La Iglesia de Dios que peregrina en Roma, a la Iglesia de Dios que peregrina en Corinto: a los llamados y consagrados en la voluntad de Dios por nuestro Señor Jesucristo. Que la gracia y la paz se multipliquen entre vosotros de parte de Dios omnipotente por mediación de Jesucristo.
A causa de las súbitas y sucesivas calamidades y adversidades que nos han sobrevenido, consideramos, hermanos, habernos demorado demasiado en interesarnos de los problemas controvertidos entre vosotros. Nos referimos, queridos, a la impía y detestable sedición, absolutamente impropia de los elegidos de Dios, suscitada por un puñado de hombres audaces y temerarios con una insolencia tal, que vuestro nombre, celebrado e ilustre y digno de ser amado por todos, ha venido a ser gravemente ultrajado.
Porque, ¿quién que haya convivido un tiempo entre vosotros, no se hizo lenguas de vuestra fe adornada de todas las virtudes, firme y estable? ¿Quién no admiró vuestra sobria y modesta piedad para con Cristo? ¿Quién no encomió vuestro espléndido y generoso sentido de la hospitalidad? ¿Quién no os felicitó por vuestro conocimiento, cabal y seguro?
Todo lo hacíais ciertamente sin discriminaciones y caminabais según la ley de Dios, sumisos a vuestros dirigentes, tributando el debido honor a los presbíteros constituidos entre vosotros; recomendabais a vuestros jóvenes sentimientos de moderación y honestidad; mandasteis a las mujeres que se comportaran en todo con una conciencia intachable, honesta y casta, amando, sinceramente a sus maridos, y, manteniéndose dentro de los límites de la acostumbrada sumisión, les enseñasteis a administrar con seriedad los asuntos domésticos, conduciéndose con absoluta honestidad.