dejase sin explicarle. Y vio la reina de Saba toda la prudencia de Salomón y la casa que se había edificado y los manjares de Salomón y el asiento de sus sirvientes, la fila de sus ministros, y sus vestidos, sus coperos y los holocaustos que ofrendaba en la casa del Señor, y se quedó pasmada, y dijo al rey Salomón: ¡Verdad es cuanto en mi tierra oí decir de tus palabras y de tu prudencia! Mas yo no creí a los que me hablaban, hasta que he venido y mis ojos han visto: ¡Y hallo que ni la mitad me habían contado! Efectivamente, has acumulado bienes muy por encima de lo que había oído en mi tierra. ¡Dichosas tus mujeres, dichosos estos servidores, que siempre están en tu presencia y escuchan tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor tu Dios, que te dio el trono de Israel! Porque el Señor amó a Israel y quiso que durara para siempre, te puso a ti como rey sobre ellos para que administres el derecho con justicia y los juzgues. Y dio a Salomón 120 talentos de oro y gran cantidad de aromas y piedras preciosas: nunca vinieron aromas de tal calidad ni en tal cantidad como las que dio la reina de Saba al res Salomón19.
Ahora bien, hemos querido referir esta historia con algo más de amplitud e insertarla en esta nuestra exposición, porque sabemos que se adecúa tan bien a la persona de la Iglesia que vino a Cristo de entre los gentiles, que el mismo Señor en los Evangelios hizo mención de dicha reina diciendo que ella había venido de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón20. Dice, sin embargo, que era reina del Mediodía, porque Etiopía se encuentra en la parte del Mediodía, y que venia de los confines de la tierra, porque Etiopía está situada casi en lo último. Por otra parte, hallamos que de esta misma reina hace también mención Josefo en su Historia21, y añade también que, después de regresar ella de junto a Salomón, el rey Cambises admiró su sabiduría, que sin duda había recibido de Salomón, y le dio el nombre de Meroe. Pero refiere que no sólo fue reina de Etiopía sino también de Egipto. Mas añadiremos aún lo que en el Salmo LXVII se contiene y acerca de esta misma figura. Se dice allí: Dispersa a los pueblos que quieren la guerra: y vendrán embajadores de Egipto; Etiopía tenderá apresurada sus manos a Dios. Reinos de la tierra, cantad a Dios, salmodiad para el Señor22. En cuarto lugar y todavía sobre la misma figura, está escrito en el profeta Sofonías: Por tanto, espérame, dice el Señor, el día en que vuelva a levantarme como testigo, porque he determinado reunir a las gentes, juntar a los reyes, para derramar sobre ellos todo el furor de mi enojo, pues en el fuego de mi celo será consumida toda la tierra. Porque entonces volveré pura a los pueblos la lengua en su generación, para que todos invoquen el nombre del Señor y le sirvan bajo un solo yugo. De allende los ríos de Etiopía acogeré a los que están dispersos, y ellos me traerán ofrenda. Aquel día, Saba, no será ya avergonzada por ninguna de tus maquinaciones con las cuales obraste impiamente contra mí23. Mas también en Jeremías está escrito que algunos príncipes del pueblo de Israel tomaron a Jeremías y lo hicieron arrojar en el aljibe de Malquias, hijo del rey, aljibe que estaba en el patio de la cárcel. Le descolgaron con sogas; y en el aljibe no había agua, sino cieno, y Jeremías estaba en el cieno. Pero oyendo Ebedmélec, un eunuco etíope que estaba en la casa del rey, que habían arrojado a Jeremías en el aljibe, habló al rey, diciendo: Mi señor el rey, mal obraron estos hombres en todo lo que han hecho al profeta Jeremías, porque lo han hecho arrojar en el aljibe para que allí muera de hambre, pues no hay más pan en la ciudad. Entonces mandó el rey al mismo Ebed-Mélec el etíope, diciéndole: Toma treinta hambres de aquí y sácalo del aljibe para que no muera allí. ¿Y para qué continuar? Ebed-Mélec el etíope fue quien sacó a Jeremías del aljibe24. Y algo más adelante: Y le fue dirigida la palabra del Señor a Jeremías, diciendo: Vete y habla a Ebed-Mélec el etíope y dile: Así dice el Señor Dios de Israel: Mira que yo traigo mis palabras sobre esta ciudad para mal, y no para bien. Pero aquel día yo te salvaré y no te entregaré en manos de aquellos cuyos encuentros evitas temeroso. Porque ciertamente te salvaré y no caerás a espada, sino que tu vida quedará a salvo, porque confiaste en mi, dice el Señor25. Estos son los pasajes de las santas Escrituras que, al menos por el momento, se me han ocurrido y con los cuales me parece que se puede confirmar el significado místico del propuesto versículo del Cantar de los Cantares: Soy morena (o negra) y hermosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Cedar, como las pieles de Salomón26.
Por esta razón hallamos en los Números que Moisés tomó por mujer a una etíope, morena o negra, y ella es la causa de que María y Aarón le critiquen y digan indignados: ¿Acaso el Señor no ha hablado más que a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?27. Si atentamente lo consideras, hallarás que en esta queja ni siquiera el sentido literal guarda consecuencia lógica28. Efectivamente, ¿qué tendrá que ver con el asunto el que, indignados a causa de la etíope, digan: ¿Acaso habló sólo a Moisés el Señor? ¿No nos ha hablado también a nosotros? Evidentemente, si la causa era aquella, debieran haber dicho: No debiste, Moisés, tomar como esposa a una etíope y de la raza de Cam, sino de tu linaje y de la casa de Levi. Pero de esto nada hablan, sino que dicen: ¿Acaso Dios no habló más que a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros? Por lo cual, tengo para mí que lo ocurrido más bien se entiende según el sentido espiritual, y debemos ver que Moisés, esto es, la ley espirituale29, ha pasado ya a las nupcias y unión con la Iglesia congregada de entre los gentiles, y que María, que es figura de la sinagoga abandonada, y Aarón, que representa al sacerdocio carnal, al ver que se les había quitado su reino y que se había entregado a otro pueblo que lo haría fructificar, dice: ¿Acaso Dios no habló más que a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros? Así mismo, el propio Moisés, de quien tantas y tan magnificas obras de fe y de paciencia se cuentan, nunca fue tan colmado por Dios de alabanzas como ahora, al tomar como esposa a la etíope.
Ahora se dice de él: Era Moisés un hombre muy bondadoso, más que todos los hombres de la tierra30 y ahora es cuando dice de él el Señor: Si hubiere entre vosotros un profeta, yo le hablaré en visiones o en sueños, y no como a mi siervo Moisés, que es de toda confianza en mi casa: Boca a boca hablaré con él, y a las claras, no con enigmas, pues vio la gloria del Señor: Entonces, ¿por qué no temisteis hablar mal de mi siervo Moisés?31. Todo esto mereció Moisés oír de parte del Señor por causa de su matrimonio con la mujer etíope. Pero, sobre este tema ya hicimos amplia exposición en el comentario al libro de los Números, donde puede buscar el que crea que vale la pena conocerlo. Por ahora baste probar con estos textos que la esposa negra y hermosa es la misma que la etíope que Moisés, esto es, la ley espiritual -que sin duda alguna es Cristo, el Verbo de Dios32- unió a sí en matrimonio, a pesar de las murmuraciones y críticas de las hijas de Jerusalén, es decir, del pueblo judío con sus sacerdotes. Veamos ahora, por otra parte, aquel pasaje del tercer libro de los Reyes que hemos citado en relación con la reina de Saba, etíope también ella, de la que el Señor en los Evangelios da testimonio diciendo: La reina del Mediodía se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón; y -añade- aquí hay más que Salomón33, con lo cual enseñaba que la verdad es más que las figuras de la verdad. Vino, pues, también ésta, es decir, según lo que simboliza, la Iglesia de los gentiles, para oir la sabiduría del verdadero Salomón y verdadero pacífico, nuestro Señor Jesucristo34. Vino también ésta con la intención primera de probarlo mediante enigmas y preguntas35 que antes le parecían insolubles; y él le resuelve lo que para ella y para los doctores gentiles, a saber, los filósofos, siempre había permanecido incierto o dudoso: sobre el conocimiento del Verbo de Dios, sobre las criaturas del mundo, sobre la inmortalidad del alma y sobre el juicio futuro. Vino, en fin, a Jerusalén, es decir, a la visión de la paz36, con gran comitiva y mucha riqueza; no vino, ciertamente, con un sólo pueblo, como antes la sinagoga con sólo los hebreos, sino con pueblos de todo el mundo y trayendo también regalos dignos de Cristo, la suavidad de los perfumes, es decir, de las buenas obras, que suben hasta Dios por su suave olor. Pero vino también repleta de oro, indudablemente de los pensamientos y de las disciplinas racionales, que había ido recogiendo de la instrucción escolástica común antes ya de tener la fe. Trajo además piedras preciosas, que podemos interpretar como adorno de las costumbres. Con este boato, pues, se presenta a Cristo, el rey pacífico, y le abre su corazón, a saber, con la confesión y el arrepentimiento de sus pecados anteriores, y le dijo todo cuanto tenía en su corazón37, por lo cual también Cristo, que es nuestra paz38, le declaró todas sus palabras, y no hay palabra que el rey omitiera y dejase sin explicarle39. Luego, al acercarse ya el tiempo de la Pasión, le dice a ella, esto es, a sus discípulos escogidos: Ya no os llamaré siervos, sino amigos, porque el siervo ignora lo que hace su amo. Yo en cambio os he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre40. Así se cumple lo que había dicho: Que no hubo palabra que el Señor pacifico no declarara a la reina de Saba, esto es, a la Iglesia congregada de entre los gentiles. Efectivamente, si miras la condición de la Iglesia, su administración y su organización, te darás cuenta de qué modo la reina admiró toda la prudencia de Salomón41. Y a la vez indaga por qué no di¡o "toda la sabiduría", sino toda la prudencia de Salomón: Sin duda, porque los doctos quieren que "prudencia" se entienda de los asuntos humanos y "sabiduría", de los divinos. Por eso quizá también la Iglesia admira la prudencia de Cristo ahora, en este intermedio, mientras está en la tierra y convive entre los hombres; pero, cuando llegue lo perfecto42 y sea trasladada de la tierra al cielo, entonces verá toda su sabiduría, cuando contemple cada cosa, no ya en imagen o por enigmas, sino cara a cara43. Pero la reina vio la casa que se había edificado44: Indudablemente, los misterios de su encarnación, pues ésta es la casa que para sí edificó la sabiduria45. Vio también los manjares de Salomón46: Pienso que aquellos de que se decía: Mi comida es hacer la voluntad del que me envió, para llevar a cabo su obra47. Vio el asiento de sus sirvientes48: Indica, creo, el orden eclesiástico, el que ocupa los asientos del episcopado y del presbiterio. Y vio las filas de sus ministros49: A mi entender, menciona el orden de los diáconos, que asisten al divino servicio. Pero vio también sus vestidos50: Los mismos, creo, con que reviste a aquellos de quienes se dice: Porque todos cuantos estáis bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestidos51. Y también sus coperos52: Pienso que se indican los doctores, que escancian para los pueblos la palabra de Dios y su doctrina, como vino que alegra el corazón de los oyentes53. Vio, en fin, sus holocaustos54: indudablemente, las celebraciones de las oraciones y de las súplicas. Así pues, en cuanto vio todo esto en la casa del rey pacifico, es decir, de Cristo, esta negra y hermosa se quedó pasmada, y le dijo: ¡Verdad es cuanto en mi tierra oí decir de tus palabras y de tu prudencia!55. Efectivamente, vine aquí por causa de tu palabra, y he conocido que es la verdadera Palabra. Porque todas las palabras que se me decían y que oía cuando estaba en mi tierra, a saber, las que decían los doctores del mundo y los filósofos, no eran verdaderas. Únicamente es verdadera esta palabra que hay en ti.
Pero quizás haga al caso preguntar cómo es que la reina dice al rey que no había creído cuanto se le decía de él56, siendo así que, de no haber creído, no hubiera venido a Cristo. A ver, pues, si podemos resolver esta objeción, como sigue. Mas yo no creí -dice- a los que me hablaban57: Evidentemente, no dirigí mi fe a los que me hablaron de ti, sino a ti, es decir, no creí a los hombres, sino a ti, Dios58; también es verdad que oí gracias a ellos, pero vine a ti y te creí a ti, en cuya casa mis ojos han visto muchas más cosas que las que me anunciaran ellos. Efectivamente, de hecho, cuando esta mujer negra y hermosa llegue a la Jerusalén celeste y entre en la visión de paz59, verá muchas más cosas y mucho más magnificas que las que ahora se le anuncian. Y es que ahora ve como en un espejo, mediante enigmas, pero entonces verá cara a cara, cuando alcance lo que ni ojo vio ni oído oyó ni subió al corazón del hombre60. Y entonces verá que lo que oyó mientras estuvo en esta tierra no era ni la mitad61. Por consiguiente, son dichosas las mujeres de Salomón: Indudablemente, las almas que se hacen participes del Verbo de Dios y de su paz; dichosos sus servidores, que siempre están en su presencia62: no los que a veces están y a veces no están en su presencia, sino los que siempre y sin cesar63 están en presencia del Verbo de Dios: éstos son los verdaderamente dichosos. Tal era aquella María que, sentada a los pies de Jesús, le escuchaba, y de la que el mismo Señor dio testimonio diciendo a Marta: María escogió la mejor parte, que no le será quitada64. Todavía dice esta negra y hermosa: Bendito sea el Señor, que quiso darte el trono de Israel65: evidentemente, porque el Señor amó a Israel y quiso que durara para siempre, te puso a ti por rey sobre él. ¿A quién? Al pacifico, indudablemente. En efecto, Cristo es nuestra paz, que de ambos hizo uno y derribó la pared intermedia de separación66. Y después de todo esto, dice, la reina de Saba dio 120 talentos de oro al rey Salomón67; este número de 120 fue consagrado a la vida de aquellos hombres de los tiempos de Noé, a los cuales se concedió este espacio de tiempo para invitarlos a hacer en él penitencia68. El mismo número de años alcanzó la vida de Moisés69. Por consiguiente, la Iglesia, no sólo ofrece a Cristo en el peso y en la figura del oro la multitud de sus sentimientos y pensamientos, sino que, mediante este número que abarca los años de vida de Moisés, indica también que sus sentimientos están consagrados a la ley de Dios. Ofrece también las delicadezas de los perfumes70, como nunca habían llegado ni en calidad ni en cantidad: entiende en esto las oraciones, o bien las obras de misericordia, pues, realmente, nunca la Iglesia había orado tan perfectamente como ahora, cuando se llega a Cristo, ni había obrado con tanta piedad como desde que aprendió a practicar su justicia, no a la vista de los hombres, sino delante de Dios, que ve en lo oculto y recompensa a la vista de todos71. Pero sería demasiado andar buscando en otros pasajes todo cuanto pudiera ser aducido en testimonio de lo dicho. Baste con esto que hemos tomado del libro tercero de los Reyes. Veamos ahora algo acerca de lo que citamos del Salmo LXVII, donde se dice: Etiopía tenderá apresurada sus manos72. Pues, si miras atentamente cómo la salvación de los gentiles deriva del pecado de Israel y cómo la caída de éste abrió a las naciones el camino de entrada73, advertirás de qué manera la mano de Etiopía, es decir, del pueblo de los gentiles, se tiende apresurada y precede ante Dios a quienes habían sido los primeros destinatarios de las palabras de Dios, y con ello se cumplió aquello de: Etiopía tenderá apresurada sus manos; y esta negra se torna hermosa, por más que las hijas de Jerusalén no lo quieran y por más que la envidien y la calumnien. Pero creo que también debemos entender en el mismo sentido el testimonio profético que ya adujimos, donde Dios acoge incluso a los que vienen de lugares que están allende los ríos de Etiopía y traen ofrendas a Dios74. Efectivamente, mi opinión es que se dice que está allende los ríos de Etiopía el que está ennegrecido por la enormidad y sobreabundancia de sus pecados y así, impregnado del negro tinte de su maldad, se ha vuelto negro y tenebroso. Y sin embargo, ni siquiera a éstos rechaza Dios: Dios no rechaza a nadie de cuantos le ofrecen sacrificios de espíritu contrito y de corazón humillado75, es decir, de cuantos se convierten a él por la confesión y la penitencia. Por eso nuestro pacifico Señor dice: Al que viene a mi, yo no lo echo fuera76. Ahora bien, el que los habitantes de allende los ríos de los etíopes vengan, ellos también, al Señor y traigan ofrendas, puede interpretarse también como dicho de aquellos que, después de haber entrado la totalidad de los gentiles -que se compara a los ríos de Etiopía-, vendrán también ellos, y así todo Israel se salvará77; y en cuanto a lo de estar allende los ríos de los etíopes, entiéndase como que están más allá y después de estos espacios en que fluye y rebosa la salvación de los gentiles. Y así parece cumplirse aquello que dice: Aquel día -Israel entero-no serás ya avergonzado por ninguna de tus maquinaciones con las cuales obraste impiamente contra mí78. Nos queda por explicar aquel testimonio que tomamos de Jeremías, en el que Ebed-Mélec -un eunuco, etiope también- al oir que los príncipes del pueblo habían arrojado a Jeremías en un aljibe, lo saca de allí79. Y creo no parecer incongruente si digo que al que los príncipes de Israel habían condenado y arrojado en el aljibe de la muerte, este forastero, hombre de obscuro y bastardo linaje, es decir, el pueblo de los gentiles, lo saca del aljibe de la muerte, a saber, creyendo su resurrección de entre los muertos, y así, con su fe, llama y saca fuera de la tumba al mismo que aquellos habían entregado a la muerte80. Pero se dice que este etíope era también eunuco: creo que la razón es que se había castrado por causa del reino de Dios81, o bien porque en si mismo no tenía semilla de maldad. Es, además, siervo del rey, porque el siervo prudente se enseñorea de los amos necios82; por lo demás, Edeb-Mélec significa siervo de reyes. En vista de eso, el Señor abandona al pueblo de Israel por sus pecados, dirige sus palabras al etíope, y a él envía al profeta y le dice: Mira que traigo mis palabras sobre esta ciudad para mal, y no para bien; pero aquel día yo te salvaré y no te entregaré en manos de los hombres, porque ciertamente te salvaré83. La razón de salvarle es ésta: haber sacado al profeta del aljibe, es decir, porque parece haberlo sacado del aljibe gracias a su fe, por la que creyó que Cristo había resucitado de entre los muertos. Tiene, pues, esta morena (o negra) y hermosa muchos testimonios que le permiten obrar con libertad y decir con confianza a las hijas de Jerusalén: Soy morena (o negra) como las tiendas de Cedar, pero soy hermosa como las pieles de Salomón84. Sobre las pieles de Salomón concretamente, no recuerdo haber hallado nada escrito. Sin embargo, opino que puede hacer referencia a su gloria, de la que dice el Salvador: Ni aún Salomón con toda su gloria se vistió como uno de estos85. En cambio, el nombre mismo de pieles lo hallamos repetido frecuentemente en relación con la tienda del testimonio, como cuando dice: Y harás pieles de pelo de cabra para cubierta sobre la tienda; once pieles harás. El largo de una piel será de treinta codos; su anchura, de cuatro codos. Una misma medida tendrán las once pieles juntas, y las otras seis, juntas también, y doblarás la sexta piel delante de la tienda. Y harás cincuenta lazos por el orillo de una piel y cincuenta lazos por el orillo de la otra piel, de modo que gracias a ellos puedan ser unidas una con otra; harás además cincuenta broches de bronce, con ellos unirás las pieles y resultará un todo único. Y doblarás el sobrante de las pieles: la mitad de una piel, por la fachada de la tienda; con la otra mitad sobrante cubrirás la parte trasera de la tienda; y un codo por aquí y otro codo por allá de lo que sobra en la longitud de las pieles, la tienda quedará cubierta por un lado y por otro86. Pienso, pues, que de estas pieles se hace mención en el Cantar de los Cantares, donde se dice que son de Salomón, el cual se interpreta como figura de Cristo, el pacífico. De él es efectivamente la tienda y cuanto a la tienda pertenece, sobre todo si consideramos aquella tienda que es llamada verdadera tienda que Dios asentó, y no el hombre87, y el pasaje que dice: Porque no entró Jesús en el santuario hecho de mano humana, figura del verdadero88. Por consiguiente, si la esposa compara su belleza con las pieles de Salomón, indudablemente está indicando la gloria y la belleza de las pieles que cubren aquella tienda que Dios asentó, y no el hombre. Y si comparó su negror, que las hijas de Jerusalén parecían echarle en cara, con las pieles de Salomón, estas pieles deben entenderse referidas a la tienda que es figura de la llamada verdadera tienda, puesto que dichas pieles, aunque eran negras, como tejidas con pelos de cabra89, sin embargo tenían su utilidad para la tienda divina y la adornaban. Por otra parte, en cuanto al hecho de que parece hablar un solo personaje y sin embargo, se compara con muchos en la negrura, bien con las tiendas de Cedar, bien con las pieles de Salomón, debe entenderse del siguiente modo: parece, efectivamente, una sola persona, pero son innumerables las iglesias que están dispersas por el orbe de la tierra e innumerables las asambleas y muchedumbres de pueblos: de la misma manera que el reino de los cielos se dice no ser más que uno, pero se mencionan muchas mansiones en la casa del Padre90. Sin embargo, también puede decirse de cada alma que después de muchísimos pecados se convierte y hace penitencia: es negra, ciertamente, por sus pecados, pero hermosa por su penitencia y por los frutos de la penitencia. En fin, de esta misma que ahora dice: Soy negra y hermosa, porque no persiste hasta el fin en la negrura, de esta misma dirán luego las hijas de Jerusalén: ¿Quién es ésta que sube toda blanca, recostada sobre su amado?91.
No os fijéis en que soy morena, es que el sol me ha descuidado92 (1,6).
Si parece que hemos estado acertados en la interpretación que más arriba construimos acerca de la mujer etiope que Moisés tomó por esposa, y de la reina de Saba de Etiopía, que vino para escuchar la sabiduría de Salomón, es de razón que ahora esta mujer que es morena (o negra) y hermosa trate de justificarse de su negror o morenez y de exponer las causas a los que se lo reprochan, afirmando que no es tal por naturaleza ni por haberla hecho así el Creador, sino por causas accidentales.
Es que el sol -dice- me ha descuidado93. Con esta expresión manifiesta que no está hablando de la negrura del cuerpo, ya que, en todo caso, el sol suele poner moreno y ennegrecer cuando da con sus rayos, no cuando descuida. Así al menos dicen que ocurre en toda la nación de los etíopes, en quienes es natural cierta negrura heredada a través del semen carnal, debido a que en aquellos parajes el sol abrasa con rayos más penetrantes, y una vez quemados y ennegrecidos los cuerpos, así persisten por transmisión sucesiva de un defecto innato. La negrura del alma, en cambio, es de un orden opuesto: no la produce la acción de los rayos del sol, sino su descuido, ni se adquiere por nacimiento, sino por negligencia, y por eso, como se asume con la desidia, así también se rechaza y se elimina con la diligencia. Así por ejemplo, como dijimos arriba, esta misma que ahora se dice que es negra y hermosa, al final de este Cantar se menciona que sube, toda blanca ya, recostándose sobre su amado94. Por tanto, se hizo negra porque bajó; ahora bien en cuanto haya comenzado a subir95 y a recostarse sobre el amado y adherirse a él, sin separarse de él lo más mínimo, irá emblanqueciendo hasta ser totalmente blanca, y entonces, eliminada toda negrura, fulgurará envuelta por el resplandor de la verdadera luz. Por eso ahora dice a las hijas de Jerusalén, justificándose de su negror: No penséis, hijas de Jerusalén, que es natural esta negrura que véis en mi rostro, mas sabed que me la ha causado el descuido del sol. Del sol de justicia96, evidentemente: por no haberme encontrado bien derecha, en pie, tampoco él dirigió derechos a mi los rayos de su luz. Y es que yo soy el pueblo de los gentiles, que antes no había mirado hacia el sol de justicia ni me había mantenido derecho delante del Señor97, y por eso tampoco él puso en mí su mirada, sino que me descuidó, ni se paró junto a mi, sino que hizo caso omiso de mí. Por lo demás, que esto es así, también tú, que te llamas Israel, lo has experimentado ya en la realidad y puedes también reconocerlo y decirlo. Efectivamente, de la misma manera que en un tiempo, mientras yo no creía, tú fuiste aceptado y alcanzaste misericordia, y el sol de justicia puso en ti su mirada, en tanto que a mí, por desobediente e incrédulo, me descuidó y me rechazó, así también ahora, al haberte hecho tú incrédulo y desobediente, yo espero que el sol de justicia fije en mi su mirada y me otorgue su misericordia. En cuanto al hecho de ser ambos objeto de ese descuido del sol: antes, yo, por mi desobediencia, desdeñado; tú, bien considerado; ahora en cambio, tú, no sólo afectado por el descuido del sol, sino también por cierta ceguera, aunque parcial: te traerá un magnifico testigo, conocedor del secreto celestial, Pablo, que dice así: Porque, como también vosotros (habla de los gentiles, indudablemente) en otro tiempo no creisteis en Dios, más ahora habéis alcanzado misericordia por la incredulidad de éstos, para que también ellos obtengan misericordia98. Y en otro pasaje dice también: La ceguera parcial sobrevino a Israel, hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles99. Pues de aquí proviene este negror que criticas en mi, de que el sol me descuidó por causa de mi incredulidad y desobediencia. Pero, cuando esté derecho ante él y nada torcido haya en mí, y no desvie a la derecha ni a la izquierda100, sino que habré trazado para mis pies caminos rectos101 hacia el sol de justicia, caminando intachable en todos sus mandamientos102, entonces también él pondrá su mirada directamente en mi y no habrá ya desviación ni causa alguna de descuido, y entonces se me devolverán mi luz y mi resplandor, tanto que esta negrura que ahora me echáis en cara, será eliminada en mí, para que merezca también llamarme luz del mundo103. Así pues, es verdad que este sol visible ennegrece y quema los cuerpos en que cae a plomo, mientras conserva en su blancura y no quema, sino que alumbra, a los cuerpos que están apartados de su vertical. Por el contrario, el sol espiritual, que es el sol de justicia, en cuyas alas se dice que está la salud104, ilumina y envuelve con todo fulgor a los que encuentra de corazón recto y en la vertical de su resplandor; en cambio, a los que caminan en línea oblicua respecto de él105 no puede por menos de, no tanto ya iluminarlos también oblicuamente, cuanto incluso descuidarlos: ellos tienen la culpa, por su propia inconstancia e inestabilidad. Efectivamente, ¿cómo pueden los que son aviesos acoger lo que es recto? Es como si aplicas a un palo torcido una regla bien derecha: la regla pondrá de manifiesto la irregularidad del palo, pero en modo alguno la regla será la causa de ese defecto del palo.
En vista de ello, es necesario apresurarse hacia los caminos rectos y mantenerse firmes en las sendas de las virtudes, no sea que el sol de justicia, que sobreviene en linea recta, si nos encuentra en posición oblicua y desviados, nos descuide y resultemos ennegrecidos, ya que abriremos paso a la obscuridad y a la negrura en la misma medida en que seamos incapaces de recibir su luz. La razón es que éste es el mismo sol que es la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, y que estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por él106. Efectivamente, el mundo no fue hecho por esta luz visible, puesto que también ella es parte del mundo, sino por esta otra verdadera luz, la que decimos que nos descuidará si caminamos aviesamente. Sin duda, como nosotros caminemos aviesamente hacia él, también él caminará aviesamente contra nosotros, según está escrito en las maldiciones del Levítico: Y si procedéis conmigo aviesamente y no queréis obedecerme, os añadiré siete plagas; y poco después: Y si no os enmendáis, sino que procedéis aviesamente conmigo, también yo procederé aviesamente con vosotros (o como leemos en otros ejemplares: Si procedéis conmigo oblicuamente, yo también procederé oblicuamente con vosotros); y algo después, hacia el final, vuelve a decir: Y porque se portaron oblicuamente delante de mí, también yo me portaré con ellos oblicuamente en mi furor107. Hemos citado esto para probar en qué sentido se dice que el sol descuida, esto es, manda sus rayos oblicuamente, y ha quedado bien claro que dice descuidar y proceder oblicuamente con aquellos que proceden oblicuamente con él. Pero no pasemos por alto lo que advierte el pasaje que nos ocupa, a saber, que el sol parece tener un doble poder: uno, el de iluminar, y otro, el de quemar. Ahora bien, según sean las cosas o los materiales que se le someten, bien ilumina algo con su luz, bien lo ennegrece y endurece con su calor. Posiblemente, pues, esta sea la razón por la que se dice que Dios endureció el corazón del Faraón108, en el sentido de que la materia de su corazón era tal que arrostraba la presencia del sol de justicia, no por la parte que ilumina, sino por la que abrasa y endurece, sin duda alguna debido a que él era quien amargaba la vida de los hebreos con duros trabajos, consumiéndolos entre barro y adobes109; así su corazón, de acuerdo con sus pensamientos, era ciertamente barro y limo110. Y de la misma manera que este sol visible aprieta y endurece el barro, así también el sol de justicia, con los mismos rayos con que iluminaba al pueblo de Israel, endurecía el corazón del Faraón, en el que moraban pensamientos barrosos, acordes con la calidad misma de sus sentimientos. Que esto sea así y que el siervo de Diosi111, inspirado por el Espíritu Santo, no escribió una simple historia, como pudiera parecer a los hombres, lo demostrará también por el hecho de que, al referir que los hijos de Israel gemían, no dice que gimieran por causa del barro, de los adobes o de la paja, sino por causa de sus trabajos. Y cuando sigue: Y su clamor subió hasta Dios, tampoco dice que por causa del barro, de los adobes o de la paja, sino, otra vez: por causa de sus trabajos; por eso también añade: Oyó el Señor sus gemídos112: y es que no oye el gemido de los que no claman al Señor desde sus obras113s. Aunque parezca que hemos hecho una digresión al exponer esto, sin embargo, la oportunidad de los pasajes nos aconsejaba no omitirlo en manera alguna, sobre todo por la semejanza que tiene con lo que dice ésta que afirma está ennegrecida porque el sol la ha descuidado, lo cual ocurre, como hemos demostrado, allí donde precede el pecado como causa; y también que alguien se ennegrece y se quema con el sol allí donde subsiste la materia del pecado, en tanto que, donde no hay pecado se dice del sol que ni quema ni ennegrece, conforme a lo que sobre el justo se afirma en el Salmo: De día el sol no te quemará, ni la luna de noche114. Estás, pues, viendo que el sol no quema a los santos, porque en ellos no hay causa alguna de pecado. De hecho, como dijimos, el sol tiene doble poder: ilumina a los justos, si, pero no ilumina, sino quema, a los pecadores, porque éstos, al obrar mal, odian la luz115.
En fin, ésta es la razón de llamarse nuestro Dios fuego que consume116, y desde luego, luz, y en él no hay tinieblas117. Indudablemente se hace luz para los justos y fuego para los pecadores, con el fin de consumir en ellos todo cuanto halle de corruptible y frágil en sus almas 118. Por lo demás, tú mismo comprobarás en abundancia, si lo examinas, que en muchos lugares de la Escritura, tanto sol como fuego, se dice no del visible de acá, sino del invisible y espiritual
Los hijos de mi madre pelearon en mí; me pusieron de guarda en las viñas; mi propia viña no guardé (1,6).
La misma que es morena por causa de sus pecados anteriores, pero hermosa por su fe y conversión, la misma todavía dice también eso, afirmando que los hijos de su madre pelearon, no contra ella, sino en ella, y que después de esta pelea que en ella tuvieron, la colocaron como guarda de las viñas, no de una sola viña sino de muchas. Pero añade que, aparte de las viñas para las que la instituyeron guarda los hijos de su madre, ella misma tenía otra viña propia, que no había guardado. Este es el asunto del drama que nos ocupa.
Pero indaguemos ahora quién es la madre que esta esposa cita como suya, y también quiénes esos hijos suyos que pelearon en la esposa y que enviaron a ésta a guardar las viñas al concluir el combate, como si ella no hubiera podido guardarlas sin antes haber peleado ellos. Sin embargo, después de hacerse cargo de la guarda de las otras viñas, no quiso o no pudo guardar la propia. Pablo, escribiendo a los Gálatas, dice: Decidme, los que queréis estar debajo de la ley, ¿no habéis oído la ley? Porque escrito está que Abrahán tuvo dos hijos: uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; en cambio el de la libre, por la promesa. Son cosas éstas, dichas en alegoría. Efectivamente, estas mujeres representan los dos testamentos: uno, ciertamente, el del monte Sinaí, que engendra para la esclavitud, que es Agar; porque el Sinaí es un monte de Arabia y corresponde a la Jerusalén actual, que es esclava junto con sus hijos. En cambio la Jerusalén de arriba es libre, y es la madre de todos nosatros119. Pablo, pues, dice que esta Jerusalén celeste es madre suya y de todos nosotros los creyentes. Precisamente en versículos posteriores añade concluyendo: De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre, en la libertad con que Cristo nos hizo libres120. Con toda evidencia, pues, declara Pablo que todo el que por la fe consigue de Cristo la libertad es hijo de la libre, y dice que ésta es la Jerusalén de arriba, que es libre y madre de todos nosotros. Por consiguiente, se entiende que de esta madre es hija también esta misma esposa, junto con los que pelearon en ella y la constituyeron en guarda de las viñas. Por donde se ve que estos que tenían tanto poder como para entablar combate en ella y ordenarle guardar las viñas, no eran personas cualesquiera, de condición humilde o despreciable. Por consiguiente, como hijos de la madre de la esposa, esto es, los hijos de la Jerusalén celeste, podemos entender los apóstoles de Cristo, que antes combatieron en esta Iglesia que se congrega de entre los gentiles. Ahora bien, combatieron para vencer en ella los sentimientos de infidelidad y desobediencia que antes tuvo y toda altanería que se subleva contra la ciencia de Cristo, según dice Pablo: Destruyendo sofismas y toda altanería que se subleva contra la ciencia de Cristo121.Combatieron, pues, no contra ella, sino en ella, esto es, en sus sentimientos y en su corazón, para destruir y expulsar toda infidelidad, todo pecado y todas las doctrinas que, mientras anduvo entre los gentiles, se le habían imbuido mediante las falsas afirmaciones de los sofistas. Por eso los apóstoles libraron una gran guerra, hasta derruir todos los torreones de la mentira y los muros de la perversa doctrina, aniquilar las argucias de la iniquidad y vencer a los demonios que operaban y atizaban todo esto en su corazón.
Entonces, después de ahuyentar de ella todos los sentimientos de la antigua infidelidad, no la dejaron ociosa, sino que, para evitar que a través del ocio de nuevo se deslizaran reptando y volvieran los antiguos vicios que habían expulsado, le dieron un trabajo que desempeñar, y le encargaron la guarda de las viñas. Por viñas entendemos todos y cada uno de los libros de la ley y de los profetas, pues cada uno de ellos era como un campo feraz122 que el Señor ha bendecido123. Estos campos, pues, son los que aquellos esforzados varones le consignaron después de la victoria, para conservarlos y custodiarlos: evidentemente, según dijimos, no la dejan ociosa. Pero es que podemos así mismo entender por viñas los escritos de los evangelistas y las cartas de los mismos apóstoles, pues ellos lo entregaron para su custodia a esta Iglesia reunida entre los gentiles, por la cual habían también combatido.
En cuanto a lo que dice: que no había guardado su propia viña, a buen seguro podemos interpretar ésta como aquella ciencia en que cada cual se ejercita antes de tener la fe y que ella dejó y abandonó sin dudar, cuando creyó en Cristo y por Cristo consideró pérdidas lo que antes le parecían ganancias124. Lo mismo que Pablo, quien se gloría de que las observancias de la ley y toda la gloria de la educación judía fueron para él como estiércol, de modo que fuese hallado en Cristo, no con su justicia, que viene de la ley, sino con la justicia que viene de Dios125. Lo mismo, pues, que Pablo, el cual, tras recibir la fe de Cristo, no guardó su viña, es decir la observancia de la tradición judía, y quizá no la guardó por esta razón: aunque había sido plantada por Dios como cepa verdadera, se había tornado en sarmientos de cepa borde126, y era ya su cepa de la vid de Sodoma, y sus pámpanos de Gomorra; y sus racimos, amargos, y veneno de víboras su vino y ponzoña mortal de áspides127. Así también entre los gentiles había muchas doctrinas de este género, pero dice que, después de aquellos combates librados por los doctores en pro de la fe y del conocimiento de Cristo, están vencidas, y yo creo que debe considerarse delito el que alguien guarde viñas de esa calaña y cultive algún campo sembrado de enseñanzas venenosas y nocivas. Y no te asombres si alguna vez parece haber estado sujeta a estas culpas la que se congrega .de la dispersión de las naciones y se prepara ya como esposa para Cristo. Recuerda cómo la primera mujer fue seducida e incurrió en transgresión128, y de ella se dice que sólo se salvará engendrando hijos, es decir, a los que permanecerán en la fe y en el amor, con santidad129. Pues bien, el apóstol Pablo, refiriéndose a lo que se escribe de Adán y Eva, afirma: Gran misterio es éste, referido a Cristo y a la Iglesia130, pues Cristo la amó de tal manera que se entregó por ella, cuando ella era todavía impía, como el mismo Pablo dice: Porque, cuando todavía éramos impíos, Cristo, a su tiempo, murió por nosotros; y de nuevo: Porque, cuando nosotros éramos todavía pecadores, Cristo murió por nosotros131. Por consiguiente, no hay que extrañarse si de ésta que, seducida, había incurrido en transgresión y que a lo largo del tiempo había sido impía y pecadora, se dice que durante ese tiempo en que era impía todavía había cultivado una viña de tal índole que debería abandonarla y en modo alguno conservarla.
Ahora bien, si se quiere proseguir y explicar el tercer tipo de interpretación, apliquemos todo esto a cada alma que, convertida a Dios y llegada a la fe, sufre indudablemente combates de pensamientos y luchas de los demonios, que se esfuerzan por tornarla a los atractivos de la vida anterior y al error de la infidelidad. Mas, para que esto no suceda ni los demonios tengan de nuevo tanto poder contra ella, la divina Providencia cuidó de dar a cada pequeño y a los que, por ser todavía niños y lactantes en Cristo, no pueden librar por si mismos los combates contra las astucias del diablo y de los demonios132, ángeles protectores y defensores, que Dios instituyó como tutores y curadores133 de los que, por estar aún en edad débil, no pueden, según dijimos, combatir por sí mismos134. Y para que estos ángeles puedan realizar su cometido con mayor confianza, se les concede estar viendo siempre el rostro del Padre que está en los cielos135: yo creo que éstos son los niños que Cristo manda que vayan a él y que nadie se lo impida136 y los que dice que están siempre viendo el rostro del Padre. Y no te parezca un contrasentido el que los llame hijos de su madre esta alma que tiende hacia Dios. Efectivamente, si la madre de las almas es la Jerusalén celeste y los ángeles se denominan también celestes, en nada parecerá discordante el que dicha alma llame hijos de su propia madre a los que, como ella, son también celestes. Pero sobre todo parecerá lógico y conveniente que, quienes tienen un único Padre, Dios137, tengan también una única madre: Jerusalén. En cuanto a lo que dice: Mi propia viña no guardé138, con ello parece indicar que no guardó honorablemente aquellas normas, costumbres y propósitos en que se ejercitaba cuando vivía según el hombre viejo139. Pero desde que empezó a pelear, con la ayuda de los ángeles, venció y puso totalmente en fuga, lejos de sí, al hombre viejo con sus obras140, y entonces ellos la constituyeron en guarda de sus viñas, es decir, de los pensamientos y de las doctrinas divinas, de las cuales pueda beber el vino que alegra su corazón141.
Hazme saber tú, a quién ama mi alma, dónde apacientas el rebaño, dónde sesteas a mediodía, para que no ande yo como tocada con velo de novia tras los rebaños de tus compañeros (1,7).
Quien dice esto, es todavía la esposa, pero al esposo y no ya a las hijas de Jerusalén. Por consiguiente, desde lo del comienzo: Que me bese, hasta la última frase: tras los rebaños de tus compañeros, todo lo que se dice son palabras de la esposa. Pero el pensamiento está, en primer lugar, dirigido a Dios; en segundo, al esposo, y en tercero, a las doncellas. Ocupando entre éstas y el esposo el punto medio y como haciendo las veces del corifeo, según el género dramático, la esposa ha dirigido sus palabras, ora a aquellas, ora al esposo, respondiendo también a las hijas de Jerusalén. Ahora, pues, estas últimas palabras las dirige al esposo preguntándole dónde apacienta el ganado a mediodía y dónde sestea, pues teme que, al andar buscándole, pueda ir a parar a los lugares en que tienen sesteando sus rebaños los amigos del esposo. Ahora bien, por estas palabras se pone de manifiesto que este esposo es también pastor. Más arriba habíamos aprendido que también era rey, porque indudablemente rige a hombres; es pastor, porque apacienta ovejas; es esposo, porque tiene una esposa para que reine con él, según lo que está escrito: Está la reina a tu derecha, con vestido dorado142. Este es el contenido del drama mismo en su sentido, digamos, literal.
Pero indaguemos ahora su significado interior y, si es menester anticipar en algo lo que se tratará después, a fin de esclarecer cuál es el sentimiento de estos compañeros, recordemos aquel pasaje en que se escribe que las reinas son sesenta, pero entre todas, una sola es la paloma, única la perfecta y única la partícipe del reino. Las demás, inferiores ya, son las que se designan como ochenta concubinas; y aún después de la serie de concubinas, están puestas las doncellas, que son innumerables143. Ahora bien, todas éstas son las diferencias propias de aquellos que, creyendo en Cristo, se unen a él con diferente disposición. Así por ejemplo, digamos que la Iglesia entera es, en figura, el cuerpo de Cristo; lo dice el Apóstol144 y declara que en este cuerpo los miembros son diferentes: unos son los ojos, otros las manos y otros los pies, y que cada cual se ajusta como miembro de este cuerpo en razón de los méritos de sus actos y de su celo145. Debemos, pues, entender también nuestro pasaje según esta imagen y pensar que en este drama nupcial unas almas, que se unen al esposo con un afecto más generoso y noble, tienen junto a él la dignidad y el afecto de reinas; que otras, cuya estima es sin duda inferior, tanto en sus progresos como en sus virtudes, ocupan el lugar de las concubinas; y que otras, el de las doncellas, que parecen estar puestas fuera del palacio, aunque no fuera de la ciudad regia; pero que las últimas y a la zaga de todas las que hemos mencionado están las que son llamadas ovejas146. Sólo que, si miramos con más atención, quizás todavía hallemos otras almas inferiores a todas ellas, las últimas de todas, a saber, las que hacen número en los rebaños de los compañeros del esposo. Porque se dice que también ellos tienen rebaños, en los cuales no quiere la esposa ir a dar, y por eso pide al esposo que le diga dónde apacienta él su rebaño, dónde sestea a mediodía, para que no ande yo -dice- como tocada con velo de novia tras los rebaños de tus compañeros147. Se discute si estos compañeros, de los cuales se dice que tienen algunos rebaños, obran así porque trabajan para el esposo y actúan bajo sus órdenes como rabadán de los pastores (puesto que se llaman compañeros suyos), o bien porque tiene algo propio y aparte y que no se aviene con la voluntad del esposo: de hecho la esposa rehuye y teme ir a dar en los rebaños de los compañeros al andar buscando a su esposo. Y en cuanto a lo que dijo: para que no ande yo, no con velo de novia, sino como tocada con velo de novia148, indaga si es que con ello está insinuando que hay alguna o algunas de las compañeras que, como esposas, lleven ellas también vestido nupcial y vayan veladas y, como dice el Apóstol, con el velo y el poder en la cabeza149. Y para que la explicación de este discurso resulte más clara, sigamos una vez más lo que se va diciendo al hilo del plan del drama. La esposa solicita encarecidamente de su esposo que le indique el lugar de su retiro y descanso, ya que, impaciente de amor, ansía escuchar al esposo también a mediodía, sobre todo en ese momento en que la luz es más clara y el brillo del día perfecto y puro, para estar a su lado mientras apacienta las ovejas o las hace refrescarse. Y con empeño quiere saber el camino que ha de seguir hasta él, no sea que, de no estar bien instruida en los vericuetos de este camino, venga a dar en los rebaños de los compañeros y entonces parezca asemejarse a alguna de aquellas que se llegan con velo de novia a los compañeros y no se cuidan de su pudor ni se guardan de andar correteando ni de hacerse ver de la multitud. Pero yo, dice, que no quiero que me vea nadie más que tú solo, deseo saber por qué camino llegaré a ti para que quede en secreto, nadie se interponga y ningún testigo extraño e inoportuno salga a mi encuentro. Y acaso busque los lugares en que el esposo apacienta sus ovejas y le manifieste su reserva de no querer toparse con los rebaños de los compañeros, movida por este propósito: hacer que el esposo aleje sus ovejas de sus compañeros y las apaciente aparte, con el fin de, no sólo que los demás no vean a la esposa, sino también que ésta pueda disfrutar más en secreto de los ocultos e inefables misterios del esposo. Veamos, pues, ahora, cada punto en particular.
En primer lugar, mira, efectivamente, a ver si podemos decir que por esposo debe entenderse el Señor, cuya parte fue Jacob y cuya heredad fue Israel150, y por sus compañeros, aquellos ángeles de cuyo número dice: Cuando el Altísimo dividía las gentes y dispersaba a los hijos de Adán, estableció los términos de los pueblos según el número de los ángeles de Dios151: y quizá los rebaños de los compañeros del esposo son todos estos pueblos que, como ovejas, han sido puestos bajo el pastoreo de los ángeles; en cambio, el rebaño del esposo, aquellos de quienes se dice en el Evangelio: Mis ovejas oyen mi voz152. Mira, efectivamente, y observa con atención, por qué se dice: Mis ovejas, como si hubiera otras ovejas que no son suyas, lo que justamente él mismo dice en otro lugar: Porque vosotros no sois de mis ovejas153. Todo ello se verá que hasta en sus pormenores se ajusta adecuadamente a este oculto misterio. Estando así las cosas, tuvo razón la esposa en querer que el rebaño de cada compañero se interpretara como esposa de ese compañero, y la describe tocada con velo de novia. Más como quiera que ella tenia la certeza de estar por encima de todas las otras, no quiere parecer semejante a ninguna de ellas, como quien sabe que debe sobrepujar a aquellas esposas de los compañeros a las que define como tocadas con velo de novia, tanto, cuanto su esposo sobresale de sus compañeros. Sin embargo, se verá que tuvo además otros motivos para sus averiguaciones, ya que sabe que tarea del buen pastor es esforzarse por buscar los mejores pastos para sus ovejas y encontrar para descanso del calor de mediodía las más verdes y umbrías florestas. Esto, en verdad, los compañeros del esposo no saben hacerlo ni manifiestan tanto arte o tanto empeño en escoger los pastos, y por esto dice ella: Hazme saber dónde apacientas el rebaño, dónde sesteas a mediodia154, pues ansía ese momento en que la claridad se difunde más abundante sobre el mundo y en que el día es más pleno y la luz más pura y rutilante. Entonces, dice, hazme saber, tú a quien ama mi alma, dónde apacientas el rebaño, dónde sesteas a mediodía, para que no ande yo como tocada con velo de novia tras los rebaños de tus compañeros155.
Ahora la esposa ha llamado al esposo con una denominación nueva. Efectivamente, porque sabía que él es el hijo del amor, más aún, que es el amor que procede de Dios156, como denominación le dice esto: a quien ama mi alma y con todo, no dijo: a quien amo, sino: a quien ama mi alma, pues sabía que al esposo no se le debe amar con cualquier amor, sino con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el corazón157. ¿Dónde apacientas el rebaño -dice-, dónde sesteas a mediodía? Tengo para mí que de este lugar que ahora la esposa desea aprender y oir del mismo esposo, el profeta dice, puesto él también bajo el mismo pastor: El Señor es mi rey (o como leemos en otros ejemplares: El Señor es mi pastor) y nada me faltará158. Y como sabía que los otros pastores, por culpa de su desidia o de su torpeza, careaban sus rebaños en lugares demasiado áridos, dijo del mejor de los pastores, el Señor: En verdes praderas, allí me hizo recostar; hacia fuentes tranquilas me condujo159; con esto puso de manifiesto que este pastor provee a sus ovejas de aguas, no sólo abundantes, sino también saludables y puras, en todo reparadoras. Ahora bien, como quiera que de esta situación en que, como oveja, vivía bajo un pastor, se cambia a las realidades intelectuales y más elevadas y en ellas hizo progresos; y como esto lo consiguió por la conversión, añade: Convirtió mi alma; me condujo por sendas de justicia, por amor de su nombre160. A partir de aquí, sin duda, puesto que había progresado hasta el punto de caminar por las sendas de la justicia y, por otra parte, la justicia tiene frente a sí como oponente a la injusticia y, por tanto, necesariamente el que camina por la senda de la justicia tendrá que combatir a los contrarios, confiando en la fe y en la esperanza, dice sobre ello: Pues, aunque ande en medio de la sombra de la muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo161. Luego, como dando gracias al que le inculcara las disciplinas del pastoreo, dice: Tu vara y tu cayado, por los que aparezco instruido en el oficio de pastor, ellos me consolaron162. Más, desde este punto, cuando el profeta se ve trasladado de los pastos pastoriles a los manjares intelectuales y a los místicos secretos, añade: Preparaste ante mí una mesa, frente a los que me atribulan; ungiste mi cabeza con aceite, y tu copa embriagadora ¡qué excelente!, y tu misericordia me acompañará todos los días de mi vida, para que habite en la casa del Señor a lo largo de los dias163. Por eso aquella primera instrucción, esto es, la pastoril, se dio al comienzo, para que, puesto en verdes praderas, fuera conducido a las fuentes tranquilas. En cambio, lo que sigue se ocupa de los progresos hacia la perfección. Mas ya que hemos utilizado el tema de los pastos y del verdor, parece oportuno confirmar también lo que hemos dicho desde los Evangelios. También aquí he hallado que este buen pastor habla de los pastos de las ovejas, cuando, al confesarse pastor, recuerda que también es puerta, y dice: Yo soy la puerta; el que por mí entre, se salvará; y entrará y saldrá y hallará pastos164. También a éste pregunta ahora la esposa, para oír y aprender de él a qué pastos conduce las ovejas y en qué espesuras conjura los calores del mediodía; y mediodía llama a aquellos secretos del corazón con los que el alma consigue del Verbo de Dios una luz más clara de conocimiento: es, efectivamente, el momento en que el sol alcanza la más alta cima de su carrera. Por esa razón, si alguna vez el sol de justicia165, Cristo, revela a su Iglesia los altos y difíciles secretos de sus virtudes, parecerá que le hace conocer los amenos pastos y los cubiles de mediodía, ya que, cuando todavía está en el inicio de su aprendizaje y recibe de él, por decirlo así, los rudimentos de la ciencia, entonces el profeta dice: Y la ayudará al clarear el alba166. Por eso ahora, puesto que busca ya y desea realidades más perfectas y elevadas, pide la luz meridiana de la ciencia. Con esto pienso que se relaciona lo que se refiere también de Abrahán: Después de muchas instrucciones, mediante las cuales Dios, apareciéndosele, le fue educando y enseñando sobre asuntos particulares, se le apareció Dios junto a la encina de Mambré, estando él sentado a la entrada de su tienda a mediodía. Y alzó los ojos y miró, y he aquí que tres hombres estaban parados cerca de él167. Pues, si creemos que esto fue escrito por la acción del Espíritu Santo, pienso que no sin razón plugo al divino Espíritu que se consignara en las páginas de la Escritura incluso el tiempo y la hora de la visión: el registro de esta hora y de este tiempo tiene que añadir algo al conocimiento de los hijos de Abrahán, quienes, lo mismo que han de realizar las obras de Abrahán168, han de esperar también tener estas visitas. Efectivamente, el que puede decir: La noche está avanzada y el día se acerca. Como en pleno día, procedamos con decoro, no en comilonas y borracheras, no en lujurias y desenfreno, no en pendencias y envidias169, cuando haya sobrepasado todo esto parecerá que, habiendo dejado atrás ese tiempo en que la noche está avanzada y el día se acerca, se apresura, no hacia el comienzo del día, sino hacia el mediodía, de manera que también él llega a la gracia de Abrahán. En efecto, si la luz de la mente y la pureza del corazón que en él hay son claras y refulgentes, dará la impresión de tener en sí mismo el mediodía; y por causa de esa pureza del corazón, como puesto al mediodía, sentado junto a la encina de Mambré, cuyo significado se relaciona con visión170, verá a Dios. Por eso se sienta junto a la visión al mediodía aquel que invita a ver a Dios.
De ahí, en fin, que se diga, no que está sentado dentro de la tienda, sino fuera, a la entrada de la tienda, pues fuera y aparte del cuerpo se halla la mente del que está lejos de los pensamientos corporales y lejos de los deseos carnales, y por eso Dios le visita, porque está fuera de todo eso. Al mismo misterio pertenece también el hecho de que José, al acoger a sus hermanos en Egipto, los hace comer con él a mediodía, y ellos le rinden homenaje con sus presentes a mediodia171. Por último, creo que ésta es la razón de que ningún evangelista quisiera escribir que lo que hicieron los judíos contra el Salvador ocurrió al mediodía: aunque en todo caso la hora sexta no da a entender otra cosa que la hora del mediodía, no obstante, ninguno nombró al mediodía: Mateo dice así: Desde la hora sexta, las tinieblas cayeron sobre la tierra hasta la hora nona172; Lucas, por su parte: Era ya casi la hora sexta y las tinieblas cayeron sobre la tierra hasta la hora nona, por eclipsarse el sol173; en cuanto a Marcos: Llegada la hora sexta, las tinieblas cayeron sobre la tierra hasta la hora nona174. De aquí se colige que, ni en la visita de Abrahán ni en el banquete de los patriarcas en casa de José necesitaba este momento ser designado por el nombre del número sexto, sino al contrario, por el de mediodía. Efectivamente, la esposa, que ya se simbolizaba en estos personajes, quería saber dónde apacentaba su rebaño el esposo y dónde tenía el sesteadero, y por eso nombra el mediodía. En cambio, los evangelistas, en los hechos que narraban, necesitaban, no la hora del mediodía, sino el número de la hora sexta, porque su intención era narrar el sacrificio de la víctima que se ofreció en el día de Pascua por la redención del hombre, el cual fue formado por Dios el día sexto, después que la tierra hubo producido seres vivientes según su género: cuadrúpedos, reptiles y animales de la tierra175. Por consiguiente, en el pasaje que nos ocupa, la esposa desea ser iluminada con la luz plena de la ciencia, para evitar que andando errante a causa de su ignorancia, venga a asemejarse a aquellas escuelas de los doctores, que trabajan, no por la sabiduría de Dios, sino por la de los filósofos y príncipes de este mundo. Es, efectivamente, lo que también el Apóstol parece decir en aquel pasaje en que afirma: Hablamos de la sabiduría de Dios misteriosa, escondida, que ninguno de los príncipes de este mundo ha conocido176. Y esto mismo da a entender nuevamente cuando dice: Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado177. Por esta razón la esposa de Cristo busca los rediles de mediodía y pide a Dios la plenitud de la ciencia, para no ser ni parecida a una de esas escuelas de filósofos, que se llaman veladas178 porque, en ellas la plenitud de la verdad está encubierta y velada. En cambio, la esposa de Cristo dice: Mas nosotros miramos a cara descubierta, como en un espejo, la gloria de Dios179.
Si no te conoces, tú, buena (o bella) entre las mujeres, sigue las huellas de los rebaños, y apacienta tus cabritos entre las tiendas de los pastores (1,8).
De uno de los siete que la fama celebra entre los griegos como señeros en sabiduría, se ha transmitido, junto con otras, esta admirable sentencia: Conócete a ti mismo180. Sin embargo, Salomón, que ya en nuestro prólogo mostramos que había precedido a todos ellos en tiempo, en sabiduría y en conocimiento de las cosas, dice lo mismo hablando al alma como a una mujer y con cierto tono amenazador: Si no te conoces a ti misma, oh bella entre las mujeres181; si no reconoces que las causas de tu belleza están en el hecho de haber sido creada a imagen de Dios182, por lo cual hay en ti tanto esplendor natural; y si no sabes lo bella que eras desde el principio, por más que ahora aventajes ya a las demás mujeres y entre ellas seas la única en ser llamada bella, con todo, si no te conoces a ti misma, quién eres, pues yo no quiero que tu belleza parezca buena por comparación con las menos bellas, sino que haya en ti correspondencia contigo misma y te pongas al nivel de tu propia dignidad; si no haces todo esto, yo te ordeno que salgas y camines sobre las últimas huellas de los rebaños, y que no apacientes ya ovejas ni corderos, sino cabritos183, es decir, aquellos que por su depravación y su lascivia estarán a la izquierda del rey que preside en el juicio. Y cuando te haya introducido en mi regia cámara del tesoro184 y te haya mostrado cuáles son los bienes supremos, si no te conoces a ti misma, te mostraré también cuáles son los supremos males, para que de unos y de otros saques provecho, tanto por miedo a los males como por deseo de los bienes. Efectivamente, si no te conoces a ti misma y vives ignorándote y sin aplicarte con ardor al conocimiento, es bien seguro que no tendrás tienda propia, sino que andarás merodeando por las tiendas de los pastores, y entonces, entre las tiendas de éste o de aquel pastor, apacentarás los cabritos, animal inquieto y errátil, carne de pecado185. Ahora bien, esto lo sufrirás hasta que por la fuerza de las cosas y por experiencia propia comprendas lo malo que es para el alma no conocerse a si misma y su propia belleza, por la que aventaja a las demás, no a las vírgenes, sino a las mujeres, es decir, a las que han padecido la corrupción y no permanecieron en la integridad de su virginidad. Esto es lo que, después de todo cuanto había hablado la esposa y siguiendo el plan del drama, dice el esposo a la esposa con cierta gravedad conminatoria, tratando de animarla para que se aplique al conocimiento de si misma.
Pero es lógico que ahora, como hicimos con lo demás, apliquemos también esto a Cristo y a la Iglesia, pues Cristo, hablando a su esposa, es decir, a las almas de los creyentes, estableció la cumbre de la salvación y de la dicha en el conocimiento de si mismo. Sin embargo, de qué manera el alma se conoce a si misma, creo que no se puede explicar ni fácil ni brevemente; con todo, intentaremos aclarar algunas cosas, entre las muchas que hay, según nuestras fuerzas.
Mi opinión en este caso es que el alma debe abordar el conocimiento de si misma por doble camino: qué es ella misma verdaderamente y de qué manera se comporta; es decir, qué tiene en su substancia y qué en sus sentimientos, de suerte que pueda comprender, por ejemplo, si es de buenos o de malos sentimientos, de rectos o de torcidos propósitos; y en el caso de ser éstos ciertamente rectos, si tiene el mismo empeño para todas las virtudes, tanto de pensamiento como de obra, o bien solamente para las cosas necesarias y que están a mano. Y también si está en situación de progresar de modo que vaya creciendo por la comprensión de las cosas y por el aumento de las virtudes, o bien se ha parado y asentado en el punto al que pudo llegar. Además, si se dedica a cultivarse exclusivamente a sí misma, o bien se esfuerza por aprovechar a otros y aportarles.un poco de utilidad, ya con la palabra de la doctrina, ya con los ejemplos de su obrar.
En cambio, si reconoce que no es de buen sentimiento ni de recto propósito, en esto mismo podrá comprender si le falta bastante aún y anda lejos del sendero de la virtud, o bien si se encuentra ya en el camino mismo y se esfuerza por caminar con deseo de alcanzar lo que está delante y de olvidar lo que queda atrás186, pero sin acercarse todavía; o bien si está próxima, ciertamente, pero no ha llegado aún a la perfección. Con todo, en este punto me parece que el alma que se conoce a si misma necesita saber si esos mismos males que obra los realiza por sentimiento y por gusto o bien por cierta fragilidad y como quien obra-según dice aquel-lo que no quiere, y hace lo que aborrece187; y a su vez, si lo bueno lo realiza con buen sentimiento y recto propósito. Por ejemplo, si refrena su ira para con unos y en cambio le da rienda suelta para con otros, o bien la refrena siempre y no la muestra con ninguno en absoluto. De modo parecido también la tristeza: si en unos casos la espanta y en otros la acepta, o bien la rechaza de plano en todos los casos. Y lo mismo por lo que se refiere al temor y a todos los demás sentimientos que se oponen a las virtudes. Pero el alma que se conoce a si misma tiene todavía necesidad de saber si está muy ávida de gloria, o poco o nada en absoluto. Esto lo puede colegir ella comprobando si se complace en las alabanzas mucho, medianamente o nada en absoluto, y si en las injurias se entristece bastante, poco o nada en absoluto. Pero incluso en el dar y el recibir se refleja el alma que se conoce a si misma: si lo que reparte y ofrece lo reparte y lo ofrece con un sentimiento de comunicación y como quien se complace en que haya igualdad entre los hombre, o bien -como dice aquel- con tristeza y por obligación188, o cuando menos buscando el agradecimiento de los que reciben o de los que se enteran. Mas también en el recibir: el alma que se conoce a si misma observará si lo que recibe la deja indiferente, o bien se goza en ello como en un bien. Pero el alma que nos ocupa habrá de examinarse a si misma también sobre el alcance de su espíritu, para saber si fácilmente le pone en movimiento el relato de cualquier cosa verosímil y se deja embaucar por la habilidad, la dulzura o la astucia de los discursos, o bien esto lo padece raramente o nunca en absoluto. Pero baste lo que hemos dicho sobre este género de conocimiento. Sin duda el que quiera otras comparaciones parecidas podrá recoger un sin número de ellas, por las cuales el alma probará que se conoce a si misma y que contempla su belleza, la que recibió a imagen de Dios en la creación, con tal que haya podido restaurarla y restablecerla189. Esto es, pues, lo que enseña nuestro pasaje al alma, bajo la figura de la mujer, para que pueda conocerse a sí misma, y dice: Si no te conoces a ti misma190, esto es, si no guías tus sentimientos con ayuda de las diversas indicaciones arriba mencionadas y si no eres capaz de discernir cada cosa: lo que debes hacer y lo que debes evitar, lo que te falta y lo que te sobra, lo que debes en mandar y lo que debes conservar; en cambio, si quieres obrar indiferentemente entre las otras almas de la vulgar vida de los hombres (entre las que aquí llama mujeres y entre las cuales tú eres bella por haber recibido ya los besos del Verbo de Dios y haber visto los secretos de su cámara del tesoro); si, repito, no te conoces a ti misma y en cambio quieres obrar indiferentemente como el vulgo común, sal y sigue las huellas de los rebaños191, es decir: te estarás entre el resto del rebaño si, después de todo lo que se te ha confiado, eres incapaz de obrar algo egregio y de apartarte del trato gregario, por no conocerte a ti misma. Y estarás no sólo en el rebaño, sino en las huellas del rebaño: y es que vendrá a ser el último y postrero de todos192 el que no comprendió sus preeminencias. Y por eso, en cuanto descuida la ciencia, necesariamente se verá zarandeada por todo viento de doctrina hacia el engaño de los errores193, de suerte que plantará su tienda ahora junto a aquel pastor, es decir, maestro de la palabra, luego junto al otro; y así en todas partes andará en continuo vaivén apacentando, no ovejas, que son animales simples, sino cabritos -los sentidos lascivos e inquietos, dedicados al pecado-, y frecuentando la compañía de diversos maestros buscados expresamente para esto. Y tal será la pena para la culpa del alma que no se esfuerce en conocerse a sí misma y por seguir al único pastor que dio su vida por sus ovejas194. Es éste un aspecto por el que el alma debe comprenderse a sí misma en sus sentimientos y en sus acciones. Pero hay otro aspecto más profundo y más difícil, por el que se manda al alma que, con todo, ya es bella entre las mujeres, conocerse a si misma. Si esto logra, puede esperar para sí todos los bienes; si no, que sepa ya que habrá de salir tras las huellas de los rebaños y apacentar los cabritos entre las tiendas de pastores que le son extraños. Ea, pues, comencemos a examinar también, según nuestra capacidad, este aspecto del conocimiento.
La palabra divina dice a través del profeta: Haced brillar para vosotros la luz de la ciencia195. Ahora bien, entre los dones espirituales, uno es el don mayor, el que otorga el Espíritu Santo: la palabra de ciencia196, cuyo objetivo principal es el que en el Evangelio de Mateo se describe así: Nadie conoció al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoció alguien, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo197; en el de Lucas, así: Nadie sabe quién sea el Hijo, sino el Padre; y nadie sabe quién sea el Padre, sino el Hijo y a quien el Hijo quisiere revelarlo198; en cambio, en el de Juan, está escrito: Como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre199; y en el Salmo XLV, se dice: Sosegaos, y conoced que yo soy Dios200. Por consiguiente, el deber primordial de la ciencia es conocer la Trinidad; en segundo lugar, empero, conocer lo que ha creado, según lo que decía aquel: Pues él mismo me dio la verdadera ciencia de cuanto existe, de la substancia del mundo, de las propiedades de los elementos, del principio, del fin y del medio de los tiempos etc.201. Por otra parte, además de estos conocimientos, el alma tendrá también cierto conocimiento de si misma, por medio del cual debe saber cuál es su substancia: si es corpórea o incorpórea, y si es simple o está compuesta de dos o de tres o incluso de varios elementos. Pero también, conforme a los problemas planteados por algunos, si ha sido creada o nadie en absoluto la ha creado; y, si ha sido creada, cómo ha sido creada: si, como algunos piensan, el semen corporal contiene ya su substancia y entonces su origen se transmite juntamente con el del cuerpo, o bien proviene de fuera ya perfecta y es introducida en el cuerpo preparado y formado ya en las entrañas de las mujer. Y si es así, entonces debe saber si viene recién creada, y en ese caso será creada tan pronto como aparece formado el cuerpo, hasta el punto de que pueda creerse que la causa de su creación fue la necesidad de animar el cuerpo; o bien, si fue creada mucho tiempo antes y se piensa que por alguna causa vino para asumir el cuerpo; y si se cree que se rebaja a éste por alguna causa, deber de la ciencia es también tratar de saber cuál pueda ser esa causa202.
Pero, además, debe investigarse si el alma se reviste del cuerpo una sola vez por todas y luego, cuando lo deja, no vuelve jamás a buscarlo, o bien, tras haberlo tomado y depuesto una vez, vuelve a tomarlo, y si, tomado por segunda vez, lo conserva siempre o se desprende nuevamente de él en algún momento. Y como quiera que, según la autoridad de las Escrituras, es inminente la consumación del mundo y entonces esta condición corruptible se transformará en incorruptible203, no parece dudoso que, en la condición de la vida presente, el alma no puede venir al cuerpo segunda y tercera vez. Efectivamente, si se acepta esto, la consecuencia necesaria será que, al ir sucediéndose esos regresos al cuerpo, el mundo no conocerá un fin.
Todavía debe el alma investigar más para conocerse: si existe algún orden o si hay algunos espíritus de su misma substancia, o si hay otros, no de la misma substancia, sino diferentes de ella, es decir, si existen también otros seres racionales como lo es ella, y otros carentes de razón; y si es su substancia la misma que la de los ángeles, pues se cree que lo racional no difiere en absoluto de lo racional. Y también: supuesto que no es tal por substancia, sino que lo es por gracia, si lo ha merecido, o bien, si no puede en modo alguno hacerse semejante a los ángeles, a no ser que esto se deba a una cualidad o a una semejanza de su naturaleza: y es que, al parecer, se puede recuperar lo que se ha perdido, pero no se puede conseguir lo que el Creador no haya otorgado desde el principio204. Pero el alma, para conocerse a sí misma debe todavía seguir investigando si la virtud puede venir a ella y puede desaparecer; o bien, si es inmutable y, una vez adquirida, ya no se pierde jamás. Pero, ¿qué necesidad hay de traer a colación más instrumentos que hagan posible al alma conocerse a sí misma para evitar que, por su descuido en conocerse perfectamente, reciba la orden de salir siguiendo las huellas de los rebaños y apacentar los cabritos, y esto, no junto a su propia tienda, sino entre las tiendas de los pastores, siendo así que quien tenga voluntad de proseguir esta investigación podrá tomar de lo que ya hemos dicho abundantísimas ocasiones para, según sus posibilidades, ejercitarse en la palabra de la ciencia205?
Sin duda alguna, todo esto se lo puede decir el Verbo de Dios al alma que, ciertamente va progresando, pero que no ha subido aún a la cima de la perfección. Esta alma, por el hecho de estar progresando, es llamada bella, sin embargo, para que pueda también llegar a la perfección, necesita de esta advertencia: si recorriendo cada uno de los interrogantes que hemos propuesto no se conoce a si misma y no ejercita vigilante en la palabra de Dios y en la ley divina, le tocará andar cosechando sobre cada punto opiniones bien diversas e ir a la zaga de hombres que no han hablado palabra notable ni que proceda del Espíritu Santo. Esto es, en efecto, lo que significa salir siguiendo las huellas de los rebaños, y lo mismo seguir la doctrina de quienes, ellos mismos, han permanecido siendo pecadores y no han podido ofrecer remedio alguno a los que pecan. Quien sigue a éstos, ciertamente parecerá que apacienta a los cabritos rondando alrededor de las tiendas de los pastores, es decir, de las diversas escuelas de los filósofos. Mira, pues, atentamente y más de lleno lo terrible que es cuanto se simboliza bajo esta figura. Sal -dice- siguiendo las huellas de los rebaños206. Es como si hablara al alma que ya está dentro y apostada en el interior de los misterios pero que, por haber descuidado el conocerse a si misma y preguntarse quién es y qué y cómo debe obrar, o qué no debe obrar, se oye decir: Sal, como si por culpa de esta su desidia la enviara fuera el que preside. Así es un peligro tremendo para el alma el descuidar la ciencia y el conocimiento de si misma. Sin embargo, puesto que hemos expuesto un doble modo para conocerse el alma a sí misma, quizá le parezca a alguien que, según el primer modo, el alma que descuida examinar sus costumbres y acciones, indagar sus progresos y sondear sus pecados, es de razón que le diga: Sal, dando la impresión de arrojar fuera a la que estaba dentro. Pero en cambio, si la cosa ocurre según la otra versión, por la que dijimos que el alma debe conocer su naturaleza y su substancia, así como su condición presente, pasada y futura, entonces créase que el asunto es grave207. En efecto, ¿qué alma encontraremos fácilmente de esta categoría, tan perfecta y tan poderosa que le resulten claras la razón y la comprensión de todos estos problemas? A esto podemos responder que la palabra que tenemos entre manos no va dirigida a todas las almas; el esposo no habla aquí a las doncellas ni a las demás mujeres ni a las ochenta concubinas ni a las sesenta reinas, sino a la única que entre todas las mujeres es llamada bella y perfecta208. Por donde se pone de manifiesto que todo esto va dicho a cada una de las almas predilectas a las que Dios, junto con la gracia, dio mucha capacidad de sentir y de comprender, pero que, sin embargo, descuidan partes de las ciencias y no hacen el menor esfuerzo por conocerse a si mismas. Por eso las conmina a ellas la palabra divina: porque mucho se les exige a quienes mucho se da209; y porque el humilde será digno de misericordia y de perdón, mientras los poderosos serán poderosamente castigados210. Por consiguiente, oh alma que eres entre todas la más bella y la más sobresaliente, por ejemplo, en doctrina, si tú también te descuidas a ti misma y te empeñas en seguir ignorándote, ¿cómo podrán ser instruidos los que desean ser edificados, y cómo ser confundidos y refutados los contradictores? Por eso es justo que con cierto tono conminatorio se le diga: Sal siguiendo las huellas de los rebaños y apacienta tus cabritos entre las tiendas de los pastores211.
También se puede aducir para esto mismo aquello que escribe Moisés: si una mujer israelita comete adulterio, sea lapidada; pero si es hija de sacerdote, entonces quemada212. Así, pues, parecerá justa la amenaza contra aquellos que, a pesar de su capacidad para la ciencia y el conocimiento, sin embargo, por desidia los descuidan: contra estos es justísima la indignación del esposo, pues sabe que la negligencia de uno sólo redunda en perjuicio de muchos213. Una alma de esta índole, efectivamente, parecerá semejante a aquel que, habiendo recibido un denario, lo enterró para evitar que el amo del dinero sacase de él alguna ganancia214; o bien, a aquel de quien se dice que Dios lo mató porque era un malvado, a saber, Onán, el cual, habiendo recibido el semen de la ciencia natural, lo desparramaba en tierra por mirar con malos ojos a la posteridad215. También, si verdaderamente van dirigidas a la Iglesia, como ya dijimos arriba, estas palabras de conminación, por pastores habremos de entender los príncipes de este mundo216, o bien los ángeles bajo cuyo cuidado están los restantes pueblos217, ya sea porque la suerte lo dispuso, ya por algunas causas más particulares218. Pero en cambio, si dicha amenaza se refiere a toda alma que descuida el conocerse a si misma, entonces por pastores debemos entender los sabios y maestros de este mundo, que enseñan la sabiduría de este mundo219. En resumen, debe entenderse que el alma, sobre todo la que es buena y bella en los sentimientos y de talento despierto, necesita conocerse a si misma y empeñarse en tal conocimiento ejercitándose en la doctrina y aplicándose a las cosas divinas, y dejándose guiar en esto por el espíritu de Dios y por el espíritu de adopción220. Ahora bien, si esta alma se despreocupa de si misma y abandona sus ocupaciones divinas, entonces por fuerza habrá de aplicarse a las aficiones mundanas y a la sabiduría de este siglo, y ser guiada nuevamente, por el espíritu de este mundo, en el temor. Es lo que señala el Apóstol cuando dice: Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios221; y otra vez: Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para recaer en el temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!222. Todo esto es cuanto se nos pudo ocurrir sobre el pasaje presente; ahora pasemos ya a los que siguen.
A mi caballería, entre los carros del Faraón te he comparado, oh tú, que me eres tan cercana223 (1,9).
El sentido literal parece manifestar lo siguiente: Como en Egipto entonces, dice el esposo, cuando el Faraón, persiguiendo al pueblo de Israel, avanzaba con carros y caballería, y mi caballería (es decir, de mi esposo, el Señor) sobrepujaba con mucho a los carros del Faraón y era superior, puesto que los venció y hundió en el mar224, así tú también esposa mía, que me eres tan cercana, sobresales por encima de todas las mujeres, hecha semejante a mi caballería que, comparada con los carros del Faraón, es ciertamente más poderosa y magnifica. Este me parece ser el orden del discurso y creo que en tal dirección apuntan las palabras.
Pero veamos ahora si por ventura, siguiendo la interpretación mística, las almas que se hallan bajo el Faraón espiritual225 y bajo los espíritus del mal226 puede decirse que sean los carros del Faraón y sus cuadrigas, que él mismo guía y conduce para perseguir al pueblo de Dios y oprimir a Israel. Porque lo cierto es que las tentaciones y tribulaciones que los demonios suscitan a los santos, las suscitan valiéndose de algunas almas apropiadas y convenientes para eso. Subidos a ellas, como si fueran carros, hostigan y atacan, ora a la Iglesia de Dios, ora a cada uno de los fieles. Respecto de la caballería del Señor, sobre cuál sea esta su caballería, realmente en el Éxodo, donde son derrotados y hundidos en el mar los carros del Faraón, no hallamos nada escrito, a no ser únicamente que el Señor anegó en el Mar Rojo los carros del Faraón y todo su ejército227. Sin embargo, en el libro cuarto de los Reyes228 encontramos que Eliseo dice a su criado, asustado por la llegada de los enemigos, que habían venido con carros y caballería: No temas, porque hay más con nosotros que con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Señor, abre los ojos de este criado, para que vea. Y el Señor abrió sus ojos, y vio: el monte estaba lleno de gente a caballo, y carros de fuego habían descendido y rodeaban a Eliseo229. Pero también en el profeta Habacuc leemos con toda claridad y evidencia acerca de la caballería del Señor, que monta en sus caballos; éstas son, pues, las palabras de la Escritura: ¿Acaso, Señor, te aíras contra los ríos y te enfureces contra los ríos, o lanzas tu ímpetu contra el mar? Porque montas en tus caballos y tu caballería es la salvación230. Hay, pues, los caballos del Señor, en los que monta él mismo, y su caballería. Estos yo creo que no son otros que las almas que aceptan el freno de su disciplina y llevan el yugo de su dulzura, y que se dejan guiar por el espíritu de Dios: y en esto tienen su salvación.
En el Apocalipsis de Juan, leemos que se le apareció un caballo y, sentado sobre él, uno que es fiel y veraz y que juzga con justicia, cuyo nombre es el Verbo de Dios. Dice, pues: Y vi el cielo abierto; y había un caballo blanco, y el que estaba sentado sobre él era llamado fiel y veraz y que juzga y pelea con justicia. Y sus ojos eran como llama de fuego, y en su cabeza, muchas diademas, con un nombre escrito que nadie más que él conocía. Y vestía un manto empapado en sangre, y su nombre era Verbo de Dios. Y su ejército estaba en el cielo, y le seguían en caballos blancos, vestidos de lino blanco y puro231. Pero necesitamos que la gracia de Dios nos abra la significación de todo esto para que podamos entender qué nos indican estas visiones, quién pueda ser el caballo blanco, y quién el que está sentado sobre él, cuyo nombre es Verbo de Dios. Pues bien, quizás alguno diga que el caballo blanco es el cuerpo que el Señor tomó y que fue como vehículo del que en el principio estaba en Dios, Dios Verbo232. Otro en cambio dirá que es el alma que tomó el primogénito de toda criatura233, y de la que decía: Tengo poder para entregarla y tengo poder para tomarla de nuevo234. Otro pensará que los dos a la vez, el cuerpo y el alma, como si el caballo se dijera que es blanco cuando no hay pecado. Pero todavía habrá un cuarto que dirá que el caballo blanco es la Iglesia -que también es llamada cuerpo suyo235- en cuanto que no tiene mancha ni arruga, y él la santificó para sí en el baño del agua236. Pues bien, de acuerdo con estos puntos habrá que interpretar también cada uno de los que siguen: la milicia del cielo, el ejército del Verbo de Dios y cómo cada uno de los que siguen al Verbo de Dios montan caballos blancos y visten lino blanco y puro. Por esto Cristo compara y asemeja su Iglesia a este caballo blanco, por el que es transportado él mismo que se llama Verbo de Dios, o bien a esta caballería celeste que le sigue montada sobre caballos también blancos.
Entre los carros el Faraón237: podemos entenderlo en el sentido siguiente: cuanto esta caballería del Señor vence y sobrepuja a la caballería y carros del Faraón, tanto sobrepujas y vences tú, que eres bella entre las mujeres, a todas las demás almas que llevan todavía el yugo del Faraón y soportan a sus jinetes; o bien, que esta caballería mía, que por el baño del agua se tornó limpia, pura y blanca238 y mereció llevar como jinete al Verbo de Dios, fue tomada de entre los carros del Faraón. De allí, efectivamente, proceden todos los creyentes, pues Cristo vino a este mundo para salvar a los pecadores239. Por eso el sentido de este versículo puede aplicarse de esta manera: A mi caballería, que antes estuvo entre los carros del Faraón y que ahora me sigue en caballos blancos, purificada en el baño del agua, yo te comparo, a ti, que me eres tan cercana. Dichosas, pues, las almas que curvaron su espalda para recibir encima como jinete al Verbo de Dios y soportan su freno, de modo que pueda él llevarlos a donde quiera y los guíe con las riendas de sus mandamientos: porque ya no andan por propia voluntad, sino que en todo las lleva y las trae la voluntad del jinete. Y como quiera que la Iglesia está formada por la unión de muchas almas y el ejemplo de vida lo recibe de Cristo, quizá se pueda pensar que dicho ejemplo no lo ha recibido de la misma divinidad del Verbo de Dios, que ciertamente está muy por encima de todos los actos y sentimientos que deben darse como ejemplo a los hombres, sino que la misma alma que él asumió y en que reside la perfección misma240 es la que se propone como ejemplo y a la que aquí describe: tú que me eres tan cercana241; y ella es también a la que debe asemejarse la Iglesia, que está formada por la unión de muchas almas, es decir, de aquellos que anteriormente estuvieron bajo el yugo y entre los carros del Faraón y que son llamados: caballería del Señor. Ahora bien, de estas dos interpretaciones, tú que lees comprobarás cuál es la que mejor conviene al versículo propuesto.
Qué hermosas se han vuelto tus mejillas, como de tórtola; tu cerviz, como collar (1,10).
El orden del presente drama parece tener su lógica: después que el esposo se ha servido de una severa conminación a la esposa, asegurándole que, si no se conocía a si misma, habría de salir siguiendo las huellas de los rebaños y apacentar, no ovejas sino cabritos, ella, ante el rigor de la advertencia, se ruborizó, pero al esparcirse el rubor vergonzoso por su cara, había embellecido sus mejillas, destacando su hermosura mucho más que antes; y no solamente las mejillas, que también su cerviz se vio tan hermoseada que parecía engalanada con collares. La belleza de las mejillas se compara a las tórtolas, porque por esta ave se indica a la vez la franqueza del rostro y la diligencia. Tal es la interpretación literal del drama.
Pero vayamos al grano. El apóstol Pablo, escribiendo a la Iglesia de Corinto, dice así: Pues tampoco el cuerpo es un solo miembro, sino muchos. Y si el pie dijera: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no va a ser del cuerpo? Y si la oreja dijese: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no va a ser del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas Dios puso cada miembro en el cuerpo como quiso242. Y después de haber disertado mucho sobre esto, dice al final: Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte243. Y escribiendo a los Efesios dice también: Sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo. Las mujeres estén sujetas a sus maridos, como al Señor: porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, y él es el Salvador del cuerpo. Así que, como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, como también Cristo amó a su Iglesia y se entrego a si mismo por ella, para santificarla limpiándola en el baño del agua, por la palabra, y presentársela gloriosa a si mismo, una Iglesia que no tuviese mancha ni arruga ni nada parecido, sino que fuese santa e inmaculada244. Y un poco más abajo, dice: Porque nadie aborrecido jamás a su propia carne, antes bien la sustenta y regala, como también Cristo a su Iglesia, pues somos miembros de su cuerpo etc.245.
Por estas palabras se nos enseña que la esposa de Cristo, que es la Iglesia, es también su cuerpo y sus miembros. Por consiguiente, si oyes nombrar los miembros de la esposa, entiende por ello los miembros de la Iglesia. Entre ellos, como hay unos que se llaman ojos, indudablemente por la luz de la inteligencia y de la ciencia, y otros oídos, porque oyen la palabra de la doctrina, y otros manos, por las buenas obras y los servicios religiosos, así también hay otros, y se llaman las mejillas. Ahora bien, se llaman mejillas las partes del rostro en que se reconoce la dignidad y la modestia del alma: indudablemente, por ese apelativo se señala de entre los miembros de la Iglesia a aquellos que cultivan la dignidad de la castidad y del pudor. Por tanto, a través de ellos se dice a todo el cuerpo de la Iglesia: Qué hermosas se han vuelto tus mejiilas246. Y observa que no dijo: Qué hermosas son tus mejillas, sino: Qué hermosas se han vuelto tus mejillas, para hacer ver que antes no habían sido tan hermosas, pero que después de recibir los besos del esposo, y después que éste, que anteriormente hablaba por medio de los profetas, se hizo presente y limpió para si a la Iglesia con el baño del agua e hizo que no tuviera mancha ni arruga247 y le dio facultad para conocerle a él, entonces sus mejillas se volvieron hermosas. Entonces, efectivamente, la castidad, el pudor y la virginidad, que antes faltaban, se fueron esparciendo por las mejillas de la Iglesia con magnifico esplendor. Con todo, este aspecto de las mejillas, es decir, del pudor y de la castidad, se compara a las tórtolas. Se cuenta que la naturaleza de las tórtolas es tal, que ni el macho se acerca más que a una sola hembra ni la hembra soporta más que a un solo macho, de modo que, si ocurre que el uno muere y el otro sobrevive, en éste muere a la vez que el cónyuge todo deseo de unión. Por tanto, la comparación de la tórtola se adapta convenientemente a la Iglesia, bien porque después de Cristo no conoce unión con ningún otro marido, bien porque en ella anda revoloteando, como si fuera de tórtolas, una gran abundancia de pudor y de castidad. En este mismo sentido debemos interpretar también la cerviz de la esposa.
Indudablemente por ella debemos entender las almas que aceptan el yugo de Cristo, que dice: Tomad sobre vosotros mi yugo, porque mi yugo es suave248. Por tanto, a su obediencia se la llama su cerviz. Por eso su cerviz se torna hermosa como un collar, y con razón. Efectivamente, a la que antes hiciera fea la desobediencia del pecado, ahora la hace hermosa y magnifica la obediencia de la fe. Por eso tu cerviz se ha vuelto hermosa como un collar: de hecho, en ambas expresiones se sobreentiende: se ha vuelto hermosa. Por collar, entiende aquí el conjunto de joyas engarzadas en cadena, que se suelen colgar de la cerviz, de donde arrancan y descienden a lo largo del cuello los demás aderezos. Por eso comparó la cerviz de la esposa al adorno mismo que se suele poner en la cerviz y el cuello. Así lo hemos entendido. Dijimos que la cerviz significa sujeción y obediencia, porque la esposa toma sobre si, digamos, el yugo de Cristo, y presta obediencia a su fe. Por eso el adorno de su cerviz, o sea, de su obediencia, es Cristo. El fue, en efecto, el primero que se hizo obediente hasta la muerte249 y, como por la desobediencia de uno solo -es decir, de Adán- todos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de uno -esto es, Cristo- todos serán constituidos justos250. Por eso, el adorno y el collar de la cerviz de la Iglesia es la obediencia de Cristo. Y no sólo eso: también la cerviz de la Iglesia, esto es, su obediencia, se hace semejante a la obediencia de Cristo, y ésta es el collar de la cerviz. Por consiguiente, grande es en esto la alabanza para la esposa, grande la gloria para la Iglesia, donde imitar su obediencia es igual que imitar la obediencia de Cristo, que es objeto de imitación por parte de la Iglesia. Esta misma especie de collar se menciona también en el Génesis como entregado por el patriarca Judá a su nuera Tamar, cuando se unió con ella creyéndola meretriz251. Este misterio no resulta evidente para todos252, por lo que se interpreta así: Cristo ha dado a la Iglesia, que él había reunido sacándola de la prostitución de múltiples doctrinas, estas prendas de la perfección futura, y le ha impuesto sobre la cerviz este collar de obediencia.
Imitaciones de oro haremos para ti, con realces de plata, mientras el rey esté en su lecho (1,11-12).
Dijimos arriba que este libro, compuesto a modo de drama, va desarrollando su trama por el cambio de personajes, y así parece que ahora estas palabras las dicen a la esposa los amigos y compañeros del esposo, los cuales, según la interpretación mística y según ya dijimos arriba, pueden interpretarse como ángeles o también como profetas o patriarcas. Efectivamente, no sólo cuando el Señor, tras su bautismo, de manos de Juan, fue tentado por el diablo en el desierto, los ángeles se le acercaron y le sirvieron253, sino que ya le habían servido siempre, antes de su venida y presencia corporal. Porque ya la ley se dice que fue ordenada por los ángeles en mano del mediador254. Y el Apóstol, escribiendo a los Hebreos, dice: Porque si la palabra dicha por los ángeles fue firme...255. Por eso se les puso junto a la esposa, niña aún, como tutores y procuradores, con la ley por pedagogo256, hasta que llegase la plenitud de los tiempos y enviase Dios a su Hijo, hecho de mujer, hecho bajo la ley257, y entonces a la que estaba bajo tutores, procuradores y pedagogos-la ley- la condujera a recibir los besos del Verbo mismo de Dios, es decir, su doctrina y sus palabras. Por este motivo, antes que llegase el momento de todo esto, la esposa había sido honrada en muchas ocasiones por el servicio de los ángeles, que entonces se aparecían a los hombres y hablaban lo que la realidad y el tiempo exigían258.
No vayas a pensar que yo hablo de esposa o de Iglesia a partir de la venida del Salvador en la carne, sino desde el comienzo del género humano y desde la misma creación del mundo; es más, para remontarme de la mano de Pablo hasta el origen del misterio, antes incluso de la creación del mundo. Porque así dice Pablo: Según nos escogió en Cristo antes de la formación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en el amor, predestinándonos para ser adoptados hijos259. Y en los Salmos se escribe: Acuérdate, Señor, de tu congregación, la que adquiriste desde el comienzo260. En efecto, los primeros fundamentos de la congregación de la Iglesia se pusieron inmediatamente después del comienzo, lo que hace decir a Pablo que la Iglesia se edifica sobre el fundamento, no sólo de los apóstoles, sino también de los profetas261. Entre los profetas, sin embargo, se enumera también a Adán, por haber profetizado el gran misterio referido a Cristo y a la Iglesia, cuando dijo: Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne262. Es, pues, evidente que Pablo se refiere a esta frase al decir: Este misterio, grande es: mas yo lo digo con respecto a Cristo y a la Iglesia263. Pero incluso cuando el mismo Apóstol dice: Así como Cristo amó a su Iglesia y se entrego a si mismo por ella, santificándola en el baño del agua264, no indica en absoluto que la Iglesia no existiese antes, pues, ¿cómo hubiera podido amar a la que no existía? En realidad existía en todos los santos que habían vivido desde el comienzo del mundo. Vino, pues a ella, porque le amaba, y así también él participó de lo mismo265, y se entregó a sí mismo por ellos266. Ellos eran, efectivamente, la Iglesia que él amó para acrecentarla en número, honrarla con las virtudes y trasladarla de la tierra al cielo por el amor perfecto. Por este motivo, ya desde el comienzo la sirvieron los profetas y la sirvieron los ángeles. ¿Pues qué otra cosa ocurrió cuando tres hombres se aparecieron a Abrahán que estaba sentado junto a la encina de Mambré267?, aunque esa aparición de ángeles manifestaba algo más que un servicio angélico: allí se revelaba, efectivamente, el misterio de la Trinidad268. Esto mismo sucedía en el Éxodo cuando se dice que el ángel del Señor se apareció a Moisés entre llamas de fuego en la zarza, pues a reglón seguido se escribe que en el ángel había hablado el Señor y Dios, y a este Dios se le designa como el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob269. Algunos herejes270, al leer esto, dijeron que el Dios de la ley de los profetas es muy inferior a Jesucristo y al Espíritu Santo, y han llevado su impiedad a tal punto que, efectivamente, ponen la plenitud en Cristo y en el Espíritu Santo, y en cambio la imperfección y la debilidad en el Dios de la ley. Pero de esto, para otra ocasión. Ahora nuestro propósito es mostrar cómo los santos ángeles, que antes de la venida de Cristo cuidaban de la tutela de la esposa, niña todavía, son los amigos y compañeros del esposo, que parecen decirle a ella: Imitaciones de oro te haremos, con realces de plata, mientras el rey esté en su lecho271. Así pues, indican que ellos no harán para la esposa objetos de oro (porque ni oro tenían que fuese digno de ser ofrecido a la esposa), sino que en vez de oro prometen hacer imitaciones de oro, y no una imitación, sino muchas. Lo mismo afirman también sobre la plata, solo que, como si tuvieran cierta cantidad de plata, aunque pequeña, prometen que le harán, no imitaciones, sino realces de plata, visto que no disponían de tanta cantidad de plata como para producir con ella una obra compacta y sólida, pero sí para hacer solamente realces, intercalando pequeños dibujos, como punteados, en el trabajo de imitación de oro que le harían. Estos son los adornos que hacen a la esposa los amigos del esposo, de que hablamos más arriba.
Pero ¿qué secretos encierra en ellos? ¿Qué alcance tiene la misma novedad de la expresión? Oremos al Padre del esposo y Verbo omnipotente para que él mismo nos abra las puertas de este arcano y podamos ser iluminados no sólo para entender esto, sino también para darlo a conocer y explicarlo de acuerdo con la capacidad de los que lo leyeren, con un lenguaje espiritual moderado. En muchas ocasiones hemos demostrado que el oro es símbolo de la naturaleza invisible e incorpórea, mientras que la plata simboliza la facultad de la palabra y de la razón, según lo que dice el Señor por el profeta: Os di plata y oro, pero vosotros hicisteis Baales de plata y de oro272, con lo cual quiere dar a entender que les dice: Os he dado el sentido y la razón con que pudierais percibir que yo soy Dios, y honrarme; pero vosotros habéis trastocado el sentido y la razón que hay en vosotros, para honrar a los demonios. Pero se dice también: Las palabras del Señor, palabras limpias, plata refinada en el fuego,273; y en otro lugar se recuerda: Plata escogida es la lengua del justo274. Y a buen seguro, los Querubines se dicen de oro275, porque realmente significan plenitud de la ciencia de Dios. Y se manda también que en la tienda del testimonio se ponga un candelabro de oro macizo276, el cual yo creo que es figura de la ley natural, en que está contenida la ley del conocimiento. Más, ¿para qué andar acumulando muchos testimonios, cuando todo el que quiera saber tiene a mano numerosos pasajes de la Escrituras en que se indica que el oro dice relación con el sentido y la razón; la plata, en cambio, con la palabra y el lenguaje? Ahora, pues, démonos prisa en examinar de qué manera, según lo que anunciamos de antemano, los amigos del esposo dicen que harán para la esposa imitaciones de oro con realces de plata. Pues bien, en vista de que la ley que fue ordenada por los ángeles en la mano de un mediador277 contenía la sombra de los bienes venideros278, pero no la imagen misma de las cosas279, y que todo lo que acontecía a aquellos de quienes se habla en la ley les acontecía en figura280 y no en la realidad281, mi opinión es que todo esto fueron imitaciones de oro, que no oro verdadero. La razón es que debe entenderse el oro verdadero en relación con las realidades incorpóreas, invisibles y espirituales; en cambio, por imitación de oro, en que no está la realidad misma, sino la sombra de la realidad, deben entenderse estas cosas corpóreas y visibles282. Por ejemplo, imitación de oro fue aquella tienda de la que dice el Apóstol: Porque no entró Jesús en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el mismo cielo283. Por consiguiente, las cosas que hay en el cielo, invisibles e incorpóreas, son las verdaderas; en cambio, éstas que hay en la tierra, visibles y corporales, se dice que son imágenes de las verdaderas, pero no las verdaderas. Pues bien, éstas son las que se llaman imitaciones de oro, y entre ellas están: el arca de la alianza, el propiciatorio, los querubines, el altar del incienso, la mesa y los panes de la proposición; pero también el velo, las columnas, las trancas de las puertas, el altar de los holocaustos, el templo mismo y todo cuanto está escrito en la ley. Todas estas cosas eran imitaciones de oro. Más aún, el mismo oro visible, por ser visible, no era oro verdadero, sino imitación del oro verdadero, invisible. Estas, pues, son las imitaciones de oro que hicieron para la esposa -la Iglesia-los amigos del esposo, es decir, los ángeles y los profetas, que cumplieron su servicio en la ley y en los demás misterios. Creo que Pablo, por entenderlo así, decía: En el culto a los ángeles, en lo que ve, vanamente hinchado por su propio sentido carnal284. Por eso la religión y el culto judíos son en su totalidad imitaciones de oro. Ahora bien, cuando uno se convierte al Señor y le arrancan el velo285, entonces ve el oro verdadero: de este oro, los amigos del esposo, antes que él se presentase y se diera a conocer, hicieron imitaciones para la esposa, con el fin de que, incitada y estimulada por estas imitaciones, ansiase el oro verdadero. Esto es, efectivamente, lo que Pablo indica al decir: Y estas cosas acontecían en figura y fueron escritas por atención a nosotros, en quienes ha llegado el fin de los tiempos286. Pero este fin de que habla Pablo no debes entenderlo en sentido temporal, porque el fin temporal alcanzará a muchos, en atención a los cuales no se escribieron estas cosas, ya que tampoco las entenderían de este modo. Por fin de los tiempos entiende más bien la perfección de las cosas, perfección que habían alcanzado Pablo y otros que se le parecen, y por ellos se escribieron estas cosas. Pues bien, hemos dicho en digresión todo esto, porque queríamos poner de manifiesto de qué manera los amigos del esposo dicen a la esposa que le harán imitaciones de oro con realces de plata, a saber: por medio de cuanto transmitieron por escrito en la ley y en los profetas, en figuras, imágenes, semejanzas y parábolas. Ahora bien, entre todo esto, existen también algunos pequeños realces de plata287, es decir, indicios del sentido espiritual de la palabra y de la interpretación racional, aunque bastante raros y exiguos. Efectivamente, antes de la venida del Señor, apenas si algún profeta desveló en alguna ocasión una pizca del discurso oculto: por ejemplo, Isaías, cuando dice: La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y la casa de Judá, plantel amado288; y de nuevo en otro lugar: Las muchas aguas son la muchedumbre de las gentes289. Y Ezequiel, al nombrar a las dos hermanas Oholá y Oholibá, hace la distinción: una es Samaria; la otra, Judea290. Y si queda aún alguna otra cosa aclarada por la interpretación de los propios profetas, todas ellas son realces de plata. Pero cuando vino el Salvador y Señor nuestro Jesucristo dando a conocer todo con la palabra de su poder291, en su Pasión se dio ya un indicio de que todo cuanto se mantenía escondido y era secreto sería sacado a la luz y se haría manifiesto, por cuanto el velo del templo con que se ocultaba el santo de los santos y los misterios se rasgó de arriba a bajo292, anunciando así que a la vista de todos quedaba lo que se había tenido escondido dentro. Así, pues, todo cuanto se nos había servido por medio de los ángeles y los profetas fue imitación de oro con pequeños y exiguos realces de plata. En cambio, lo que nos fue entregado personalmente por obra de nuestro Señor Jesucristo se fijó en oro verdadero y plata maciza.
Evidentemente no se promete que las imitaciones de oro que hacen los amigos del esposo durarán para siempre, al contrario, ellos mismos se fijan un tiempo al decir: mientras el rey esté en su lecho293. En efecto, cuando el rey, acostado, haya dormido como un león y como un cachorrillo de león, y luego el Padre lo haya despertado294 y él resucite de entre los muertos, los que entonces se configuren con su resurrección ya no permanecerán en la imitación del oro, es decir, en el culto de las realidades corpóreas, sino que recibirán por ellas oro verdadero, al creer y esperar, no las cosas que se ven, sino las que no se ven295, no las cosas de la tierra, sino las del cielo, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre296, y dirán: Y si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no le conocemos así297. Por este motivo no se servirán ya de pequeños realces de plata, sino de plata disponible a manos llenas. Efectivamente, escucharán298 que en aquella imitación del oro, la piedra que se dice que seguía y daba de beber al pueblo, es Cristo; el mar es el bautismo; la nube, el Espíritu Santo; el maná, el Verbo de Dios; el cordero pascual, el Salvador; la sangre del cordero, la pasión de Cristo, y el velo que está en el santo de los santos y oculta las cosas divinas y secretas, su carne299. Y otros incontables misterios irán manifestándose gracias a la resurrección, explicados, no ya con un pequeño realce, como antes, sino con amplísima exposición. Sin embargo, para que todavía resulte más clara la expresión: mientras el rey esté en su lecho300, citaremos de la segunda profecía de Balaán lo que en ella se contiene referente a Cristo; dice así: Nacerá una estrella de Jacob y un hombre saldrá de su descendencia y dominará sobre muchos pueblos; será ensalzado como Gog su reino y crecerá su reino. Dios lo sacará de Egipto, como gloria de unicornio, y devorará a las gentes sus enemigas, desmeollará sus huesos, y las asaeteará con su flechas. Echando, reposará como un león, y como cachorro de león. ¿Quién lo despertará?301. Considera, pues, con mayor atención todo esto y mira cómo se recuerda que toda imitación de oro perdura hasta el tiempo postrero, es decir, mientras el rey descansa. Después será ensalzado como Gog -esto es, sobre los tejados- su reino, a saber, cuando sea trasladado de la tierra a las moradas del cielo. Pero todo esto lo hemos tratado ya con más amplitud, según Dios nos dio a entender, en el comentario al libro de los Números. Indaguemos si realmente también a los santos padres y a los profetas, que suministraron la palabra antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo, les fue otorgada la gracia de esa perfección que es de oro verdadero, o bien ellos solamente comprendieron que estas cosas ocurrirían, y sólo en espíritu previeron que vendrían302; y también si cuando el Señor dijo de Abrahán que había deseado ver su día, que lo había visto y se había regocijado303, lo dijo sólo porque Abrahán previó en espíritu que esto sucedería. Pero este planteamiento quizá lo confirme aún mejor aquel pasaje que dice: Muchos justos desearon ver lo que vosotros estáis viendo, y no lo vieron; y oir lo que estéis oyendo, y no lo oyeron304. Con todo, ni siquiera a ellos pudo faltarles la perfección que procede de la fe, pues, efectivamente, lo que nosotros creemos que ya está realizado ellos creían con mayor expectación que habría de realizarse. Por eso, de la misma manera que desde la venida de Cristo la fe de lo acontecido condujo a los creyentes a la cima de la perfección, así también a aquellos los condujo a la cima de la perfección la fe de lo que habría de acontecer305. Si referimos la interpretación a cada alma en particular, aparecerá que, mientras el alma es todavía niña e imperfecta y está puesta bajo tutela de tutores y curadores306, bien sean los doctores de la Iglesia, bien los ángeles de los que se dicen que son custodios de los niños y están siempre viendo la faz del Padre que está en los cielos307, para ella sólo se hacen imitaciones de oro, ya que no se alimenta con los fuertes y sólidos manjares del Verbo de Dios, sino que es educada a base de semejanzas, como si dijéramos que es instruida a base de parábolas y ejemplos, en razón de los cuales se dice que Cristo crecía en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres308. Por eso se educa en estas imitaciones y se hacen para ella pequeños realces de plata. Efectivamente, de cuando en cuando se abre para los educandos algunos pequeños y raros resquicios de los más secretos misterios, para hacerles concebir el deseo de revelaciones más importantes: porque no se puede desear nada que se desconoce por completo. Por consiguiente, de la misma manera que a los principiantes y que están en los rudimentos no se les puede revelar todo de golpe, así tampoco se les debe ocultar por completo los misterios espirituales, sino que, como dice la palabra divina, se deben hacer para ellos realces de plata y se deben prender en sus almas algunas chispas de comprensión espiritual, para que de alguna manera vayan tomando el gusto a la dulzura que deben desear, no sea que, como dijimos, si la ignoran por completo, no la deseen en absoluto. Sin embargo, en cuanto al hecho de que llamemos niña al alma, que nadie lo tome como si dijéramos que es niña según la substancia: llamamos niña al alma que carece de instrucción y en la que es débil la capacidad de comprender y mínima la experiencia.
Conviene, en consecuencia, que esto se dé mientras el rey está en su lecho309, es decir, mientras dicha alma va progresando hasta el punto de comprender al rey y tenerlo descansando dentro de ella misma. Porque así dice este rey: Pondré mi morada en ellos y andaré entre ellos310; en realidad, entre aquellos que presentan al Verbo de Dios una tal anchura de corazón, que incluso pueda decirse que él se pasea por ellos, es decir, por espacios de compresión más amplia y de conocimiento más dilatado. Por eso se dice que descansa así en el alma, en aquella indudablemente de la que el mismo Señor dice por medio del profeta: ¿Sobre quién descansaré, si no es en el humilde y manso y que tiembla ante mi palabra?311 Por eso este rey, que es el Verbo de Dios, tiene su lecho en el alma que ha llegado ya a la perfección, con tal, sin embargo, que en ella no haya pecado alguno y, en cambio, esté llena de santidad y llena de piedad, de fe, de amor, de paz y de todas las virtudes: entonces, efectivamente, place al rey acostarse y tener en ella su yacija. A esta alma se dirigía el Señor cuando decía: Yo y mi Padre vendremos y comeremos con él y haremos morada en él312. Ahora bien, ¿por qué no iba Cristo a descansar allí donde come con el Padre y donde hace su morada? ¡Dichosa la amplitud de aquella alma y dichoso el camino pavimentado de aquella mente donde el Padre y el Hijo y sin duda el Espíritu Santo descansan, comen y hacen morada! ¿Con qué medios y con qué recursos crees que se mantiene a tales convidados? Allí la paz es el primer manjar; la humildad se sirve a la vez que la paciencia; también la mansedumbre y la apacibilidad, y la suma de toda suavidad: la pureza de corazón. Sin embargo, en este banquete el puesto principal lo ocupa el amor. Y así es como en esta tercera interpretación hemos podido referir también a cada alma aquello que dijo: Imitaciones de oro te haremos, con realces de plata, mientras el rey esté en su lecho313.
Mi nardo exhaló su olor (o bien: el olor de él) (1,12).
En la representación del drama, parece darse a entender que, después de aquellas palabras, la esposa entró donde estaba el esposo y lo ungió con sus perfumes, pero de una forma maravillosa: como si el nardo, que antes, mientras estaba en la esposa, no había dado olor, hubiera exhalado su fragancia en seguida que tocó el cuerpo del esposo, tanto que pareció que éste no recibía del nardo el olor, sino al revés, que el nardo lo recibía del propio esposo. Pero si leemos según la variante que aparece en otros ejemplares: Mi nardo exhaló el olor de él, entonces descubrimos algo todavía más divino, a saber, que este perfume de nardo con que fue ungido el esposo tomó no sólo su olor natural de nardo, sino también el olor del propio esposo, y este olor es el que hizo percibir a la esposa, de modo que ésta recibió en el perfume con que le ungió y gracias a él la fragancia del esposo. Parece como si la esposa dijera: Mi nardo, con el que ungí a mi esposo, al retornar hacia mí, me trajo el olor del esposo y, como si su propio olor natural quedase superado por la fragancia del esposo, me trajo esta misma fragancia. Esta es la explicación del drama en su sentido literal; pasemos ahora ya a su interpretación espiritual.
Representemos aquí a la esposa-Iglesia en la persona de María, de la que oportunamente se dice que trae consigo una libra de perfumes de nardo puro muy caro, unge los pies de Jesús y los enjuga con sus propios cabellos314, y así gracias a su cabellera, recibe y recupera para sí el perfume, impregnado ahora de la calidad y virtud del cuerpo de Jesús; al atraer hacia ella, no tanto el olor del nardo, gracias al perfume, como el olor del mismo Verbo de Dios, gracias a sus propios cabellos con los que le enjugaba los pies, puso también sobre su cabeza la fragancia no tanto del nardo, como de Cristo, y podía decir: Mi nardo, derramado en el cuerpo de Cristo, devuelve el olor de éste. Seguidamente mira cómo se narra esto: María tomó una libra de perfume de nardo puro, muy caro, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con su cabellera; y toda la casa -añade- se llenó del olor del perfume315. Esto indica ciertamente que el olor de la doctrina que procede de Cristo y la fragancia del Espíritu Santo llenaron toda la casa de este mundo y la casa de toda la Iglesia. O bien, cuando menos llenaron toda la casa del alma que tomó parte en el olor de Cristo ofreciendo primero el don de su fe, como perfume de nardo, y luego recibiendo por esto la gracia del Espíritu Santo y la fragancia de la doctrina espiritual. Por eso, ¿qué más da que en el Cantar de los Cantares sea la esposa la que unge con perfume al esposo, y en el Evangelio unja la discípula al Maestro y María a Cristo, pues ella espera, como dijimos, que desde ese perfume vuelva a ella el olor del Verbo y la fragancia de Cristo, y por eso mismo puede decir: Somos buen olor de Cristo para Dios?316 Y como quiera que este perfume estaba lleno de fe y de preciosos sentimientos, por eso Jesús atestiguó a su favor diciendo: Ha hecho una buena obra conmigo317. Y también en el Cantar de los Cantares, después de bastantes versículos; se aceptan los brotes de la esposa como aquí se acepta la acción de María: Tus brotes, un paraíso con fruto de árboles frutales, alheña con nardos, nardo y azatrán318. Por tanto aquí se aceptan los brotes y los dones de la esposa. Por cierto, también hemos observado que en estas palabras que acabamos de mencionar el nardo aparece primero en plural, y después en singular; creo que la expresión se atiene al criterio siguiente: el comerciante del reino de los cielos primero negocia con muchas perlas, hasta que topa con una que es preciosa319. Y quizá lo que dice: Tus brotes, un paraíso con fruto de árboles frutales, indica que aquellos frutos, con muchos nardos, que producíamos gracias a las instrucciones y a la doctrina de los profetas, mientras que, con la doctrina del mismo Señor nuestro Jesucristo, nuestros brotes y dones no producen muchos nardos, sino uno sólo320.
Pero volvamos ahora a la esposa, que dice: Mi nardo exhaló su olor321, y a ver si también en este pasaje que nos ocupa podemos entender que, si alguna vez somos capaces de hacer una exposición integra y ajustada sobre la divinidad de Cristo, y de refrendar con afirmaciones apropiadas su poder y su majestad, entonces acaso pueda con razón decir la Iglesia aquella, o bien el alma, que así podrá exponer abiertamente su gloria: Mi nardo exhaló su olor322. Y no debe extrañar si Cristo, lo mismo que es manantial y de él fluyen ríos de agua viva, y lo mismo que es pan y da la vida eterna323, así también es nardo que exhala su olor y perfume que hace cristianos a los que unge con él, como dice el Salmo: No toquéis a mis cristos324. Y quizá, según lo que dijo el Apóstol, en quienes tienen los sentidos ejercitados en discernir el bien y el mal325, Cristo se convierte en objeto total y singular para cada uno de los sentidos del alma326, y por eso se llama: verdadera luz327, para que los ojos del alma tengan con qué ser iluminados; palabra328, para que los oídos tengan qué oir; también pan de vida329, para que tenga qué gustar el gusto del alma. Pues bien, por eso, así mismo, se le llama perfume o nardo: para que el olfato del alma tenga la fragancia del Verbo. Y por lo mismo se dice también de él que es palpable, que se le puede tocar con la mano, y que es el Verbo hecho carne330: para que la mano interior del alma pueda palpar la palabra de la vida. Todas estas cosas vienen a ser el único y mismo Verbo de Dios, quien, trocado en cada una de ellas por los afectos de la oración, no deja un solo sentido del alma privado de su gracia331.
Bolsita de áloe bien atada332 es mi amado (o mi sobrino333), para mí: Entre mis pechos permanecerá (o posará) (1,13).
Por lo que parece, son todavía palabras de la esposa, que habla a las doncellas. Primero había dicho, efectivamente, que su nardo había dado su olor al esposo y que, gracias al perfume con que le había ungido, ella había recibido la fragancia de su olor. Pero ahora dice: mi amado exhala gota de áloe para mí, es decir, no esparcido ni -si se prefiere- desparramado, sino atado y estrechamente apretado, para que el olor del mismo perfume se hiciera más denso y penetrante y este olor tal cual, dice, permanece y se queda entre mis pechos y hace su descanso y su mansión en el lugar de mi pecho. Sin embargo, en cuanto al hecho de que la esposa ha llamado ahora por primera vez al esposo sobrino (amado) y que a lo largo de casi todo el libro se utiliza frecuentemente este apelativo, me parece que lo propio es que en primer lugar busquemos la causa de tal denominación y expliquemos de dónde y por qué se dice sobrino. Sobrino se llama al hijo de un hermano. Indaguemos, pues, en primer lugar, quién es el hermano de la esposa del que éste es hijo. Podemos decir que la esposa es ciertamente la Iglesia que proviene de los gentiles; su hermano es en realidad el pueblo primero, y hermano, claro está, mayor334. Y como quiera que Cristo según la carne nace de aquel pueblo335, por eso la Iglesia de los gentiles le llama hijo del hermano. Por lo que hace a la expresión: Bolsita de áloe bien atada es mi sobrino para mi336, indica el misterio del nacimiento corporal de Cristo. Efectivamente, el cuerpo parece en cierto modo que sea una especie de ligadura y vínculo del alma, y, en Cristo, esa atadura mantiene amarrada la gota de áloe de su poder y bondad divinas337. Pero, si todo eso lo referimos a cada una de las almas, entonces por bolsita de áloe bien atada entendemos la cohesión y compacidad del contenido de las doctrinas y la trabazón de los pensamientos divinos: efectivamente, los principios de la fe están fuertemente ligados entre sí y amarrados por los lazos de la verdad. Así mismo la ley dice que es puro el vaso que está atado, pero impuro el que estuviere suelto, no atado. Y de esto era figura el hecho de que Cristo, en quien nunca hubo suciedad alguna de pecado, fuera llamado bolsita de áloe bien atada. Y por eso el alma no debe tocar nada que esté suelto y que no esté sostenido por la razón y trabado por la verdad de las doctrinas, para no convertirse en inmunda, porque efectivamente, el que toque algo inmundo, inmundo será, según la ley 338, ya que a él lo habrá tocado un sentimiento irracional y ajeno a la sabiduría de Dios, y lo convertirá en inmundo.
Pero mira también si acaso podemos entender que el Hijo de Dios, encarnado, es llamado gota de áloe339 como si con ello se expresara algo pequeño y exiguo, en el sentido de lo que dice Daniel acerca de él: que era una piedrecita desprendida del monte sin intervención de mano alguna y que luego se convirtió en una gran montaña340; o como en el libro de los doce profetas se dice que será la gota la que congregará al pueblo; efectivamente, así está escrito en los profetas: Y ocurrirá que de la gota de este pueblo será congregado Jacob341. Y es que convenía que el que venía a reunir no sólo a Jacob sino también a todos los gentiles, que, como dice el profeta, fueron considerados como la gota de una herrada342, anonadándose de su forma divina343, él mismo se hiciera gota para así venir y congregar la gota de los gentiles y además la gota del resto de Jacob. Por otra parte, en el Salmo XLIV se dice al amado, al que también se aplica el Salmo: Mirra, gota de áloe y casia exhalan tus vestidos344. Efectivamente, de los vestidos del Verbo de Dios, que son la doctrina de la sabiduría, proceden: la mirra, como signo de la muerte aceptada en favor del género humano; la gota de áloe, despojada -según dijimos arriba- de la forma de la divinidad, como dignación de asumir la forma servil; y la casia, porque esta clase de hierba, dicen, se nutre y robustece en agua constante, y por eso indica la redención del género humano otorgada por medio de las aguas del bautismo. Así pues, la esposa, cual si hablara en un drama nupcial, dice que su amado, bolsita de áloe bien atada, ha posado entre sus dos pechos: como ya indicamos arriba, por pechos se entiende la parte principal del corazón en que la Iglesia tiene a Cristo, y el alma al Verbo de Dios, bien atado y sujeto con las ligaduras de su deseo, pues solamente podrá recibir el olor de la fragancia y suavidad del Verbo de Dios quien le tenga bien sujeto en su corazón con todo su afecto y con todo su amor.
Racimo de alheña es mi amado para mi, en las viñas de Engadí (1,14).
Por lo que atañe a la interpretación literal, hay alguna ambigüedad en la expresión: Racimo de alheña es mi amado para mi; efectivamente, la uva florida también se dice alheña, y la alheña, por su parte, es un arbusto que produce un fruto florido semejante a la uva florida345. Sin embargo, la frase parece más bien referirse al fruto de la vid, puesto que se menciona a las viñas de Engadí. Ahora bien, Engadí es una campiña de Judea, abundante no tanto en viñas como en bálsamos. Tal es, pues, el sentido literal de cuanto la esposa dice a las doncellas, entendido como sigue: Primero: Mi nardo me ha traído el olor de mi esposo; luego: Bolsita de áloe bien atada se ha hecho para mí mi amado, que posa entre mis pechos; y en tercer lugar: Racimo de alheña de las viñas de Engadí, que supera a cuanto de suave existe entre los olores y las flores. Todo ello para hacer que las doncellas, al oírlo, se sientan más y más impulsadas al amor y deseo del esposo. En cuanto a la razón de enumerar separadamente y por orden: Primero su nardo, luego la bolsita de áloe y por último el racimo de alheña, es porque mediante esa gradación quiere dar a entender ciertos progresos del amor. Pero veamos ya cuál es el sentido espiritual. Si suponemos que el llamado racimo se refiere al fruto de la vid, entonces lo interpretamos en el sentido de que de la misma manera que el Verbo de Dios se dice sabiduría, virtud, tesoro de ciencia y otras muchas cosas, así también se dice vid verdadera346. En este caso, de la misma manera que el Verbo a aquellos para quienes se hace sabiduría y ciencia no los convierte en sabios y ricos en ciencia y virtudes repentinamente, sino siguiendo cierto progreso gradual, adecuado a la aplicación, a la intención y a la fe de los que participan de él en la sabiduría, en la ciencia o en la virtud, así también en aquellos en quienes se hace vid verdadera no les produce repentinamente racimos maduros y dulces, ni en un instante se les convierte en delicioso vino que alegra el corazón del hombre347, sino que antes produce para ellos solamente el delicado aroma de la flor, para que la gracia de su propia fragancia se introduzca en los comienzos del alma de modo que luego pueda ésta soportar la crudeza de las tribulaciones y pruebas que por causa del Verbo de Dios se suscitan contra los creyentes348. Y así, finalmente, les ofrece la dulzura de su madurez, hasta que los lleve al lagar donde se derrama la sangre de la uva, la sangre de la Nueva Alianza, para ser bebida el día de la fiesta en la planta superior, donde está preparada una gran mesa349. Así pues, es necesario que a través de cada uno de estos grados de progreso vayan caminando aquellos que, iniciados por medio del sacramento de la vid y del racimo de alheña, son llevados a la perfección y se empeñan en beber el cáliz de la Nueva Alianza recibido de Jesús.
Pero si hemos de entender por alheña el arbusto de su especie, cuyo fruto y cuya flor dícese que posee no tanto suavidad de olor como fuerza para calentar y animar, entonces indudablemente se interpreta como fuerza del esposo que hace a las almas entrar en calor respecto de su fe y de su amor a él, la misma que inflamaba a aquellos que decían: ¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos explicaba las Escrituras?350. O bien se dice que este racimo florido proviene de las viñas de Engadí, y por otra parte Engadí se traduce: el ojo de mi prueba; pues bien, si alguien logra comprender cómo, sobre la tierra, la vida del hombre es prueba351 y comprende cómo en Dios se libra de la tentación y reconoce la naturaleza de su prueba hasta el punto de poder decirse de él: En todo esto no pecó con sus labios delante de Dios352, para éste, el Verbo de Dios se hace racimo de alheña de las viñas de Engadí. Debe, sin embargo, notarse que las palabras de la esposa están referidas de tal manera que el nardo, la bolsita de áloe bien atada y el racimo de alheña le pertenecen a ella sola, como es natural en quien ha alcanzado ya estos progresos. Efectivamente, solamente es perfecta el alma que tiene su sentido del olfato tan puro y limpio que puede percibir la fragancia del nardo, de la gota de áloe y de la alheña, que proceden del Verbo de Dios, y penetrarse de la gracia del olor divino.
Notas
1 (volver) Aquí, como otras veces luego, Rufino recoge cualquier variante que leía en los ejemplares latinos del Cantar, de que disponía.
2 (volver) Hch 21,25
3 (volver) Tm 11,28. Por eso las hijas de Jerusalén son símbolo del pueblo hebreo en cuanto hostil a Cristo y a la Iglesia.
4 (volver) Ga 4,25
5 (volver) Sal 44,11
6 (volver) Sobre la primera creación (Gn 1,27) y sobre la segunda (Gn 2,7), cf. n. 13 del Prólogo.
7 (volver) Gn 25,13
8 (volver) Gn 16,11ss.
9 (volver) Ex 25,2; 26,7
10 (volver) Nm 12,1ss.
11 (volver) Jn 1,14
12 (volver) Col 1,15
13 (volver) Hb 1,3
14 (volver) Si 8,5
15 (volver) Rm 2,3
16 (volver) Tenemos aquí un ejemplo característico de cómo interpreta Orígenes un pasaje escriturístico confrontandolo con otro que, por cualquier particularidad, lo está reclamando: aquí el punto de contacto lo da la negrura de los varios protagonistas -masculinos y femeninos- de que se habla: son símbolo de la Iglesia cristiana de origen gentil, cuya negrura es justamente símbolo del pecado en que vivía antes de su conversión.
17 (volver) Nm 12,1ss.
18 (volver) Mt 12.42
19 (volver) 1R 10,1-10
20 (volver) Mt 12,42
21 (volver) Flavio Josefo, Ant. Jud., VIII 165ss.
22 (volver) Sal 67,31ss.
23 (volver) So 3,8ss.
24 (volver) Jr 38,6ss. (LXX 45,6ss.)
25 (volver) Jr 39,15ss (LXX 45.15ss.)
26 (volver) Ct 1,5
27 (volver) Nm 12,2
28 (volver) Sobre este procedimiento, característico de la exégesis origeniana, cf. la Introducción.
29 (volver) Esto es, la ley judía interpretada espiritualmente, y no literalmente, como hacían los judíos; en sentido espiritual, la ley se identifica con Cristo.
30 (volver) Nm 12,3
31 (volver) Nm 12,6ss.
32 (volver) Cf. supra, n 28
33 (volver) Mt 12,42
34 (volver) Acerca del procedimiento de basar la interpretación espiritual sobre la etimología de un nombre hebreo, cf. n. 116 del Prólogo. Aquí juega Orígenes con el nombre de Salomón= hombre pacifico.
35 (volver) 1R 10,2
36 (volver) Aquí juega con la etimología de Jerusalén = visión de paz.
37 (volver) 1R 10,2
38 (volver) Ef 2,14
39 (volver) 1R 10,3
40 (volver) Jn 15,15
41 (volver) 1R 10,4
42 (volver) 1Co 13,10
43 (volver) 1Co 13,12
44 (volver) 1R 10,4
45 (volver) Pr 9,1
46 (volver) 1R 10,5
47 (volver) Jn 4,34
48 (volver) 1R 10,5
49 (volver) Ibid.
50 (volver) Ibid.
51 (volver) Ga 3,27
52 (volver) 1R 10,5
53 (volver) Sal 103,15
54 (volver) 1R 10,5
55 (volver) 1R 10,6
56 (volver) 1R 10,7
57 (volver) 1R 10,7
58 (volver) Esta explicación de Orígenes está basada en el doble sentido del griego pisteuo, transferido también al latino credo: 1) prestar fe a alguien; 2) creer en Dios. La reina de Saba habla prestado fe a quienes la informaban sobre Salomón, pero no creyó en los hombres, sino en Dios.
59 (volver) Hb 12,22; cf. supra, no. 33 y 35.
60 (volver) 1Co 13,12; 2,9
61 (volver) 1R 10,7
62 (volver) 1R 10,8
63 (volver) 1Ts 5,17
64 (volver) Lc 10,42
65 (volver) 1R 10.9
66 (volver) Ef 2,14
67 (volver) 1R 10,10
68 (volver) Gn 6,3
69 (volver) Dt 34,7
70 (volver) 1R 10,10
71 (volver) Cf. Mt 6, 1-18
72 (volver) Sal 67,32
73 (volver) Rm 11,11ss.
74 (volver) So 3,8
75 (volver) Sal 50,19
76 (volver) Jn 6,37
77 (volver) Rm 11,25ss. Recuérdese la afirmación paulina de que Israel se convertirá a Cristo antes del final de los tiempos.
78 (volver) So 3,11
79 (volver) Jr 38,6ss. (LXX 45,6ss.)
80 (volver) Jeremías en el aljibe simboliza a Cristo muerto.
81 (volver) Mt 19,12
82 (volver) Pr 17,2
83 (volver) Jr 39,16ss. (LXX 46,16ss.)
84 (volver) Ct 1,5
85 (volver) Mt 6,29
86 (volver) Ex 26,7ss.
87 (volver) Hb 8,2
88 (volver) Hb 9,24
89 (volver) Ex 35,23
90 (volver) Jn 14,2
91 (volver) Ct 8,5
92 (volver) El texto hebreo dice solamente: es que el sol me ha bronceado. Pero la versión de los LXX utiliza el verbo parablépein (lat. neglegere) que, efectivamente, significa descuidar. En su comentario, Orígenes pone de relieve el contrasentido que resulta de la interpretación literal: el sol broncea cuando alumbra, no cuando descuida; y sobre este contrasentido literal monta él su interpretación espiritual.
93 (volver) Ct 1,6
94 (volver) Ct 8,5
95 (volver) La bajada es símbolo del pecado, y la subida, símbolo de la redención.
96 (volver) Ml 3,20. Esta expresión de Malaquías se aplicó ya desde el comienzo a Cristo y quedó como uno de los apelativos cristológicos más utilizados.
97 (volver) Lc 21,36
98 (volver) Rm 11,30ss.
99 (volver) Rm 11,25
100 (volver) Nm 20,17; Pr 4,26
101 (volver) Is 40,3
102 (volver) Lc 1,6
103 (volver) Mt 5,14
104 (volver) Ml 3,20
105 (volver) Lv 26,21
106 (volver) Jn 1,9s.
107 (volver) Lv 26,21.23.24.40.41.
108 (volver) Ex 9,12; 10,27; 11,10.
109 (volver) Ex 1,14
110 (volver) El pasaje del Éxodo en que se dice que Dios había endurecido el corazón del Faraón lo habían hecho suyo los gnósticos para apoyar su doctrina según la cual hay hombres espirituales y hombres materiales por naturaleza, independientemente de sus méritos. En el libro III Sobre los
principios (cc. 10 es.), Orígenes examina el mismo pasaje para entenderlo de manera que quede a salvo el libre albedrío, y por eso interpreta el endurecimiento del Faraón como consecuencia de sus pecados. A ésta su interpretación se refiere aquí implícitamente. Por otra parte, los trabajos de los hebreos en barro y adobes representan para Orígenes las actividades terrenales, las pasiones carnales, la ignorancia y los errores de este mundo; cf. Hom. in Ex. I 15.
111 (volver) Moisés.
112 (volver) Ex 2,23s.; cf. 5,7ss.
113 (volver) Orígenes parece jugar aquí con un doble sentido de la palabra erga: en sentido literal, la hace designar los trabajos de los hebreos en Egipto; en sentido espiritual, las obras buenas, que hacen eficaz a la oración.
114 (volver) Sal 120,6
115 (volver) Jn 3,19-20
116 (volver) Dt 4,24
117 (volver) 1Jn 1,5
118 (volver) Téngase presente que, para Orígenes, el fuego que espera a los pecadores, además del valor punitivo, tiene sobre todo un valor pedagógico, es decir, sirve para purificarlos de sus pecados, de modo que puedan, aunque tarde, alcanzar el perdón. Para Orígenes. ningún castigo infligido al alma después de esta vida es eterno, porque, al final, todas las creaturas racionales serán reintegradas en el estado inicial de perfección (apocatástasis).
119 (volver) Ga 4,21-26
120 (volver) Ga 4,31; 5,1.
121 (volver) 2Co 10,4s.
122 (volver) Por eso debía ser labrado=interpretado según la interpretación espiritual.
123 (volver) Gn 27,27
124 (volver) Flp 3,7. Sobre la alternante postura de Orígenes frente a la filosofía griega, véase n. 77 del libro 1. Aquí
vuelve Orígenes repetidamente sobre la filosofía griega, y casi siempre en sentido negativo, con expresión
del error.
125 (volver) Flp 3,8s.
126 (volver) Jr 2,21
127 (volver) Dt 32,32ss.
128 (volver) 1Tm 2.14
129 (volver) 1Tm 2,15
130 (volver) Ef 5,32
131 (volver) Rm 5,6.8.
132 (volver) 1Co 3,1s.; Ef 6,11; Mt 21,16
133 (volver) Ga 4,2
134 (volver) Orígenes conoce la doctrina sobre el ángel custodio, de origen judío: la entiende sobre todo en el sentido de
que los simples de la Iglesia necesitan esta ayuda suplementaria y propedéutica a la vez. El cristiano que progresa y se adhiere a Cristo no tiene ya necesidad de tal ayuda.
135 (volver) Mt 18,10
136 (volver) Mt 19,14
137 (volver) 1Co 8,6
138 (volver) Ct 1,6
139 (volver) Col 3,9
140 (volver) Col 3,9
141 (volver) Sal 103,15
142 (volver) Sal 44,10
143 (volver) Ct 6,8ss.
144 (volver) 1Co 12,27
145 (volver) 1Co 12,12ss.
146 (volver) Mc 6,34
147 (volver) Ct 1,7
148 (volver) Ct 1,7
149 (volver) 1Co 11,10. La conexión que Orígenes establece entre Ct 1,7 y I Co 11,10 está basada en el hecho de que la mujer vestida de novia lleva el velo sobre la cabeza, pero el punto de arranque es el hebreo: "como mujer velada", en vez de "errabunda o vagabunda" de los LXX.
150 (volver) Dt 32,9
151 (volver) Dt 32,8.-Sobre este pasaje y algún otro del A.T. basa Orígenes su doctrina de los ángeles de las naciones, según la cual, se habría designado un ángel para cada nación, excepto para Israel, puesto directamente bajo el mando de Dios. El juicio que Orígenes da de tales ángeles no siempre es coherente: unas veces los considera malos; otras, no propiamente malos, pero sí incapaces de asegurar la salvación de los pueblos a su cargo.
152 (volver) Jn 10,27
153 (volver) Jn 10,26
154 (volver) Ct 1,7
155 (volver) Ct 1,7
156 (volver) 1Jn 4,7
157 (volver) Lc 10,27; Dt 6,5
158 (volver) Sal 22,1
159 (volver) Sal 22,2
160 (volver) Sal 22,3
161 (volver) Sal 22,4
162 (volver) Sal 22,4
163 (volver) Sal 22,5s.
164 (volver) Jn 10,9; cf. 10,7-11
165 (volver) Ml 3,20
166 (volver) Sal 45,6
167 (volver) Gn 18,1s.
168 (volver) Jn 8,39
169 (volver) Rm 13,12s.
170 (volver) cf. supra n 33.
171 (volver) Gn 43,16.25s.
172 (volver) Mt 27,45
173 (volver) Lc 23,44s.
174 (volver) Mc 15,33
175 (volver) Gn 1,24.27; 2,1.-La conexión entre el sexto día en que fue creado el hombre y la hora sexta en que el hombre fue redimido por la muerte de Cristo subraya el concepto de redención como segunda creación, habitualmente realzado por la concepción según la cual el mundo habría sido creado en una época del año correspondiente al tiempo pascual. En todo este contexto, Orígenes destaca el concepto de mediodía como significativo de la iluminación del alma, mientras que en el sentido meramente cronológico se utiliza la expresión de hora sexta, que corresponde justamente a la mitad del día.
176 (volver) 1Co 2,6s.
177 (volver) 1Co 2,12
178 (volver) cf supra, n 127
179 (volver) 2Co 3,18
180 (volver) Esta famosa sentencia, esculpida en el frontón del templo de Apolo, en Delfos, la atribuye la leyenda al sabio Quilón.
181 (volver) Ct 1,8
182 (volver) Gn 1,27
183 (volver) Mt 25,33
184 (volver) Ct 1,4
185 (volver) En Orígenes, el cabrito siempre es símbolo negativo, en contraposición del simbolismo positivo de la oveja.
186 (volver) Cf. Flp 3,12-14
187 (volver) Rm 7,15
188 (volver) Co 9,7
189 (volver) El hombre fue creado a imagen de Dios (precisamente por Logos); el pecado ha empañado profundamente esta imagen, y el hombre debe ir restaurándola gradualmente mediante la purificación y la ascesis.
190 (volver) Ct 1,8
191 (volver) Ct 1,8
192 (volver) Mt 19,30
193 (volver) Ef 4,14
194 (volver) Jn 10,11
195 (volver) Os 10,12
196 (volver) 1Co 12,8
197 (volver) Mt 11,27
198 (volver) Lc 10,22
199 (volver) Jn 10,15
200 (volver) Sal 45,11
201 (volver) Sb 7,17s. El griego Orígenes considera el proceso de perfeccionamiento interior de manera algo intelectualista, sobre todo como crecimiento continuo en el conocimiento de los misterios del mundo y, luego, de Dios también.
202 (volver) Este pasaje y el que sigue reflejan las disputas que desde hacía siglos bullían en las escuelas de la filosofía griega acerca de la naturaleza y del origen del alma. Orígenes acusó fuertemente esta problemática: en la linea platónica, él propende a considerar al alma como preexistente al cuerpo e introducida en él como consecuencia de un pecado inicial.
203 (volver) 1Co 15,53
204 (volver) Es decir: el alma, al final del proceso de perfeccionamiento interior, retornará a su condición primera de semejanza con Dios en que fue creada; cf. también supra, n. 189.
205 (volver) 1Co 12,8
206 (volver) Ct 1,8
207 (volver) Es decir, que es mucho más difícil conocer la naturaleza del alma que los principios del comportamiento moral. Por eso aquí Orígenes reserva en seguida este conocimiento, más difícil, para el alma que ya ha progresado en la perfección
208 (volver) Ct 6,8s.
209 (volver) Lc 12,48
210 (volver) Sb 6,6
211 (volver) Ct 1,8
212 (volver) Lv 20,10; 21,9
213 (volver) 1Co 12,26
214 (volver) Mt 25,18
215 (volver) Gn 38,9
216 (volver) 1Co 2,6
217 (volver) Dt 32,8-9
218 (volver) Cf. supra, n. 151. La causa de las desigualdades entre hombre y hombre y entre pueblo y pueblo Orígenes la hace recaer, no en la suerte, sino en las consecuencias del comportamiento de cada una de las almas en la fase inicial, después de su creación y antes de ser incorporadas al mundo terrestre. El Logos decretó el castigo y la incorporación de tal manera que ambos constituyesen el punto de partida para la purificación y la redención. Ver también supra, n. 121
219 (volver) 1Co 3,19
220 (volver) 1Co 2,12; Rm 8,15
221 (volver) 1Co 2,12
222 (volver) Rm 8,15
223 (volver) La expresión quiere simplemente señalar a la amada. Pero Orígenes, en su interpretación, se basa más veces justamente en el concepto de proximidad: por eso hemos traducido fielmente.
224 (volver) Ex 14,7ss.
225 (volver) Es decir, el diablo.
226 (volver) Ef 6,12
227 (volver) Ex 14,27
228 (volver) Otro ejemplo típico de interpretación de la Escritura por medio de la Escritura: en el pasaje del Éxodo no se habla de la caballería divina. pero el concepto se toma de otros pasajes del A. T.
229 (volver) 2R 6,14ss.
230 (volver) Ha 3,8
231 (volver) Ap 19,11ss.
232 (volver) J n 1,1
233 (volver) Col 1,5
234 (volver) Jn 10,18. Orígenes, al tratar de la encarnación, insiste varias veces específicamente sobre el alma asumida por Cristo, a la que atribuye un significado particular, precisamente en relación con los hombres: ver además infra. n. 241.
235 (volver) Col 1,24
236 (volver) Ef 5,27.26. Ante todas estas interpretaciones alternativas, no debemos tanto pensar en otras tantas exégesis como en diversas interpretaciones propuestas por el mismo Orígenes.
237 (volver) Ct 1,9
238 (volver) Ef 5,26
239 (volver) 1Tm 1,15
240 (volver) Orígenes propone varias veces al alma asumida por Cristo como modelo de perfección en el que todo cristiano debe inspirarse.
241 (volver) Ct 1,9
242 (volver) 1Co 12,14ss.
243 (volver) 1Co 12.27
244 (volver) Ef 5,21-27
245 (volver) Ef 5,29s.
246 (volver) Cl 1,10
247 (volver) Ef 5,26s.
248 (volver) Mt 11,29s.
249 (volver) Flp 2,8
250 (volver) Rm 5,19
251 (volver) Gn 38,11ss
252 (volver) El episodio de Judá y Tamar, nada edificante en su sentido literal, se interpretaba por lo común en sentido tipológico, como figuración de la unión de Cristo con la Iglesia ( = meretriz en cuanto que provenía de la condición pecadora).
253 (volver) Mt 4,11
254 (volver) Ga 3,19
255 (volver) Hb 2,2
256 (volver) Ga 4,2; 3,25.
257 (volver) Ga 4,4
258 (volver) Orígenes se está refiriendo a las múltiples apariciones de ángeles de que se habla en el Génesis y en otros libros del A.T. Ellos también, junto con la ley y los profetas, han desempeñado la acción propedéutica que fue preparando la venida de Cristo, según el concepto de revelación progresiva a que aludíamos en la Introducción.
259 (volver) Ef 1,4ss.
260 (volver) Sal 73,2
261 (volver) Ef 2,20. Sobre el concepto de Iglesia en Orígenes, cf. n. 10 de la Introducción.
262 (volver) Gn 2,24
263 (volver) Ef 5,32
264 (volver) Ef 5,25s.
265 (volver) Hb 2,14
266 (volver) Ga 2,20
267 (volver) Gn 18,1s.
268 (volver) Este pasaje -desde aunque hasta aquí- es con toda seguridad una interpolación de Rufino: la interpretación trinitaria de los tres hombres que se aparecen a Abrahán junto a la encina de Mambré no es anterior a finales del s. IV. Orígenes, en otras partes, refiere las apariciones al Logos acompañado por dos ángeles.
269 (volver) Ex 3,2ss.
270 (volver) Evidentemente se trata de los gnósticos, cf. n. I de la Introducción.
271 (volver) Ct 1,11-12
272 (volver) Os 2,8
273 (volver) Sal 11,7
274 (volver) Pr 10,20
275 (volver) Ex 25,18
276 (volver) Ex 25,31
277 (volver) Ga 3,19
278 (volver) Hb 10,1
279 (volver) Aquí y en algún otro punto, Orígenes distingue la sombra de que habla Hb 10,1, de la imagen, y considera a ésta superior a aquella; pero con frecuencia los dos conceptos coinciden prácticamente.
280 (volver) 1Co 10,11
281 (volver) El pasaje está entendido en el sentido de que las prescripciones de la ley tenían ciertamente un valor real, incluso tomadas a la letra, pero sobre todo eran prefiguraciones de las realidades traídas por el N.T. y en tal sentido, su más auténtica realidad era espiritual.
282 (volver) En todo el texto que sigue, es evidente la mentalidad platonizante de Orígenes, quien sistemáticamente interpreta todo pormenor de la ley relacionándolo con una realidad ideal de la que sólo son pálido reflejo aquellas prescripciones literales y aquellos objetos materiales.
283 (volver) Hb 9,24
284 (volver) Col 2,18: Dar excesiva importancia a los elementos materiales-prácticos, ascéticos y culturales-es dársela a las potestades celestes que los dominan.
285 (volver) 2Co 3,16
286 (volver) 1Co 10,11
287 (volver) En comparación con los objetos que no son de oro, sino imitaciones de oro, la plata es superior, puesto que es auténtica: por eso es símbolo de un conocimiento real, aunque limitado, de los misterios respecto de los cuales la letra de la ley sólo era símbolo y prefiguración (= imitaciones de oro).
288 (volver) Is 5.7
289 (volver) Ap 17,15; Is 8,7. En realidad, Isaías sólo habla de aguas; en cambio, la referencia de las aguas a los pueblos es del Apocalipsis, libro del N.T. Orígenes ha hecho una contaminatio de los dos pasajes.
290 (volver) Ez 23,4
291 (volver) Hb 1,3
292 (volver) Mt 27,51
293 (volver) Ct 1,12
294 (volver) En 49-9
295 (volver) Rm 8,25; 2Co 4,18
296 (volver) Col 3,2.1.
297 (volver) 2Co 5,15. Orígenes entiende este pasaje paulino en concordancia con su idea del valor propedéutico de la encarnación de Cristo (cf. n. 89 del lib. 1): cuando el cristiano es simple, principiante, conoce a Cristo solamente según la carne por él asumida; pero, a medida que progresa, va poco a poco dejando al encarnado para adherirse al Logos divino.
298 (volver) En las lineas que siguen, Orígenes enumera las principales tipologías veterotestamentarias propuestas ya en el N.T., como muestras del conocimiento de los misterios divinos reservado a los perfectos.
299 (volver) 1Co 10,1ss.; Jn 6,31ss.; 1,29; Ap 7,14; Hb 10,20.
300 (volver) Ct 1,12
301 (volver) Nm 24,17.7-9; Gn 49,9
302 (volver) 1P 1,10.12
303 (volver) Jn 8,56
304 (volver) Mt 13, 17
305 (volver) Orígenes, al que hemos visto con tanta frecuencia resaltar la superioridad de la economía del N.T. ( = realidad) respecto de la economía del A.T. ( = símbolo), aquí parece preocupado por evitar el resaltarla demasiado, para no dar la impresión de acercarse a la postura gnóstica, que llega, como ya hemos visto (n. I de la Introducción) hasta el rechazo completo del A.T.
306 (volver) Ga 4,2
307 (volver) Mt 18,10
308 (volver) Lc 2,52
309 (volver) Ct 1,12
310 (volver) Lv 26,11s.
311 (volver) Is 66,23
312 (volver) Jn 14,23
313 (volver) Ct 1,11-12
314 (volver) Jn 12,3
315 (volver) Jn 12,3
316 (volver) 2Co 2,15
317 (volver) Mc 14,6
318 (volver) Ct 4,13s.
319 (volver) Mt 13,45ss.
320 (volver) Ct 4,13; cf. n. 95 del lib. 1.
321 (volver) Ct 1,12
322 (volver) Ct 1,12
323 (volver) Jn 4,14; 6,35; 7,38
324 (volver) Sal 104,15. Es decir, a mis ungidos (christós=ungido): como Cristo encarnado fue ungido ( = santificado) por el Espíritu Santo, así también lo serán quienes le hayan imitado hasta el nivel más alto.
325 (volver) Hb 5,14
326 (volver) Tenemos aquí una aplicación de la doctrina de los sentidos espirituales, sobre los cuales cf. n. 4 del Prólogo y los lugares allí señalados.
327 (volver) 1Jn 2,8
328 (volver) Jn 1,1
329 (volver) Jn 6,35
330 (volver) 1Jn 1,1; Jn 1,14.
331 (volver) En su acción pedagógica dirigida a recuperar todas las almas, el Logos se hace todo para todos, es decir, se presenta a cada alma en la forma que sabe que es la más apta para que esa alma saque el máximo provecho.
332 (volver) El texto hebreo trae aquí simplemente bolsita de mirra, pero Orígenes se aprovecha del apódesmos del texto griego para destacar en el comentario la idea de conexión, de estrecha ligazón (Vulg.: fasciculus): de ahí nuestra traducción.
333 (volver) El griego trae adelphidós= sobrino; pero esta palabra, sinónimo de erastés en el lenguaje amoroso, indicaba también al amado, al amante, por lo que es obvio que la palabra está usada con este sentido en el Cantar. Sin embargo, justamente aquí, lo primero que Orígenes hace es apoyar su comentario en el parentesco que liga entre si a los dos enamorados, y por eso en la traducción nos hemos visto obligados a tener también presente el significado de sobrino.
334 (volver) Se considera hermano mayor a los hebreos en razón de las prerrogativas que les hacían destinatarios directos de las promesas divinas.
335 (volver) Rm 9,5
336 (volver) Ct 1,13
337 (volver) El concepto de cuerpo como atadura, cárcel del alma, es típicamente platónico. Aquí Orígenes lo interpreta en sentido netamente cristiano, eliminando toda connotación negativa: en Cristo, el cuerpo tiene amarrada a la divinidad para que así le sea posible obrar en el mundo y redimir a los hombres.
338 (volver) Lv 11.24.31ss.: 5,2.
339 (volver) El término stakté tiene el significado general de "gota" y el específico de bálsamo de áloe o de mirra (cf. Ex 30,34: gota de mirra).
340 (volver) Dn 2,34s.
341 (volver) Mi 2,12. Ek tes stagónos= "de la gota" (LXX); la reflexión de Orígenes se centra en este aspecto: pequeño como una simple gota (de cualquier liquido), en la linea de la pequeñez de la piedra desprendida del monte.
342 (volver) Is 40,15: ver n. anterior.
343 (volver) Flp 2,6s.
344 (volver) Sal 44,9. A diferencia de Ex 30,34, aquí se distingue smyrna= mirra, de stakté= gota de áloe.
345 (volver) La precisión de Orígenes al determinar el significado de la planta depende de la interpretación espiritual subsiguiente, la cual se sirve de ambas acepciones del término.
346 (volver) Jn 15,1
347 (volver) Sal 105,15
348 (volver) Debajo de toda esta explicación debemos ver, como en filigrana, los datos siguientes: nuestra alheña responde al griego kypros: Orígenes relaciona esta palabra con kyprismós = floración (especialmente del olivo), de ahí la insistencia en las ideas de flor-florido
349 (volver) Gn 49,11; Mt 26,28-29; Mc 14,15.24; Lc 22,1.12ss.
350 (volver) Lc 24,32
351 (volver) Jb 7,1
352 (volver) Jb 2,10