Ya veis, hermanos, cómo el fratricidio de Caín fue el resultado de la emulación y de la envidia. A causa de la emulación, nuestro padre Jacob tuvo que huir de la presencia de su hermano Esaú. La emulación hizo que José fuera perseguido a muerte y reducido a esclavitud. La emulación obligó a Moisés a huir de la presencia del Faraón, rey de Egipto, al oír que uno de su mismo pueblo decía: ¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio? Por emulación Aarón y María fueron confinados fuera del campamento.
La emulación hizo bajar vivos al abismo a Datán y Abirán, por haberse rebelado contra Moisés, el siervo de Dios. Por causa de la emulación no sólo tuvo David que soportar la envidia de los extranjeros, sino que además hubo de sufrir la persecución del rey Saúl.
Pero dejemos el ejemplo de los antiguos y vengamos a considerar los luchadores más cercanos a nosotros; expongamos los ejemplos de magnanimidad que han tenido lugar en nuestros tiempos. Aquellos que eran las máximas y más legítimas columnas de la Iglesia sufrieron persecución por envidia y emulación y lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles. A Pedro, que, por una hostil emulación, tuvo que soportar no una o dos, sino innumerables dificultades, hasta sufrir el martirio y llegar así a la posesión de la gloria merecida.
Esta misma envidia y rivalidad dio a Pablo ocasión de alcanzar el premio debido a la paciencia: encarcelado siete veces, obligado a huir, apedreado y, habiéndose convertido en mensajero de la Palabra en el oriente y en el occidente, su fe se hizo a todos patente, ya que, después de haber enseñado a todo el mundo el camino de la justicia, habiendo llegado hasta el extremo occidente, sufrió el martirio de parte de las autoridades y, de este modo, partió de este mundo hacia el lugar santo, dejándonos un ejemplo perfecto de paciencia.