
Queridos hermanos y hermanas,
continuando con las catequesis sobre la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC), queremos detenernos a reflexionar sobre algunos elementos constitutivos de la sagrada liturgia, como el rito, el signo y el símbolo.
El Concilio Vaticano II, aprovechando la valiosa labor del Movimiento litúrgico, nos ha ayudado a redescubrir una verdad muy viva en la conciencia de la Iglesia antigua y en la enseñanza de los Padres. Los ritos de la liturgia cristiana no son un revestimiento exterior del misterio sacramental, un conjunto de ceremonias arbitrarias, sino la mediación eclesial a través de la cual nos llega el don divino. Precisamente por eso, el Concilio invita a comprender el Mysterium fidei que se realiza en la liturgia a través de los ritos y las oraciones (cf. SC, 48).
El rito da forma a la acción litúrgica y, a través de ella, a nuestra vida, generando en nosotros una sensibilidad espiritual que nos hace capaces de saborear la presencia de Dios por medio de Jesucristo. Naturalmente, esto ocurre si no nos mantenemos ajenos o como espectadores mudos (cf. ibíd.) respecto a la liturgia, sino que participamos en ella con todo nuestro ser —cuerpo, mente y corazón—, en obediencia al mandato del Señor. A través del rito sagrado nos formamos así en la escucha de la Palabra de Dios, en la acción de gracias y la adoración, en el compartir fraterno y en la comunión eclesial. Descubrimos que somos una asamblea de muchos rostros, reunida por la misma fe.
El rito nos envuelve en una secuencia bien definida de gestos y oraciones, que a veces puede chocar con nuestra tendencia individual a la espontaneidad. Su lógica, sin embargo, no es la de encorsetar la libertad en esquemas. Al contrario, con la sobriedad solemne de sus ritmos, el rito interrumpe las actividades frenéticas, devolviéndonos a lo esencial. Descubrimos así otra dimensión del actuar, no guiada por cálculos productivos, y otra experiencia del tiempo y del espacio. En el rito experimentamos una lógica de gratuidad, encontramos una pausa que regenera el corazón, reconocemos que nos precede la gracia divina, aprendemos a vivir en un ritmo habitado por el Espíritu Santo.
La gramática del rito está tejida con los signos y símbolos propios de la liturgia. En ella, como afirma el Concilio, «la santificación del hombre se significa mediante signos sensibles y se realiza de manera propia a cada uno de ellos» (SC, 7). El Catecismo de la Iglesia Católica profundiza en el valor de estos signos, recordando que «su significado en la obra de la creación y en la cultura humana se precisa en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela plenamente en la persona y en la obra de Cristo» (n. 1145). Emblemático es el signo del agua: desde los orígenes de la creación hasta el diluvio, desde el paso del Mar Rojo hasta el Jordán, hasta el agua que brota del costado de Cristo y se convierte en signo sacramental de la inmersión en su muerte y resurrección.
«Signo» y «símbolo» son términos que a menudo se utilizan como sinónimos. En realidad, un signo es simbólico cuando es capaz de remitir no solo a una idea, sino a todo un sistema de significados y valores. Así, por ejemplo, cuando se nos rocía con agua bendita, se reaviva en nosotros la conciencia del don recibido con el Bautismo y nuestra adhesión a la vida nueva en Cristo. En segundo lugar, los símbolos tienen esencialmente un carácter práctico, ya que son ante todo acciones: más sencillas y comunes, como arrodillarse y darse la paz, o más exigentes, como los actos constitutivos de cada sacramento. Sobre todo, los símbolos tienen una singular dimensión performativa y transformadora, tanto hacia los elementos materiales que los componen como hacia quienes entran en contacto con ellos, generando un sentido de pertenencia, tocando el corazón y la mente, y suscitando auténticas relaciones eclesiales.
En la Carta Apostólica Desiderio desideravi, el Papa Francisco, haciendo suya una afirmación de Romano Guardini, identificaba «la primera tarea de la labor de formación litúrgica: el hombre debe volver a ser capaz de los símbolos» (n. 44). Necesitamos dejarnos educar por los ritos de la liturgia, cuidando con delicadeza y sin arbitrariedad la belleza de nuestras celebraciones y comprometiéndonos en una auténtica mistagogia. La experiencia de una liturgia viva y devota, acompañada de una catequesis mistagógica adecuada, es el mejor recurso para despertar en todos esa apertura al encuentro con Dios que, en la lógica de la encarnación, solo puede tener lugar involucrando al hombre en su totalidad: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1 Ts 5,23).