Y el libro décimo de la Historia Eclesiástica contiene lo siguiente:
1. De la paz que Dios nos otorgó.
2. De la restauración de las iglesias.
3. De las dedicaciones en todo lugar.
4. Panegírico ante el esplendor de nuestros asuntos.
[5. Copias de leyes imperiales referidas a los cristianos.
6. De la inmunidad de los clérigos] 1.
7. De la ulterior perversidad de Licinio y de su muerte.
8. De la victoria de Constantino y de lo que éste procuró a los súbditos del poder romano.
Notas:
1 Los títulos 5-6 se añadieron tomándolos de una edición anterior. El libro, tras su última revisión, comprende 9 capítulos; la diferencia respecto del presente sumario comienza en el capítulo 6. Los Mss ER dan sendos sumarios diferentes en todo; cf. Schwartz, 2 p.854-855.
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1 En todas las cosas se den gracias a Dios todopoderoso y rey del universo, y también muy numerosas al Salvador y Redentor de nuestras almas, Jesucristo, por medio del cual estamos continuamente suplicando que nos conserve segura y firme la paz, al abrigo tanto de las perturbaciones de fuera como de las de la mente.
2 Y al añadir aquí este libro décimo 2 de la Historia Eclesiástica a los que ya van por delante, junto con las súplicas, vamos a dedicártelo a ti, Paulino 3, sacratísimo para mí, invocándote como sello que sanciona la obra toda.
3 Es natural que, siendo un número perfecto4, insertemos aquí el discurso perfecto y panegírico de la restauración de las iglesias, obedeciendo al Espíritu divino, que exhorta de la siguiente manera: Cantad al Señor un cántico nuevo, porque hizo maravillas. Lo salvó su derecha y su santo brazo. El Señor dio a conocer su salvación; delante de las naciones reveló su justicia5.
4 Y, en verdad, respondiendo al oráculo que lo mandó, cantemos ahora el cántico nuevo por medio de este libro, porque, efectivamente, después de aquellos espectáculos y relatos sombríos y espantosos, ahora se nos ha considerado dignos de contemplar tales maravillas y de celebrar grandes solemnidades, como muchos de nuestros antepasados, realmente justos y mártires de Dios, desearon ver sobre la tierra, y no vieron; oír, y no oyeron 6.
5 Pero ellos, apresurándose con toda rapidez, alcanzaron bienes mucho mejores, arrebatados hasta los mismos cielos y el paraíso de las divinas delicias 7. Nosotros, en cambio, aun confesando que los bienes presentes son mayores de lo que merecemos, estamos en exceso estupefactos por la gracia y magnificencia de su autor, y lo admiramos con toda la fuerza del alma, como es justo, venerando y atestiguando la verdad de las predicciones de la Escritura, en la que se dice:
6 Venid y ved las obras del Señor, los prodigios que hizo sobre la tierra eliminando guerras hasta los confines de la tierra. Quebrará el arco y romperá el arma, y quemará en el fuego el oblongo escudo 8. Regocijándonos en estas maravillas, claramente realizadas en bien nuestro, continuemos nuestro relato.
7 Había desaparecido, de la manera que hemos dicho, toda la raza de aborrecedores de Dios y repentinamente se había borrado de la vista de los hombres, tanto que una vez más tenía cumplimiento la palabra divina 9 que dice: Vi a un implo enaltecido y encumbrado como los cedros del Líbano. Y volví a pasar, y mirad, ¡ya no estaba! Y busqué su lugar, y no lo hallé 10.
8 Pero ya en adelante, un día esplendoroso y radiante, sin que nube alguna le hiciera sombra, iba iluminando con sus rayos de luz celestial a las iglesias de Cristo por el universo entero, y ni siquiera a los de fuera de nuestra cofradía 11 les impedía envidia alguna participar, si no de iguales bienes, sí al menos de irradiación y comunicación de los que se nos habían otorgado por parte de Dios.
Notas:
2 Cf. R. Laqueur, Eusebius als Historiker seiner Zeit (Berlin 1929) p. 192-209.
3 A Paulino dedicó Eusebio también su Onomasticon. Presbítero de Antioquía (cf. Contra Marcellum 1,4,2), Paulino era obispo de Tiro el año 313 (cf. infra 4,iss) y quizás antes. Más tarde será trasladádo a la sede de Antioquía.
4 Eusebio pone de relieve la perfección de su HE—y en especial su discurso panegírico—, subrayando que ha alcanzado en número de libros el número perfecto: diez.
5 Sal 97,1-2.
6 Cf. Mt 13,17.
7 Cf. 2 Cor 12,2-4; Gén 2,15.
8 Sal 45,9-10.
9 Cf. Lc 22,37.
10 Sal 36,35-36.
11 Eusebio emplea la palabra θίασος, término con que en griego clásico y helenístico se designaba a los grupos o asociaciones que celebraban con bailes, banquetes y cantos la fiesta de un dios, pero especialmente a los grupos dionisíacos; cf. M.-J. Lagrange, Les mystères. L'orphisme (París 1937) p.52ss; L. Christopoulo-Mortosa, Darstellungen des Dionysos in der schwarzfigurigen Malerei (Friburgo 1964) p. 15-28. Es evidente que, para Eusebio, tiene sentido metafórico; se sitúa en un plano distinto del corriente.
1 Así, pues, todos los hombres se vieron libres de la opresión de los tiranos, y una vez alejados de los primeros males, unos de una manera y otros de otra, iban confesando único Dios verdadero al que había combatido en defensa de los hombres piadosos. Pero sobre todo nosotros, los que habíamos puesto nuestras esperanzas en el Cristo de Dios, rebosábamos de un gozo indecible, y para todos florecía una alegría divina en todos los lugares que poco antes se hallaban en ruinas por las impiedades de los tiranos, como si se les viera revivir después de una larga y mortífera devastación. Y los templos surgían de nuevo desde los cimientos hasta una altura imprevista, y recibían una belleza superior en mucho a la de los que anteriormente fueran destruidos.
2 Pero aún hay más: los supremos emperadores 12, con sus continuas legislaciones en favor de los cristianos 13, venían a confirmar, ampliándolas y agrandándolas, las mercedes de la munificencia de Dios. También para los obispos menudeaban cartas personales del emperador, honores y donaciones en dinero. No estará fuera de lugar insertar a su debido tiempo en el presente libro, como en una estela sagrada, sus textos traducidos del latín al griego, con el fin de que se conserven en el recuerdo de toda nuestra posteridad 14.
Notas:
12 Constantino y Licinio; como no escribe sus nombres, en su última revisión dejó Eusebio sin suprimir la referencia a Licinio.
13 Entre ellas las que reproducirá infra 5-7, pero solamente una, el llamado «Edicto de Milán», lleva el nombre de Licinio.
14 Formarán los capítulos 5-7 de este libro; cf. G. Gottlieb, Les évéques et les empereurs dans les affaires ecclésiastiques du IVe siècle: Museum Helveticum 33 (1976) 38-50.
1 Además de esto, se ofrecía el espectáculo tan deseado y anhelado por todos nosotros: fiestas de dedicación en cada ciudad, consagraciones de los oratorios recién construidos, concentraciones de obispos para lo mismo, afluencia de gentes de lejanas tierras, disposiciones amistosas de los pueblos entre sí y unión de los miembros del Cuerpo de Cristo 15 en convergencia hacia una única trabazón 16.
2 Es decir, conforme a la predicción profética que misteriosamente indicaba de antemano el porvenir, se iban juntando hueso con hueso, juntura con juntura, y salía adelante, sin engaño, todo lo que la palabra oracular anunciaba mediante enigmas 17.
3 A través de todos los miembros discurría un único poder del Espíritu divino, y una sola era el alma de todos 18, y una misma la pasión por la fe. Y uno era el himno de proclamación de Dios que brotaba de todos. Sí, también había ceremonias perfectas de los dirigentes, funciones litúrgicas de los sacerdotes y ritos de la Iglesia dignos de Dios: aquí con salmodias y demás recitaciones de los textos que se nos han transmitido de parte de Dios, y allá realizando servicios divinos y místicos. Y además estaban los símbolos inefables de la pasión salvadora.
4 A la vez, gentes de toda edad, varones y hembras 19, con toda la fuerza de su pensamiento y con la mente y el alma gozosas, honraban a Dios, autor de todos los bienes, mediante oraciones y acción de gracias.
Y todos los dirigentes presentes pronunciaban discursos panegíricos, cada uno según sus facultades, entusiasmando a la asamblea.
Notas:
15 Cf. Rom I2,s; 1 Cor 12,12.
16 Habla en general, pero basando su descripción en el acontecimiento por él vivido, en el que tuvo lugar la pronunciación del discurso panegírico que ocupa, como veremos infra 4, la mayor parte de este libro.
17 Cf. Ez 37,7-10.
18 Cf. Act 4,32.
19 Cf. Sal 148,12.
1 Y salió al medio un hombre, uno de los moderadamente dotados, que tenía compuesto un discurso 20. En una iglesia abarrotada, y hallándose presentes numerosos pastores que escuchaban en silencio y orden, pronunció el siguiente discurso, dirigiéndose personalmente a un solo obispo 21, amigo de Dios y el mejor de todos, por cuya solicitud y celo se había erigido en Tiro el templo más notable de Fenicia y alrededores.
2 «Amigos de Dios y sacerdotes revestidos con la santa túnica talar, con la celestial corona de la gloria, con el crisma divino y con la vestidura sacerdotal del Espíritu Santo. Y tú, joven orgullo del santo templo de Dios, que, aunque honrado por Dios con una sabiduría de anciano, has demostrado, sin embargo, obras y acciones magníficas propias de una virtud joven y en pleno vigor; tú, a quien Dios mismo, que abarca todo el mundo, ha otorgado como privilegio especial el edificar su casa sobre la tierra y restaurarla para Cristo, su Verbo unigénito y primogénito, y para su santa y divina esposa.
3 »Uno querría llamarte nuevo Beseleel, arquitecto de un tabernáculo divino 22; o bien Salomón, rey de una Jerusalén nueva y mucho mejor 23, o bien, incluso, nuevo Zorobabel que circunda el templo de Dios con una gloria mucho mejor que la primera 24.
4 »Pero también vosotros, vástagos del sagrado rebaño de Cristo, hogar de buenas doctrinas, escuela de templanza y auditorio de piedad, venerable y amado de Dios.
5 »Antes, cuando los extraordinarios milagros y los admirables beneficios del Señor en favor de los hombres los conocíamos de oídas, escuchando las lecturas sagradas, así educados, nos era posible dirigir himnos y cánticos al Señor y decir: ¡Oh Dios, con nuestros oídos lo hemos oído! Nuestros padres nos anunciaron la obra que tú realizaste en sus días, en los días antiguos 25.
6 »Pero ahora que ya no conocemos de oídas ni por rumor de palabras el alto brazo 26 y la diestra celestial de nuestro Dios, todo bondad y universal, sino que, por así decirlo, en las obras y con nuestros propios ojos hemos comprobado que son fieles y verdaderas las maravillas antiguamente confiadas a la memoria, podemos entonar un segundo himno de victoria y alzar claramente nuestras voces diciendo: Como lo habíamos oído, así lo hemos visto en la ciudad del Señor de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios 27.
7 »Pero ¿en qué ciudad sino en ésta, recién fundada y edificada por Dios? Esta, que es Iglesia del Dios vivo, pilar y sólido cimiento de la verdad 28, acerca de la cual otro oráculo divino anunciaba ya esta buena nueva: Gloriosas cosas se han dicho de ti, ciudad de Dios 29. Puesto que es en ella donde Dios santísimo nos ha congregado por la gracia de su Unigénito, cada uno de los invitados entone himnos, y aun a gritos diga: Me alegré cuando se me dijo: iremos a la casa del Señor 30. Y también: Señor, yo amé el noble aspecto de tu casa y el lugar en que acampa tu gloria 31.
8 »Y no solamente uno por uno, sino incluso todos a la vez: con un solo espíritu y una sola alma, honrémosle bendiciéndole así, ¡Grande es el Señor y dignísimo de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo! 32 Porque, efectivamente, grande es, a decir verdad, grande su casa, alta y espaciosa 33, y lozana y hermosa más que los hijos de los hombres 34. Grande es el Señor, el único que hace maravillas 35; grande el que hace obras grandes e insondables, gloriosas, descomunales, innumerables 36; grande el que cambia las ocasiones y los tiempos, el que depone a los reyes y los establece 37, Él que levanta de la tierra al pobre y alza del estiércol al indigente 38; derribó a poderosos de sus tronos y alzó de la tierra a los humildes; llenó de bienes a los hambrientos 39, y quebró los brazos de los soberbios 40,
9 »confirmado así, como digno de fe, el recuerdo de los antiguos relatos, y no sólo para los fieles, sino también para los infieles, ¡él, el taumaturgo, ejecutor de grandes obras, dueño del universo, hacedor de todo el mundo, todopoderoso, bondad suprema, único y solo Dios! Cantémosle el cántico nuevo41, respondiendo interiormente al que es único en hacer portentos, porque su misericordia es eterna; al que hirió a grandes reyes y mató a reyes poderosos, porque su misericordia es eterna, porque en nuestra humillación se acordó de nosotros y nos rescató de nuestros enemigos 42.
10 »¡Ojalá nunca cesáramos de aclamar en estos términos al Padre del universo! Y en cuanto al que es causa segunda de nuestros bienes, el introductor del conocimiento de Dios, el maestro de la verdadera piedad, el destructor de los impíos y restaurador de la vida, Jesús, salvador de los que estábamos desesperados, ¡tomemos su nombre en nuestras bocas y honrémosle!
11 »Porque sólo Él, como Hijo que es absolutamente único y santísimo de un Padre santísimo, por voluntad del amor paterno a los hombres, revistió gustosísimamente nuestra naturaleza de hombres, que yacíamos en profunda corrupción, y cual médico excelentísimo, por causa de la salvación de los enfermos, «ve cosas terribles y toca llagas repugnantes, y en calamidades ajenas cosecha sufrimientos propios» 43, pues no sólo nos salvó estando enfermos o agobiados con terribles llagas y heridas ya putrefactas, sino que incluso a los que yacíamos entre los muertos Él mismo nos arrancó para sí de los mismos abismos de la muerte, porque ningún otro de los que están en el cielo posee tanta fuerza como para ponerse al servicio de la salvación de tantos sin menoscabo propio.
12 »Así, pues, sólo Él tocó nuestra propia y gravísima corrupción, sólo Él soportó nuestros trabajos, sólo Él cargó sobre sí las penas de nuestras iniquidades44. Y no nos levantó cuando estábamos medio muertos, sino ya completamente corrompidos y hediondos en tumbas y sepulcros. Lo mismo antes que ahora, con su amorosa solicitud por los hombres, contra la esperanza de todo el mundo y, por lo tanto, de la nuestra, nos sigue salvando y haciendo partícipes de la abundancia de bienes del Padre, Él, el vivificador, el que trajo la luz, nuestro gran médico, rey y Señor, el Cristo de Dios.
13 »Sin embargo, entonces, viendo a todo el género humano hundido en noche oscura y en profunda tiniebla, por extraviarlo los funestos demonios y por la acción de los espíritus aborrecedores de Dios, apareció una vez por todas y desató las múltiples y firmes ligaduras de nuestras iniquidades como se derrite la cera con los rayos de su luz 45.
14 »Pero ahora, ante tamaña gracia y beneficio tan grande, estalló, por así decirlo, la envidia del demonio, odiador del bien y amigo del mal, que movilizó contra nosotros todas sus huestes mortíferas. Primero, cual perro rabioso que rompe sus dientes contra las piedras que se le arrojan y descarga su furia, dirigida a los que le rechazan, contra unos proyectiles sin alma, enfiló su locura salvaje contra las piedras de los oratorios y contra los materiales inanimados de las casas, para hacer de las iglesias—así al menos lo creía para sí—un desierto; luego, dejó escapar sus terribles silbidos y gritos de serpiente, ya con amenazas de impíos tiranos, ya con edictos blasfemos de inicuos gobernantes, y, finalmente, vomitó la muerte, que es suya, y envenenó con deletéreas y mortales ponzoñas a las almas por él atrapadas, y estuvo a punto de hacerlas morir con sacrificios mortíferos a ídolos muertos y azuzó contra nosotros a toda fiera de forma humana y a bestias salvajes de toda especie.
15 »Pero otra vez el ángel del gran consejo46, el gran generalísimo del ejército de Dios 47, después del suficiente entrenamiento que habían demostrado los más grandes soldados de su reino con su paciencia y su constancia en todos los tormentos, de nuevo apareció así, de repente, y a adversarios y enemigos los barrió y redujo a nada, hasta el punto de parecer que jamás tuvieron nombre, y, en cambio, a sus amigos y familiares los hizo avanzar más allá de la gloria delante de todo, no sólo de los hombres, sino incluso de los ejércitos celestes, del sol, de la luna y de las estrellas, del cielo entero y del mundo.
16 »De tal manera que ya—cosa que nunca había acontecido— los más altos emperadores48, conscientes del honor que de Él habían obtenido, escupían al rostro de los ídolos muertos, pisoteaban las criminales ceremonias de los demonios y se burlaban del antiguo engaño transmitido por sus mayores 49; y, en cambio, reconocían que hay un solo Dios, único y el mismo, bienhechor común de todos y de ellos mismos, y confesaban a Cristo como Hijo de Dios, rey supremo de todo; en estelas le proclamaban salvador y, para recuerdo imborrable, hicieron además grabar con caracteres imperiales en medio de la ciudad que impera sobre las otras 50 en la tierra sus felices empresas y sus victorias contra los impíos, de manera que Jesucristo, nuestro salvador, es el único de los que existieron desde los siglos al que los mismos supremos jerarcas de la tierra reconocieron, no ya como un rey corriente salido de entre los hombres, sino como verdadero Hijo del Dios del universo, como a Dios lo adoran 51.
17 »¡Y con razón! Porque ¿qué rey alcanzó alguna vez tal grado de virtud que con su nombre llenase el oído y la lengua de todos los hombres sobre la tierra? ¿Qué rey estableció leyes tan piadosas y tan prudentes y tuvo luego fuerza bastante para hacerlas llegar a oídos de todos los hombres, desde el confín del mundo hasta el límite de la tierra habitada?
18 »¿Quién abrogó las bárbaras y salvajes costumbres de gentes salvajes con sus leyes suaves y de amorosa humanidad? ¿Y quién, habiendo sido combatido por todos durante siglos enteros, demostró un vigor sobrehumano, tanto que cada día florecía y rejuvenecía a través de toda su vida? 52
19 »¿Y quién fundó un pueblo 53 del que nunca en los siglos se oyó hablar, y no lo ocultó en cualquier rincón de la tierra, sino que lo estableció por todo lugar bajo el sol? ¿Quién protegió a sus soldados con armas de piedad, de tal manera que sus almas en los combates contra los adversarios aparecían más fuertes que el diamante ? 54
20 »¿Y qué rey es tan poderoso y dirige una campaña después de muerto, levanta trofeos victoriosos contra los enemigos, y llena todo lugar, región y ciudad, griega o bárbara, con dedicaciones de sus regias moradas y de templos divinos, como esos bellísimos ornamentos y ofrendas que vemos en este templo? Porque también estos mismos objetos son realmente venerables y grandes, dignos de admiración y estupor, como pruebas claras que son de la realeza de nuestro Salvador. Porque también ahora habló Él, y las cosas se hicieron; lo mandó Él, y fueron creadas 55 (y es que ¿quién iba a resistir a la autoridad del rey y jefe universal, del Verbo mismo de Dios?). Esto, para una consideración y una interpretación exactas, necesitaría espacio y discursos propios.
21 »En realidad, la cantidad y la calidad del celo de los que han trabajado no las juzga tan importantes aquel que llamamos Dios y que está contemplando el templo vivo que sois vosotros y vela por la casa de piedras vivas 56 y bien montadas, y asentada con toda seguridad sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, cuya piedra angular es Jesucristo 57, a quien rechazaron, no solamente los constructores 58 de aquella antigua edificación que ya no existe, sino también los de la edificación de muchos hombres subsistente hasta hoy, por ser malos arquitectos de malas obras. Pero el Padre la probó, y lo mismo entonces que ahora la ha establecido como cabeza de ángulo de esta nuestra común Iglesia.
22 »En consecuencia, si uno lo considera, ¿quién podría atreverse a describir este templo vivo del Dios vivo 59, cuyo material de construcción sois vosotros mismos? Me refiero al santuario más grande y digno de Dios en toda la verdad de la palabra, cuyo interior más profundo es inaccesible e invisible para el vulgo, porque realmente es santo, y santo de los santos. ¿Y quién será capaz incluso de abajarse para mirar dentro del recinto sagrado, si no es únicamente el gran pontífice de todos 60, el único a quien está permitido escudriñar los misterios de toda alma racional?
23 »Pero quizás también le sea posible a otro ser el segundo, después de Él, a uno solo, único entre los iguales: el que ha sido establecido jefe del ejército aquí presente, a quien el primero y gran pontífice en persona, después de honrarle con el segundo lugar de los ministerios sagrados de aquí, lo ha instituido pastor de vuestro divino rebaño, y a quien ha tocado en suerte vuestro pueblo por elección y por juicio del Padre, que así le constituía servidor e intérprete suyo, nuevo Aarón o nuevo Melquisedec hecho semejante al Hijo de Dios, que permanece y que Dios conserva continuamente por las comunes oraciones de todos nosotros61.
24 »A éste, pues, y a él sólo después del primero y sumo pontífice, le está permitido, si no en el primer puesto, sí al menos en el segundo, mirar e inspeccionar los más recónditos aspectos de vuestras almas 62. Por su experiencia de largos años, os tiene a cada uno conocidos con exactitud; y por su diligencia y cuidado os tiene a todos bien dispuestos en el orden y en la doctrina de la piedad, y más que todos los demás es capaz de explicar con razones que rivalizan con las obras todo lo que él mismo ha llevado a cabo con ayuda del poder divino.
25 »Pues bien, nuestro primero y sumo pontífice dice: todo lo que ve al Padre hacer, el Hijo lo hace también 63. Y lo mismo éste 64, como si con los puros ojos de su mente contemplara al primer maestro, cuantas cosas le ve hacer las realiza, y valiéndose de ellas como ejemplos y arquetipos 65, intenta modelar sus imágenes con el mayor parecido que le es posible, no cediendo en nada a aquel Beseleel a quien Dios mismo había llenado con el espíritu de sabiduría, de inteligencia y de otros conocimientos técnicos y científicos, llamándole para ser artífice de la construcción del templo de los tipos celestiales a base de símbolos 66.
26 »De igual manera, pues, este hombre, llevando impreso en su propia alma a Cristo entero, el Verbo, la Sabiduría y la Luz, no es posible decir con qué grandeza de sentimientos, con qué mano liberal e insaciable de previsión y con qué emulación de todos vosotros—que os enorgullecíais a porfía con la magnanimidad de vuestras aportaciones, no quedando de ninguna manera detrás de él en su mismo propósito—construyó este magnífico templo del Altísimo, semejante por su naturaleza al modelo mejor, como puede lo visible serlo de lo invisible 61. Y este lugar—que también merece ser mencionado el primero de todos—, aunque por mala traza de los enemigos se hallaba sepultado bajo montones de toda clase de inmundicias, él no lo desdeñó ni cedió a la malicia de los culpables, a pesar de serle posible ir a otro lugar—en la ciudad abundaban por miles—donde hallar facilidad para el trabajo y estar alejados de problemas 68.
27 »Él mismo fue el primero que se animó a la tarea. Luego, infundiendo fuerza con su entusiasmo a todo el pueblo y formando con todos como una grande y única mano, libró este primer combate. Él pensaba que precisamente esta iglesia que había sido destruida por los enemigos, que había penado la primera y había sufrido las mismas persecuciones que nosotros e incluso antes que nosotros, que como una madre había sido privada de sus hijos, esta iglesia sobre todo tenía que participar también en el gozo del magnífico regalo de Dios santísimo.
28 »Efectivamente, el gran pastor 69, después de espantar a las fieras, a los lobos y a toda calaña de bestias crueles y montaraces, y luego de quebrar los dientes de los leones, como dicen las divinas Escrituras 70, de nuevo juzgó conveniente juntar otra vez en el mismo lugar a sus hijos, y con perfectísimo derecho levantó el aprisco de su rebaño para avergonzar al enemigo y al rebelde 71, y para ofrecer una refutación de las audacias de los impíos en su lucha contra Dios.
29 »Y ahora, aquellos hombres odiadores de Dios ya no existen, porque tampoco existían72. Después de haber causado y de haber sufrido a su vez perturbaciones por breve tiempo, y luego de soportar un castigo irreprochable en justicia, ellos mismos se arruinaron por completo y arruinaron a sus amigos y a sus familias, tanto que las predicciones grabadas otro tiempo en estelas se reconocían ahora como verdaderas ante los hechos. Por medio de éstos, la palabra divina afirma como verdaderas las otras cosas, pero también lo que declara acerca de aquéllos:
30 »Una espada desenvainaron los pecadores; tensaron su arco para abatir al pobre y al indigente, para degollar al de recto corazón. ¡Ojalá su espada penetre en sus propios corazones y sus arcos se quiebren! 73; y de nuevo: Su recuerdo se perdió con el eco, y sus nombres están borrados para siempre y por los siglos de los siglos 74, porque realmente, hallándose entre males gritaron, pero no había quien los salvara; gritaron al Señor, y no los escuchó75. Sin embargo, a ellos les trabaron los pies y cayeron. Nosotros, en cambio, nos levantamos y nos enderezamos 76. Y ante los ojos de todos aparece verdadero lo que se predecía con estas palabras: Señor, en tu ciudad reducirás a nada su imagen 77.
31 »Ellos, que suscitaron una lucha contra Dios parecida a la de los gigantes, han logrado un final catastrófico semejante. En cambio, el final de aquélla 78, desierta y rechazada por los hombres, ha sido tal cual se ha visto, el de la paciencia de Dios, según proclama la profecía de Isaías, que dice así:
32 »¡Exulta, desierto sediento! ¡Que se alegre el desierto y florezca como lirio! Y la tierra árida florecerá y exultará. ¡Fortaleceos, manos lánguidas y rodillas desfallecidas! ¡Consolaos, pusilánimes de corazón, fortaleceos, no temáis! Ved que nuestro Dios responde con un juicio y juzgará. Él mismo vendrá y os salvará, porque—dice—brotó agua en el desierto, y un torrente en tierra sedienta, y la que estaba sin agua se convertirá en laguna, y en la tierra sedienta habrá un manantial de agua19.
33 »Y estas cosas, predichas antiguamente de palabra, están referidas en los libros sagrados. Pero su realidad no se nos ha transmitido ya de oídas, sino con los hechos. Esta, la desierta, la sin agua, la viuda, la indefensa, aquella cuyas puertas habían derribado a hachazos como bosque de leña, la que de consuno había destruido con hachas y almádenas y en la que, después de haber incluso estropeado sus libros 80, prendieron fuego al santuario de Dios, profanaron en tierra el tabernáculo de su nombre 81; ésta, a la que todos vendimiaban cuando pasaban por el camino después que derribaron su albarrada, la que el jabalí devastara desde el bosque y destrozara la fiera solitaria 82 ahora, por el poder milagroso de Cristo y cuando Él mismo lo ha querido, ha venido a ser como un lirio 83, puesto que también entonces era castigada por voluntad de Él, como lo hiciera un padre cuidadoso, porque el Señor reprende a quien ama y azota al que recibe por hijo 84.
34 »Así, pues, una vez corregida en la debida medida 85, otra vez se le ordena desde arriba alegrarse, y florecerá como lirio y exhalará hacia todos los hombres el buen olor divino, porque, dice, brotó agua en el desierto 86, la corriente de la divina regeneración del baño salvador87. Y ahora, la que hace muy poco era desierto se ha convertido en laguna, y en la tierra sedienta borbotó un manantial de agua88 viva, y las manos, antes lánguidas, se han fortalecido realmente. Y prueba grande y manifiesta de la fuerza de esas manos son estas obras. Pero incluso las rodillas, en otro tiempo estropeadas y desfallecidas, recobrando su habitual fuerza para andar, marchan bien rectas por el camino del conocimiento de Dios y apresuran su paso hacia el familiar rebaño del Pastor santísimo 89.
35 »Y aunque algunos tuvieran sus almas embotadas por las amenazas de los tiranos 90, tampoco los deja sin curación el Verbo salvador. Bien al contrario, también a éstos los cura y los exhorta al consuelo de Dios, diciendo:
36 »¡Consolaos, pusilánimes de corazón; fortaleceos, no temáis! 91 La palabra que predecía que habría de gozar de todos estos bienes la que se había convertido en desierto por causa de Dios, la oyó este nuestro nuevo y buen Zorobabel con el finísimo oído de su mente, después de aquella amarga cautividad y de la abominación de la desolación 92. No desdeñó las ruinas muertas. En primerísimo lugar, con súplicas y oraciones, y con el unánime sentir de todos vosotros, aplacó ai Padre, y tomando como aliado y colaborador al único que puede reanimar a los muertos 93, levantó a la caída —después de purificarla y curarla previamente de sus males—y la envolvió con una vestidura, no con la antigua de los tiempos remotos, sino con aquella sobre la que de nuevo le instruían los divinos oráculos cuando claramente dicen: Y la gloria postrera de esta casa estará por encima de la primera 94.
37 »Y así, todo el terreno que marcó era mucho mayor 95. Por fuera fortificó el recinto con un muro todo alrededor, de manera que fuese una defensa segurísima de toda la obra.
38 »Abrió un vestíbulo amplio y de gran altura, que daba a los mismos rayos del sol naciente 96, y con ello proporcionó a los que están lejos, fuera de los muros sagrados, el poder contemplar sin restricción lo que hay dentro, casi haciendo girar las miradas de los extraños a la fe hacia sus primeras entradas, de manera que nadie pudiera pasar de largo sin que antes el dolor le penetrase el alma por el recuerdo de la prístina desolación y por la admiración de la extraordinaria obra de ahora. Quizás esperaba que alguno, afectado por ello, se dejara arrastrar, y por su mirada misma se dirigiera hacia la entrada.
39 »Mas al que pasó dentro de las puertas no le permitió de inmediato hollar con pies impuros y sucios los lugares santos del interior, sino que, separando lo más posible el intervalo entre el templo y las primeras entradas, lo adornó todo alrededor con cuatro pórticos oblicuos, cercando así el lugar en forma más o menos cuadrangular, con columnas que se alzan de todas partes y cuyos intermedios se cierran todo alrededor con barreras de enrejado de madera, a una altura conveniente. El centro del atrio lo dejaba libre para que se viese el cielo, ofreciendo así un aire puro y abierto a los rayos del sol.
40 »Y allí colocó los símbolos de las purificaciones sagradas: frente a la fachada del templo hizo construir fuentes que, con el abundante fluir de su corriente, facilitan la purificación a los que avanzan dentro de los recintos sagrados. Y éste es el primer lugar de los que entran, lugar que proporciona a todos ornato y belleza, y a los que todavía necesitan las primeras iniciaciones, una estancia adecuada.
41 »Pero es que, sobrepasando incluso el espectáculo de todo lo dicho, hizo las entradas del templo todavía mucho más abiertas, con numerosos vestíbulos interiores. En un solo costado—de nuevo el que cae bajo los rayos del sol—colocó tres puertas, y de ellas quiso que la del medio fuera, con mucho, superior a las otras dos en altura y en anchura, y la adornó, ante todo, con planchas de bronce, sujetas con hierros, y con variados dibujos en relieve, y sometió a ella, cual a una reina, las otras dos en calidad de escolta 97.
42 »De igual manera dispuso también para los pórticos de uno y otro lado del templo el número de los vestíbulos; ideó además, para tener más luz desde arriba, diferentes aberturas sobre el edificio y las adornó rodeándolas con multicolores y finos trabajos en madera. En cuanto al edificio basilical 98, lo consolidaba ya con materiales más ricos y abundantes, sin escatimar gastos.
43 »Aquí me parece superfluo andar yo describiendo con palabras la longitud y la anchura del edificio, esta espléndida hermosura y su grandeza, superiores a toda palabra, el aspecto brillante de las obras, así como su altura, que llega al cielo, y los preciosos cedros del Líbano colocados encima de todo, de los cuales ni siquiera el oráculo divino silencia la mención, pues dice: Se alegrarán los árboles del Señor y los cedros del Líbano que él plantó 99
44 »¿Para qué necesito yo ahora andar componiendo una descripción exacta de la sapientísima y arquitectónica disposición, así como de la soberbia belleza de cada una de las partes, cuando el testimonio de la vista hace que sobre la enseñanza que llega a los oídos? Pero es que, después de haber así terminado el templo, lo adornó con tronos muy elevados para honrar a los que presiden, y además con escaños dispuestos en orden para los del común, según corresponde. Y después de todo ello, puso en medio el altar, como santo de los santos, y para que no fuera accesible a la masa, lo cercó también con enrejados de madera cuidadosamente adornados con finos trabajos de arte hasta arriba, ofreciendo así un admirable espectáculo a cuantos lo ven.
45 »Mas ha de saberse que tampoco descuidó el pavimento. También a éste lo hizo brillar con toda clase de adornos en piedra de mármol. Y ya, por último, pasó al exterior del templo y construyó exedras 100 y edificios muy grandes a uno y otro lado, hábilmente acoplados por el costado al edificio basilical, formando un todo y unidos con pasadizos que dan al edificio central. Y todas estas construcciones las llevó a cabo nuestro pacificísimo Salomón 101, el que edificó el templo del Señor, para los que todavía están necesitando la purificación y la ablución que se dan por el agua y el Espíritu Santo 102, de tal modo que ya no es palabra, sino que está hecha realidad la profecía leída más arriba.
46 »Porque también ahora ocurre en verdad que la gloria postrera de esta casa está por encima de la primera 103.
»Efectivamente, después que su Pastor y Señor sufrió la muerte por ella, una vez por todas, y después que en la pasión transformó el cuerpo de inmundicias que por ella había revestido en cuerpo brillante y glorioso 104, y después de librar de corrupción a la carne y llevarla a la incorrupción 105, era necesario y conveniente que también esta Iglesia cosechara de igual modo los frutos de las economías 106 del Salvador. Puesto que realmente recibió de Él una promesa de bienes mucho mejores que éstos 107, está deseando recibir de manera suficiente y por los siglos venideros la gloria mucho mayor de la regeneración en la resurrección de un cuerpo incorruptible en compañía del coro de los ángeles de luz en los palacios de Dios, más allá de los cielos y con el mismo Cristo Jesús, bienhechor y salvador universal.
47 »Sin embargo, mientras tanto, en el tiempo presente, la que anteriormente se hallaba viuda y desierta, después que por la gracia de Dios está rodeada de flores, se ha convertido realmente en un lirio, según dice la profecía 108, y habiendo tomado nuevamente la vestidura nupcial y ciñéndose la corona de la divinidad, por medio de Isaías aprende a danzar, mientras con cantos de alabanza presenta los sacrificios de acción de gracias a su rey y Dios.
48 »Escuchémosla decir: Alégrese mi alma en el Señor, porque me vistió una vestidura de salvación y una túnica de alegría. Me ha ceñido una diadema como a un esposo, y como a una esposa me ha ataviado con galanura. Y como tierra que hace crecer su flor, y como huerto que hará germinar sus semillas, así el Señor hizo germinar la justicia y el regocijo delante de todas las naciones 109. Al son de estas palabras, pues, danza ella.
49 »Mas ¿en qué términos le responde el Verbo celestial, Jesucristo mismo? Escucha al Señor decir: No temas porque te han deshonrado ni te inquietes porque te han ultrajado. Porque olvidarás tu vergüenza perpetua y no te acordarás más del ultraje de viudez. El Señor no te ha llamado como a mujer abandonada y apocada ni como a mujer odiada desde la juventud. Dijo tu Dios: por breve tiempo te abandoné, y en mi gran misericordia tendré misericordia de ti. En un poco de enfado aparté mi rostro de ti, y en una misericordia perpetua tendré misericordia de ti, dijo el Señor que te libró 110.
50 »Despierta, despierta, tú que bebes de la mano del Señor el vaso de su ira. Porque el vaso de la caída, el vaso de mi ira lo bebiste y lo agotaste, y no había quien te consolara de todos tus hijos que engendraste, y no había quien te tomara de la mano. Mira que yo he tomado de tu mano el vaso de la caída, el vaso de mi ira, y no te darás ya más a beberlo, y lo pondré en las manos de los que te maltrataron, de los que te humillaron.
51 »¡Despierta, despierta! Vístete la fuerza, vístete tu gloria. Sacúdete el polvo y levántate. Siéntate. Desata la cadena de tu cuello111. Alza tus ojos en torno, ve a todos tus hijos reunidos. Mira, se juntaron y vinieron a ti. Por mi vida, dice el Señor, que te revestirás de todos ellos como adorno y te los ceñirás como adorno de novia. Porque tus desiertos, y tus ruinas y tus tierras asoladas ahora serán estrechas para los que te habitan, y los que te devoraban serán arrojados lejos de ti.
52 »Porque te dirán al oído tus hijos, los que tenías perdidos: mi sitio es estrecho, hazme sitio para que pueda habitar; y dirás en tu corazón: ¿quién me engendró a éstos? Yo estaba sin hijos y viuda, pero a éstos, ¿quién me los crió? Yo me quedé sola y abandonada, ¿de dónde me vienen éstos? 112
53 »Esto profetizó Isaías, Esto se hallaba consignado desde hacía largo tiempo en los libros sagrados, acerca de nosotros, pero se necesitaba, en cierta manera, que percibiéramos ya alguna vez en las obras la infalibilidad de estas predicciones.
54 »Mas como quiera que el esposo, el Verbo, ha pronunciado estas palabras para su propia esposa, la sagrada y santa Iglesia, era de razón que el padrino, aquí presente 113, ayudado con las oraciones unánimes de todos vosotros y después de ofrecer vuestras propias manos, despertara a ésta, la desierta 114, la que yacía caída, la que no tenía esperanza entre los hombres. Y por la voluntad de Dios, rey universal, y por la manifestación del poder de Jesucristo, logró levantarla 115, y, una vez resucitada, la preparó tal como se le enseñaba en la descripción de los sagrados oráculos.
55 »¡Grandísima maravilla ésta y que excede a toda admiración! Sobre todo para aquellos que fijan su atención solamente en la apariencia de lo exterior. Pero más admirables aún que estas maravillas son los arquetipos y sus prototipos inteligibles, así como sus divinos modelos; quiero decir la renovación del edificio divino y racional en las almas.
56 »Este edificio lo realizó a su propia imagen 116 el mismo Hijo de Dios, y en todo y por todo le dotó de divina semejanza, de naturaleza inmortal y de sustancia incorpórea, racional, libre de toda materia terrena y por sí misma espiritual: después de comenzar por constituirla, una vez por todas, en el ser desde el no ser, hizo de ella para sí mismo y para el Padre una esposa santa y un templo sacratísimo, lo que bien claramente confiesa y manifiesta Él mismo cuando dice: Habitaré en ellos y en medio de ellos pasearé y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo 117; y el alma perfecta y purificada, así creada desde el principio, era tal que llevaba en sí la imagen del Verbo celestial.
57 »Pero cuando, por envidia y celos del demonio, amigo del mal, se convirtió en sensual y amiga del mal por elección libre de ella misma 118, al retirarse de ella poco a poco la divinidad y quedar como privada de protector, resultó fácil presa y vulnerable al ataque de los que desde hacía largo tiempo la malquerían. Abatida por las torres del asedio y los mecanismos de los adversarios invisibles y de los enemigos espirituales, se derrumbó en caída extraordinaria, hasta no quedar de pie en ella piedra sobre piedra 119 de su virtud, antes bien, toda ella yacía en tierra, enteramente muerta y privada por completo de sus naturales pensamientos acerca de Dios.
58 »En realidad, caída ésta, la misma que había sido hecha a imagen de Dios 120, no la devastó ese jabalí que procede del bosque visible para nosotros 121, sino cierto demonio corruptor y salvajes fieras espirituales que, después de inflamarla con las pasiones como con dardos encendidos de su propia maldad 122, prendieron fuego al santuario realmente divino, de Dios, y profanaron en tierra el tabernáculo de su nombre123, para luego, después de enterrar a la desgraciada bajo montones de tierra, privarla de toda esperanza de salvación.
59 »Pero, cuando ya había sufrido el merecido castigo de sus pecados, el que cuida de ella, el Verbo salvador y emisor de luz divina, obedeciendo al amor del Padre, todo santidad para con los hombres, de nuevo volvió a recibirla.
60 »Entonces, habiendo elegido en primer lugar las almas de los supremos emperadores 124, valiéndose de ellos, amantísimos de Dios, limpió enteramente la tierra habitada de todos los individuos impíos y funestos y hasta de los terribles tiranos, odiadores de Dios. Luego sacó a la luz del día a los hombres bien conocidos por Él, que en otro tiempo se habían consagrado con su vida a Él y andaban ocultándose al abrigo de su protección, como en una tempestad de males, y los honró muy dignamente con la magnificencia del Padre. Y luego, también por medio de éstos 125, purificó y limpió a las almas poco antes manchadas y cubiertas de material de toda especie y montones de tierra, que eran las órdenes impías, usando como azadas y bidentes las impresionantes enseñanzas de sus doctrinas 126.
61 »Y cuando hubo acabado la tarea de dejar brillante y radiante el solar de vuestras mentes, las de todos, entonces se lo entregó para en adelante a este guía, sapientísimo y amadísimo de Dios 127. Y él, hombre de gran discernimiento y sensatez en todo lo demás, reconociendo y discerniendo bien la mente de las almas que le habían tocado en suerte, habiéndose puesto a edificar, por así decirlo, desde el primer día, ésta es la hora en que aún no ha cesado, pues sigue ensamblando en todos vosotros, ya el oro brillante, ya la plata acrisolada y pura, ya incluso las piedras preciosas y de gran precio 128, tanto que con sus obras está cumpliendo en vosotros la sagrada y mística profecía en que se dice:
62 »Mira que yo te estoy preparando la piedra de carbúnculo, los cimientos de zafiro, las almenas de jaspe y tus puertas de piedras de cristal y tu cerca de piedras escogidas; y tus hijos serán adoctrinados de Dios, y tu prole tendrá gran paz. Y serás edificada en la justicia 129.
63 »Al edificar, efectivamente, en la justicia, él dividía las fuerzas de todo el pueblo conforme al mérito: a unos les rodeaba solamente de una cerca exterior amurallándolos con una fe sin error (¡numeroso y grande es el pueblo incapaz de soportar una construcción más fuerte!); a otros, confiándoles las entradas de la casa, les mandaba estarse a las puertas y guiar a los que entraban, pues no sin razón se les considera como los vestíbulos del templo; y a otros los apoyaba en las primeras columnas del exterior que rodean al atrio en cuadrilátero, haciéndoles avanzar en los primeros contactos con la letra de los cuatro evangelios. En cambio, a otros los va juntando apretadamente a uno y otro lado alrededor del edificio basilical, puesto que todavía son catecúmenos, en estado de crecimiento y de progreso, aunque no muy separados tampoco ni lejos de la visión de lo más interior, propio de los fieles.
64 »Tomando de entre estos últimos las almas puras que, como el oro, han sido purificadas en el baño divino, también a algunas de ellas las apoyaba en columnas mucho más fuertes que las del exterior, en las doctrinas íntimas y místicas de la Escritura, mientras va iluminando a las otras con aberturas que dan a la luz.
65 »Y el templo entero lo adorna con el único y grandísimo vestíbulo de la glorificación del único y solo Dios, rey universal, y a uno y otro lado del poder soberano del Padre presenta los segundos rayos de luz, Cristo y el Espíritu Santo. En cuanto al resto, a través del edificio entero, va demostrando con abundancia y mucha variedad la claridad y luminosidad de la verdad en cada zona. Y después de seleccionar en todo lugar y de todas partes las piedras vivas, sólidas y bien firmes 130 de las almas, con todas ellas va construyendo la grande y regia casa, radiante y llena de luz, por fuera y por dentro, pues no solamente sus almas y sus mentes, sino también sus cuerpos, se iluminaban con el múltiple y florido adorno de la castidad y de la sobriedad.
66 »Hay además en este santuario tronos e innumerables escaños y asientos: otras tantas almas sobre las que se posan los dones del Espíritu divino, como los que en otro tiempo vieron los sagrados apóstoles y sus acompañantes, a los cuales se manifestaron distribuidas lenguas como de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos 131.
67 »Pero en el principal de todos 132 se asienta igualmente Cristo mismo entero, mientras que en los que vienen después de él, en segundo lugar 133, sólo en participaciones del poder de Cristo y del Espíritu Santo 134, en proporción con el sitio que a cada cual les hace. Las almas de algunos incluso podrían ser escaños de ángeles, de los que han sido entregados a cada uno como pedagogos y custodios.
68 »Y el venerable, grande y único altar, ¿cuál podría ser sino la absoluta pureza y santo de los santos del alma del sacerdote común de todos? De pie, a su derecha, el gran pontífice 135 del universo, Jesús mismo, el unigénito de Dios, con mirada radiante y con las manos vueltas, va tomando de todos el aromático incienso y los sacrificios incruentos e inmateriales presentados por medio de oraciones, y los va enviando al Padre celestial y Dios del universo. Él mismo es el primero en adorar y el único en rendir al Padre la adoración que le corresponde, y luego le suplica también que permanezca perpetuamente favorable y propicio para con todos nosotros.
69 »Tal es el gran templo que el Verbo, el gran hacedor del universo se ha construido por toda la tierra habitada bajo el sol, después de ser Él mismo quien fabricara sobre la tierra esta imagen espiritual de lo que hay más allá de las bóvedas celestes, para que su Padre pudiera ser honrado y adorado a través de toda la creación y de todos los seres vivientes y racionales que hay sobre la tierra.
70 »Mas la región de sobre los cielos, los modelos que hay allí de las cosas de acá, la así llamada Jerusalén de arriba 136, el monte Sión supraceleste y la supraterrena ciudad del Dios vivo 137, en la cual innumerables ángeles en asamblea y una Iglesia de primogénitos registrados en los cielos están celebrando con sus teologías inefables y para nosotros inconcebibles a su creador y supremo Señor del universo, ningún mortal será capaz de cantarlo como es debido, porque realmente ni ojo vio, ni oído oyó, ni a corazón de hombre ha subido lo que realmente Dios preparó a los que le aman 138.
71 »Puesto que hemos sido considerados dignos de tener parte en estos bienes, lo mismo hombres que niños y mujeres, pequeños y grandes, todos a una y con un solo corazón y una sola alma, confesemos y aclamemos sin cesar jamás al autor de tan grandes bienes para nosotros, al que perdona propicio todas nuestras iniquidades, al que sana todas nuestras enfermedades, al que rescata de la corrupción nuestras vidas, al que nos corona con misericordia y compasión, al que sacia de bienes nuestro deseo, porque no obró con nosotros según nuestros pecados ni nos pagó conforme a nuestras iniquidades, ya que cuan lejos está el oriente del occidente, tanto apartó de nosotros nuestras iniquidades. Como un padre se compadece de sus hijos, así el Señor se compadeció de los que le temen 139.
72 »Reavivemos el recuerdo de todos estos bienes no sólo ahora, sino también en todo el tiempo sucesivo. Ahora bien, teniendo siempre ante los ojos, de noche y de día, a todas horas y, por así decirlo, en todo respiro, al autor y director jefe de la presente asamblea festiva y de este espléndido y brillantísimo día, amémosle y venerémosle con toda la fuerza de nuestras almas. Y ahora, pongámonos de pie 140 y supliquémosle con voz fuerte y gran disposición, para que, cobijados hasta el fin bajo su redil141, nos salve y nos otorgue como premio la inquebrantable, inconmovible y eterna paz en Cristo Jesús, Salvador nuestro, por el cual se le glorifique por todos los siglos de los siglos. Amén».
Notas:
20 Todos los comentaristas están de acuerdo en afirmar que se trata de Eusebio mismo, que por estas fechas debía de ser ya obispo de Cesárea, pues es casi evidente que el orador es un obispo. Lo difícil es determinar la fecha. Hay, sin embargo, algunos datos que pueden servirnos. Como señala Schwartz, no pudo ser antes de 313, cuando Licinio venció definitivamente a Maximino; por otra parte, el discurso (cf. § 16 y 60) supone a Constantino y Licinio en las mejores relaciones, cosa que no ocurría de agosto a diciembre de 314, y en el entretiempo era imposible haber edificado un templo de las proporciones descritas, ni tampoco después de 319, cuando Licinio renovó la persecución. Por lo demás, inmediatamente después de la derrota de Licinio, a fines de 314, el orador no igualaría en la alabanza, por retórica que fuera, a los dos emperadores; tuvo que pasar algún tiempo. Por consiguiente, la fecha más adecuada parece ser en torno a 317-318. Si se acepta, en cambio, la cronología que, partiendo de la numismática, propone P. Bruun (The Constantinian coinage of Arélate: Suomen muinaismuistoyhdistyksen Aikakauskirja 52,2 [Helsinki 1953] 15ss), como la guerra entre ambos emperadores no habría estallado hasta el otoño de 316, la dedicación de Tiro podía muy bien haber tenido lugar desde comienzos de 314 a otoño de 316; cf. también, Gh. Habicht, Zur Geschichte des Kaisers Konstantin: Hermes 86 (1958) 360-378.
21 Aunque no lo nombre, se trata de Paulino, cf. supra 1,2.
22 Ex 31,2; 35,30-34.
23 Cf. 3 Re 6-8; 2 Par 3-8.
24 Cf. Esd 3-6; Ag 2,4-10.
25 Sal 43,2.
26 Cf. Sal 135,12.
27 Sal 47,9.
28 1 Tim 3,15.
29 Sal 86,3.
30 Sal 121,1.
31 Sal 25,8.
32 Sal 47,2.
33 Bar 3,24-25.
34 Sal 44,3.
35 Sal 71,18.
36 Job 9,10.
37 Dan 2,21.
38 Sal 112,7.
39 Lc 1,52-53.
40 Job 38,15.
41 Sal 97,1.
42 Sal 135,4.17-18.23-24.
43 Cf. Hipócrates, De flatibus, I; Orígenes, C. Celsum 4,15; In Ier. hom.14,1.
44 Is 53.4-5.
45 Cf. Sal. 57.9.
46 cf. Is 9,6.
47 Cf. Jos 5.14.
48 Los augustos Constantino y Licinio; cf. supra § 1.
49 Lo mismo dice en De laud. Constant, 10, pero no aplicado a los emperadores, sino a «todo el mundo»: πᾶς.
50 No puede ser más que Roma, y probablemente se aluda al arco de Constantino. De todos modos, lo que aquí se dice sólo podría aplicarse a Constantino y sus dominios, aunque Eusebio lo extienda también a Licinio.
51 Es evidente la exageración retórica y la consiguiente inexactitud de este párrafo, en el que viene a proclamar cristianos convencidos a Constantino y a Licinio.
52 Gran parte del contenido de los párrafos 17 y 18 se halla también en el De laud. Const. 16.
53 Cf. supra I 4,2.
54 Cf. De laud. Const. 17.
55 Sal 32,9; 148,5.
56 Cf. 1 Pe 2,5.
57 Cf. 2,20-21.
58 Cf. Sal 117.22; Mt 21,42; Mc 12,10; Lc 20,17; 1 Pe 2,7.
59 Cf. 1 Cor 3,16-17.
60 Cf. Heb 4,14.
61 Cf. Heb 7,2-3. Está hablando del obispo de Tiro, Paulino. Sobre el trasfondo de su comparación con Aarón y Melquisedec, cf. J. Sirinelli, Quelques allusions à Melchisédéc dans l'oeuvre d'Eusèbe de Césarée: Studia Patrística 6: TU 81 (Berlin 1962), especialmente p.243-246.
62 Alusión al «sancta sactorum» del templo judío, donde sólo el sumo pontífice podía entrar.
63 Jn 5,19.
64 Paulino.
65 Cf. Heb 12,2.
66 Cf. Ex 31,2-4; 35,30-31; Heb 8,5.
67 El edificio material es imagen visible de la Iglesia.
68 Compárese con este párrafo y el siguiente el capítulo 26 del libro III de VC.
69 Cf. Heb 13,20.
70 Sal 57,7.
71 Sal 8,3.
72 Cf. Ap 17,8.11.
73 Sal 36,14-15.
74 Sal 9,7.6.
75 Sal 17.42.
76 Sal 19,9.
77 Sal 72,20.
78 Es decir, la Iglesia.
79 Is 35,1-4.6-7. Para Eusebio, el desierto de Isaías es imagen de la Iglesia; cf. también San Gregorio Nacianceno, Orat. IV contra Iul. 1,16.
80 Cf. supra VIII 2,1.
81 Sal 73,5-7.
82 Sal 79,13-14.
83 Is 35,1.
84 Prov 3,11-12; Eclo 30,1-7; Heb 12,6; Ap 3,19.
85 Cf. supra VIII 1,7-9; IX 8,15.
86 Is 35,6; cf. supra § 32.
87 Cf. Tit 3,5.
88 Is 35,7.
89 Cf. Jn 10,16.
90 Cf. supra VIII 2,3; IX 1,9.
91 Is 35,4.
92 Cf. Dan 9,27; Mt 24,15.
93 Cf. Rom 4,17.
94 Ag 2,9.
95 Comienza aquí Eusebio a describir los planos y el proceso de construcción de la iglesia. Es la relación más antigua que poseemos, por lo que no es de extrañar que los arqueólogos la hayan estudiado a fondo y desde todos los puntos de vista. Es la primera y la más detallada, pero no la única. El mismo Eusebio describe en otras obras las siguientes: la iglesia del Santo Sepulcro, de Jerusalén (VC 3,25-26; 33-39; 4,45); las de Nicomedia y Antioquía (VC 3,50; De laud. Const. 9); la de los Santos Apóstoles, de Constantinopla (VC 4,58). No debe olvidarse que Eusebio no es un arquitecto, sino un orador a vueltas con las exigencias y los recursos de la retórica al uso. Cf. L. Voelkl, Die konstantinischen Kirchenbauten nach Eusebius: Rivista di Archeologia Cristiana 30 (1953) 49ss.1875s.
96 Como la entrada de la casa griega, daba al oriente; sin embargo, la alusión a Cristo, verdadero sol de las almas, parece clara: es como una invitación a entrar a la «iluminación», esto es, al bautismo.
97 Está claro el simbolismo trinitario de las tres puertas; cf. infra § 65.
98 La iglesia propiamente dicha.
99 Sal 103,16.
100 Cf. D. Mallardo, L'«exedra» nella basilica cristiana : Rivista di Archeologia cristiana 23 (1946) 191SS.
101 Juego de palabras con el nombre Salomón, que significa «pacífico».
102 Cf. Jn 3,5.
103 Cf. Ag 2,9; cf. supra § 26.
104 Cf. Flp 3,21; Heb 2,9.
105 Cf. 1 Cor 15,42.
106 Cf. supra I,1,2 nota 10.
107 Cf. Heb 11,39-40.
108 Is 35,1; cf. supra § 32.
109 Is 61,10-11.
110 Is 54,4-6.8.
111 Is 51,17-18.22-23; 52,1-2.
112 Is 49,13-21.
113 Se refiere a Paulino, que viene a ser el padrino de las bodas del Verbo con la Iglesia; cf. Mt 9,15.
114 Cf. Is 35,1.
115 Cf. Is 52,1.
116 Cf. Gén 1,26.
117 2 Cor 6,16.
118 El orador va a dedicar una decena de párrafos a comparar la iglesia material con el templo espiritual, utilizando a veces unos simbolismos muy difíciles de explicar satisfactoriamente.
119 Cf. Mt 24,2; Mc 13,2; Lc 21,6.
120 Cf. Gén 1,26.
121 Cf. Sal 79.14.
122 Cf. Ef 6,16.
123 Cf. Sal 73,7.
124 Los dos augustos, Constantino y Licinio.
125 Los obispos que habían permanecido fieles.
126 Alusión a los apóstatas arrepentidos y admitidos a la penitencia.
127 El obispo, Paulino.
128 Cf. 1 Cor 3,12.
129 Is 54,11-14.
130 Cf. 1 Pe 2,5.
131 Act 2,3. Alusión, sin duda, al obispo y a su presbiterio; cf. supra § 44.
132 En el obispo.
133 En los presbíteros.
134 Heb 2,4.
135 Cf. Heb 4,14.
136 Cf. Gál 4.26.
137 Cf. Heb 12,22-23.
138 1 Cor 2,9.
139 Sal 102,3-5.10.12-13.
140 Los asistentes habían escuchado el sermón sentados.
141 Jn 10,16.
1 Bien, pero en lo que sigue, citemos también las traducciones de las disposiciones imperiales 142 de Constantino y de Licinio, trasladadas del latín.
2 «Al considerar, ya desde hace tiempo, que no se ha de negar la libertad de la religión, sino que debe otorgarse a la mente y a la voluntad de cada uno la facultad de ocuparse de los asuntos divinos según la preferencia de cada cual, teníamos mandado 144 a los cristianos que guardasen la fe de su elección y de su religión.
3 »Mas como quiera que en aquel rescripto 145 en que a los mismos se les otorgaba semejante facultad parecía que se añadían claramente muchas y diversas condiciones 146, quizás se dio que algunos de ellos fueron poco después violentamente apartados de dicha observancia.
4 »Cuando yo, Constantino Augusto, y yo, Licinio Augusto, nos reunimos felizmente en Milán y nos pusimos a discutir todo lo que importaba al provecho y utilidad públicas, entre las cosas que nos parecían de utilidad para todos en muchos aspectos, decidimos sobre todo distribuir unas primeras disposiciones en que se aseguraban el respeto y el culto a la divinidad, esto es, para dar, tanto a los cristianos como a todos en general, libre elección en seguir la religión que quisieran, con el fin de que lo mismo a nosotros que a cuantos viven bajo nuestra autoridad nos puedan ser favorables la divinidad y los poderes celestiales que haya.
5. »Por lo tanto, fue por un saludable y rectísimo razonamiento por lo que decidimos tomar esta nuestra resolución: que a nadie se le niegue en absoluto la facultad de seguir y escoger la observancia o la religión de los cristianos, y que a cada uno se le dé facultad de entregar su propia mente a la religión que crea que se adapta a él, a fin de que la divinidad 147 pueda en todas las cosas otorgarnos su habitual solicitud y benevolencia.
6 »Así era natural que diéramos en rescripto lo que era de nuestro agrado: que, suprimidas por completo las condiciones 148 que se contenían en nuestras primeras cartas a tu santidad acerca de los cristianos, también se suprimiera todo lo que parecía ser enteramente siniestro 149 y ajeno a nuestra mansedumbre, y que ahora cada uno de los que sostienen la misma resolución de observar la religión de los cristianos, la observe libre y simplemente, sin traba alguna.
7 »Todo lo cual decidimos manifestarlo de la manera más completa a tu solicitud, para que sepas que nosotros hemos dado a los mismos cristianos libre y absoluta facultad de cultivar su propia religión.
8 »Ya que estás viendo lo que precisamente les hemos dado nosotros sin restricción alguna, tu santidad comprenderá que también a otros, a quienes lo quieran, se les da facultad de proseguir sus propias observancias y religiones—lo que precisamente está claro que conviene a la tranquilidad de nuestros tiempos—, de suerte que cada uno tenga posibilidad de escoger y dar culto a la divinidad que quiera.
»Esto es lo que hemos hecho, con el fin de que no parezca que menoscabamos en lo más mínimo el honor o la religión de nadie 150.
9 »Pero, además, en atención a las personas de los cristianos, hemos decidido también lo siguiente: que los lugares suyos en que tenían por costumbre anteriormente reunirse y acerca de los cuales ya en la carta anterior enviada a tu santidad había otra regla 151, delimitada para el tiempo anterior, si apareciese que alguien los tiene comprados, bien a nuestro tesoro público, bien a cualquier otro, que los restituya a los mismos cristianos, sin reclamar dinero ni compensación alguna, dejando de lado toda negligencia y todo equívoco. Y si algunos, por acaso, los recibieron como don, que esos mismos lugares sean restituidos lo más rápidamente posible a los mismos cristianos.
10 »Mas de tal manera que, tanto los que habían comprado dichos lugares como los que los recibieron de regalo, si pidieren alguna compensación de nuestra benevolencia, puedan acudir al magistrado que juzga en el lugar, para que también se provea a ello por medio de nuestra bondad.
11 »Todo lo cual deberá ser entregado a la corporación de los cristianos, por lo mismo, gracias a tu solicitud, sin la menor dilación 152.
»Y como quiera que los mismos cristianos no solamente tienen aquellos lugares en que acostumbraban a reunirse, sino que se sabe que también poseen otros lugares pertenecientes, no a cada uno de ellos, sino al derecho de su corporación, esto es, de los cristianos, en virtud de la ley que anteriormente he dicho mandarás que todos esos bienes sean restituidos sin la menor protesta a los mismos cristianos, esto es, a su corporación, y a cada una de sus asambleas, guardada, evidentemente, la razón arriba expuesta: que quienes, como tenemos dicho, los restituyan sin recompensa, esperen de nuestra benevolencia su propia indemnización.
12 »En todo ello deberás ofrecer a la dicha corporación de los cristianos la más eficaz diligencia, para que nuestro mandato se cumpla lo más rápidamente posible y para que también en esto, gracias a nuestra bondad, se provea a la común y pública tranquilidad.
13 »Efectivamente, por esta razón, como también queda dicho, la divina solicitud por nosotros, que ya en muchos asuntos hemos experimentado, permanecerá asegurada por todo el tiempo.
14 »Y para que el alcance de esta nuestra legislación benevolente pueda llegar a conocimiento de todos, es preciso que todo lo que nosotros hemos escrito tenga preferencia y por orden tuya se publique 153 por todas partes y se lleve a conocimiento de todos, para que a nadie se le pueda ocultar esta legislación, fruto de nuestra benevolencia».
15 «Salud, estimadísimo Anulino 155. Es costumbre de nuestra benevolencia lo siguiente: que nosotros no solamente queremos que no se cause daño a lo que precisamente pertenece ai derecho ajeno, sino que incluso se restituya, estimadísimo Anulino.
16 »De ahí que queramos que, al recibir esta carta, si, en cada ciudad o incluso en otros lugares, algunos de estos bienes pertenecían a la Iglesia católica de los cristianos y ahora los detentan o bien ciudadanos o bien otras gentes, harás que dichos bienes sean restituidos inmediatamente a las mismas iglesias, puesto que hemos decidido que precisamente aquello que las dichas iglesias poseían antes sea restituido a su derecho.
17 »Por consiguiente, ya que tu santidad está comprobando que la orden de este nuestro mandato es evidentísima, apresúrate a que todo, ya sean huertos, casas ó cualquier otra cosa que pertenezca al derecho de las dichas iglesias, les sea restituido lo más rápidamente posible, de suerte que llegue a noticia nuestra que has aplicado a esta nuestra orden la más escrupulosa obediencia. Que te vaya bien, estimadísimo y muy querido Anulino».
18 «Constantino Augusto a Milcíades 157, obispo de los romanos, y a Marcos 158: Muchos importantes documentos me han sido enviados de parte del ilustrísimo procónsul de África Anulino, en los cuales se refiere que, al obispo de la ciudad de los cartagineses Ceciliano, le acusan de muchas cosas algunos de sus colegas con sede en África 159, y a mí me parece sumamente grave que en estas provincias, que la divina providencia voluntariamente confió a mi solicitud y en las que es muy numerosa la población, se halle una muchedumbre persistiendo en lo peor, como si estuviera dividida, y que entre los mismos obispos existan diferencias.
19 »Por lo cual, hemos decidido que el mismo Ceciliano, con diez obispos de los que parecen acusarlo y otros diez que él mismo pueda creer necesarios para su propia causa, se embarque para Roma y allí, estando vosotros presentes —aunque también vuestros colegas Reticio, Materno y Marino 160, a los cuales mandé por esta causa apresurarse a ir a Roma—, se le podrá escuchar, lo que se ajusta, como sabes, a la ley augustísima.
20 »Sin embargo, para que podáis tener acerca de todos estos asuntos un conocimiento completísimo, adjunto a mi carta las copias de los documentos que me envió Anulino y se los remito también a vuestros colegas anteriormente citados. Cuando los lea, vuestra firmeza probará de qué manera habrá que examinar con el mayor escrúpulo la susodicha causa y darle fin conforme al derecho, puesto que no se le oculta a vuestro cuidado que estoy dispensando a la legítima Iglesia católica un respeto tan grande que por nada del mundo quiero que permitáis cisma o división en lugar alguno. Que la divinidad del gran Dios os guarde por muchos años, estimadísimo».
21 «Constantino Augusto a Cresto, obispo de los siracusanos. Ya en ocasión anterior, cuando algunos, con ánimo vil y perverso, comenzaron a dividirse acerca del culto del santo y celestial poder y de la religión católica, queriendo yo cortar semejantes discusiones entre ellos, dicté unas disposiciones de tal naturaleza que, enviando algunos obispos de la Galia 162 a los de las partes contrarias que luchaban entre sí obstinada y ferozmente, y hallándose también presente el obispo de Roma, aquello que parecía estar en litigio pudiera solucionarse por efecto de su presencia unida a un cuidadoso examen.
22 »Pero lo que ocurre, puesto que algunos, olvidándose de su propia salvación y de la veneración debida a la santísima religión, todavía hoy no cesan de prolongar sus peculiares enemistades y no quieren avenirse a la sentencia ya dictada 163, declarando que, en realidad, solamente algunos pocos aportaron sus propias opiniones y afirmaciones, o incluso que, sin haber sido examinado con exactitud todo lo que debía ser examinado, se apresuraron a emitir el juicio a toda prisa y precipitadamente; de todo ello viene a resultar que los mismos que debieran tener una concordia fraterna y unánime, se han separado unos de otros vergonzosamente, es más, abominablemente, y han dado motivo de mofa a los hombres cuyas almas son ajenas a la santísima religión. De ahí que yo tuviera que tomar providencias para que lo mismo precisamente que debiera haber cesado por libre asentimiento después del juicio ya dictaminado, pueda llegar a un término, al menos ahora, con la presencia de muchos.
23 »Como quiera, pues, que hemos ordenado a numerosísimos obispos de diferentes e incontables lugares que se reúnan en la ciudad de Arles por las calendas de agosto 164, hemos pensado escribirte también a ti para que tomes del gobernador 165 de Sicilia, el ilustrísimo Latroniano, un vehículo público 166 y, juntando a ti al menos otros dos del segundo orden 167 que tú mismo tengas a bien escoger, y después de hacerte además con tres criados que puedan serviros por el camino, te presentes ese mismo día en el lugar arriba indicado.
24 »De esta manera, mediante tu firmeza y la comprensión unánime y concorde de los demás reunidos, al ser escuchado todo lo que se dirá de parte de los que ahora están divididos —a los que igualmente he mandado estar presentes—, aquello mismo que por causa de una vergonzosa disputa entre compañeros se ha mantenido hasta ahora de mala manera, podrá, aunque sea lentamente, ser de nuevo conducido a la religión debida, a la fe y a la concordia fraterna.
»Que el Dios todopoderoso te conserve sano por muchos años».
Notas:
142 La expresión—en plural—puede referirse a todos los documentos recogidos en los capítulos 5-7, sin especificar si proceden de los dos emperadores conjuntamente o de uno solo en particular. Estos documentos se recogen solamente en los Mss ATERM, faltando en el grupo BD y en las versiones SL; pertenecen a una primera edición, de la que serían conclusión, pero que fueron desplazados en otra posterior, al insertar el discurso panegírico, y luego suprimidos o expurgados tras la «damnatio memoriae» de Licinio. Cf. R. Laqueur, Eusebius als Historiker seiner Zeit (Berlin 1929) p.205-209.
143 El documento traducido en los párrafos 2-14 es el que comúnmente se llama «Edicto de Milán», de 313. Lactancio (De mort. pers. 48) ha conservado el texto latino, aunque sin el preámbulo, es decir, desde el párrafo 4, y con algunas diferencias no fáciles de compaginar. Reunidos en Milán, en febrero de 313, Constantino y Licinio, para celebrar la boda de éste con la hermana de aquél, debieron de ponerse de acuerdo para llevar a cabo una política homogénea respecto a los cristianos, ya que en los territorios orientales, sobre todo en los sujetos a Maximino, la situación era muy diferente que en el resto del Imperio, donde ya se había aplicado el edicto de Galerio. El resultado no fue un edicto, sino unas líneas de política común, que Licinio formuló en el documento que se nos ha conservado como «Edicto de Milán», avalado con la autoridad y el consenso de Constantino, y que no es en realidad más que un rescripto basado en el edicto de Galerio, del que aclara algunos conceptos dudosos y al que suprime las condiciones restrictivas para hacerlo más eficaz en favor de los cristianos; cf., no obstante, M. Adriani, La storicitá dell'editto di Milano: Studi Romani 2 (1954) 18-32; M. Agnes, Alcune considerazioni sul cosidetto editto di Milano: Studi Romani 13 1965) 424-432. Constantino, por su parte, ampliará estos favores en otros documentos, algunos recogidos también aquí por Eusebio. Licinio, tras su victoria sobre Maximino, hizo público dicho rescripto en Nicomedia el 13 de junio de 313. Para más precisiones, cf. J. Moreau, Les «Litterae Licinii»: Annales Universitatis Saraviensis 2 (i953) 100-105; M. Anastos, The Edict of Miland (313). A defence of its traditional autorship and designation: Revue des Études byzantines 25 (1967). Mélanges Grumel II 13-41; H. Nesselhauf, Das Toleranzgesetz des Licinius: Historisches Jahrbuch 74 (7955) 44-61.
144 Se refiere al edicto de Galerio; cf. supra VIII 17,3-10. Algunos, siguiendo a H. de Valois, pensaron en un edicto de tolerancia posterior a aquél y promulgado en 312, poco después de la derrota de Majencio; cf. G. Boissier, La fin du paganisme, t.I (París 1909) p.41; pero esta opinión no ha convencido; cf. K. Bihlmeyer, Das angebliche Toleranzedikt Konstantins von 312. Mit Beiträgen zur Mailänder Konstitution (313): Theologische Quartalschrift 96 (1914) 65-100; 198-204; J. Maurice, Note sur le préambule placé par Eusèbe en tête de l Édit de Milan : Bulletin d'ancienne littérature et d'Archéologie chrétiennes 4 (1914) 45-47.
145 Este rescripto es, seguramente, la «carta a los jueces» mencionada en ei edicto de Galerio (supra VIII 17,9), en la que se condicionaba, en sentido restrictivo, las libertades otorgadas por las disposiciones generales del edicto.
146 El griego trae αἱρέσεις. H. de Valois y otros en pos de él, así, por ejemplo, Ch. Saumagne, Du mot αἳρεσις dans l'édit licinien de l'année 313: TZ 10(1954) 376-387, piensan que se trata de «opiniones o sectas», en el sentido de que todas las sectas—cristianas o no—recibirían el mismo trato. Pero Lactancio (De mort. pers. 48,4) escribe condicionibus, condiciones que se especificaban en un escrito anterior (seguramente el rescripto a que alude el preámbulo) y que restringían notablemente la libertad acordada. Parece, pues, aceptable la equivalencia αἱρέσεις = condiciones. Cf. infra § 6; A. Calderone, αἳρεσις condicio mile Litterae Licinii: Helikon i (1961) 283-294.
147 Lactancio (De mort. pers. 48,3), después de «divinitas», añade: «cuius religione liberis mentibus obsequimur»; quizás Eusebio lo suprimió porque se apercibió de que podía dar la impresión de que Licinio estaba en la misma línea de aproximación al cristianismo que Constantino; no obstante, cf. supra 4,16.
148 Frase equivalente a la de Lactancio (o.c., 48,4): «amotis omnibus omnino condicionibus...» (cf. supra § 3 nota 146). Hay que suprimir estas condiciones restrictivas y se han de cumplir las libertades otorgadas por Galerio; cf. supra VIII 17,9.
149 No hay razón decisiva para dar por interpolada esta frase desde «todo lo que...», como quiere Schwartz.
150 El texto de este párrafo 8 no corresponde exactamente al texto de Lactancio, pero ambos coinciden en lo esencial del razonamiento, según el cual, Licinio parte de la tolerancia otorgada a ios cristianos para hacerla general a todos, y no hay por qué pensar en que debiera ser al revés, como opina Schwartz.
151 Esta regla que regía para el tiempo anterior era la instrucción contenida en la carta aludida supra VIII 17,9, de la cual habría tomado también Maximino para su rescripto final las disposiciones redactadas en términos muy parecidos a los de aquí, cf. supra IX 10,11. El mismo significado de la palabra τύπος, propio del griego tardío (cf. P. Ox, VI η.893), lo hemos encontrado ya en el rescripto de Galieno, supra VII 13.
152 Esto puede darnos una idea aproximada del desarrollo de la propiedad eclesiástica a fines del siglo III y comienzos del IV.
153 Normalmente, el gobernador comunicaba al pueblo el contenido de un rescripto imperial mediante un edicto propio.
154 Los documentos que siguen afectan solamente a la Iglesia de Occidente, y por eso no aparece más que el nombre de Constantino. Sobre todo son importantes para la historia del cristianismo africano y los comienzos del donatismo, aunque Eusebio no lo menciona expresamente ni aquí ni en otra parte de su HE.
155 Este primer documento va dirigido al gobernador del África proconsular Anulino, urgiéndole la devolución de los bienes a la Iglesia católica.
156 Esta carta y las siguientes se han conservado en su texto latino; cf. O. Seeck, Quellen und Urkunden über die Afänge des Donatismus: ZKG 10 (1889) 506-568; H. von Soden, Urkunden zur Entstehungsgeschichte des Donatismus (Bonn 1913); P. Langa, Historia del donatismo, en Obras completas de San Agustín, XXXII. Escritos Antidonatistas (I). Introducción general = BAC, 498 (Madrid 1988) p.IX-XLIV y 1-155.
157 Oriundo de África y obispo de Roma desde el 2 de julio de 311 hasta el 11 de enero de 314, Milcíades (otros le llaman Melquíades) había logrado ya de Majencio la restitución de los bienes eclesiásticos confiscados.
158 No se ha logrado identificarlo de manera convincente.
159 Sin duda se refiere al «Libellus Ecclesiae Catholicae criminum Caeciliani» y a las «Praeces ad Constantinum», obra de los partidarios de Mayorino, el obispo rival de Ceciliano; cf. G.-J. Hefele, Histoire des Conciles, t.I, Iª (París 1907) p.270-272.
160 Obispos, respectivamente, de Autún, Tréveris-Colonia y Arlés.
161 Para comprender el alcance de estos documentos en su momento histórico, véase al menos el estudio de conjunto de J. R.-Palanque, L'affaire donatiste: A. Fliche-V. Martin, Histoire de l'Église, t.3 (1936) p.41-52; W. H. Frend, The Donatist Church. A Movement of Protest in Roman North Africa (Oxford 1951, 31985).
162 Cf. supra § 19.
163 En Roma, los días 2-4 de octubre de 313; cf. J. R. Palanque, o.c., p.45-46.
164 El 1 de agosto de 314; cf. J. R. Palanque o.c., p.46-47.
165 Eusebio transcribe la palabra latina corrector, título que, con el de «praeses» y «iudex», «proconsul», «consularis» se designa en este tiempo a los gobernadores civiles de las provincias pequeñas, tras la reforma de Diocleciano; cf. L. Homo, Las instituciones políticas romanas (Barcelona 1928) p.435.
166 Sobre el «cursus publicus», cf. D. Gorce, Les voyages, l'hospitalité et le port des lettres dans le monde chrétien des IVe et Ve siècles (Paris 1925) p.41-57; È. J. Holmberg, Zur Geschichte des Cursus publicus (Upsala 1936); W. H. G., Cursus publicus, en Der Kleine Pauly Lexikon der Antike t.i (Stuttgart 1964) col. 1346-47.
167 Es decir, dos presbíteros; cf. supra 4,44.66.
1 «Constantino Augusto a Ceciliano, obispo de Cartago.
»Puesto que en todas las provincias, particularmente en las Áfricas, las Numidias y las Mauritanias 168, me plugo que se otorgase algo para sus gastos a algunos ministros señalados de la legítima y santísima religión católica, he despachado una carta para el perfectísimo Urso, director general de las finanzas de África, indicándole que se las arregle para abonar a tu firmeza tres mil folies 169.
2 »Tú, por consiguiente, cuando acuses recibo de la indicada cantidad de dinero, manda que este dinero se reparta a todas las personas arriba mencionadas conforme al documento que Osio 170 te ha enviado.
3 »Pero si te enteras de que falta algo para cumplimiento de este mi plan relativo a todos ellos, deberás pedir sin reparo a Heráclides, el procurador de nuestros bienes 171, lo que sepas que es necesario, ya que, hallándose aquí presente, le di órdenes para que se preocupase de pagarte sin la menor vacilación, en el caso de que tu firmeza le pidiese algún dinero.
4 »Y como quiera que tengo informes de que algunos hombres de inconstante pensamiento están queriendo apartar al pueblo de la santísima y católica Iglesia con perverso engaño, sabe que he dado órdenes parecidas al procónsul Anulino 172 y también al vicario de los prefectos, Patricio 173, que se hallaban presentes, para que, entre todo lo demás, dediquen también a esto la debida preocupación y no se permitan el descuidar tal asunto.
5 »Por lo cual, si vieres que algunos hombres así persisten en esta locura, acude sin la menor vacilación a los jueces antedichos y preséntales este asunto para que ellos, como les mandé cuando estaban presentes, los conviertan al buen camino 174.
»Que la divinidad del gran Dios te guarde por muchos años».
Notas:
168 Este uso del plural responde al resultado de la división de la diócesis de África en provincias, llevada a cabo por Diocleciano; esas provincias eran; Africa proconsularis o Zeugitana y Byzacena; Numidia Cirtensis y Numidia Militiana o Limitanea; Mauritania Caesariensis y Mauritania Sitigensis.
169 Follis se llamaba a la bolsa para llevar la calderilla; luego pasó a significar una bolsa grande con una cantidad ya determinada de monedas y precintada; en tiempos de Diocleciano recibió tal nombre una moneda de bronce plateado, que éste introdujo, pero cuyo verdadero valor aún no se ha podido fijar con unanimidad; cf. W. Schwabacher, Follis, en Lexikon der Alten Welt (Zurich-Stuttgart 1965) col.989.
170 Es la primera vez que aparece el nombre de Osio claramente relacionado con Constantino. Nacido muy probablemente en Córdoba hacia el año 256, toma parte ya, como obispo de esa ciudad, en el concilio de Elvira, hacia el año 300. Cuando Constantino escribe esta carta a Ceciliano, Osio forma ya parte de su corte; debieron, por lo tanto, de encontrarse antes de abril de 313. Cf. V. C. de Clercq., Ossius of Cordoba. A Contribution to the History of the Constantinian Period: The Cathol. Univ. of America Studies in Christ. Antiquity 13 (Washington, D. C., 1954) 149-150; A. Lippold, Bischof Ossius von Cordova und Konstantin der Grosse: ZKG 92 (1981) 1-15.
171 Es el «procurator rei privatae».
172 Cf. supra 5,15
173 Patricio es el vicario de la diócesis de África, que, de acuerdo con la reforma administrativa de Diocleciano, depende del prefecto del pretorio de Italia; tf. J. R. Palanque, Essai sur la préfecture du prétoire du Bas-Empire (Paris 1933).
174 Constantino quiere que se meta en vereda a «esos hombres de inconstante pensamiento», pero es ir demasiado lejos pretender que inaugura una persecución contra los donatistas.
1 «Salud, estimadísimo Anulino. Como quiera que, por una serie de hechos, aparece que la religión en que se conserva el supremo respeto al santísimo poder del cielo 176, cuando ha sido despreciada, ha sido causa de grandes peligros para los asuntos públicos, y, en cambio, cuando se la ha admitido y se la ha preservado legalmente, ha proporcionado al nombre romano grandísima fortuna y a todos los asuntos de los hombres una prosperidad singular —pues esto es obra de los beneficios divinos—, he decidido, estimadísimo Anulino, que aquellos varones que con la debida santidad y con la familiaridad de esta ley están prestando sus servicios personalmente al culto de la divina religión reciban la recompensa de sus propios trabajos.
2 »Por esta razón, aquellos que dentro de la provincia a ti encomendada están prestando personalmente sus servicios a esta santa religión en la Iglesia católica, que está presidida por Ceciliano 177, y los que acostumbran a llamar clérigos178, quiero que, sin más y una vez por todas, queden exentos de toda función pública civil, no sea que por algún error o por un extravío sacrílego se vean apartados del culto debido a la divinidad; antes bien, estén aún más entregados al servicio de su propia ley sin estorbo alguno, ya que, si ellos rinden a la divinidad la mayor adoración, parece que acarrearán incontables beneficios a los asuntos públicos 179.
»Que tengas salud, mi estimadísimo y muy querido Anulino».
Notas:
175 Esta carta data de la primavera de 313.
176 Falta el sustantivo; Wendland, por analogía con la expresión de supra 5,21, supone que era δυνάμεως, aunque, como señala Schwartz, bien pudiera ser divinitatis, veritatis o providentiae.
177 El sentido más obvio de esta expresión es que los donatistas quedan excluidos, pero no se impone de manera absoluta.
178 La palabra se utiliza ya como término técnico.
179 Esta inmunidad o exención de cargos públicos—limitada a África—supone una concesión valiosísima, dados los tremendos inconvenientes que llevaban consigo; cf. C. Dupont, Les privilèges des clercs sous Constantin: RHE 62 (1967) 729-752.
1 Tales dones, pues 180, nos concedía la divina y celestial gracia de la manifestación de nuestro Salvador, y tan abundantes eran los bienes que por medio de nuestra paz se otorgaba a todos los hombres. Y de esta manera lo nuestro se celebraba entre regocijos y grandes reuniones festivas.
2 Pero ni la envidia enemiga del bien 181, ni el demonio, amador del mal, podían soportar la contemplación de lo que veían; como tampoco a Licinio le resultó suficiente para un cálculo prudente lo sucedido a los tiranos anteriormente mencionados 182. El que había sido considerado digno de un gobierno bien próspero, digno del honor del segundo puesto después del gran emperador Constantino y digno de afinidad y parentesco del más alto grado, se iba alejando de la imitación de los buenos y, en cambio, emulaba la perversidad y malicia de los impíos tiranos. Y aunque vio además con sus propios ojos el final catastrófico de éstos, prefirió seguirles en su sentir a permanecer en la amistad y buena disposición de su superior.
3 Presa de la envidia hacia el bienhechor universal, provoca contra él una guerra execrable y terribilísima, sin respeto por las leyes de la naturaleza y sin traer a las mientes el recuerdo de los juramentos, de la sangre y de los pactos.
4 Efectivamente, ¡qué señales de verdadera benevolencia no le había otorgado el buenísimo del emperador! No le escatimó su parentesco ni le negó espléndidas nupcias con su hermana 183, antes bien, incluso le consideró digno de compartir su nobleza, que le venía de sus padres, y su sangre imperial ancestral, y también le había proporcionado el poder disfrutar del gobierno supremo como cuñado y coemperador, puesto que le había hecho gracia de una parte no menor de pueblos sujetos a Roma, para que los gobernase y administrase 184.
5 Pero él, al revés, obraba contrariamente a esto y cada día imaginaba intrigas contra su superior e imaginaba todo género de conspiraciones, como si respondiera con males a su bienhechor. Así es que, en primer lugar, trataba de ocultar sus preparativos fingiendo ser amigo, y aplicándose a la astucia y al engaño, esperaba alcanzar con toda facilidad el resultado apetecido.
6 Pero es de saber que aquél185 tenía a Dios por amigo, protector y guardián, quien, sacando a la luz las conspiraciones urdidas contra él en secreto y en la sombra 186, las iba desbaratando. ¡Tan grande fuerza y virtud tiene el arma de la piedad para rechazar a los enemigos y preservar la propia salvación! Guarnecido con ella nuestro emperador, amadísimo de Dios, iba esquivando las conspiraciones del infame astuto.
7 Este, por su parte, cuando vio que su oculto preparativo en modo alguno marchaba conforme a sus designios, ya que Dios iba manifestando a su amado emperador todo engaño y toda maldad, y no pudiendo ya disimular por más tiempo, declaró abiertamente la guerra.
8 Decidido, efectivamente, a hacer la guerra en contra de Constantino, ya se apresuraba a formar sus tropas también contra el Dios del universo, a quien sabía que aquél honraba, y en seguida se puso a atacar—moderada y silenciosamente al principio—a sus propios súbditos adoradores de Dios, que jamás habían causado la más mínima molestia a su gobierno. Y obraba así porque su innata maldad le forzaba a una terrible ceguera.
9 Es el caso que no tenía ante sus ojos el recuerdo de los que habían perseguido a los cristianos antes que él, ni siquiera el de aquellos de quienes él mismo había sido instrumento de ruina y de castigo por las impiedades en que habían tomado parte. Por el contrario, volviendo la espalda a un prudente razonamiento, es más, en términos exactos, trastornado por la locura, tenía decidido hacer la guerra al mismo Dios, como protector de Constantino, en vez de al protegido.
10 En primer lugar, expulsó de su propia casa a todos los que eran cristianos, con lo cual el desgraciado se privó a sí mismo de la oración de éstos por él, oración que acostumbran a hacer por todos, según enseñanza ancestral187; pero luego fue dando órdenes de que en cada ciudad se separase y se degradase a los soldados que no escogieran el sacrificar a los demonios 188.
Y aun esto era poca cosa si lo juzgamos comparándolo con las medidas mayores.
11 ¿Qué necesidad hay de recordar una por una y sucesivamente las cosas que este enemigo de Dios perpetró y cómo siendo el mayor violador de las leyes inventó leyes ilegales? 189 Por lo menos es cierto que impuso la ley de que nadie tuviese la humanidad de repartir alimentos a los que penaban en las cárceles, que nadie compadeciera a los que padeciesen de hambre en las prisiones y, en una palabra, que nadie fuese bueno ni obrase el bien más pequeño, ni siquiera aquellos que por su misma naturaleza se dejan arrastrar a la compasión de sus prójimos. Esta ley era, evidentemente, la más desvergonzada y la más cruel de todas, ya que pasaba por encima de toda naturaleza civilizada y contenía además como castigo el que los compasivos sufrieran las mismas penas que sus compadecidos y que serían encadenados y encarcelados los que prestasen servicios humanitarios a los condenados, sufriendo el mismo castigo que ellos.
12 Tales eran los mandatos de Licinio. ¿Qué necesidad tenemos de enumerar detalladamente sus innovaciones acerca de las nupcias o sus disposiciones revolucionarias respecto a los que dejan esta vida? Se atrevió a abolir las antiguas leyes romanas, recta y sabiamente establecidas, e introdujo en vez de ellas algunas bárbaras e incivilizadas leyes, verdaderamente ilegales y en contra de las leyes. Ideaba además innumerables acusaciones contra las naciones sometidas, toda clase de exacciones de oro y plata, nuevos catastros y lucrativas multas a hombres que ya no estaban en los campos, sino que habían muerto hacía tiempo 190.
13 ¿Y qué clase de destierros no inventó además el enemigo de los hombres contra gentes que ningún daño le habían hecho? ¿Y las detenciones de hombres nobles y notables de quienes separaba a sus legítimas esposas y las entregaba a algunos criados lascivos para que las ultrajasen con sus torpezas? Y él mismo, un vejestorio 191, ¿a cuántas mujeres casadas y a cuántas doncellas no vejó para satisfacer la pasión desenfrenada de su alma? ¿Qué necesidad tenemos de alargar la cuenta, si el exceso de sus últimas fechorías deja a las primeras pequeñas y reducidas a casi nada?
14 Lo cierto es que, en el colmo de su locura, procedió contra los obispos. Por creer que éstos, en cuanto servidores del Dios supremo, eran ya contrarios a lo que él hacía, iba urdiendo sus preparativos, no todavía a plena luz, por miedo al más fuerte 192, pero sí ocultamente y con alevosía, y de ellos iba eliminando a los más conspicuos valiéndose de la confabulación de los gobernadores 193. Y el género de muerte usado contra ellos era muy extraño e inaudito hasta entonces.
15 Lo cierto es que lo realizado en torno a Amasia 194 y las demás ciudades del Ponto superó a todo exceso de crueldad. Allí, de las iglesias de Dios, unas las habían de nuevo arrasado por completo, y otras las habían cerrado para que nadie concurriese a ellas según costumbre ni ofreciesen a Dios los cultos debidos 195.
16 Efectivamente, por calcular esto con su mala conciencia, no creía que tuviesen lugar oraciones por él, antes bien, estaba persuadido de que nosotros hacíamos todo y aplacábamos a Dios en favor del emperador amigo de Dios 196. Desde entonces, comenzó a hacer caer su furor sobre nosotros.
17 Así fue. Los gobernadores aduladores, persuadidos de que obraban lo que le gustaba al infame, abrumaban a algunos obispos con los castigos habitualmente reservados a los malhechores, y de esta suerte se detenía y se castigaba sin pretexto alguno, lo mismo que a homicidas, a los que nada malo habían hecho. Otros sufrieron un nuevo género de muerte: descuartizados sus cuerpos con una espada en muchos pedazos, tras este cruel y espeluznante espectáculo, se los arrojaba al profundo del mar para pasto de los peces.
18 Ante estos hechos se reanudaron las huidas de los hombres piadosos, y nuevamente los campos, los valles solitarios y los montes comenzaron a acoger a los siervos de Cristo. Y como quiera que de esta manera el impío tenía éxito en estas medidas, entonces llegó incluso a concebir la idea de resucitar la persecución contra todos197.
19 Su pensamiento se iba reafirmando y nada le impedía el ponerlo por obra, si el Dios que lucha en favor de las almas que le pertenecen, previendo lo que iba a suceder, no hubiera rápidamente hecho brillar, como en tiniebla profunda y noche oscurísima, una gran lumbrera y a la vez un salvador para todos: su siervo Constantino, a quien llevó de la mano para esta empresa con brazo enhiesto 198.
Notas:
180 La ilación se establece con el final del capítulo 4, interrumpida por la inserción de los documentos citados en los capítulos 5-7.
181 A partir de este párrafo 2, el contenido del presente capítulo y del siguiente se halla repetido, aunque en forma diferente, y en orden a veces distinto, en VC 1,49-56; 2.1-3.19-20.
182 Majencio y Maximino.
183 El enlace tuvo lugar en Milán, en febrero de 313.
184 Licinio, contrariamente a lo que parece indicar Eusebio, no debía el imperio a Constantino, sino a Galerio, que, de acuerdo con Diocleciano y Maximiano, reunidos en Carnuntum en noviembre de 308, le habían hecho augusto, mientras a Constantino sólo le reconocían el título de césar. Eusebio debe de referirse más bien a la condescendencia de Constantino para con Licinio al hacer las paces después de la intentona de éste contra él en septiembre u octubre de 314. según la cronología tradicional; o a finales de 316 o comienzos del 317, según la propuesta por P. Bruun (The Constantinian coinage of Arélate [Helsinki 1953] p.15ss) y Ch. Habicht (Zur Geschichte des Kaisers Konstantin: Hermaes 86 [1958] 360-378).
185 Constantino.
186 Cf. Ef 5,11-13.
187 Cf. I Tim 2,1-2.
188 El móvil de esta persecución parece más bien político. Determinado a levantarse un día contra Constantino, tenía que eliminar el obstáculo que para él eran los cristianos. Comenzó por los de palacio, que podían descubrir sus intenciones y delatarle, y por los militares, especialmente los de graduación. Debió de comenzar con estas tropelías el año 320; cf. M. Fortina, La política religiosa dell'imperatore Licinio: Rivista di studi classici 7 (1959) 245-265; 8 (1960) 3-23.
189 En realidad, estas leyes no estaban hechas directamente contra los cristianos, aunque éstos resultaban luego los más afectados.
190 Cf. A. Víctor, Epitome 41,8.
191 Si cuando murió, en 325, Licinio tenía unos sesenta años, según A. Victor (Epii. 41,8) —quizás algunos más—, al comenzar la persecución andaría por los cincuenta y cinco pasados.
192 Esto es, por miedo a Constantino.
193 Se fingían pretextos que justificasen legalmente las muertes, lo que indica que no hubo edicto contra los jerarcas eclesiásticos.
194 Eusebio (Chronic. ad annum 320: HELM, p.230) cita expresamente a Basilio, obispo de Amasia del Ponto.
195 Cf. Eusebio, VC 2,2.
196 Es decir, en favor de Constantino, lo que Licinio podía interpretar como peligroso: temía que evolucionase en conspiración.
197 No hubo, pues, persecución general bajo Licinio, ya que su intención quedó frustrada, como se verá; A. Chastagnol, Quelques mises au point autour de Y empereur Licinius, en Costantino il Grande dall'Antichità all'Umanesimo (Macerata 1992-93) p.311-323.
198 Ex 6,1; 14,31; Sal 135,12.
1 A éste, por consiguiente, fue a quien Dios otorgó desde arriba, como fruto digno de su piedad, el trofeo de la victoria contra los impíos. En cambio, al criminal199 lo precipitó con todos sus consejeros y amigos a los pies de Constantino.
2 Efectivamente, habiendo hecho aquél avanzar sus empresas hasta extremos de locura, el emperador amigo de Dios concluyó que ya era insoportable. Haciendo acopio de su cálculo prudente y mezclando a su humanidad la firmeza del juez, decide acudir en socorro de los que sufrían bajo el tirano 200. Se desembarazó de algunas breves plagas y se puso en movimiento para recobrar la mayor parte del género humano.
3 Hasta entonces, efectivamente, había utilizado con él solamente la humanidad, y se había compadecido de quien no era digno de compasión, sin provecho ninguno, ya que el otro no se apartaba de su maldad, antes bien, aumentaba todavía más su rabia contra las naciones sometidas y ninguna esperanza de salvación dejaba ya para los maltratados, tiranizados como estaban por una fiera espantosa.
4 Por lo cual, juntando su odio al mal con su amor al bien, el defensor de los buenos avanza junto con su hijo Crispo, humanísimo emperador 201, extendiendo su diestra salvadora a todos los que perecían. Luego, como si utilizaran de guías y aliados a Dios, rey universal, y a su Hijo, salvador de todos, padre e hijo, ambos a la vez, separan en círculo su formación contra los enemigos de Dios y consiguen para sí una fácil victoria 202, ya que Dios les deparó todo en el encuentro conforme a su plan.
5 Efectivamente, de súbito y con más rapidez que se dice, los que ayer y anteayer respiraban muerte y amenaza 203, ya no existían 204; ni de sus nombres había memoria; sus imágenes y monumentos recibían su merecido desdoro, y lo que en otro tiempo Licinio contempló con sus propios ojos en los impíos tiranos 205, esto mismo sufrió él en persona también, por no escarmentar ni corregirse ante los castigos de sus vecinos 206. Tras compartir con éstos el mismo camino de la impiedad, cayó merecidamente en el mismo precipicio que ellos 207.
6 Pero, mientras él yacía postrado de esta manera, Constantino, el máximo vencedor, que sobresalía en toda virtud religiosa, y su hijo Crispo 208, emperador amadísimo de Dios y semejante en todo a su padre, recobraban el familiar Oriente y presentaban reunido en uno, como antiguamente, el gobierno romano, conduciendo bajo la paz de ambos la tierra toda, desde el sol naciente, en círculo por una y otra parte del orbe habitado, y por el norte y el mediodía, hasta el límite extremo del Occidente.
7 En consecuencia, se eliminaba de entre los hombres todo miedo a los que antes los pisoteaban y, en cambio, se celebraban brillantes y concurridos días de solemnes fiestas. Todo estallaba de luz. Los que antes andaban cabizbajos se miraban mutuamente con rostros sonrientes y ojos radiantes, y por las ciudades, igual que por los campos, las danzas y los cantos glorificaban en primerísimo lugar al Dios rey y soberano de todo—porque esto habían aprendido—, y luego al piadoso emperador 209, junto con sus hijos amados de Dios.
8 Había perdón de los males antiguos y olvido de toda impiedad; se gozaba de los bienes presentes y se esperaban los venideros. Por consiguiente, se desplegaban por todo lugar disposiciones del victorioso emperador llenas de humanidad y leyes que llevaban la marca de su munificencia y verdadera piedad 210
9 Expurgada así, realmente, toda tiranía, el imperio que les correspondía se reservaba seguro e indiscutible solamente para Constantino y sus hijos, quienes, después de eliminar del mundo antes que nada el odio a Dios, conscientes de los bienes que Dios les había otorgado, pusieron de manifiesto su amor a la virtud, su amor a Dios, su piedad para con Dios y su gratitud, mediante obras que realizaban públicamente a la vista de todos los hombres 211.
Notas:
199 Licinio.
200 Sin duda, la cuestión religiosa tuvo algo que ver en la decisión de Constantino, pero seguramente no más que como pretexto, y no determinante, pues tenía a mano otro mejor: el de la invasión de las godos en Tracia; las verdaderas razones eran políticas. La guerra comenzó en 323 o en 324.
201 Nombrado césar en 317, el hijo mayor de Constantino, Crispo (Chronic, ad annum 317: HELM, p.230), mandaba la escuadra naval que venció a la de Licinio en el Helesponto. La versión siríaca omite aquí su nombre (lo mismo que los pasajes correspondientes de VC); esta omisión es sin duda posterior a la ejecución de Crispo en 326, ordenada por su propio padre; cf. P. Guthrie, The execution of Crispus : The Phoenix (The Journal of the Classical Association of Canada) 20 (1966) 325-331, N. T. E. Austin, Constantine and Crispus: Acta classica 23 (1980) 133-138.
202 La victoria de Constantino se desarrolló en dos etapas: primera, en Adrianópolis, el 3 de julio de 324, obligando a Licinio a pasar el estrecho; y luego en Crisópolis, cerca de Calcedonia, el 17 de septiembre. Véase la versión que da Eusebio en VC 2,17-18; cf. G. Ricciotti, La «Era de los mártires». El cristianismo desde Diocleciano a Constantino (Barcelona 1955) p.159-261; T. D. Barnes, The victories of Constantin: Zeitschift für Papyrologie und Epigraphik 20 (1976) 149-155.
203 Cf. Act 9,1.
204 Cf. Ap 17,8-11.
205 Majencio y Maximino.
206 Cf. Jer 2,30; Sof 3,2.
207 Es decir, fue asesinado. Después de la derrota, Constantino le permitió vivir como ciudadano privado en Tesalónica, pero antes del año, en 325, lo hizo ejecutar.
208 Omitido también por la versión siríaca, tampoco lo mienta Eusebio en VC 2,19-20, pasaje paralelo de estos párrafos finales.
209 La sociedad cristiana, para Eusebio, debe ser un reflejo del reino celeste; cf. E. F. Cranz, Kingdom and polity in Eusebius of Caesarea: HTR 4| (1951) 47-66, y, sobre todo, R. Farina, L'Impero e l'Imperatore cristiano in Eusebio de Cesárea. La prima teología política del cristianesimo (Zurich 1966); G. Ruhbach, Die Kirche angesichts der Constantinischen Wende = Wege d. Forsch. 306 (Darmstadt 1976); A. Kee, Constantine versus Christ. The triumph of ideology (Londres 1082); V. Keil, Quellensommlung zur Religionspolitik Konstantins des örossen = Texte z. Forsch., 54 (Darmstadt 1989); R. Leeb, Konstantin und Christus. Die Verchristlichung der imperialer Repräsentation unter Konstantin dem Grossen als Spiegel seiner Kirchenpolitik und seines Selbstverständnisses als christliche Kaiser = Arbeiten z. Kirchengesch. 58 (Berlin 1991); G. Fowden, Empire to Commonwealth. Consequences of monoteism in late Antiquity (Princeton, N. J., 1993); Kl. Bringmann, Die Konstantinische Wende. Zum Verhältnis von politischer und religiöser Motivation: Historische Zeitschrift 260 (1995) 21-17.
210 Posiblemente se refiera a las dos aludidas en VC 1,23, de las cuales transcribe una en los capítulos 24-42; cf. L. Di Giovanni, Costantino e il mondo pagano. Studi di política e legislazione = Koinonía, 2 (Nápoles 1977).
211 Este final, como puede comprobarse, es una reelaboración de lo que en una edición anterior fue final del libro IX, y que hemos reproducido supra IX 11,8.