
Queridos hermanos y hermanas:
Como recordaréis, ya «en los primeros días de mi pontificado sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al santuario de la Virgen del Buen Consejo, que a lo largo de toda mi vida me ha acompañado con su presencia maternal, con su sabiduría y con el ejemplo de su amor por el Hijo, que es siempre el centro de mi fe» (Dedicatoria en el libro de visitas del Santuario, 10 de mayo de 2025). Con alegría vuelvo a estar aquí, para celebrar con vosotros la Vigilia de la Natividad de la Santísima Virgen y para confiar a María Niña lo que aún nace en esta pobre y magnífica humanidad: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios. Sí, María es la aurora de un día diferente, de nuestro mundo liberado por fin del mal. Y estamos aquí, junto a Ella, alrededor del Altar del que nos llega la salvación y nos transforma en hijos en el Hijo. Pidámosle su buen consejo para acoger la Palabra divina, guardarla en nuestro interior y darla a luz a través de decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión.
Queridísimos, en este lugar de antigua presencia agustina volveré sobre los pasajes bíblicos que acabamos de escuchar con la ayuda de San Tomás de Villanueva, un fraile y obispo agustino que, al dedicar su vida al servicio de los pobres, penetró en lo más profundo de la verdad de la fe. Él supo ver la paradoja de la pequeñez y, por así decirlo, de la marginalidad de María, convertida en figura central en la economía de la salvación. Preguntémonos: ¿qué debía suponer, en tiempos de Joaquín y Ana, el nacimiento de una niña? San Tomás profundiza en la cuestión: «He reflexionado muchas veces —escribe— y me he preguntado por qué los evangelistas, que han hablado tan ampliamente de San Juan Bautista y de los apóstoles, nos cuentan de forma tan sucinta la historia de la Virgen María, que supera a todos por su trayectoria y su estatura personal. ¿Por qué, me pregunto, no se nos ha descrito el modo de su concepción, de su nacimiento, de su educación, de sus costumbres, de las virtudes que la adornaban, qué relación humana mantenía con su hijo, cómo se relacionaba con él, cómo vivió con los apóstoles tras su ascensión? Todas estas cosas eran importantes y los fieles las habrían leído con singular devoción y habrían gustado al pueblo. ¡Oh, evangelistas, me dirijo a vosotros! ¿Por qué nos habéis privado de una alegría tan grande con vuestro silencio? ¿Por qué habéis omitido detalles tan alegres, tan esperados, tan agradables?» (Obras completas VII, 266,8).
En estas palabras encontramos una sugerencia importante para nuestra fe: interrogar a la Escritura y a sus autores, debatir con el texto y dialogar con los testigos de la Revelación, como si fueran amigos. De hecho, somos «conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19) y de la propia María aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que plantea preguntas (cf. Lc 1,34) e interpreta los acontecimientos guardándolos y entrelazándolos en el corazón (cf. Lc 2,19.51). El Evangelio según San Mateo, sin embargo, parece dar la razón, con su silencio, a San Tomás de Villanueva. Ya lo hemos escuchado: de María recoge su presencia, pero ni una sola palabra. Y, sin embargo, el simple hecho de que María esté ahí —y el Hijo en ella— mueve toda la historia: la de José y la de toda su casa. La presencia de María provoca como un salto en la genealogía, como una novedad inesperada, capaz de modificar no solo las expectativas, sino también los comportamientos previsibles de un hombre. Lo que José escucha, lo que decide y lo que hace, en efecto, es una respuesta a Dios y a la presencia de María, a su absoluta diferencia, que supera todo discurso y relato posibles. En María, la salvación encuentra su hogar: ¡Dios con nosotros!
Nuestro santo Tomás escribe además: «Pues bien, en cuanto a estas reflexiones mías a las que me refería, sobre por qué no se ha escrito un libro sobre las hazañas de la Virgen, como sí se ha hecho con las de Pablo, […] solo se me ocurre que fue así porque así lo quiso el Espíritu Santo, y que, por impulso, los evangelistas guardaron silencio sobre ella, por la sencilla razón de que la gloria de la Virgen, como leemos en el salmo, estaba toda en ella (cf. Sal 44,14 Volg.), y podía imaginarse más que describirse, y que, como síntesis de su historia, basta con lo que se expresa en el título: que de ella nació Jesús. ¿Qué más quieres saber? ¿Qué más buscas en la Virgen? Bástate con saber que es la Madre de Dios» (ibíd.).
Queridos hermanos y hermanas, sentimos casi un vértigo ante este Misterio: ¡es imposible acostumbrarse a él! Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en la Madre de su Creador, la Madre de Dios que salva. Y, sin embargo, simplemente nace una niña, como las hijas y las nietas que sostenemos en brazos. Hoy le atribuimos títulos nobles y altísimos, de Señora y Reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo más sencillo y silencioso, aunque no por ello menos poderoso y transformador. Es el camino del mismo Jesús, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29). Pues bien, al igual que María, también nosotros estamos «predestinados a ser conformes a la imagen del Hijo» (ibíd.): por gracia, sin duda, pero deseando y prefiriendo a otros caminos su camino, sus elecciones, su trayectoria. En Jesucristo, Dios ha elegido las condiciones históricas más humildes y la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, en el que la prepotencia no tiene cabida y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida.
San Tomás de Villanueva añade: «Deja volar la imaginación, amplía los límites de la comprensión y dibuja en lo más profundo de tu alma a una joven purísima, prudentísima, bellísima, devotísima, humildísima, mansísima, llena de toda gracia, riquísima en santidad, adornada con todas las virtudes, embellecida por todos los carismas, absolutamente agrada a Dios; amplíala todo lo que puedas, imagínala tanto como seas capaz» (ibíd.). San Tomás nos invita a este maravilloso ejercicio de imaginación. Y observa: «El Espíritu Santo no la ha descrito por escrito, sino que ha esperado a que tú la pintaras interiormente» (ibíd., VII, 266,9). Queridos hermanos y hermanas, así es precisamente: en la oración contemplativa toma forma aquello que el mundo no nos cuenta, pero que ya existe; aquello que aún es invisible, pero que en sí mismo encierra un nuevo tipo de fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. La necesitamos, en tiempos de destrucción e incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirla.
El profeta Miqueas, en la diminuta Belén, intuyó el advenimiento de un Rey de la paz, gracias al cual habitaremos la tierra por fin seguros (cf. Miq 5,1-4). Y hoy, en la oración de la colecta, volviéndonos hacia la pequeña María, hemos pedido que «la fiesta de su nacimiento aumente en nosotros la paz». Sí, queridos hermanos, queremos imaginar la paz —ampliar los límites de nuestra comprensión y pintarla en nuestra alma— para reconocer que ya existe, para acogerla y servirla. Es el don de Dios, el soplo del Resucitado, la obra del Espíritu Santo. Dejemos que la paz crezca en nosotros. Brotará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión.