¡Mira que eres hermosa, tú que me eres tan cercana! ¡Mira que eres hermosa! Tus ojos, palomas (1,15).
[Bae 173-223] Por segunda vez ya el esposo interviene dialogando con su esposa. En su primera intervención, el esposo la invitó a conocerse a sí misma diciéndole que verdaderamente era hermosa entre las mujeres, pero que, si no se conocía a sí misma, estaría expuesta a ciertas consecuencias. Y como si ella se hubiera lanzado a todo correr en el conocimiento de sí misma con el sentido y con la inteligencia, la compara a sus caballos (o a su caballería) con los que alcanzó a los carros del Faraón. A la vez y debido a su intenso pudor y a la presteza de su conversión, compara sus mejillas a las tórtolas y su cerviz a espléndido collar. Ahora, sin embargo, ya la declara hermosa, y hermosa, no como al principio, únicamente entre las mujeres, sino en cuanto que está muy cercana a él; y todavía la eleva a un título mayor de alabanza y declara que no sólo es hermosa cuando está próxima, sino que, aún cuando ocurra que esté ausente, incluso entonces es hermosa. Esto es, en efecto, lo que indica el hecho de que, tras haber dicho: ¡Mira que eres hermosa, tú que me eres tan cercana!, añade a secas, sin más aditamento: ¡Mira que eres hermosa!1.
Con todo, anteriormente no le había alabado los ojos; creo que la razón es ésta: porque su progreso no alcanzaba todavía hasta la visión propia de la comprensión espiritual; por eso ahora dice: ¡Tus ojos, palomas!2. En esto se pone de manifiesto un gran progreso, en el sentido de que la que antes era llamada hermosa solamente entre las mujeres ahora lo es en cuanto cercana, indudablemente porque del mismo esposo recibe el esplendor de su belleza y de tal suerte que, recibida de él la belleza una vez por todas, aun cuando le ocurra tener que sufrir un poco la ausencia del esposo, no obstante sigue siendo hermosa. Ahora bien, en cuanto al hecho de ser comparados a palomas sus ojos, en realidad ocurre porque la esposa entiende las Escrituras, no ya según la letra, sino según el espíritu, y ve en ellas los misterios espirituales. Efectivamente, la paloma simboliza al Espíritu Santo 3, y por eso, entender la ley y los profetas en sentido espiritual es tener los ojos de la paloma.
Aquí, ciertamente, se llama palomas a los ojos de la esposa; sin embargo, en los Salmos, un alma así desea que le den alas de paloma para poder volar hasta la inteligencia espiritual de los misterios y descansar en los atrios de la sabiduría4. Ahora bien, si uno es capaz de dormir-es decir, de acomodarse y descansar-en medio de los lotes sorteados5 y de comprender la razón de tales suertes y conocer los motivos del juicio divino, entonces se le prometen, no sólo alas de paloma con que pueda volar en la interpretación espiritual, sino también alas plateadas6, es decir, realzadas con el adorno de la palabra y de la razón. Y de las plumas de su dorso se dice que tenían reverberos de oro7, en lo cual se significa la constancia de la fe y la estabilidad de las doctrinas. Por eso, si de Cristo se dice que es cabeza8, creo que en modo alguno puede parecer absurdo el decir que son Espíritu Santo los ojos de aquellos que comprenden y que juzgan espiritualmente, según el hombre interior9. Y quizá por esta razón, en la ley, lo mismo que se estableció un cordero por cuyo sacrificio el pueblo se purificaba en la Pascua, así también se establecieron las palomas con que se purificaba el hombre al entrar en este mundo10. Pero hablar de esto ahora y discutir las cualidades de las victimas sería excesivamente largo y en modo alguno acorde con la obra que intentamos. Baste, pues, haber recordado lo dicho, en atención al contenido de la expresión: Tus ojos, palomas11, como si dijera: tus ojos son espirituales, pues ven espiritualmente y comprenden espiritualmente.
Quizás, por un misterio todavía más profundo, la expresión: ¡Mira que eres hermosa, tú que me eres tan cercana!12 pueda entenderse como dicha del tiempo presente, puesto que también aquí es hermosa la Iglesia, ya que está cercana a Cristo e imita a Cristo. Ahora bien, lo que repite diciendo: ¡Mira que eres hermosa!13 puede pertenecer al tiempo futuro, donde la Iglesia no será ya hermosa y radiante sólo por la imitación, sino también en su propia perfección. Si aquí dice que sus ojos son palomas, es para que se entienda que las dos palomas, con sus pares de ojos, son el Hijo de Dios y el Espíritu Santo. Y no te extrañes de que a los dos se les denomine palomas puesto que a los dos también se les llama abogados, según afirma el evangelista Juan: al Espíritu Santo le llama Paráclito, que significa abogado; y de Cristo dice en su Carta que es abogado ante el Padre en pro de nuestros pecados14. Y en el profeta Zacarías, los dos olivos colocados a derecha e izquierda del candelabro15 creemos que también representan al Unigénito y al Espíritu Santo16.
¡Mira que eres hermoso, amado mío, mira qué apuesto! Nuestro lecho es umbrío (1,16).
Parece que ahora, por primera vez, la esposa ha examinado con mayor atención la belleza de su esposo y ha considerado con aquellos ojos que se dijo que era de paloma la dignidad y el aspecto del Verbo de Dios. Y es que realmente es imposible examinar detenidamente y reconocer cuán grande es la magnificencia del Verbo sin antes haber recibido ojos como de paloma, es decir, la comprensión espiritual. Por otra parte, el lecho que dice que le es común con el esposo tengo para mí que indica el cuerpo éste del alma, la cual, encerrada todavía en él, ha sido considerada digna de ser admitida a ser consorte del Verbo de Dios. Y menciona que es un lecho umbrío, es decir, no árido, sino fructífero y como sombreado por la densidad de buenas obras. Ahora bien, estas cosas las dice la esposa, esto es, el alma que tiene ya ojos de paloma. Sin embargo, los que solamente creen al esposo, pero no pudieron examinar intensamente cuánta belleza hay en el Verbo de Dios, dicen: Le vimos, y no tenía apariencia ni hermosura; mas su aspecto era despreciable y desecho entre los hombres17. En cambio, el alma que ha progresado bien y que ha sobrepasado ya el grado de las doncellas, de las ochenta concubinas y de las sesenta reinas, ésta puede decir: ¡Mira que eres hermoso, amado mío, mira qué apuesto! 18. Y si, estando todavía en el cuerpo, comprendo la consistencia de los sentidos espirituales y que la inteligencia de las divinas Escrituras está protegida por sombra tan densa que el fuego más impetuoso, que suele abrasar a muchos y resecar sus frutos, a mí, sin embargo, no consigue ofuscarme, como tampoco una violenta tentación logra resecar en mí la semilla de la fe, entonces puedo decir que nuestro lecho es umbrío. Por otra parte, la esposa dice: Nuestro lecho, como indicando que su cuerpo le es común con el esposo: entiéndelo como dicho en la línea de aquella comparación de Pablo, cuando dijo que nuestros cuerpos son miembros de Cristo19. Efectivamente, cuando dice "nuestros cuerpos", viene a hacer ver que este cuerpo es de la esposa; en cambio, cuando menciona los "miembros de Cristo", viene a indicar que esos mismos cuerpos son también cuerpo del esposo. Por eso, si estos cuerpos son umbríos, esto es-como dijimos arriba-repletos de obras buenas y colmados por la densidad de los sentidos espirituales, de tales cuerpos se puede decir: De día el sol no te abrasará ni la luna de noche20. El sol de la tentación, efectivamente, no quema al justo que descansa a la sombra del Verbo de Dios, y es que el sol éste que quema al justo no es digno de condena, sino más bien aquel que se transforma en ángel de luz21.
Por eso se llama al amado hermoso y apuesto, y cuanto más se lo pueda examinar con los ojos espirituales, tanto más bello y apuesto se le encuentra, porque no sólo aparecerán maravillosos su aspecto y su belleza, sino que al mismo que le mira y considera, le nacerán una gran hermosura y un aspecto nuevo y maravilloso, según lo que dijo el Apóstol al observar la belleza del Verbo de Dios: Porque, aunque este nuestro hombre exterior se vaya despostando, el interior, empero, se va renovando de día en dia22. Por eso es de razón que un alma como ésta tenga su cuerpo como lecho común con el Verbo: efectivamente, el poder divino llega hasta agraciar al cuerpo cuando en él deposita el don de la castidad y la gracia de la continencia y de todas las demás obras buenas. Examina además atentamente si el cuerpo que tomó Jesús puede quizá también ser considerado como lecho común suyo con la esposa, porque, de hecho, gracias a él, la Iglesia se ha unido a Cristo y ha podido participar del Verbo de Dios, en cuanto que éste se dice mediador entre Dios y los hombres23 y según lo que dice el Apóstol: En él tenemos entrada mediante la fe, en la esperanza de la gloria de Dios24.
Los maderos de nuestras casas son de cedro; nuestras vigas, de ciprés (1,17).
Parece que a las graciosas palabras que la esposa le había dirigido antes, el esposo responde con estas otras, intentando enseñarla cómo son estas casas que les son comunes y qué clase de material tiene su entablado. Tal es el contenido de su interpretación literal. En la realidad, parece que Cristo está describiendo a la Iglesia, que es casa espiritual y casa de Dios, según enseña Pablo cuando dice: Y si tardo en ir, para que sepas cómo conviene que te portes en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad25. Por consiguiente, si la Iglesia es casa de Dios, como quiera que todo lo que tiene el Padre es del Hijo26, también la Iglesia es casa del Hijo de Dios. Por otra parte, es frecuente hablar de iglesias, en plural, como donde dice: Nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios27. El mismo Pablo escribe además a las iglesias de Galacia28 y Juan a las siete iglesias29. Por eso, bien la Iglesia, bien las iglesias, son las casas del esposo y de la esposa, o bien las casas del alma y del Verbo de Dios, y en ellas el entablado es de cedro. Leemos también que hubo algunos cedros de Dios sobre los cuales se dice que la viña que fue trasladada de Egipto extendió sus sarmientos, como se dice en el Salmo: Sus sombras cubrieron los montes y sus sarmientos los cedros de Dios30. Es evidente, pues, que con estas palabras se denomina a la Iglesia cedros de Dios. Por tanto, cuando el esposo dice: Los maderos de nuestras casas son de cedros31, debemos entender que cedro de Dios son los que protegen a la Iglesia, y entre ellos hay algunos que son más robustos y que llamamos vigas. Y yo creo que a los que en la Iglesia administran bien el episcopado se les puede con propiedad llamar vigas que sustentan y protegen a todo el edificio, ya contra los daños de las lluvias, ya contra los ardores del sol. Luego, en segundo lugar, pienso que se llama maderos a los presbíteros. Y creo también que las vigas se dice que son de ciprés, porque tienen una resistencia más robusta y olor suave, y por eso representan al obispo, sólido en las obras y fragante por la gracia de la doctrina. De modo parecido, llamó cedros a los maderos, para señalar que los presbíteros deben estar llenos de incorruptible virtud y del aroma de la ciencia de Cristo.
Yo soy la flor del campo y el lirio de los valles; como el lirio entre las espinas, así la que me es cercana entre las hijas (2,1-2).
Estas palabras, por lo que parece, las pronuncia el que es esposo, Verbo y sabiduría, hablando de sí mismo y de la esposa a sus amigos y compañeros. Pero teniendo en cuenta el criterio de interpretación que nos hemos propuesto, debemos entender que estas palabras las pronuncia Cristo hablando de la Iglesia, y él mismo dice ser la flor del campo y el lirio de los valles. Se llama campo a un terreno llano dedicado al cultivo y labrado por agricultores; en cambio los valles señalan más bien lugares rocosos e incultos. Pues bien, por el campo podemos entender también aquel pueblo que se cultivaba mediante los profetas y la ley; por el valle, en cambio, el lugar rocoso e inculto de los gentiles. Por eso este esposo fue flor en el pueblo judío; mas, como quiera que la ley no condujo a nadie hasta la perfección, por eso el Verbo de Dios no pudo en él hacer progresar la flor hasta alcanzar la perfección del fruto. En cambio, en este valle de los gentiles fue lirio. Pero, ¿qué clase de lirio? Indudablemente, la misma de aquel que en los Evangelios dice que el Padre viste: Ni siquiera Salomón en toda su gloria se vistió como uno de estos32. Por eso el esposo se hace lirio en este valle, porque en él el Padre celeste le vistió con un vestido tal de carne, cual ni siquiera Salomón en toda su gloria pudo poseer. Efectivamente, Salomón no tuvo una carne no manchada por la concupiscencia del varón y la unión de la mujer, ni absolutamente libre de pecado.
Pero el esposo parece también mostrar por qué, habiendo sido flor en el campo, en los valles quiso hacerse lirio. Efectivamente, aun cuando en el campo fue flor durante mucho tiempo, de ese mismo campo dice que ninguna otra flor creció en él a su imagen y semejanza. Sin embargo, en cuanto se hizo lirio en los valles, al punto la que le es próxima se hizo también lirio, imitándole; valió la pena, porque él se había hecho lirio para que también se hiciera lirio la que le es cercana, esto es, cada alma que se le acerca y sigue su ejemplo imitándole. En cuanto a la expresión: Como el lirio entre las espinas, así la que me es cercana entre las hijas33, la interpretaremos como dicha de la Iglesia de los gentiles, bien porque brotó entre los infieles e increyentes, como si brotara de las espinas, bien porque se dice que se halla entre espinas por causa de las punzadas de los herejes que a gritos la asaltan alrededor. Esto último parecerá más probable, teniendo en cuenta lo que se dice: Así la que me es cercana entre las hijas, porque el esposo no hubiera llamado hijas a las almas que nunca llegaron a creer. En cambio, los herejes vienen primero a la fe y después se desvían del camino de la fe y de la verdad de la doctrina divina. Como lo dice el apóstol Juan en su Carta: Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros; porque, si hubieran sido de los nuestros, ciertamente hubieran permanecido con nosotros34.
Podemos, por otra parte, referirlo a cada alma y decir que para el alma que por su simplicidad y lisura puede llamarse campo, el Verbo de Dios se hace flor y le enseña el comienzo de las buenas obras, mientras que, para aquellas que buscan ya mayor profundidad y escudriñan realidades más escondidas, como en los valles, el Verbo se hace lirio, tanto por la claridad de su pudor como por el fulgor de su sabiduría, para que también ellas se conviertan en lirios que brotan de entre las espinas, esto es, que rehuyen los pensamientos y preocupaciones mundanales que en el Evangelio se compararon a las espinas35.
Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los hijos: a su sombra deseé estar y me senté, y su fruto es dulce en mi boca (2,3).
Convenía, en verdad, que el esposo dijese, respecto de sí mismo, qué era en el campo y qué era en los valles, y respecto de su esposa, quién era ella y cuál su consideración entre las demás hijas. Sin embargo, no era conveniente que la esposa, al responder a todo eso, dijera algo sobre ella misma, sino sólo quedar toda ella presa de admiración hacia el esposo y absorta en sus alabanzas. Por eso le compara al manzano. [Mas, para evitar que, por la semejanza de las palabras36, algunos más simples crean que el árbol del malo es un "árbol malo" y que se llama así por su maldad, vamos a decir "árbol del malo", sirviéndonos del termino griego, más claro que malo para los simples y para algunos latinos. En todo caso, es preferible ofender a los gramáticos a causar algún escrúpulo en los lectores al exponer la verdad]. Así, pues, compara al esposo con el manzano, y a sus compañeros con los demás árboles silvestres. Pero al esposo lo compara con el manzano de una manera tan particular, que puede añadir que ella deseó sentarse a su sombra y afirmar que su fruto resultó dulce en su boca. Y estas palabras parece dirigirlas a las doncellas, lo mismo que antes el esposo había hablado a sus compañeros.
Pero veamos ahora, conforme al significado interior, a quiénes llama la esposa hijos, entre los cuales afirma que el esposo descuella como el manzano destaca sobre los otros árboles del bosque, y a ver si, según la doble interpretación que arriba hicimos de las hijas y las espinas, también aquí podemos interpretar como hijos aquellos que alguna vez lo fueron y ya no son, o bien la muchedumbre de servidores celestiales. Efectivamente, al principio, a todos se refería lo que está escrito: Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altisimo37.
Pero luego se interpuso la diferencia, por lo que dice: Con todo, como hombres moriréis, y caeréis como uno de los príncipcçes38. Mas también con esto se relaciona el pasaje: Porque, ¿quién sobre las nubes se igualará con el Señor? ¿O quién se hará semejante a él entre los hijos de Dios?39. Por eso, como el manzano sobresale entre los otros árboles del bosque, así también el esposo entre los demás hijos, pues tiene un fruto que supera a todos, no sólo en sabor, sino también en olor, y que satisface a los dos sentidos del alma, esto es, al gusto y al olfato. El hecho es que la Sabiduría nos prepara su mesa con diversos manjares, y en ella, no sólo pone el pan de vida, sino que inmola la carne del Verbo; y no sólo mezcla en la copa su vinos40, sino también sirve en abundancia manzanas dulces y olorosas que, además de endulzar labios y boca, conservan luego dentro de ésta el dulzor. Por otra parte, podemos entender por árboles silvestres los ángeles que aparecen como autores de cada herejia41: así la Iglesia, comparando la dulzura de la doctrina de Cristo con la aspereza de las enseñanzas heréticas y con su estéril e infructífera doctrina, parece decir que las manzanas dulces y olorosas son las doctrinas ortodoxas que se predican en la Iglesia de Cristo, y en cambio, los árboles silvestres son las doctrinas que los diversos herejes sustentan. Y de estos infructíferos árboles silvestres habla, a lo que parece, lo que está escrito en el Evangelio: Mira, la segur está ya puesta a la raíz del árbol, por eso todo árbol que no haga buen fruto será cortado y echado al fuego42. Por eso el amado de la esposa está, como el manzano, en la Iglesia de Cristo, mientras los herejes todos, como árboles silvestres improductivos, por juicio divino están para ser cortados por la segur y arrojados al fuego.
La esposa, pues, desea sentarse a la sombra de este manzano, esto es, la Iglesia, como dijimos, bajo la protección del Hijo de Dios, o bien el alma que rehuye todas las demás doctrinas y se abraza exclusivamente al único Verbo de Dios, cuyo dulce fruto conserva en la boca, a saber, meditando sin cesar la ley de Dios y rumiándola siempre como animal puro43. Sin embargo, por lo que se refiere a esta sombra bajo la cual la Iglesia dice que deseó sentarse, no creo fuera de lugar el citar aquí lo que hayamos podido encontrar en las sagradas Escrituras, con el fin de conocer de manera más digna y más excelente qué sombra es esa del manzano. Dice Jeremías en sus Lamentaciones: El espíritu de nuestro rostro, Cristo el Señor, fue apresado en nuestra corrupciones: a él hablamos dicho: A tu sombra viviremos entre los gentiles44. ¿Estás viendo, pues, cómo el profeta, movido por el Espíritu Santo, dice que la sombra de Cristo presta vida a los gentiles? ¿Y cómo su sombra no va a darnos vida a nosotros, cuando en la concepción de su cuerpo se dijo a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra45? Por lo tanto, si en la concepción de su cuerpo actuó la sombra del Altísimo, es de razón que la sombra de Cristo dé vida a los gentiles46, y razón tiene su esposa, la Iglesia, para desear sentarse bajo la sombra del manzano, con la indudable finalidad de participar de la vida que hay a su sombra. En cambio, la sombra de los restantes árboles del bosque es tal que quien se sienta bajo ella parece estar sentado en región y sombra de muerte47.
Pero, con el fin de que se haga más y más claro el pasaje que tenemos entre manos, indaguemos todavía cómo es que el Apóstol dice que la ley contiene la sombra de los bienes futuros, y recuerda que todo lo escrito acerca de las fiestas, sábados y neomenias es sombra de los bienes futuros -hablando, claro está, de cuanto se cumplía según la letra-, y cómo afirma que todo el culto de los antiguos es bosquejo y sombra de las realidades celestes48. Si la cosa es verdaderamente así, entonces quedará bien claro que bajo la sombra de la ley se sentaban todos los que estaban bajo la ley y poseían la sombra de una ley más verdadera. Nosotros, por el contrario, somos ajenos a la sombra de éstos, puesto que no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia49. Sin embargo, aunque no estamos bajo la sombra que hacía la letra de la ley, estamos, con todo, bajo una sombra mejor, porque estamos viviendo entre los gentiles bajo la sombra de Cristo. Es realmente un progreso pasar de la sombra de la ley a la sombra de Cristo: con ello, puesto que Cristo es vida, verdad y camino50, primeramente nos pondremos a la sombra del camino, a la sombra de la vida y a la sombra de la verdad, para poder comprender en parte y como en un espejo, confusamente, y luego, si caminamos por este camino que es Cristo, podremos llegar a comprender cara a cara lo que antes viéramos como en sombra y por enigmas51.
Indudablemente, nadie podrá llegar a las realidades verdaderas y perfectas, si antes no ha deseado ansiosamente sentarse bajo esta sombra. El mismo Job dice que la vida entera del hombre es sombra sobre la tierra52, y creo que la razón es esta: el alma en esta vida se encuentra cubierta por la sombra de este craso y tosco cuerpo. Por eso es de necesidad que todos cuantos están en esta vida se hallen bajo alguna sombra. Pero algunos están sentados en la región de la sombra de muerte53: son los que no creen en Cristo. La Iglesia, en cambio, dice confiada: Deseé estar bajo la sombra del esposo y me senté54, eso a pesar de que hubo un tiempo en que, sentándose a la sombra de la ley, uno podía defenderse del rigor del calor y del fuego. Pero aquel tiempo pasó; ahora hemos de acudir a la sombra del manzano, y aunque la sombra de que uno disfruta sea diversa, con todo, parece necesario que toda alma tenga una sombra mientras está en la vida presente, y creo que por causa del ardor de aquel sol55 que, en cuanto sale, inmediatamente comienza a secar y a matar la semilla que tiene raíces poco profundas56. Sólo que la sombra de la ley repele este ardor flojamente; en cambio, la sombra de Cristo, bajo la cual vivimos ahora entre los gentiles, es decir, la fe en su encarnación, lo desvía y lo apaga por completo: de hecho, al sol que abrasaba a los que caminaban bajo la ley, en el momento de la Pasión de Cristo lo vieron caer del cielo como un relámpago57. Por otra parte, el tiempo de la sombra de Cristo tendrá su término al final del mundo, porque, como dijimos, después de la consumación de este mundo, ya no veremos la verdad como a través de un espejo y por enigmas, sino cara a cara58. Creo que algo parecido es aquello que está escrito: Bajo la sombra de tus alas exultaré59. Pero en los versos siguientes de este mismo libro dice la esposa: Mi amado, para mi, y yo para él, que apacienta entre los lirios, hasta que apunte el día y huyan las sombras60, con lo cual quiere hacer saber que vendrá un tiempo en que todas las sombras desaparecerán y por la misericordia de Dios solamente la verdad quedará patente.
Respecto de lo otro que dice: Y su fruto es dulce en mi bocal61, creo que está hablando del alma que en su boca no tiene nada muerto, nada insensible, y que en nada se parece a aquellos de quienes se dice: Sepulcro abierto en su garganta62. Efectivamente, se llama sepulcros a las bocas de todos cuantos profieren palabras de muerte y destrucción, como son todos los que hablan contra la verdadera fe o profieren algo contra la enseñanza de la castidad, de la justicia y de la sobriedad. Las bocas de todos estos son, pues, sepulcros y lugares de muerte, y de ellas sólo salen palabras de muerte. Pero el contrario, el justo dice: ¡Cuán dulces a mi boca son tus palabras!63. Y otro que enseñaba palabras de vida, dice así: Nuestra boca está abierta a vosotros, corintios, nuestro corazón está ensanchado64. Y todavía otro, que abrió su boca a la palabra de Dios, dice: Abrí mi boca y atraje el espíritu65.
Introducidme en la casa del vino (2,4).
Son éstas, todavía, palabras de la esposa, pero, según creo, van dirigidas a los amigos y familiares del esposo a los que parece pedir que la introduzcan en la casa de la alegría, donde se bebe el vino y se preparan los banquetes. Efectivamente, la que ya había visto la regia cámara del tesoro, ahora desea también entrar al banquete real y disfrutar del vino de la alegría. Ya dijimos arriba que por amigos del esposo debemos entender los profetas y todos los que desde el comienzo del mundo sirvieron al Verbo de Dios: a éstos precisamente es a quienes la Iglesia de Cristo o el alma que se abraza al Verbo de Dios dice que la introduzcan en la casa del vino, esto es, allí donde la sabiduría templó en la copa su vino66, y por medio de sus criados suplica a todo necio y menesteroso de sentido diciendo: Venid, comed mis panes y bebed el vino que yo he templado para vosotros67. Esta es la casa del vino y la casa del banquete, banquete en el que todos los que vienen de oriente y de occidente se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios68. A esta casa y a este banquete conducen los profetas a las almas que, no obstante, les escuchan y les comprenden; y lo mismo ocurre con los santos ángeles y las potestades celestiales que han sido enviados en servicio, a favor de los que heredan la salvación69. Este es el vino en cuyo honor se escribieron los salmos que llevan por título: Por el lagar70. Este es el vino vendimiado de aquella vid que dice: Yo soy la vid verdadera71 y que el Padre, celestial labrador72, ha exprimido. Este es el vino que produjeron aquellos sarmientos que permanecieron en Jesús, no sólo en la tierra sino también en el cielo. Así es como entiendo esto que oigo decir: Todo sarmiento que no permanece en mi no puede producir fruto73. Efectivamente, nadie produce el fruto de este vino, si no es el que permanece en la palabra, en la sabiduría, en la verdad, en la justicia, en la paz y en todas las virtudes. Este es el vino con el que los justos y los santos todos consideraron deseable embriagarse. Y creo que esto ya lo consideraba en su espíritu Noé cuando se dice que se embriagó74; y David admiró el cáliz de este banquete y dijo: Y tu copa embriagadora ¡qué hermosa es!75. Por eso es en esta casa del vino donde desea entrar la Iglesia o toda alma que busca lo perfecto, para disfrutar de las doctrinas de la sabiduría y de los misterios de la ciencia, como se disfruta de un delicioso convite y de la alegría del vino.
Por otra parte, debemos saber que, de la misma manera que existe este vino que se exprime de las doctrinas verdaderas y se templa en la copa de la ciencia, así también hay un vino dañino con el que se embriagan los pecadores y los que aceptan las perniciosas doctrinas de la falsa ciencia. De éstos dice Salomón en los Proverbios: Porque éstos comen manjares de maldad y se embriagan con vino de iniquidad76. Y de este mismo vino de iniquidad leemos en el Deuteronomio: Su cepa era de la vid de Sodoma, y sus pámpanos de Gomorra; sus uvas, uva de ira, y sus racimos, amargos; ponzoña de áspides y veneno de víboras era su vino77. Por otra parte, el vino que procede de la vid verdadera siempre es nuevo. Efectivamente, gracias a los progresos de los que aprenden, siempre se está renovando el conocimiento de la sabiduría y de la ciencia divinas. Y por eso Jesús decía a sus discípulos: Lo beberé nuevo con vosotros en el reino de mi Padre78. Efectivamente, gracias a la sabiduría de Dios, el conocimiento de las realidades secretas y la revelación de los misterios se está constantemente renovando, no sólo entre los hombres, sino también entre los ángeles y las potencias celestiales.
Ordenad en mi el amor (2,4).
Son aún palabras de la esposa dirigidas a los mismos, sólo que entre éstos quizá podamos también considerar a los apóstoles de Cristo. En cuanto a lo que dice: Ordenad en mi el amor79, significa lo siguiente. Sin duda todos los hombres aman algo, y no hay uno solo que, llegado a la edad de amar, no ame algo, como ya dimos a entender suficientemente en el prólogo de esta obra. Pero el amor que nos ocupa, sin embargo, en algunos procede conforme a un orden y ajustado a una regla, mientras que en la mayoría procede contra el orden. Ahora bien, se dice que el amor procede en uno contra el orden cuando, o bien ama lo que no debe, o bien ama lo que debe pero más o menos de lo justo. Por eso se dice que en éste el amor es desordenado; en cambio en aquellos -y creo que son muy pocos-que caminan por la senda de la vida sin desviarse ni a derecha ni a izquierda80, y únicamente en éstos, el amor está ordenado y mantiene su regla. Ahora bien, el orden y la medida de este amor es, v. gr.: En amar a Dios, no hay límite ni medida, sino esta sola: que le des todo cuanto tienes; efectivamente, en Cristo Jesús hay que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas81: por eso en este amor no hay medida ninguna. Sin embargo, en el amor al prójimo hay cierta medida: Amarás-dice- a tu prójimo como a ti mismo82. Por eso, si en el amor a Dios haces menos de lo que puedes y de lo que dan de sí tus fuerzas, o si entre ti y tu prójimo no mantienes la igualdad, sino que haces alguna distinción, entonces el amor no está ordenado en ti, pues ni siquiera guarda su propia norma.
Mas, como quiera que estamos tratando sobre el orden del amor, pongamos mayor empeño en indagar por separado a quiénes es necesario amar y cuánto se debe amar, porque si, como dice el Apóstol, somos miembros los unos de los otros83, creo que debemos tener para con el prójimo un afecto tal que no amemos a nuestros prójimos como a cuerpos ajenos, sino como a nuestros propios miembros. Por eso, atendiendo al principio de que somos miembros los unos de los otros, conviene que tengamos para con todos el mismo y parecido amor. Sin embargo, atendiendo también a este otro principio de que en el cuerpo hay miembros que son más honorables y nobles y otros que son menos honorables e inferiores84, creo que, en desquite, la medida del amor debe darse en proporción con los méritos y dignidad de los miembros. Por eso, si uno se propone obrar racionalmente en todo según el Verbo de Dios y templar incluso sus efectos, creo que debe conocer y mantener el orden del amor para con cada uno de los miembros. Sin embargo, para que resulte más claro lo que decimos, echemos mano de argumentos algo más patentes.
Por ejemplo, si uno se afana en la palabra de Dios85 e instruye e ilumina nuestras almas, nos enseña el camino de la salvación y nos transmite una regla de vida, ¿no te parece a ti que éste, ciertamente, es prójimo, pero que debe ser amado mucho más que otro prójimo que no haya hecho nada de todo eso? Porque, aunque a éste efectivamente, debamos amarlo por el hecho de que somos miembros de un solo cuerpo y de una sola substancia, con todo, debemos amar mucho más al primero, quien, aún teniendo para con nosotros el mismo derecho de prójimo que tienen todos los demás, sin embargo, presenta un mayor motivo de amor hacia él, porque enseña el camino de Dios y confiere al alma la salvación con las iluminaciones de la divina palabra. Porque, si yo ando errado y a punto de caer en el precipicio pecando con una mujer, y alguien me devuelve a la luz de la piedad, me arranca de la misma muerte, me retrae hacia la salvación, y me libra de las fauces mismas de la muerte eterna, ¿no te parece que debo amarle, después de Dios, con la misma plenitud de amor con que amamos a Dios, si es posible? Y para que no pienses que así lo que hacemos es presumir, escucha al Apóstol, que dice sobre los que se afanan en la palabra de Dios: Y que tengáis en la mayor estima en el amor a los tale, por causa de su trabajo86
Veamos ahora todavía otro orden del amor, es decir, del que se debe tener al prójimo. Si se trata de uno que realmente no tiene la gracia de enseñar o de instruir ni la de predicar la palabra de Dios, pero, sin embargo, es un varón de santa vida, inocente, puro y que camina irreprochablemente en los mandamientos y preceptos del Señor87¿te parece a ti que a este hombre con tales prendas debemos tenerlo en el mismo orden de amor en que tenemos al que nada hizo de todo eso, no obstante que a uno y a otro llamamos prójimo? ¿Acaso no deberemos tener a éste en la mayor estima en el amor por su obra y por el mérito de su vida, según lo dicho por el Apóstol88, lo mismo que estimamos por la obra de sus vidas a los que se afanan en la palabra de Dios? Hay todavía otra regla del amor. Se nos manda, efectivamente, amar a nuestros enemigos89. Pero veamos también si en estos casos hay un solo modo de amar o si también aquí puede aplicarse la palabra que dice: Ordenad en mi el amor90. Pues bien, yo creo que también aquí hay un orden del amor. Por ejemplo: yo tengo un enemigo que,en lo demás, se porta bien, es honesto y sobrio, y cumple los mandamientos de Dios en su mayor parte, aunque, como hombre, yerra en algo; y tenemos otro que también es enemigo nuestro, ciertamente, pero además es enemigo de su alma y de su vida, pronto para el crimen, rápido en la infamia, y que a nadie considera digno de veneración y respeto: ¿no te parece también que entre ambos enemigos el amor tiene que hacer cierta distinción? Por estos ejemplos quedará suficientemente claro-así lo pienso-que la fuerza del amor es ciertamente una sola pero que, sin embargo, hay muchas causas y muchos modos de amar, y por eso ahora la esposa dice: Ordenad en mí el amor91, esto es, enseñadme las diversas reglas del amor.
Y si todavía parece que queda algo por añadir a lo dicho, podemos también citar lo que dijo el Apóstol: Maridos, amad a vuestras mujeres, como a vuestros cuerpos, así como Cristo amó a su Iglesia92. Pues, ¿qué? ¿Acaso los maridos deben amar a sus mujeres y en cambio no deben en absoluto amar a las demás mujeres en toda castidad y santidad? ¿Es que ellas no forman también parte del prójimo? ¿O se ha de consagrar el amor sólo a la consorte, a la madre o a la hermana, con tal que sean fieles y estén unidas a Dios, y no dedicar el más mínimo amor a ninguna otra mujer, aunque también sea parte del prójimo? Esto puede parecer absurdo, pero, según el orden del mandamiento, también a éstas se les debe dedicar un amor casto. Por tanto, respecto de las mismas personas del sexo femenino a las que se debe amar, irremediablemente debe fijarse cierto orden en el amor y debe haber ciertas distinciones. Efectivamente, a la madre se le debe amar con los máximos honores; en segundo grado, y naturalmente con cierto respeto, a las hermanas. A las esposas, en cambio, se les debe amar con un amor especial y diferente de los anteriores. Ahora bien, después de estas personas, se debe amar también a cada mujer, según dijimos, con toda castidad y en razón de sus motivos y de sus méritos. Según este principio, observaremos el mismo orden cuando se trata del padre, de los hermanos y de los demás parientes. Sin embargo, respecto de los santos que nos han engendrado en Cristo93, así como de los pastores y obispos, de los presbíteros que presiden la palabra de Dios, de los que prestan bien su servicio en la Iglesia y de los que superan a los demás en la fe, ¿cómo no se va a tener por ellos, en atención a los méritos de cada uno, un amor incomparablemente superior al que se puede tener por los que o no hicieron nada de todo eso o sólo lo hicieron a medias? Pero incluso entre padres fieles e infieles y entre hermanos y hermanas fieles e infieles, ¿no va a ser posible establecer diferencia de unos a otros y amar a cada uno siguiendo un orden?
La esposa, al observar esa diversidad y coligiendo de todo ello que el alma que tiende a la perfección necesita el conocimiento de todo cuanto le permite medir el amor según lo exige el orden y el lugar en cada caso, dice a los amigos del esposo, a los que sirven al Verbo de Dios: Ordenad en mí el amor94, o sea, enseñadme y dadme a conocer de qué manera debo guardar el orden del amor en cada caso. Porque, según dijimos, efectivamente todos los hombres, por el hecho de ser nuestros semejantes, deben ser amados por nosotros de manera semejante; es más: toda criatura racional debe igualmente ser amada por nosotros, porque también nosotros somos racionales. Sin embargo, al amar a cada uno, además del hecho de ser hombre y ser racional, hay que añadir otras consideraciones, por ejemplo: si supera a los otros en las costumbres, en las obras, en los propósitos, en la ciencia o en los esfuerzos, y entonces, en conformidad con esos elementos, al amor de orden general hay que añadirle cierto amor especial proporcionado al mérito de cada cual. Sin embargo, para tener acerca de todo esto una mayor autoridad, tomemos ejemplo de Dios mismo. Efectivamente, Dios ama por igual todo lo que existe, y nada aborrece de cuanto ha hecho, pues nada ha creado que deba aborrecer95; con todo, no por eso amó lo mismo a los egipcios y a los hebreos, al Faraón y a Moisés y a Aarón. Como tampoco amó por igual a los demás israelitas que a Moisés, a Aarón y a María, ni amó a Aarón y a María como amó a Moisés. Aunque es verdad lo que se le dice: Tú perdonas a todos, porque tuyo es todo, Señor amante de las almas, pues tu espíritu de incorrupción está en todas las cosas96, no obstante, aquel que todo lo dispuso con medida, número y peso97 sin duda atempera la balanza de su amor según la medida de los méritos de cada uno. ¿Es que vamos. a pensar que Dios amó a Pablo cuando perseguía a la Iglesia de Dios lo mismo que le amó cuando por ella soportaba persecuciones y tormentos, y cuando decía que sobre él pesaba la preocupación por todas las iglesias98?
Es muy importante que ahora, entre estos órdenes del amor, intercalemos alguna consideración sobre el afecto del odio, que parece opuesto al afecto del amor, porque el Señor dice también: Yo seré enemigo para tus enemigos y adversario para tus adversarios99, y además: ¿Al impío das ayuda y eres amigo del que aborrece al Señor?100. Estos pasajes tienen la misma solución que presentan aquellos dos que dicen: Honra a tu padre y a tu madre101, y también: El que no odia a su padre, etc.102 realmente, la sobreabundancia de amor a Dios parece generar el afecto contrario en aquellos que se le oponen, pues no puede haber concordia entre la luz y las tinieblas, entre Cristo y Belial, ni tener el fiel parte con el infiele103.
Expuesto lo anterior, según hemos podido, sobre el orden del amor, el camino está abierto para comprender qué es lo que la esposa, esto es, la Iglesia o el alma que tiende a la perfección, pide que le hagan los amigos del esposo, porque antes había pedido ya ser introducida en la casa del vino, donde indudablemente había comprendido que, entre todo lo que había visto, sobresalta y destacaba la gracia del amor, y había aprendido que el amor era lo más grande y lo único que nunca deja de ser104: por eso ahora pide que la enseñen el orden del amor, no sea que, si por acaso hace algo desordenado, reciba del amor alguna herida, como luego dice: Estoy herida de amor105. Por otra parte, si lo interpretamos como dicho de los ángeles, a los cuales la esposa pide instrucción y protección, no parecerá fuera de lugar si tenemos en cuenta lo que se dice del pueblo de Dios: Alegraos, gentes, con su pueblo, y confórtenle todos los ángeles de Dios106; y como en otro lugar se dice: El ángel del Señor acampa en derredor de los que le temen y los librará107; y en otra parte: No despreciéis a ninguno de estos pequeños que están en la Iglesia, porque sus ángeles están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos108. Pero incluso en el Apocalipsis de Juan da el Hijo de Dios testimonio al ángel de Tiatira en favor del amor que el mismo ángel había ordenado en la Iglesia que tenía confiada; así está escrito: Conozco tus obras y tu amor y tu fe y tu servicio y tu paciencia, y tus últimas obras, mayores que las primeras109. Pero tampoco parecerá absurdo, aunque lo refiramos a los profetas, que sirvieron al Verbo de Dios antes de la venida del esposo: la Iglesia parecería querer aprender el orden del amor por medio de sus doctrinas, esto es, ser instruida por los libros proféticos. Mas tampoco será incongruente si decimos que todos los santos que salieron de esta vida amando todavía a los que quedaban en este mundo, se preocupan por la salvación de éstos y los ayudan con sus oraciones y con su intercesión ante Dios: de hecho, en los libros de los Macabros está escrito así: Este es Jeremías, profeta de Dios, el que ora mucho por su pueblo110. Por último, no extrañará que, como ya dije más arriba, también pueda aplicarse a los apóstoles: gracias a ellos, en efecto, toda la Iglesia de Dios, o el alma que busca a Dios, es introducida en la casa del vino, como arriba dijimos, es colmada de perfumes y aromas y es recostada entre manzanos, como leemos poco después, para aprender íntegramente el orden y la razón del amor.
Sostenedme con perfumes, apoyadme en los manzanos, porque estoy herida de amor (2,5).
En el texto griego, tenemos: Sostenedme "en amyrois", nombrando así al amyron, una clase de árbol que los traductores latinos confundieron con la mirra, por lo que han traducido perfumes111. Por tanto, he aquí el sentido de este pasaje: después de haber oído de la boca misma del esposo las palabras que éste le dirigió; después de haber entrado en la cámara del tesoro del rey, en la casa del vino y en el lugar del banquete y de la sabiduría, y después de haber visto allí las victimas y la copa mezclada con los misterios del esposo, la esposa, como pasmada y herida por la admiración de todo eso, pide además a los amigos y compañeros del esposo que la mantengan firme y, como si desfalleciese, que la sostengan apoyada un poco sobre el árbol de amyro o sobre el manzano. Maltrecha, efectivamente, por la herida de amor, busca afanosa el alivio de los árboles y de los bosques. Esto, según la letra.
Mas, para que de todo esto podamos exponer la interpretación espiritual, necesitamos aquella gracia que mereció obtener de Dios el mismo Salomón, el cual aprendió a conocer la naturaleza de todas las raíces, árboles y plantas existentes112, de modo que también nosotros podamos conocer cuál es la naturaleza y cuál la virtud del árbol del amyro, para que nuestra interpretación espiritual resulte perfectamente adecuada. Ahora bien, la única noticia que sobre este árbol ha llegado a nosotros es que tiene un olor suave, pero que no produce fruto alguno113. El manzano, en cambio, es de todos conocido: todos saben, no sólo que produce fruto, sino que produce un fruto muy oloroso y dulcísimo. De ahí que a todos los hombres se les llame también árboles: buenos o malos, fructíferos o infructíferos, como dice el Señor en el Evangelio: O hacéis al árbol bueno, y su fruto será bueno; o hacéis al árbol malo y su fruto será malo114; y: Todo árbol que no hace buen fruto se corta y se echa al fuego115. Ahora bien, entre los hombres se distinguen tres categorías: unos, que no producen fruto alguno, y otros que lo producen; pero, entre éstos que lo producen, unos dan frutos buenos y otros malos. Por eso aquí la esposa, esto es, la Iglesia de Cristo, pide que la mantengan firme y que la apoyen justamente sobre un manzano, que produce frutos buenos; y con toda cuenta y razón. Efectivamente, la Iglesia se sustenta y se apoya sobre aquellos que fructifican y crecen en buenas obras.
Pero entonces, ¿qué significa eso de que quiere sustentarse y apoyarse en los amyra, árboles infructíferos y sólo provistos de olor? Yo creo que, en éstos que sólo disfrutan de olor y que todavía no producen frutos de fe, está señalando a aquellos de quienes dice Pablo, escribiendo a los Corintios: Que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, de ellos y nuestro116: por el hecho, pues, de invocar el nombre de nuestro Sepor Jesucristo y gracias a esa misma invocación del nombre, tienen en sí mismos cierta suave fragancia; mas, por el hecho de no acercarse a la fe, con toda confianza y libertad, no producen fruto alguno de fe. En este lugar, podemos entender los catecúmenos de la Iglesia, sobre los cuales se apoyan parcialmente las iglesias. Efectivamente, tienen en sí mismos no poca confianza y mucha esperanza de que también ellos alguna vez se harán árboles fructíferos y serán plantados en el huerto de Dios, por el Padre mismo, que es el labrador117. El es, en efecto, el que planta esta clase de árboles en la Iglesia de Cristo, que es el huerto de las delicias118, según dice también el Señor: Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada119.
Pero la Iglesia se apoya también sobre los manzanos, y así descansa. Por estos manzanos debemos entender las almas que diariamente se van renovando a imagen del que las creó120. Ahora bien, porque, al renovarse, van recuperando la imagen del Hijo de Dios121, con toda razón se las llama manzanos, ya que en páginas anteriores se dijo de su mismo esposo que era como un manzano entre los árboles silvestres122. Y no te sorprendas de que, siendo siempre el mismo, se le llame también árbol de la vida123 y de otras diversas maneras, puesto que él mismo recibe también los nombres de pan verdadero, vid verdadera, cordero de Dios y muchos otros124. En realidad, el Verbo de Dios se hace todo esto para cada uno, según lo exige la capacidad o el deseo del que participa de él125: algo así como el maná, que, a pesar de ser un único manjar, sin embargo, a cada uno le hacía percibir el gusto que deseaba126. Por eso él no sólo se ofrece como pan a los hambrientos y como vino a los sedientos, sino que también se presenta como fragante manzano a los que quieren recrearse con él. Por eso también la esposa, bien comida y repuesta ya, pide que la apoyen en los manzanos, consciente de que, para ella, en el Verbo no sólo está toda comida, sino también todo deleite, y por entre ellos corre principalmente, de acá para allá, cuando se siente herida por las saetas del amor.
Si hay alguien que alguna vez se abrasó en este fiel amor del Verbo de Dios; si hay alguien que, como dice el profeta, ha recibido la dulce herida de su saeta escogida127; si hay alguien que ha sido traspasado por el dardo amoroso de su ciencia, hasta el punto de suspirar día y noche por él, de no poder pronunciar ni querer oir otra cosa, de no saber ni gustar, pensar, desear o esperar más que a él: esta alma con toda razón dice: Estoy herida de amor128, y la herida la recibí de aquel de quien dice Isaías: Y me puso como saeta escogida, y me guardó en su aljaba129. Es conveniente que Dios golpee a las almas con tales heridas, que las traspase con tales saetas y dardos, y que las llague con tales heridas salutíferas, para que también ellas, puesto que Dios es amor130, puedan decir: Porque estoy herida de amor131.
Es verdad que en esta especie de drama de amor, es la esposa la que dice haber recibido heridas de amor; sin embargo, un alma abrasada en amor a la sabiduría de Dios puede igualmente decir: Estoy herida de sabiduría; estoy refiriéndome al alma que ha podido considerar atentamente la belleza de la sabiduría de Dios. Y otra alma, considerando la magnificencia de la fuerza del Verbo de Dios y admirando su poder, puede así mismo decir: Estoy herida de poder; un alma, creo yo, tal como era aquella que decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la fuerza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme?132. Otra alma que arde en amor por su justicia y que considera atentamente la justicia de sus favores y de su providencia, indudablemente puede también decir: Estoy herida de justicia. Y otra que examina la inmensidad de su piedad y de su bondad, se expresa de modo semejante. Pero todas ellas tienen de común esta herida de amor con que la esposa se proclama herida.
Sin embargo, es menester saber que, así como existen estas saetas que causan heridas salutíferas al alma deseosa de bienes, existen también las saetas de fuego del maligno133, que hieren de muerte al alma que no está protegida con el escudo de la fe134; de tales saetas dice el profeta: Mira, los pecadores tensaron el arco, prepararon sus sectas en la aljaba, para asaetear en lo obscuro a los rectos de corazón135. Aquí llama pecadores que asaetean en lo obscuro, a los demonios invisibles, y éstos son los que tienen saetas: unos, de fornicación, y otros, de codicia y avaricia, saetas que hieren a muchísimos; tienen también saetas de jactancia y vanagloria, pero éstas son tan sutiles que el alma apenas si se siente herida y traspasada por ellas, a no ser que se halle revestida con las armas de Dios y esté inmóvil y vigilante contra las astucias del diablo, cubriéndose por entero con el escudo de la fe136 y sin dejar desnuda de fe la más mínima parte del cuerpo. Ya pueden los demonios disparar cuantas saetas quieran que, si encuentran la mente del hombre protegida por la fe, aunque fueran saetas encendidas y aunque ardieran con las llamas de las pasiones y con los incendios de los vicios, la fe plena apaga todas.
Su izquierda, bajo mi cabeza, y su derecha me abraza (2,6).
Es la descripción de un drama de amor: de la esposa que se apresura a unirse con su esposo; con todo, es un poco fácil, por decirlo así, en usar denominaciones bastante francas del cuerpo. Pero tal sé todavía más rápido en volverte hacia el espíritu vivificante137 y, rehuyendo las denominaciones corporales, examina realmente con atención cuál es la izquierda del Verbo de Dios y cuál es su derecha, y también cuál es la cabeza de su esposa, esto es, del alma perfecta o de la Iglesia, y que no te arrastre el sentido carnal y pasional. En realidad, aquí la derecha y la izquierda del esposo son las mismas que se atribuyen a la sabiduría en los Proverbios, donde dice: Largura de vida está en su derecha, y en su izquierda, riquezas y glorias138. Y como no pensarás que aquí se llama sabiduría a alguna mujer por el hecho de llamarla con nombre femenino, así tampoco en nuestro texto, por el hecho de que se llame al esposo, el Verbo de Dios con nombre masculino, debes interpretar en sentido corporal su izquierda o su derecha, ni entender los abrazos de la esposa o del alma en razón del género femenino. Efectivamente, el Verbo de Dios, por más que en griego se expresa con nombre masculino y en latín con nombre neutro, está, sin embargo, por encima de todo género: masculino, neutro o femenino; y por encima de todo cuanto atañe a este punto, debemos entender todo esto de que venimos hablando: y no sólo el Verbo de Dios, sino también la Iglesia y el alma perfecta, que también se denomina esposa. De hecho así dice también el Apóstol: En Cristo no hay varón ni mujer, sino que todos somos uno en él139. Por otra parte, en atención a los hombres que son incapaces de entender de otra manera, si no es mediante estas expresiones de uso común, todo esto lo ha referido la Escritura divina utilizando la manera humana de hablar, con el fin de que nosotros lo oigamos con las palabras conocidas y habituales, pero lo entendamos en el servido que corresponde a la dignidad de las realidades divinas e incorpóreas.
Efectivamente, como aquel que afirma ser amante de la belleza de la sabiduría lo que hace es mostrar que ha transferido al estudio de la sabiduría el natural afecto de amor que hay en él, así también aquí la esposa, es decir, el alma o la Iglesia pide que su esposo, el Verbo de Dios, le sostenga la cabeza con su izquierda, y con su derecha la abrace y le estreche todo el resto del cuerpo.
La izquierda es aquella en que se dice que la sabiduría contiene riquezas y gloria140. Ahora bien, ¿qué riquezas y qué gloria tiene la Iglesia, si no son las que recibió de aquel que, siendo rico, se hizo pobre para que la Iglesia se hiciera rica con su pobreza141? ¿Y qué gloria? Indudablemente, aquella de la que dice: Padre, glorifica a tu Hijo142, señalando, sin duda, la gloria de la Pasión. Por eso la fe en la Pasión de Cristo es la gloria y las riquezas de la Iglesia contenidas en su izquierda. Por otra parte, la izquierda del Verbo de Dios creo que se debe interpretar así, como hemos hecho, porque el Verbo ha realizado ciertos planes de salvación: unos, antes de la encarnación, y otros, gracias a la encarnación. Aquella parte del Verbo de Dios que llevó a término esos planes antes de encarnarse, puede mirarse como derecha; en cambio, la que obró gracias a la encarnación se puede llamar izquierda. De ahí que se diga que en la izquierda tiene gloria y riquezas: efectivamente, por la encarnación buscó riquezas y gloria, o sea, la salvación de todos los pueblos. En cambio, en su derecha se dice que hay largura de vida: con ello indudablemente se indica aquella parte suya que, en el principio, con Dios, era Verbo Dios, eternidad143. Esta izquierda es la que la Iglesia, cuya cabeza es Cristo, desea tener bajo su cabeza y así tenerla protegida con la fe en la encarnación de él; en cambio, desea ser abrazada con su derecha, es decir, conocer y ser instruida sobre todas aquellas cosas que, realizadas gracias a la encarnación, se tenían en secreto y ocultas todo el tiempo que precedió a ésta. Efectivamente, por derecha debe entenderse todo lo de allá, donde no hay en absoluto lugar para las miserias, los pecados o las caídas por fragilidad; por izquierda, empero, todo lo de acá, donde él curó nuestras heridas y cargó con nuestros pecados, hecho él mismo por nosotros, pecado y maldición144; todo esto, aunque sustenta la cabeza y la fe de la Iglesia, no obstante se llamará con razón izquierda del Verbo de Dios, pues se nos recuerda que, entre todo esto, no ha traído algo más145 además de su naturaleza, que es todo derecha y todo luz y esplendor y gloria146.
Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las virtudes y las fuerzas del campo: ¡Si quisierais levantar y despertar el amor hasta que quiera! (2,7).
Sigue la esposa hablando a las doncellas y las incita y las exhorta, mas aún las conjura por lo que sabe que les es querido y grato a que comiencen a levantar al amor, que yace efectivamente en ellas, y a despertarlo, como si en ellos siguiere durmiendo. y a tenerlo levantado y despierto justamente hasta que el esposo quiera, y a no obrar en cuestión de amor ni más ni menos de lo que permita la voluntad de él. Esta es, en efecto, la perfección de la esposa enamorada, que no quiere que nadie haga algo contra el pensar y el querer del que ella ama. Y para que las doncellas no obren en esto con negligencia y perezosamente, las conjuras por las virtudes del campo, es decir, por los brotes y renuevos que hay en el campo, y por sus fuerzas, o sea, por lo que en él está sembrado, sin duda. Por este orden y con esta combinación de expresiones, va avanzando el argumento del drama histórico. Ahora busquemos ya qué secretos esconde.
Cada alma, sobre todo la que es hija de Jerusalén, tiene algún campo propio que le ha sido adjudicado en virtud de cierto misterioso capital de méritos por obra de Jesús. Como fue aquel campo de Jacob cuya fragancia conmovió al patriarca Isaac y le hizo hablar en términos místicos: Mira: el olor de mi hijo, como el olor del campo repleto, que el Señor ha bendecido147. Tiene, pues, cada alma, como dijimos, su propio campo, y este campo es su conducta y su vida. En este campo, el alma diligente y aplicada trabaja bastante y se afana en plantar los buenos sentimientos y en cultivar todas las virtudes del espíritu, y no solamente las virtudes del espíritu, sino también la fuerza de las obras, para, con ellas, poder cumplir los trabajos de los mandamientos. Por eso, como dijimos, cada alma tiene su propio campo, que cultiva, planta y siembra, según lo explicado. Por otra parte, hay también un campo único y común de todas las hijas de Jerusalén a la vez, del que Pablo dice: Sois campo de Dios148. Por este campo común entendamos el ejercicio de la fe y del género de vida de la Iglesia, en el que es cierto que hay virtudes celestes y fuerzas de dones espirituales149. Por supuesto, cada alma que ahora se llama aquí hija de Jerusalén, sabedora de que tiene por madre a la Jerusalén celestial150, debe contribuir con algo para cultivar este campo y desear que sea digno de la posesión celeste.
Así pues, por las virtudes de este campo, la Iglesia pide a las doncellas y a los principiantes en la fe que despierten y hagan levantar el amor de Cristo, y les dice: ¡Si quisierais levantar y despertar al amor, hasta que quiera!151, o sea: Si habéis llegado ya al punto de poder comenzar a obrar, no por el espíritu del temor, sino por el espíritu de la adopción152, y si en esto vuestros progresos son tales que en vosotros el amor perfecto echa fuera al temor y podéis ya levantar y exaltar y avivar en vosotros al amor, en ese caso, levantadlo y exaltadlo durante todo el tiempo que quiera el mismo hijo del amor, mejor aún, el mismo que es amor, que nace de Dios153, y así evitaréis que, pensando que bastan las medidas de amor humano en asunto de amor de Dios, hagáis algo que desmerezca de Dios. Efectivamente, la medida del amor de Dios es únicamente ésta: que se le ame tanto cuanto él mismo quiere; ahora bien, la voluntad de Dios siempre es la misma, nunca se muda: por esta razón no se admite en el amor de Dios mutación ni límite alguno. Por lo demás, debe observarse que la esposa no dijo: ¡Si quisierais recibir al amor!, sino ¡Si quisierais levantar al amor!, que, sí, está en vosotras, pero yace por el suelo y todavía no está en pie; y luego, tampoco dice: ¡Si quisierais encontrar!, sino: ¡Si quisierais despertar al amor!, como si éste se encontrase dentro de ellas, ciertamente, pero tendido y durmiendo hasta que encuentre quien le despierte. Creo que este amor es el que Pablo intentaba despertar, por hallarlo dormido todavía en sus discípulos, cuando decía: Despiértate, tú que duermes, y tocarás a Cristo154.
¡La voz de mi amado! (2,8)
Es conveniente que advirtamos con frecuencia que este libro está compuesto a modo de drama. El presente versículo que acabamos de proponer viene a indicar lo siguiente: la esposa está hablando a las doncellas, hijas de Jerusalén, cuando, repentinamente siente a lo lejos la voz del esposo que parece hablar con alguien; entonces, ella corta la conversación con las doncellas, se vuelve aplicando el oído al ruido de palabras que le ha llegado y exclama: ¡La voz de mi amado!155. Pues bien, date cuenta de que el esposo, antes de aparecer a la vista de la esposa, se da a conocer solamente por su voz; luego se muestra ya a las miradas de ella, pero saltando sobre algunos montes cercanos al lugar donde moraba la esposa, y franquea los collados y los montes156, no ya a grandes zancadas, sino a brincos, igual que los ciervos y las cabras, y así, a toda prisa, viene hasta la esposa. Pero luego, cuando llega a la casa en que mora la esposa, advierte que se para un poco detrás de la casa, de modo que su presencia sea percibida, pero sin dar todavía señales manifiestas y claras de querer entrar en la casa, porque primero quiere, como cualquier enamorado, mirar a la esposa a través de las ventanas157. Advierte por otra parte que cerca de la casa de la esposa hay redes y trampas, colocadas por si ella misma o alguna de sus compañeras entre las hijas de Jerusalén sale alguna vez, para atraparlas. Lo cierto es que el esposo llega hasta estas redes; no pudiendo ser atrapado por ellas, porque él es mucho más fuerte, las rompe y, una vez rotas, pasa por encima y hasta mira a través de ellas158. Y después de hacer esto, dice a la esposa: ¡Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, esposa mía, paloma mía!159. Dice esto a la esposa para mostrarle con hechos que debe ya, con total confianza, despreciar las redes que le había tendido el enemigo, y que no tema las trampas, que ya ha visto como él las ha roto. Y luego, para incitar a la esposa a que se dé todavía más prisa por venir a él, le dice: Ya pasaron los que tan malos tiempos parecían; el invierno que te servía de pretexto ha quedado atrás; las lluvias inútiles se fueron, y ha llegado ya la estación florida: no te demores más, ponte en camino y ven a mí160. Mira, en efecto, cómo los labradores, porque ya la primavera ha sonreído, labran sus viñas; mira, se oye también el canto de los pájaros y cómo la tórtola reanuda su grato y sonoro zureo. Y la higuera, segura ya de la templada primavera, echó sus yemas; las vides, por su parte, están tan seguras de la bonanza del tiempo, que se atreven a cerner y a exhalar su fragancia161.
Estos indicios de la bonanza del tiempo se los presenta el esposo a la esposa para animarla a emprender con audaz confianza el camino hacia él. Pero también le describe el lugar en que quiere que ella descanse con él, y le dice que el abrigo de una peña contigua al muro (o al lugar que está delante del muro) resulta un lugar muy sombreado: allí quiere que ella vaya y allí, cuando se haya quitado el velo, quiere verla la cara al descubierto: para que el esposo la conozca cara a cara162; y no sólo para que el esposo vea su cara descubierta y libre, sino también para que oiga allí su voz, seguro ya de que su rostro es hermoso y de que su voz es suave y deliciosa163. Pues bien, aunque anticipando algo, hemos presentado junto todo esto para no interrumpir el hilo de la trama dramática y literal. Así, en nuestra pequeña anticipación, hemos ido siguiendo la trama hasta el lugar en que dice: Porque tu voz es dulce y tu rostro hermoso164.
Por esta razón, ahora, volviendo atrás, veamos qué quiere decir: ¡La voz de mi amado!165. Por la voz sola es como primero conoce la Iglesia a Cristo. Efectivamente, Cristo envía primero su voz a través de los profetas y así, aunque no se le veía, sin embargo se le oía. Ahora bien, se le oía gracias a lo que se anunciaba acerca de él, y la esposa, esto es, la Iglesia que se venía congregando desde el comienzo del tiempo estuvo siempre escuchando solamente su voz hasta que pudo verle con sus ojos y decir: Mira, él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados166. Saltaba, efectivamente, sobre los montes que son los profetas y sobre los santos collados, o sea, aquellos que en este mundo fueron portadores de su imagen y de su aspecto. No obstante, si interpretas que salta sobre todos los montes que simbolizan a los apóstoles, y que está por encima de todos los collados, a saber de aquellos que se escogió y que envió en segundo lugar, tampoco resultará incongruente.
En todo esto, se vuelve semejante a la gacela y al cervatillo: a la gacela, porque la vista de ésta supera a la vista de cualquier animal; al ciervo, porque éste llega para dar muerte a la serpientes167. Pues bien, toda alma (con tal que haya alguna que esté bien sujeta por el amor del Verbo de Dios), si alguna vez se encuentra empeñada en una discusión de palabras, cuando-como sabe todo el que lo ha experimentado-se llega a un punto embarazoso y no se halla salida para las dificultades de las proposiciones y cuestiones; si alguna vez, digo, esa alma está acorralada por las expresiones enigmáticas y obscuras de la ley y de los profetas, si por ventura se da cuenta de que él está presente, y de lejos percibe el sonido de su voz, al punto se siente aliviada. Y en cuanto él comienza a acercarse más y más a sus sentidos y a iluminar lo que está obscuro, entonces el alma lo ve saltar los montes y los collados, es decir, ve como le va sugiriendo a ella los sentidos de un excelso y profundo conocimiento, de suerte que esta alma puede con razón decir: Mira, él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados168.
Estas cosas las decimos, con todo, sin olvidar que más arriba el esposo había ya hablado cara a cara a la esposa, pero, como también hemos dicho con frecuencia, este librito contiene una especie de drama y, por tanto, en él, unas cosas se dicen en presencia de los personajes y otras en su ausencia, y el cambio de personajes se lleva de tal modo que la alternancia de presentes y de ausentes parece estar convenientemente ajustada. De hecho, aunque el esposo promete y dice a su esposa, esto es, sus discípulos elegidos: Mirad, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo169, sin embargo, otra vez, hablando por medio de parábolas, dice que un amo llamó a sus criados y les repartió dinero a cada uno para que negociaran con él, y se marchó; y luego dice que partió a reclamar para si un reino; y después, como si hablara del esposo ausente, dice que a media noche hubo gran clamor de gente que decía: ¡Viene el esposo!170. Pues así el esposo: ora está presente, y enseña, ora está ausente, y se le desea: y lo uno y lo otro se aplica, ya a la Iglesia, ya al alma diligente. En efecto, cuando se permite que la Iglesia padezca persecuciones y tribulaciones, parece estar ausente de ella, y luego, cuando progresa en paz y florece en la fe y en las buenas obras, se entiende que está presente en ella. Pero también el alma, cuando busca el sentido de algo y desea conocer lo más obscuro y oculto, mientras no puede encontrarlo, para ella el Verbo de Dios está ausente, sin duda. En cambio, cuando le venga a la mente y se le muestre lo que buscaba, ¿quién dudará que el Verbo de Dios está presente en ella, que le ilumina la mente y que le da la luz del conocimiento? Y nos damos cuenta de que a veces se nos substrae y a veces está presente, según que nuestros sentidos se cierren o se abran en cada dificultad. Y esta situación la sufrimos mientras no nos volvamos tales que él se digne, no solamente visitarnos, sino también permanecer en nosotros según lo que, al preguntarle un discípulo: Señor, ¿qué pasa para que te hayas de manifestar a nosotros y no al mundo?, respondió el Salvador: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él171.
Por esta razón, si también nosotros queremos ver al Verbo de Dios que salta sobre los montes y que exulta sobre los collados, oigamos primero su voz y, cuando ya la hayamos oído en todo, entonces podremos verle también, tal como en el presente pasaje se describe que le vio la esposa. Efectivamente, aunque ella le hubiera visto antes, sin embargo no lo había visto tal como ahora: saltando sobre los montes, brincando sobre los collados, asomándose a las ventanas y mirando a través de las celosías; más bien parece que primero le había visto en tiempo de invierno. Por eso le dice ahora por primera vez: Porque el invierno ha pasado172. Por consiguiente, como el hecho mismo indica, también se muestra a la esposa durante el invierno, es decir, en tiempo de pruebas y de tribulaciones. Pero es muy otra esa visita, en la que la esposa es visitada por breve tiempo y nuevamente es abandonada, para ser probada, y otra vez buscada para que su cabeza esté apoyada y su cuerpo abrazado, para evitar que vacile en la fe o a su cuerpo lo aplaste el peso de las tentaciones. Por tanto, yo creo que era tiempo de invierno cuando la esposa pedía que la izquierda del esposo sustentase su cabeza, esto es, la cima de su fe, y que la derecha abrazase todo su cuerpo. En cambio, esta visión de ahora, que aparece viniendo de los montes y collados, yo creo que significa la altura y la fuerza de los dones espirituales. En cuanto al hecho de que mira por las ventanas, para mí es que proporciona luz a los sentidos. Y las redes que rompe y que aplasta creo que significan las trampas del diablo, puesto que habían cumplido, pasado ya, como el invierno, el tiempo de la tentación. También se muestran los signos de la primavera y del verano, como se dice en los salmos: El verano y la primavera, tú los hiciste173. Desde entonces, la Iglesia ha hecho brotar las flores de las obras perfectas, una vez superadas las tentaciones y cumplida la faena de la poda, como se expondrá en sus lugares cuando tratemos de ello.
Mira, él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados (2,8).
Ya hemos explicado arriba el orden literal. Ahora debemos ver cómo es que Cristo viene saltando sobre los montes y brincando sobre los collados (saltando, mejor que pasando; es el significado del término usado)174. Pues bien, Isaac, caminando y progresando, se iba haciendo mayor, hasta que se hizo muy grande175 Por su parte, Pablo progresa, no ya caminando, sino corriendo, cuando dice: He acabado la carrera176. Ahora bien, nuestro Salvador, el esposo de la Iglesia, no se dice ya que camina ni que corre, sino, más aún, que salta y que brinca sobre montes y collados. Efectivamente, si consideras cómo en tan breve espacio de tiempo la palabra de Dios ha recorrido el mundo, invadido por las falsas supersticiones, y le ha hecho venir al conocimiento de la fe verdadera177, comprenderás de qué manera salta sobre los montes, a saber, venciendo con sus saltos los más grandes reinos e inclinándolos a recibir el conocimiento de la religión verdaderamente divina; y de qué manera brinca sobre los collados, cuando también a los reinos pequeños los somete velozmente y los conduce al amor del culto verdadero. Y así, saltando de lugar en lugar, de reino en reino y de provincia en provincia, con la iluminación de su predicación por medio de aquel que decía que desde Jerusalén y alrededores hasta el Ilírico había llenado todo del Evangelio de Cristo178, comprenderás como viene saltando sobre los montes y brincando sobre los collados.
Pero además puede interpretarse de otra manera, como ya dijimos arriba, puesto que Moisés escribió efectivamente sobre él, y los profetas también le anunciaron. Sin embargo, ocurre que este anuncio, en la lección del Antiguo Testamento, tiene encima un velo que lo oculta. Pero, cuando se le quita el velo a la esposa, esto es, a la Iglesia convertida al Señor179, inmediatamente ella ve al esposo que salta sobre estos montes, es decir, sobre los libros de la ley, y que, sobre los collados de los libros de los profetas, por la claridad con que se revela, no sólo se manifiesta, sino que salta, es decir, como si al volver cada página del texto profético encontrara que Cristo salta fuera de ellas, y como si ahora, quitado al fin el velo que antes recubría cada pasaje del texto, le sintiera como rebullir y emerger y prorrumpir ya en evidente revelación. Yo pienso que justamente por esta razón Jesús mismo, al ir a transfigurarse180, no escogió alguna planicie o algún valle, sino que subió a un monte y allí se transfiguró: para que tú sepas que él aparece siempre en los montes o en los collados, y para enseñarte que nunca debes buscarle en otra parte que en los montes de la ley y de los profetas.
En cuanto al hecho de que también se llama montes a todos los santos, hallarás que se indica en muchos lugares de las Escrituras, como dicen los Salmos: Su cimiento, sobre los montes santos181; y en otra parte: Alcé mis ojos a los montes, de donde me vendrá el auxilio182 Efectivamente, en las tribulaciones recibimos el auxilio de las sagradas Escrituras. Podemos, además, entender por los montes sobre los cuales se dice que el Verbo de Dios salta y, por así decirlo, se alza con más libertad, el Nuevo Testamento; en cambio, por los collados sobre los que el Verbo parece como que brinca después de estar largo tiempo encerrado y oculto, los libros del Antiguo Testamento. También en Jeremías, los cazadores y pescadores enviados a capturar hombres para la salvación se dice que los cazan en los montes y en los collados, pues dice así: Mirad, yo envío muchos pescadores, y muchos cazadores, y los cazarán sobre todo monte y sobre todo collado183. Sin embargo, yo pienso que esto más bien se cumplirá en el tiempo venidero del fin del mundo, cuando, según la parábola evangélica, en el momento de la siega los ángeles serán enviados para separar el trigo de la cizaña184: el que haya llevado una vida elevada y una conducta excelente será hallado en los montes o en los collados. No será hallado en los lugares bajos y hundidos, ni donde puede parecer mezclado con la cizaña, sino colocado sobre los elevados pensamientos y en la cima de la fe, siempre abrazado al Verbo de Dios, que salta sobre los montes y brinca sobre los collados. Esto mismo se dice también en el Evangelio con otra parábola distinta, si bien de igual significado: Si alguno se encuentra sobre el terrado, que no baje a tomar algo de su casa185
Todavía puede sugerirnos otro significado el riquísimo contenido del presente versículo. Efectivamente, cualquiera que con fe plena cree en Dios puede ser llamado monte o collado, según la perfección de su vida y la magnitud de su conocimiento. Y aunque en algún tiempo haya sido valle, puesto que en él Jesús va creciendo en edad, en sabiduría y en gracia186, todo valle será rellenado187; en cambio, todos los soberbios y los que se ensalzan como montes y collados serán humillados, porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado188. Indudablemente, de estos mismos que se humillan se dice también: Los que confían en el Señor son como el monte de Sión189; y de Jerusalén se dice: Tiene montes alrededor190. Esto me hace también pensar que nuestro Salvador, como por el hecho de llamársele piedra desprendida del monte sin intervención de mano y convertida en un gran monte191 se le llama rey de reyes y pontífice de pontifices192, con toda razón puede también ser llamado monte de montes.
Sin embargo, para que también quepa la tercera interpretación, apliquemos la expresión a cada alma. Si hay algunos más capaces de escoger al Verbo de Dios y que han bebido el agua que Jesús les dio, y ésta dentro de ellos se ha convertido en manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna193; si hay algunos, digo, en quienes el Verbo de Dios está borbolleando sin parar de pensamientos y sentimientos, como en flujo perenne, sobre éstos, transformados con razón en montes y collados de vida, de ciencia y de doctrina, se dice que salta y brinca de la manera más digna el Verbo de Dios, convertido en ellos, por la afluencia de doctrina, en fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna.
Semejante es mi amado a la gacela y al cervatillo sobre los montes de Betel (2,9).
Que la gacela y el cervatillo se cuentan entre los animales puros resulta evidente por lo que se escribe en el Deuteronomio, donde efectivamente está escrito: Estos son los animales que comeréis: el ternero y el cordero, del ganado; el cabrito de entre las cabras, el ciervo y la gacela, el búfalo, el rebeco, el gamo, el antílope y la jirafa194. Y que al santo se le compara con el ciervo, se contiene en muchos lugares de la divina Escritura, como en el Salmo donde se dice: Como el ciervo ansia las fuentes del agua, así mi alma tiene ansia de ti, Dios mío195. Sin embargo, en las palabras citadas del Deuteronomio, no parece que debamos considerar negligentemente el digno orden en que se enumera a los animales puros. Efectivamente, van escritos: el primero, el ternero; el segundo, el cordero; y el tercero, el cabrito. Y entre los animales que, según el mismo Moisés, no se ofrecen en el altar, nombra en primer lugar al ciervo, y en el segundo, a la gacela, y así, por orden, enumera luego los restantes animales. La razón de todo esto resulta clara y evidente para cuantos han recibido por medio del Espíritu Santo una gracia espiritual más abundante en el don de la ciencia. A nosotros, por el momento, puesto que ahora, en la exposición de este versículo, nos corresponde hablar del ciervo y de las gacelas, nos parece conveniente reunir de las divinas Escrituras, según nuestras fuerzas, cuanto se refiere acerca de estos animales, de los cuales el mismo Moisés, al hablar de las carnes no ofrecidas al altar que podrían comer a placer, dice: como la gacela y el ciervo196. Algo verdaderamente egregio sobre el ciervo lo dice el Salmo XXVIII, cuando describe por orden la fuerza y la eficacia de la voz de Dios: Voz del Señor que perfecciona a los ciervos (esto es, que hace perfectos a los ciervos) y desbrozará las espesuras197. Efectivamente, como se dice que la voz del Señor corta la llama del fuego y sacude al desierto198, así afirma que hace perfectos a los ciervos y que desbroza las espesuras. Mas también en Job hallamos que se hace referencia del ciervo, allí donde el Señor dice a Job hablándole a través del torbellino y de la nube: ¿O miraste tú los partos de los ciervos? ¿O contaste tú los meses completos hasta el parto? ¿Es que aliviaste tú sus dolores o alimentaste a sus recién nacidos, o despachas sin dolores sus partos? Se separarán violentamente sus hijos y se multiplicarán con los nacimientos: partirán y no regresarán199. A esto habrá que añadir lo que leemos en los Proverbios: El ciervo amigo y el gracioso cervatillo te hablan200. Esto es lo que, por el momento, se me ha ocurrido acerca del cervatillo.
Ahora bien, si hemos citado todo eso, no ha sido para hablar con doctrina de humana sabiduría, sino con doctrina del Espíritu, comparando lo espiritual con lo espiritual201. Por consiguiente, invoquemos a Dios, Padre del Verbo, para que nos manifieste los secretos de su palabra, aleje nuestro pensamiento de la doctrina de la humana sabiduría y nos levante y nos suba a la doctrina del Espíritu, de modo que no hablemos lo que percibe el oído carnal, sino lo que contiene la voluntad del Espíritu Santo. El apóstol Pablo nos enseña a comprender las cosas invisibles de Dios a través de las visibles, y a contemplar, sobre la base de la razón y de la semejanza, las cosas que no se ven, partiendo de las que se ven202. Con ello Pablo nos demuestra que este mundo visible nos instruye sobre el invisible, y que esta situación terrenal contiene ciertas reproducciones de las realidades celestes203, de modo que desde las cosas de abajo podemos subir a las de arriba, y por las que vemos en la tierra podemos percibir y comprender las que hay en el cielo. A semejanza de estas realidades celestes, para que se pudieran percibir y colegir más fácilmente las diferencias, el creador confirió la forma a las creaturas terrenales. Y, como hizo al hombre a su imagen y semejanza204, quizá también creó las demás creaturas a imagen de ciertas realidades celestes por razón de semjanza205. Y quizá también cada una de las realidades terrenas tiene imagen y semejanza en las celestes hasta tal punto, que el mismo grano de mostaza, que es la más pequeña entre todas las semillas, tiene su tanto de imagen y semejanza en los cielos206; y el hecho de que tenga un desarrollo natural tan complejo que, aún siendo la más pequeña entre las semillas, se hace el mayor de los arbustos, tanto que las aves del cielo pueden venir y habitar en sus ramas, hace que tenga semejanza, no sólo de cualquier realidad celeste, sino del mismo reino de los cielos. Por eso es posible que también las demás semillas que hay en la tierra tengan en los cielos alguna semejanza y razón. Y si esto tienen las semillas, también lo tendrán las plantas; y si las plantas, también sin duda los animales: alados, reptiles o cuadrúpedos.
Pero todavía se puede entender otra cosa: como el grano de mostaza no ofrece una sola semejanza, es decir, la del reino de Dios y morada de los pájaros en sus ramas, sino que tiene también otra semejanza, a saber: es imagen de la perfección de la fe, tanto que, si uno tiene de fe así como un grano de mostaza, puede decir al monte que se traslade, y él se trasladará207, de la misma manera es posible que también las demás cosas terrenas sean portadoras de imagen y semejanza de las realidades celestes, no ya en un solo aspecto, sino en varios. Y como, por ejemplo, en el grano de mostaza son muchas las propiedades que representan imágenes de las realidades celestes, y la última de todas es el uso que de él hacen los hombres en servicio del cuerpo, así también en los demás: semillas, plantas, raíces de hierbas, e incluso los animales, podemos entender que ciertamente prestan a los hombres un uso y un servicio corporal, pero que tienen además formas e imágenes de realidades incorpóreas con las cuales el alma puede aprender e instruirse para contemplar también las realidades invisibles y celestes. Y posiblemente sea esto lo que dice aquel escritor de la divina sabiduría: El mismo fue quien me dio el conocimiento verdadero de cuanto existe, para que conociera la substancia del mundo y las propiedades de los elementos, el principio el fin y el medio de los tiempos, el cambio de los solsticios y la sucesión de las estaciones, los ciclos del año y la posición de las estrellas, la naturaleza de los animales y los instintos de las fieras, las violencias de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces; conocí cuanto está oculto y lo que no se ve208. Así pues, mira a ver si de estas palabras de la Escritura podemos colegir con mayor lucidez y evidencia lo que nos habíamos propuesto examinar. Efectivamente, este escritor de la sabiduría divina, después de haber hecho la enumeración de todo. a lo último dice que había recibido el conocimiento de lo que está oculto y de lo manifiesto, dando sin duda a entender que cada una de las cosas que están manifiestas se relaciona con alguna de las que estás ocultas, o sea, que todas las cosas visibles tienen alguna relación de semejanza con las invisibles. Por eso, como quiera que al hombre que vive en la carne no le es posible conocer nada de lo oculto e invisible, si no concibe alguna imagen y semejanza extraída de lo visible, yo pienso que ésta es la razón por la que el que todo lo hizo con sabiduría209 creó en la tierra cada una de las especies con tal disposición que en ellas depositó cierta doctrina y cierto conocimiento de las cosas invisibles y celestiales, para que, gracias a esa doctrina y a ese conocimiento, la mente humana vaya elevándose al conocimiento espiritual y busque entre las realidades celestes las causas de las cosas y así, instruida por obra de la sabiduría de Dios pueda también ella decir: Conocí cuanto está oculto y lo que no se ve210.
De acuerdo con lo precedente, conoce también la substancia del mundo, y no sólo ésta de acá, visible y corpórea, sino también la incorpórea e invisible, que está en lo oculto211. Conoce también los elementos del mundo, los visibles y los invisibles, así como las propiedades de uno y de otros. Pero, en cuanto a lo que dice de que conoce el principio, el fin y el medio de los tiempos, se entiende: principio del mundo visible, ciertamente el mismo principio que Moisés señaló hace algo más de 6000 años completos212; medio, también según el cálculo de los tiempos; fin, el que esperamos cuando el cielo y la tierra hayan pasado213. Sin embargo, según el conocimiento de las realidades ocultas, entendemos: principio, el que entiende quien ha sido instruido por la sabiduría de Dios, el que ningún tiempo ni siglo alguno puede contener; medio, las realidades presentes; fin, las realidades venideras, es decir, la perfección y consumación del universo, que, con todo, se puede comprender por conjeturas sobre la base de las cosas visibles. Mas también el cambio de los solsticios, la sucesión de las estaciones y los ciclos del año importa relacionarlos con los cambios y mutaciones invisibles de las cosas incorpóreas. Y también conviene relacionar los ciclos de los años temporales y presentes con años más antiguos y perdurables, según aquel que decía: Y tuve en mi mente los años eternos214. Por otra parte, quien mereció el conocimiento de lo oculto y de lo manifiesto tampoco duda, por lo que hace a las posiciones de las estrellas, en relacionar lo que se ve abiertamente con lo que está en lo oculto, y dice que existe cierto linaje de santos, descendiente en primer lugar de la estirpe de Abrahán, que son como las estrellas del cielo215; y según el conocimiento de las cosas ocultas, referirá las estrellas a la gloria de la futura resurrección, siguiendo a aquel que dijo: Otra es la gloria del sol y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella difiera de la otra en gloria. Así también será en la resurrección de los muertos216.
Es el mismo sentido debes comprender lo que se dice sobre la naturaleza de los animales y sobre el instinto de las fieras. En realidad, si no hubieran conocido bien la naturaleza de los animales, nunca el Salvador hubiera dicho en los Evangelios: Decid a esta zorra217, ni Juan hubiera dicho de algunos: ¡Serpientes, raza de víboras!218, ni el profeta diría de otros: Pararon en caballos sementales219, ni tampoco el otro: El hombre, que gozaba de gran honor, no lo comprendió; se puso al nivel de las bestias irracionales y se hizo semejante a ellas220. Bien conocía los instintos de las fieras aquel que decía: Su ira, como veneno de serpiente, de un áspid sordo y que se tapa el oido221. Este será también el criterio para interpretar lo que dice de las violencias de los espiritus222; visiblemente, habla de los vientos y del hálito del aire223, pero, invisiblemente, de las violencias de los espíritus inmundos a los que Pablo llamó vientos de doctrina224. Luego ya se sigue que conoce los pensamientos de los hombres225: corporalmente, cierto, los que proceden del corazón humano, pero, invisiblemente, entiende aquellos que meten en los hombres pensamientos malos y pésimos, como está escrito en el Evangelio: El diablo ya había metido en el corazón de Judas que le entregase226; y como se dice en los Proverbios: Si el espíritu del potentado sube contra ti, no abandones tu puesto, que la cordura refrenará tus grandes yerros227.
Pero también existe alguien que es autor de buenos pensamientos, y creo que por ese motivo está escrito en los Salmos: Dichoso el hombre cayo auxilio viene de ti, Señor: dispuso ascensiones en su corazón228, y aún: El pensamiento del hombre te alabará, y los demás pensamientos celebrarán tu día de fiesta229. Por consiguiente, según lo que hemos dicho antes, todas las cosas visibles pueden ser relacionadas con las invisibles, las corpóreas con las incorpóreas y las manifiestas con las ocultas, de modo que la misma creación del mundo puede entenderse como hecha por la divina sabiduría con una disposición tal que, sirviéndose de las cosas mismas como ejemplos, nos enseñe sobre las realidades invisibles, y de lo terrenal nos transporte a lo celestial.
Por otra parte, estas razones no afectan sola y exclusivamente a las criaturas, que también la divina Escritura está compuesta con parecida y sabia técnica. Efectivamente, por razones ocultas y misteriosas, el pueblo es sacado visiblemente del Egipto terreno de acá y emprende el camino del desierto, donde había serpientes que mordían, escorpiones y sed, donde no había agua, etc.: añádase cuanto se narra que ocurrió230. Todo esto, como dijimos, contiene imágenes y figuras de algunas realidades ocultas231. Y esto no lo encontrarás solamente en los escritos de los antiguos, sino también en los hechos de nuestro Señor y Salvador que se refieren en los Evangelios. Por consiguiente, si, según lo que hemos probado anteriormente, todas las cosas que están manifiestas tienen relación con cosas que están ocultas, no cabe la menor duda de que este ciervo visible y la gacela, que en el Cantar se describen según los rasgos de la naturaleza corporal, también pueden ser referidos a algunas causas de cosas incorpóreas, de modo que incluso a estos ciervos invisibles y ocultos parece que puede aplicarse aquello de: Voz del Señor, que perfecciona a los ciervos232. Efectivamente, ¿qué perfección les puede venir de la voz del Señor a estos ciervos visibles? ¿O qué doctrina descendió jamás hasta ellos de la voz del Señor? Si en cambio buscamos los ciervos invisibles, cuya imagen y forma lleva este animal corpóreo, hallarás que por la voz del Señor pueden ser conducidos hasta la suma perfección.
Ahora bien, de un modo digno de la divina majestad, debemos advertir qué clase de ciervos son éstos a cuyo parto conviene que el Señor asista observando233 y ofreciendo a las parturientas sus, digamos, oficios médicos, hasta que hayan parido unos hijos tales que se enfrenten y persigan a la raza de las serpientes. Pero no sólo es conveniente que el Señor asista al parto de tales ciervos, evitando así que aborten; también conviene que lleve cuenta de los meses de gestación hasta el parto y que vigile sus trabajos y dolores para que sus crías no caigan en vacío, sino que su nacimiento sea perfecto; y que estén de parto hasta que Cristo se haya formado en ellos234. Las crías de estos ciervos, el propio Señor las alimenta, las de aquellos, digo, que arrojan sobre el Señor sus cargas235 para que él mismo los alimente y para que atienda a los dolores de sus partos cuando del temor de Dios conciban en su seno, se pongan de parto y den a luz espíritu de salvación236. Los dolores de esta clase de partos los atiende y cuida el Señor mismo. Pero también provoca los dolores en ellos, para que vayan andando y llorando mientras lleven sus semillas237 y estén entre los dolores de los hombres y sean azotados con los hombres, para evitar que los corone la soberbia238. Estos mismos ciervos, como dice, separan a sus hijos239. En realidad, los que han engendrado mediante el Evangelio240 separan de los lazos del pecado y de las trampas del diablo a los que han engendrado, para que nunca más estén sujetos a la voluntad de éste. También estos hijos, como dice, se multiplicarán y no regresarán241. Realmente, no imitarán a la mujer de Lot242, no se volverán para atrás, pues saben que quien pone su mano sobre el arado, si mira atrás, no es apto para el reino de los cielos243, al contrario, continuamente van olvidando lo que atrás quedó y se lanzan a lo que tienen por delante244.
Pues tales son los ciervos que la voz del Señor hace ser perfectos. ¿Y qué voz del Señor, sino la que tenemos en la ley y los profetas y que llegó hasta Juan, la que era voz del que clama en el desierto245? En realidad, la misma voz de Juan, que decía: Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas de nuestro Dios246, hacia perfectos a los ciervos, para que fuesen perfectos en el mismo sentimiento y en el mismo conocimiento247; el que es así bien puede decir: Como el ciervo ansía las fuentes del agua, así mi alma tiene ansia de ti, Dios mio248. Y también, el ciervo amigo249, ¿quién otro podría ser, sino aquel que aplasta a la serpiente que sedujo a Eva250 y que con el soplo de su palabra le inoculó el veneno del pecado, contagiando así de prevaricación a toda su prole venidera? Es el que vino a eliminar en su carne las enemistades251 que el pernicioso mediador había creado entre Dios y el hombre. Ahora bien, por gracioso cervatillo252 puede entenderse el Espíritu Santo, de quien obtienen gracias espirituales y dones celestiales los sedientos y ansiosos de Dios.
Todo esto lo hemos dicho para que resultara más evidente la causa por la que la esposa compara a su amado con el cervatillo. Si además hemos de indagar porqué se le compara, no con el ciervo, como en otros lugares, sino con el cervatillo, considera esto: Siendo de condición divina253, un niño se nos ha dado, un niño nos ha nacido; y su poder, sobre sus hombros254; por tanto, cervatillo, porque nació niño chiquito.
Más quizá también se puede entender por ciervos algunos santos como Abrahán, Isaac, Jacob, David, Salomón y todos los demás de cuya semilla descendió Cristo según la carne255: el Señor hizo perfectos a estos ciervos, cuyo cervatillo es este niño que de ellos nació según la carne. También me empuja aquello que está escrito en el Salmo CIII, donde dice: Los montes altos, para los ciervos256. Pues bien, de los ciervos ya dijimos más arriba que por ellos se entiende algunos santos que vinieron a este mundo para aniquilar el veneno de la serpiente. Por eso, veamos ahora quiénes son estos montes excelsos que parecen como acotados para los ciervos exclusivamente, pues nadie, sino los ciervos, puede subir a ellos. Yo pienso que llamó montes altos a las personas de la Trinidad, pues nadie es capaz de subir a su conocimiento, a menos que se haga ciervo. Pero a estos mismos que aquí reciben el nombre de montes, en plural, en otros lugares se les llama, en singular, monte alto, como dice Isaías: Súbote a un monte alto, tú que evangelizas a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que evangelizas a Jerusalén257. Efectivamente, el mismo que se interpretaba como Trinidad, por la distinción de las personas, aquí se entiende como Dios uno, por la unidad de substancia258. Y baste con esto para lo que atañe al cervatillo.
Veamos ahora de qué manera el amado es también comparado con la gacela. Este animal, por lo que hace al vocablo griego, recibe su nombre en razón de su vista agudísima259. ¿Y quién puede ver como ve Cristo? Sólo él, efectivamente, ve, es decir, conoce al Padre260. En realidad, aunque se dice que los limpios de corazón verán a Dios261, indudablemente le verán, pero gracias a Cristo que lo revela: y es que la gacela es de tal naturaleza que, no sólo ve ella agudísimamente, sino que también presta su vista a los demás. En efecto, los expertos en la medicina afirman que este animal tiene entre sus vísceras cierto humor que cura la ceguera de los ojos y agudiza toda vista bastante debilitada. Por eso se compara a Cristo con la gacela, porque, no sólo él ve al Padre, sino que hace que los demás le vean, después de curarles él mismo la vista. Sin embargo, pon atención, cuando oyes que se ve al Padre, no vayas a percibirle como algo corpóreo y a creer que Dios es visible. La vista con que se ve a Dios no es del cuerpo, sino de la mente y del espíritu. El mismo Salvador, haciendo en el Evangelio tal distinción, en términos exactos, no dijo: Nadie ha visto al Padre, sino el Hijo, sino: Nadie conoce al Padre, sino el Hijo262. Efectivamente, a cuantos hace que conozcan a Dios les da el espíritu de ciencia y el espíritu de sabiduria263, para que por medio de ese mismo espíritu conozcan a Dios. Y por eso decía a sus discípulos: El que me ha visto, ha visto al Padre264, y en verdad que no seremos tan torpes como para pensar que quien ve a Jesús corporalmente ve también corporalmente al Padre, a no ser que admitamos que los escribas, los fariseos, los hipócritas, el mismo Pilato, que lo hizo azotar, y el pueblo entero que gritaba: ¡Crucifícale, crucifícale!265, porque habían visto a Jesús corporalmente vieron también a Dios Padre. Y esto no sólo es absurdo, es también impío. En realidad, de la misma manera que, cuando las turbas le estrujaban mientras caminaba con sus discípulos, de ninguno de cuantos le estrujaban se dice que lo tocó, sino solamente aquella mujer que padecía flujo de sangre, que vino y tocó la orla de su vestido, y de ella sola dio Jesús testimonio diciendo: Alguien me ha tocado, porque yo he sentido que una fuerza ha salido de mí266, así también, aunque fuesen muchos los que le veían, de ninguno se dice que lo vio, sino sólo aquel que reconoció que él era el Verbo de Dios y el Hijo de Dios, en el cual se dice que se ve y se conoce también al Padre.
Sin embargo, tampoco podemos pasar por alto el hecho de que antes se comparaba al esposo con la gacela y ahora con el cervatillo, siendo así que el ciervo parece un animal mayor que la gacela. Mira bien, pues, no sea que la razón de ello esté en la siguiente explicación: puesto que la salvación de los creyentes consta de doble elemento: el conocimiento de la fe y la perfección de las obras, la explicación racional de la fe, que, como hemos dicho, se compara con la gacela por razón de la agudeza de la vista en la contemplación, constituye el primer escalón de la salvación; en cambio, en segundo lugar se menciona la perfección de las obras, que tiene como figura al ciervo, el cual vence y aniquila el veneno de las serpientes, es decir, las artes diabólicas. En este sentido dice la esposa que su amado es semejante a la gacela y al cervatillo sobre los montes de Betel. Betel, empero, significa casa de Dios. Por consiguiente, podemos interpretar los montes que están en la casa de Dios como los libros de la ley y de los profetas, y no sólo ellos, también los escritos evangélicos y apostólicos, con los cuales se perfecciona y se contempla la fe de Dios y se lleva a cabo la perfección de las obras.
Vedle, se ha parado detrás de nuestra pared, asomándose a las ventanas, atisbando por las celosías. Mi amado responde y me dice (2,9-10).
Cuando considero las dificultades para investigar los significados de estas palabras de la divina Escritura que acabamos de proponer, me parece encontrarme en situación parecida a la de aquel que sale a rastrear la caza valiéndose del olfato de un buen sabueso. Ocurre alguna vez que mientras el cazador, atento sólo a las huellas, cree estar ya cerca de las ocultas madrigueras, de repente el perro pierde el rastro y tiene que volver sobre sus pasos por las mismas sendas antes recorridas, aguzando aún más el olfato, hasta que halla el punto en que la caza, de una arrancada más potente, tomó sin que la vieran otro sendero; y cuando el cazador da con éste, lo sigue más animado por la esperanza cierta de la presa y más seguro por la consistencia de las huellas. Así también nosotros cuando perdemos, por así decirlo, el rastro de la explicación propuesta, volvemos un poco sobre nuestros pasos y entonces, siguiendo un plan de exposición más amplio que el anterior, esperamos que el Señor nuestro Dios ponga en nuestras manos la caza y que nosotros, preparándola y sazonándola según la ciencia de la madre Raquel, con las salsas de la palabra racional, merezcamos obtener las bendiciones del padre espiritual Jacobo267. Esta es la razón por la que, como dijimos, es necesario repetir brevemente lo dicho y reelaborar la explicación anterior, para que se haga patente cuál es el sentido más acertado.
Así pues, tengo para mí que desde el comienzo de la acción dramática, la esposa está fuera, en una encrucijada, y el amor del esposo la hace mirar a una parte y a otra, por si éste viene, por si aparece; y no quiere tomar ningún camino mientras ignore de qué parte vendrá el esposo, ni quiere estarse en casa, sino fuera y ser juguete del deseo, y decir: Que me bese con el beso de su boca268. Pero, cuando llega el esposo, dice: Son tus pechos mejores que el vino etc., hasta el pasaje en que dice: Correremos tras de ti269. Luego, amada ya y recibiendo del esposo mismo el pago de su amor, es introducida en la cámara del tesoro del esposo, y dice: El rey me introdujo en su cámara del tesoro270. Todo lo demás que viene luego escrito lo habla estando dentro y dirigiéndose al esposo, en presencia y con asistencia de las doncellas de la esposa y los compañeros del esposo. Sin embargo, debe entenderse que el esposo, como hombre que es, no siempre está en casa ni siempre sentado junto a la esposa, que sí permanece dentro de casa; él sale con frecuencia, y ella, como en penas de amor por él, le busca ausente; y él, a veces, vuelve a ella. Esta es, a mi juicio, la razón por la que, a lo largo del libro, el esposo unas veces es buscado como ausente y otras habla con la esposa como estando presente. Por su parte, la esposa, a pesar de haber visto en la cámara del tesoro del esposo muchas y magníficas cosas, pide además que la introduzca en la casa del vino. Pero, una vez que ha entrado, cuando ve sin lugar a dudas que el esposo, como hombre que es, no permanece en casa, entonces, de nuevo atormentada por su amor, sale fuera y se pone a dar vueltas yendo y viniendo alrededor de la casa, entrando y saliendo y mirando por todas partes para ver cuándo regresa a ella el esposo. Y súbitamente lo ve que, salvando a saltos descomunales las crestas de los montes, desciende hacia la casa donde la esposa arde en penas de amor por él. Al llegar a la pared de la casa, el esposo se para un poco detrás de ella, examinando algo, como suele hacerse, o pensando para él. Pero, sintiendo él también ya algo de amor hacia la esposa, aprovechando su estatura, que llega hasta las ventanas de la casa (ventanas que tienen una parte de obra que llaman reticulada), se asoma por ellas; sin embargo, al ser más alto que las ventanas, llega a tocar la parte superior de la obra reticulada y, atisbando a través de la celosía, habla a la esposa y le dice: Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía, paloma mia271. Este es uno de esos pasajes que hemos señalado como particularmente difíciles a la hora de exponer el plan interno y de explicar el significado; pero creo también que puede hacerlos más claros la repetición de los rastreos y búsquedas arriba descrita.
En cambio, la interpretación espiritual no se presenta tan trabajosa y difícil en este texto. Efectivamente, la esposa del Verbo, el alma, que está en la casa real, esto es, en la Iglesia, aprende del Verbo de Dios todo lo que está depositado y escondido en el regio palacio y en la cámara del tesoro del rey: aprende que en esta casa, que es la Iglesia del Dios vivo272, hay también bodegas para el vino aquel que se juntó en los santos lagares, bodegas, no sólo del vino nuevo, sino también del añejo y dulce que es la doctrina de la ley y de los profetas. Cuando ya está suficientemente ejercitada en esto, recibe en sí al mismo que en el principio estaba junto a Dios Verbo273, pero que no permanece siempre con ella-esto no es posible a la naturaleza humana274-sino que a veces la visita y a veces la deja, para que así ella le desee más aún. Ahora bien, cuando el Verbo de Dios la visita-según el sentido del versículo propuesto-se dice que viene a ella saltando por los montes, es decir, revelándole los excelsos y elevados conceptos de la ciencia divina, hasta que consiga edificar la Iglesia, que es la casa del Dios vivo, columna y apoyo de la verdad275; luego se para junto a la pared (o detrás de la pared), para no esconderse del todo ni estar por completo a la vista.,Efectivamente, el Verbo de Dios y la palabra de ciencia276 no se revela abiertamente y a la vista de todos, ni de modo que lo pisoteen277, sino que se le encuentra solamente cuando se le ha buscado, y se le encuentra, como dijimos, no a la vista de todos, sino encubierto y como escondido tras la pared.
Por otra parte, el alma que está en la iglesia, no debe entenderse que se halla situada dentro de las paredes de un edificio, sino dentro de las defensas de la fe y del edificio de la sabiduría, y encubierta por las cimas excelsas del amor. En realidad, el buen propósito y la fe de la recta doctrina son las que hacen el alma estar en la casa que es la Iglesia. Esta casa tiene unas piezas que se llaman cámara del tesoro, casa del vino o cualquier otro nombre, siempre en razón de la distinta escala de gracias y de la diversidad de dones espirituales. Así pues, también la pared es ahora una parte de esta casa y puede indicar la solidez de la doctrina; junto a ella se para el esposo, pero él, respecto de ella, es tan alto que sobrepasa al edificio entero y puede mirar a la esposa, esto es, al alma. Y todavía no se manifiesta a ella abiertamente y por entero, sino que, como atisbando a través de la celosía, la exhorta y la incita a no quedarse dentro sentada y perezosa, sino a salir fuera y a intentar verle, no ya a través de las ventanas y celosías ni por medio de un espejo y por enigmas, sino saliendo fuera y estando cara a cara278. Por eso ahora, ya que no puede verlo de esa manera, se pone, no delante, sino detrás de él y detrás de la pared. Por su parte, el esposo se asoma a las ventanas, que sin duda estaban abiertas para recibir la luz y tener alumbrada la casa; asomándose, pues, y mirando a través de ellas, el Verbo de Dios incita al alma a levantarse y a venir a él.
Podemos demás entender por ventanas los sentidos corporales, a través de los cuales puede penetrar la muerte o la vida en el alma; de hecho así lo consigna el profeta Jeremías cuando dice hablando de los pecadores: La muerte ha subido por vuestras ventanas279. ¿Cómo sube por las ventanas la muerte? Si los ojos del pecador vieron a una mujer y él cometió adulterio con ella en su corazón280: así es como la muerte entró en esa alma a través de las ventanas de los ojos. Y si alguien da oídos a vanos rumores y especialmente a la falsa ciencia de las doctrinas perversas, entonces la muerte entra en el alma por las ventanas de los oídos. En cambio, si el alma, contemplando el esplendor de las creaturas, comprende que Dios es el creador de todo, y admira sus obras y alaba al creador de todas ellas, entonces es la vida la que entra en esta alma a través de las ventanas de los ojos. Y cuando uno inclina su oído hacia el Verbo de Dios y se deleita en las razones de su ciencia y su sabiduría, en el alma de este hombre entra la luz de la sabiduría a través de las ventanas de los oídos. Por eso el Verbo de Dios, mirando por esas ventanas y dirigiendo sus miradas a la esposa, la exhorta a levantarse y a venir a él, esto es, a dejar las cosas corpóreas y visibles y apresurarse hacia las realidades incorpóreas, invisibles y espirituales, puesto que las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas281. Así también se dice que el espíritu de Dios va de acá para allá buscando almas dignas282 y capaces de convertirse adecuada y rectamente en habitáculo de la sabiduría. Por otra parte, el hecho de que mire a través de las celosías sin duda significa que el alma, mientras está en la casa de este cuerpo, no puede captar la sabiduría de Dios en su desnuda claridad, sino que, a través de ciertos ejemplos, indicios e imágenes de las realidades visibles, puede contemplar las realidades invisibles e incorpóreas. Y esto es lo que significa que el esposo la mire a través de las celosías. Pero si esto lo interpretamos refiriéndolo a Cristo y a la Iglesia, la casa en que habitaba la Iglesia significa las Escrituras de la ley y de los profetas, pues en ellas, efectivamente, se halla la cámara del tesoro del rey repleta de todas las riquezas de conocimiento y de sabiduria283; allí está también la casa del vino, esto es, la doctrina moral y mística que alegra el corazón del hombre284. En este sentido, Cristo, al venir, se paró un poco detrás de la pared del Antiguo Testamento: se paró, en efecto, detrás de la pared, puesto que no se manifestó al pueblo, pero, cuando llegó el tiempo y por las ventanas de la ley y de los profetas, esto es, por medio de lo que sobre él se anunciaba, comenzó a dejarse ver y a mostrar a la Iglesia que él tenía también un asiento dentro de la casa, esto es, dentro de la letra de la ley, entonces la exhorta a salir de allí y venir fuera hacia él. Efectivamente, si no sale, si no camina y no progresa pasando de la letra al espíritu, no puede unirse a su esposo ni incorporarse a Cristo285. Por eso la llama y la invita a pasar de lo carnal a lo espiritual, de lo visible a lo invisible y de la ley al Evangelio.
Y por eso le dice: Levántate, ven, tú que me eres tan cercana, hermosa mía, paloma mia286, Y aunque sea anticipando algo de lo que diremos luego, por no perder ahora algo del sentido completo de este pasaje, añadamos que posiblemente esa misma es la razón de cuanto le dice a continuación: Mira, el invierno ya ha pasado y la lluvia se fue287: para indicar el tiempo de la Pasión, pues Cristo padeció acabado el invierno y con las lluvias ya idas; y a la vez para dar a entender, gracias a la interpretación espiritual, que, hasta el tiempo en que padeció Cristo, hubo lluvia sobre la tierra. Efectivamente, el Señor todavía mandaba a las nubes, es decir, a los profetas288, que hicieran caer sobre la tierra la lluvia de la palabra. Mas, como quiera que los ministerios proféticos terminaron con Juan Bautista289, puede con toda razón decirse que las lluvias habían cesado y desaparecido. Por lo demás, las lluvias no cesaron para daño de los creyentes, sino para mayor ganancia de la Iglesia. Realmente, ¿qué necesidad hay de lluvias allí donde el río alegra la ciudad de Dios290, donde en cada corazón creyente brota un manantial de agua viva que salta hasta la vida eterna291? ¿Y para qué se necesitan las lluvias donde ya aparecieron las flores en nuestra tierra y donde, desde la venida del Señor, no se ha vuelto a cortar una higuera que antes no diera fruto? Ahora, efectivamente, ha producido ya sus higos292. Y también las viñas han exhalado su fragancia. De ahí que uno que provenía de esta viña dijera: Porque para Dios somos buen olor de Cristo en los que se salvan y en los que perecen293. Pero en fin, como advertimos arriba, hemos anticipado estas consideraciones, antes de llegar a los textos mismos de la Escritura, para evitar que se nos escaparan los sentidos que ahora se nos ocurrían. Es hora, pues, de volver sobre cómo dice que mira a través de la celosía. Está escrito: Porque no en vano se tienden las redes a las aves294; y también se manda al justo que, si incurre en el pecado, escape como el gamo del lazo y como el pájaro de las redes295. De hecho, la vida de los mortales está plagada de lazos de ofensas y de redes de engaños, lazos y redes que tiende contra el género humano aquel que se llama Nemrod, gigante cazador frente al Señor296. Realmente, ¿quién puede ser verdadero gigante, si no el diablo, que también se revela frente a Dios? Por eso llamamos redes a los lazos de las tentaciones y a las trampas de las asechanzas del diablo. Y como quiera que estas redes las había tendido el enemigo por todas partes y en ellas había envuelto a casi todos, era necesario que viniese uno que fuera más fuerte y mayor que ellas, para que las triturase y así dejase expedito el camino para cuantos le sigan. Por esta razón también el Salvador, antes de unirse con la Iglesia, fue tentado por el diablo297: para vencer las redes y poder mirar por ellas y, a través de ellas, llamar hacia sí a la Iglesia, con el fin, sin duda alguna, de enseñarla y mostrarle que no se debe venir a Cristo por el ocio y los placeres, sino a través de muchas tribulaciones y pruebas. Por eso no hubo nadie que pudiera vencer semejantes redes, porque, como está escrito, todos pecaron298; y aún sigue la Escritura: No hay un justo en la tierra que haga el bien y nunca peque299; e insiste: Nadie está limpio de suciedad, ni aunque su vida dure un solo día300 Por eso únicamente nuestro Señor y Salvador Jesucristo no cometió pecado, sin embargo el Padre le hizo pecado por nosotros, para que en la carne semejante a la del pecado y a causa del pecado condenase al pecador.301
Vino, pues, a estas redes, pero únicamente él no se vio envuelto por ellas, antes al contrario él las rompió y las trituró, y dio así a su Iglesia confianza para atreverse ya a quebrar los lazos, atravesar por las redes y decir toda animosa: Nuestra alma se escapó cual pájaro del lazo de los cazadores: el lazo se rompió y nosotros quedamos libres302. Pero, ¿quién quebrantó los lazos, sino el único al que ellos no pudieron atrapar? Efectivamente, aunque él también estuvo sujeto a la muerte, voluntariamente, que no forzado por el pecado, como nosotros, él fue el único libre entre los muertos303. Y por que fue libre entre los muertos, una vez vencido el que tenía el imperio de la muerte, arrancó la cautividad304 que subsistía para la muerte. Y no sólo él mismo se resucitó de entre los muertos, sino que junto con él resucitó a los que estaban cautivos de la muerte y junto con él los hizo sentar en los cielos305. Por eso, subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad306, no sólo liberando sus almas, sino también resucitando sus cuerpos, según atestigua el Evangelio: y muchos cuerpos de santos resucitaron, y se aparecieron a muchos y entraron en Jerusalén, la santa ciudad del Dios vivo307. Esta es la interpretación de las redes, que hemos puesto en segundo lugar; ahora el lector juzgará cual de las dos es más digna de ser aplicada a místicos coloquios.
Notas
1 (volver) Ct 1,15
2 (volver) Ct 1,15
3 (volver) Mt 3,16
4 (volver) Sal 54,7
5 (volver) Sal 67,14
6 (volver) Sal 67,14
7 (volver) Sal 67,14
8 (volver) 1Co 11,3
9 (volver) 1Co 2,15; Rm 7,22
10 (volver) Ex 12,5ss.; Lv 5,7; 12,8
11 (volver) Ct 1,15
12 (volver) Ibid.
13 (volver) Ibid.
14 (volver) Jn 14,16; 1Jn 2,1
15 (volver) Za 4,3
16 (volver) Aquí Orígenes se hace eco de una antigua concepción trinitaria que identificaba al Hijo y al Espíritu Santo con los dos serafines que en Is 6,2 cubrían con sus alas el rostro de Dios, y la extiende a otros pasajes del A.T. Cf. J. Daniélou, Théologie du Judéochristianisme, p. 185ss.
17 (volver) Is 53,2
18 (volver) Ct 1,16. La idea propuesta aquí es substancialmente la misma que pusimos de relieve en la n. 299 del lib. 11.
19 (volver) 1Co 6,15
20 (volver) Sal 120,6
21 (volver) 2Co 11,14. Es decir, el diablo. El tema de la doble acción del sol, la benéfica y la dañina, era tradicional en la filosofía griega.
22 (volver) 2Co 4,16
23 (volver) 1Tm 2,5
24 (volver) Rm 5.2
25 (volver) 1Tm 3,15
26 (volver) Jn 16,15
27 (volver) 1Co 1 1,16
28 (volver) Ga 1,2
29 (volver) Ap 1,4
30 (volver) Sal 79,9.1 1.
31 (volver) Ct 1,17
32 (volver) Mt 6.28ss.
33 (volver) Ct 2,2
34 (volver) 1Jn 2,19
35 (volver) Mc 4,19
36 (volver) Lo que ponemos entre corchetes es aclaración de Rufino, quien, como se ve, hace muy poco honor a la sagacidad del lector latino; la aclaración se explica por la difusión que en su época habían alcanzado las doctrinas maniqueas, que, siguiendo la linea gnóstica. insistían sobre el valor ontológico del mal (lat. malum: confundible según Rufino, con malum = manzana = gr. melón).
37 (volver) Sal 81,6
38 (volver) Sal 81,7
39 (volver) Sal 88,7. Sobre la base de la doctrina expuesta en su obra Sobre los principios, esta breve explicación va entendida en el sentido de que Dios, al principio, habría creado cierto número de seres racionales, todos en estado de perfección; en razón de los méritos y, sobre todo, de los deméritos personales, estos seres se habrían ido diferenciando y habrían formado las categorías de ángeles, hambres y demonios; cf. también Introducción, p. 15.
40 (volver) Pr 9,2ss.
41 (volver) En tiempos de Orígenes era común esta convicción de que las herejías se habían difundido por instigación de los demonios ( = ángeles malos).
42 (volver) Mt 3,10
43 (volver) Sal 1,2; Lv 11,3. En la distinción entre animales puros e impuros, los judíos colocaban a los rumiantes en la primera categoría. Orígenes interpreta espiritualmente este hecho: el rumiante simboliza al que rumia, es decir, al que estudia y medita continuamente la ley de Dios.
44 (volver) Lm 4,20
45 (volver) Lc 1,35
46 (volver) Lm 4,20: Orígenes lo interpreta siempre refiriéndolo a la encarnación ( = sombra) de Cristo, que trajo la salvación a los gentiles. También aquí, a continuación, desarrolla este motivo, junto con el de la ley mosaica vista como sombra, pálida prefiguración de la ley de Cristo ( = gracia), y concluye contraponiendo la sombra de Cristo, a la que nos adherimos en este mundo, y su realidad de la que gozaremos en el mundo futuro.
47 (volver) Mt 4,16
48 (volver) Hb 10,1,: Col 2,16; Hb 8,5
49 (volver) Rm 6,15
50 (volver) Jn 14,6
51 (volver) 1Co 13,12
52 (volver) Jb 7,1s.; 1Cro 29,15
53 (volver) Mt 4,16
54 (volver) Ct 2,3
55 (volver) Cf. supra. n. 22
56 (volver) Mt 13,6
57 (volver) Lc 10,18. Se trata del diablo.
58 (volver) 1Co 13,12
59 (volver) Sal 56,1
60 (volver) Ct 2,16s.
61 (volver) Ct 2,3
62 (volver) Sal 5,10
63 (volver) Sal 118,103
64 (volver) 2Co 6,11
65 (volver) Sal 118,131
66 (volver) Pr 9,2
67 (volver) Pr 9,5
68 (volver) Mt 8,11
69 (volver) Hb 1,14
70 (volver) " Sal 8,1; 81,1, etc
71 (volver) Jn 15,1
72 (volver) Jn 15,1
73 (volver) Jn 15,4ss.
74 (volver) Gn 9,21
75 (volver) Sal 22,5
76 (volver) Pr 4,17
77 (volver) Dt 32,32
78 (volver) Mt 26,29
79 (volver) Ct 2,4
80 (volver) Hch 2,28; 2R 22,2
81 (volver) Mc 12,30
82 (volver) Mc 12,31
83 (volver) Ef 4,25
84 (volver) 1Co 12,22
85 (volver) 1Tm 5,17
86 (volver) 1Ts 5,13
87 (volver) Lc 1,6
88 (volver) 1Ts 5,13
89 (volver) Mt 5,44
90 (volver) Ct 2,4
91 (volver) Ct 2,4
92 (volver) Ef 5,25
93 (volver) 1Co 4,15
94 (volver) Ct 2.4
95 (volver) Sb 11,24
96 (volver) Sb 11,26-12,1
97 (volver) Sb 11,20
98 (volver) 2Co 4,9; 11,28
99 (volver) Ex 23,22
100 (volver) 2Cro 19,2
101 (volver) Ex 20,12
102 (volver) Lc 14,26
103 (volver) 2Co 6,14ss.
104 (volver) 1Co 13,13.8.
105 (volver) Ct 2,5
106 (volver) Dt 32,43
107 (volver) Sal 33,8
108 (volver) Mt 18,10
109 (volver) Ap 2,18s.
110 (volver) 2M 15,14
111 (volver) Aquí Rufino, sobre la base del texto griego del Cantar, denuncia un error de traducción en el ejemplar latino que tenía a su disposición. No eran infrecuentes los errores en tales versiones antiguas.
112 (volver) Sb 7,20
113 (volver) Como ya pusimos de relieve, la atención de Orígenes al puntualizar el sentido de la interpretación literal, está en función de la interpretación espiritual, que, aquí, se basa precisamente sobre el hecho de que el amyron era una planta olorosa pero infructífera.
114 (volver) Mt 12,33
115 (volver) Mt 3,10
116 (volver) 1Co 1,2
117 (volver) Jn 15,1
118 (volver) Gn 2,15
119 (volver) Mt 15,13
120 (volver) Col 3,10
121 (volver) Cf n 191 del lib. II.
122 (volver) Ct 2,3
123 (volver) Ap 2,7
124 (volver) Jn 6,32; 15,1; 1,29
125 (volver) El motivo de Cristo Logos que se hace todo para todos, para recuperar a todos (cf. n. 333 del lib. II) lo desarrolla Orígenes sobre la base de la pluralidad de los apelativos cristológicos: Cristo es palabra, imagen, sabiduría, poder, camino, verdad, agua, pastor, puerta, etc. Esta pluralidad de nombres sirve precisamente para poner de relieve la pluralidad de aspectos con que el Logos se presenta a cada alma, acomodándose de vez en cuando a las condiciones de ésta, con el fin de proporcionarle la máxima ayuda.
126 (volver) Jn 6,31ss.
127 (volver) Is 49,2
128 (volver) Ct 2,5
129 (volver) Is 49,2
130 (volver) 1Jn 4,8
131 (volver) Ct 2,5
132 (volver) Sal 26,1
133 (volver) Ef 6,16
134 (volver) Ibid.
135 (volver) Sal 10,2
136 (volver) Ef 6.11ss.
137 (volver) 1Co 15,45
138 (volver) Pr 3,13 16
139 (volver) Ga 3,28
140 (volver) Pr 3,16
141 (volver) 2Co 8,9
142 (volver) Jn 12,28
143 (volver) Jn 1,11. La correlación izquierda = humanidad y derecha = divinidad subraya la inferioridad de la condición humana asumida por el Logos: cf. n. 299 del lib. II.
144 (volver) 1P 2,24; Ga 3,13
145 (volver) Es decir, la enfermedad y flaqueza de la naturaleza humana asumida.
146 (volver) Esto es, su naturaleza divina: Jn 12,46; Hb 1,3
147 (volver) Gn 27,27
148 (volver) 1Co 3,9
149 (volver) Rm 1.11
150 (volver) Hb 12,12; Ga 4,26
151 (volver) Ct 2,7
152 (volver) Rm 8,15
153 (volver) Col 1,13; 1Jn 4,7
154 (volver) Ef 5,14
155 (volver) Ct 2,7
156 (volver) Ct 2,8
157 (volver) Ct 2,9
158 (volver) Ibid.
159 (volver) Ct 2,10
160 (volver) Ct 2,11-12
161 (volver) Ct 2,13
162 (volver) 2Co 3,16.13.18; 1Co 13,12
163 (volver) Ct 2,14
164 (volver) Ct 2,14
165 (volver) Ct 2,8
166 (volver) Ct 2,8
167 (volver) Orígenes aprovecha para sus interpretaciones espirituales las creencias y las etimologías populares de su tiempo, cf. infra n 259 del lib. lIl.
168 (volver) Ct 2,8
169 (volver) Mt 28,20
170 (volver) Mt 25.14s. Lc 19.12: Mt 25.6
171 (volver) Jn 14,22s.
172 (volver) Ct 2,11
173 (volver) Sal 73,17
174 (volver) El ejemplar latino del Cantar trae aquí transiliens que, poniendo en énfasis en el pre-verbio, significa justamente pasar; por eso Rufino subraya que aquí se debe entender exsiliens, mejor que transiliens, puesto que todo el comentario origeniano se basa sobre la idea de saltar. brincar.
175 (volver) Gn 26,13
176 (volver) 2 Tm 4,7
177 (volver) A Orígenes le gusta insistir sobre el motivo de la rápida difusión del cristianismo como prueba de su carácter de religión auténtica, y lo propone también, en contexto apologético, contra Celso. En nuestro contexto, los montes y los collados, en cuanto lugares elevados, son símbolos de realidades positivas, en contraposición a los lugares bajos=condiciones de pecado.
178 (volver) Rm 15,19
179 (volver) 2Co 3,14-16
180 (volver) Mt 17,1ss.
181 (volver) Sal 86, 1
182 (volver) Sal 120, 1
183 (volver) Jr 16,16
184 (volver) Mt 13,24ss.
185 (volver) Mt 24,17
186 (volver) Lc 2,52. El versículo de Lucas se refiere al progreso de Jesús niño: pero, sobre la base de la doctrina del cuerpo místico, tan repetidamente utilizada en el presente comentario, Orígenes puede aplicar el pasaje al crecimiento de Cristo en todo cristiano, incorporado a él.
187 (volver) Lc 3,5
188 (volver) Lc 18,14
189 (volver) Sal 124,1
190 (volver) Sal 124,2
191 (volver) Dn 2,34
192 (volver) 1Tm 6,15; Hb 4,14
193 (volver) Jn 4.14
194 (volver) DI 14,4ss.
195 (volver) Sal 41,1
196 (volver) Dt 15,21-22
197 (volver) Sal 28,9
198 (volver) Sal 28,7s.
199 (volver) Ib 39,1ss.
200 (volver) Pr 5,19
201 (volver) 1Co 2,13
202 (volver) Rm 1,20; 2Co 4,18
203 (volver) Hb 9,23
204 (volver) Gn 1,26
205 (volver) Aquí y en todo lo que sigue a continuación, Orígenes propone fielmente la doctrina platónica de la distinción entre mundo fenoménico, material, y mundo nouménico, ideal, del que el otro es imagen y reflejo.
206 (volver) Mt 13,31s.
207 (volver) Mt 17,20; 1Co 13,2
208 (volver) Sb 7,17ss.
209 (volver) Sal 103,24
210 (volver) Sb 7,21
211 (volver) Estamos todavía en el contexto platonizante señalado en la n. 205.
212 (volver) Sobre la base de la conexión entre los siete días de la semana y el versículo de Sal 89,4: "Para el Señor, mil años son como un sólo día", era tradicional fijar en 7.000 años la duración del mundo. Aquí Orígenes interpreta principio, medio y fin, primero en sentido literal, cronológico, y luego en sentido espiritual.
213 (volver) Mt 24.35
214 (volver) Sal 76,6
215 (volver) Gn 22,17
216 (volver) 1Co 15,41s.
217 (volver) Lc 13,32
218 (volver) Mt 3,7
219 (volver) Jr 5,8
220 (volver) Sal 48,13
221 (volver) Sal 57,5
222 (volver) Sb 7,20
223 (volver) Téngase presente el valor del griego pneuma ( = lat. spiritus) = hálito o soplo y espíritu.
224 (volver) Ef 4,14
225 (volver) Sb 7,20
226 (volver) Jn 13,2
227 (volver) Qo 10,4
228 (volver) Sal 83,6
229 (volver) Sal 75,11
230 (volver) Dt 8,15
231 (volver) A Orígenes le gusta interpretar simbólicamente los hechos del Éxodo, no sólo como prefiguraciones de los hechos futuros de la Iglesia, sino también en relación con las vicisitudes de las creaturas racionales no humanas: ángeles y demonios.
232 (volver) Sal 28,9
233 (volver) Jb 39,1 ss
234 (volver) Ga 4,19
235 (volver) Sal 54,26
236 (volver) 1S 26,18
237 (volver) Sal 125,6
238 (volver) Sal 72,5
239 (volver) Jb 39,3ss.
240 (volver) 1Co 4,15
241 (volver) Jb 39,4s.
242 (volver) Gn 19,26
243 (volver) Lc 9,62
244 (volver) Flp 3,13. Evidentemente se trata de los que progresan hacia la perfección.
245 (volver) Mt 3,3
246 (volver) Ibid.
247 (volver) 1Co 1,10
248 (volver) Sal 41,2
249 (volver) Pr 5,19
250 (volver) Gn 3,4s.; 2Co 11,3
251 (volver) Ef 2,15
252 (volver) Pr 5,19
253 (volver) Flp 2,6
254 (volver) Is 9,5
255 (volver) Mt 1,1ss.; Lc 3,23,22
256 (volver) Sal 103,18
257 (volver) Is 40,9
258 (volver) Esta precisión sobre unidad de substancia y distinción de personas tiene un sabor ya demasiado niceno para poder ser considerada origeniana: debemos por tanto atribuirla a Rufino, que ha modificado un contexto origeniano más genérico.
259 (volver) Gacela = dorkás; mirar = dérkomai.
260 (volver) Jn 6,46
261 (volver) Mt 5,8
262 (volver) Mt 11,27
263 (volver) Is 11,2
264 (volver) Jn 14,9
265 (volver) Mt 23,15; Jn 19,1; Lc 23,21
266 (volver) Lc 8,43ss.
267 (volver) Gn 49,1ss.
268 (volver) Ct 1,2
269 (volver) Ct 1,2-4
270 (volver) Ct 1,4
271 (volver) Ct 2,10
272 (volver) 1Tm 3,15
273 (volver) Jn 1,1
274 (volver) La naturaleza humana es limitada: mientras está en esta vida, ni siquiera el perfecto consigue unirse ininterrumpidamente al Logos de manera completa.
275 (volver) 1Tm 3,15
276 (volver) 1Co 12, 8
277 (volver) Mt 7,6. El aviso evangélico de no arrojar perlas a los cerdos lo propone Orígenes de buena gana para subrayar la dificultad de penetrar el sentido espiritual de la Sagrada Escritura, dificultad pedagógica y bien motivada, ya que el Espíritu divino ha querido que solamente el que tiene puro el corazón y se aplica con dedicación al estudio al texto sagrado puede estar en condiciones de entender su significado más profundo y más verdadero.
278 (volver) 1Co 13,12
279 (volver) Jr 9,21
280 (volver) Mt 5 28
281 (volver) 2Co 4,18
282 (volver) Sb 6,16
283 (volver) Col 2,3
284 (volver) Sal 103,15
285 (volver) Está claramente formulado el concepto base de toda la doctrina ascética de Orígenes, que junta la distinción entre simples y perfectos con la distinción entre sentido literal y sentido espiritual de la sagrada Escritura: para Orígenes, la perfección se identifica con la capacidad de entender a fondo el sentido espiritual.
286 (volver) Ct 2,10
287 (volver) Ct 2,11
288 (volver) Is, 5,6
289 (volver) Lc 16,16
290 (volver) Sal 45,5
291 (volver) Jn 4,14
292 (volver) Mt 21,19
293 (volver) 2Co 2,15
294 (volver) Pr I,17. Sigue Orígenes jugando con los dos sentidos de diktyon = red y labor de rejilla o celosía.
295 (volver) Pr 6,5
296 (volver) Gn 10,9
297 (volver) Mt 4,1ss.
298 (volver) Rm 3,23
299 (volver) Qo 7,20
300 (volver) Jb 14,4s.
301 (volver) 1P 2,22; 2Co 5,21; Rm 8,3
302 (volver) Sal 123.7
303 (volver) Sal 87,6. El tema de la redención lo propone Orígenes sentando como base el motivo de la esclavitud del hombre respecto del demonio por causa del pecado: Cristo, encarnándose, ha podido librar al hombre pecador, porque él ha sido el único hombre libre de pecado; y le ha librado pagando con su sangre el precio del rescate. Se trata de un tema tradicional ya en tiempos de Orígenes.
304 (volver) Hb 2,14; Ef 4,8
305 (volver) Ef 2,5s.
306 (volver) Ef 4,8
307 (volver) Mt 27,52s.; Hb 12,22.