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Documentación: Historia Eclesiástica
Libro III
OCR no corregido

Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII · Libro IX · Libro X

Libro Tercero

El libro tercero de la Historia Eclesiástica contiene lo siguiente:

1. En qué partes de la tierra predicaron a Cristo los apóstoles.

2. Quién fue el primero que presidió la Iglesia de Roma.

3. De las cartas de los apóstoles.

4. De la primera sucesión de los apóstoles.

5. Del último asedio de los judíos después de Cristo.

6. Del hambre que los oprimió.

7. De las profecías de Cristo.

8. De las señales que precedieron a la guerra.

9. De Josefo y los escritos que dejó.

10. De qué manera cita los libros divinos.

11. De cómo después de Santiago dirige la Iglesia de Jerusalén Simeón.

12. De cómo Vespasiano ordena que se busque a los descendientes de David.

13. De cómo el segundo en dirigir a los alejandrinos es Abilio.

14. De cómo el segundo obispo de Roma es Anacleto.

15. De cómo el tercero, después de él, es Clemente.

16. De la carta de Clemente.

17. De la persecución bajo Domiciano.

18. Del apóstol Juan y el Apocalipsis.

19. De cómo Domiciano ordena dar muerte a los descendientes de David.

20. De los parientes de nuestro Salvador.

21. De cómo el tercero en dirigir la Iglesia de Alejandría es Cerdón.

22. De cómo el segundo en la de Antioquía es Ignacio.

23. Relato sobre el apóstol Juan.

24. Del orden de los evangelios.

25. De las divinas Escrituras reconocidas y sobre las que no lo son.

26. Del mago Menandro.

27. De la herejía de los ebionitas.

28. Del heresiarca Cerinto.

29. De Nicolás y de los que de él toman el nombre.

30. De los apóstoles cuyo matrimonio está comprobado.

31. De la muerte de Juan y de Felipe.

32. De cómo sufrió martirio Simeón, el obispo de Jerusalén.

33. De cómo Trajano prohibió que se buscara a los cristianos.

34. De cómo el cuarto en dirigir la Iglesia de Roma es Evaristo.

35. De cómo el tercero en la de Jerusalén es Justo.

36. De Ignacio y sus cartas.

37. De los evangelistas que todavía entonces se distinguían.

38. De la carta de Clemente y los escritos que se le atribuyen falsamente.

39. De los escritos de Papías.

Notas:

Nota de ETF: los capítulos 13 y 14 están traspuestos en el sumario original, pero los links dirigen al capítulo correcto (el 13 al 14 y el 14 al 13).

Cap. 1
[En qué partes de la tierra predicaron a Cristo los apóstoles]

1 Tal era la situación de los judíos, mientras los santos apóstoles y discípulos de nuestro Salvador se habían esparcido por toda la tierra: a Tomás, según quiere una tradición, le tocó en suerte Partia1 a Andrés, Escitia; a Juan, Asia, donde 2 se estableció, muriendo en Efeso.

2 Pedro, según parece, predicó en el Ponto, en Galacia y en Bitinia, en Capadocia y en Asia 3, a los judíos de la diáspora; al final llegó a Roma y fue crucificado con la cabeza para abajo, como él mismo había pedido padecer.

3 ¿Y qué decir de Pablo, que desde Jerusalén hasta el Ilírico cumplió con la predicación del Evangelio de Cristo 4 y, finalmente, sufrió martirio en Roma bajo Nerón? Esto lo dice Orígenes literalmente en el tomo III de sus Comentarios al Génesis 5.

Notas:

1 Rufino añade aquí: «Mathaeus Aethiopiam, Bartholomaeus Indiam citeriorem». En cuanto a las relaciones de Tomás con Edesa, cf. supra I 13,4.11. Λ finales del siglo iv se veneraban en esta ciudad sus reliquias, y la viajera española Eteria (Peregrin. 17) podía orar «ad martyrium sancti Thomae apostoli». Sobre la predicación de Tomás en la India, cf. A. Dih-LE, Neues zur Thomas-Tradition: Jahrbuch für Antike und Christentum 6 (1963) 54-70; E. Junod, Origène, Eusèbe et la tradition sur la repartition des champs de mission des Apôtres (Eusèbe, HE III 1,1-3), en F. Bovon (ed.), Les Actes apocryphes des apôtres: Christianisme et monde païen (Ginebra 1981) p.133-48.

2 πρός oùç no tiene antecedente; a no ser que Eusebio, al escribir Asia, pensara en sus habitantes, y la frase le saliera concertada con ese antecedente plural que tenía «in mente», cosa poco probable; sólo se explica por un mal corte de la cita (y casi es seguro que comenzaba por este relativo la cita literal del t.3 de los Comentarios de Orígenes al Génesis, aludidos infra, al final del párrafo 3). De todos modos, la referencia a Asia es clara, por eso traduzco «donde...»; cf. I. I. BRUCE, St. John at Ephesus: Bulletin of the John Rylands University 60 (1977-78) 339-361

3 1 Pe 1,1.

4 Rom 15,19.

5 Estos Comentarios se han perdido. Según el Contra Celsum 6,49, debía de comentar Gén 1-4. San Jerónimo (Epist. 33) menciona 13 libros de Orígenes sobre el Génesis. La mención del martirio de Pedro crucificado con la cabeza para abajo hace pensar que Orígenes debió de tomarlo de los Hechos de Pedro 37ss: Hennecke, 2 p.219, que Eusebio nombra expresamente infra 3,2.

Cap. 2
[Quién fue el primero que presidió la Iglesia de Roma]

Después del martirio de Pablo y de Pedro, el primero en ser elegido para el episcopado de la Iglesia de Roma es Lino. Lo menciona Pablo cuando escribe desde Roma a Timoteo, en la despedida al final de la carta 6.

Notas:

6 2 Tim 4,21; cf. San Ireneo, Adv. haer. 3.3.2. Probablemente Eusebio está en lo cierto en esta identificación. Aquí aparece Lino como sucesor de Pablo y de Pedro, igual que en la cita de San Ireneo (infra V 6,1) y en la del Anónimo contra Artemón en V 28,3 (que cita las afirmaciones de los adversarios), mientras que en III 4,8 veremos que le hace sucesor de Pedro solamente, lo mismo que en Chronic, ad annum 68: Helm, p. 185.

Cap. 3
[Sobre las cartas de los apóstoles]

1 De Pedro está admitida una sola carta, la llamada I de Pedro. Los mismos presbíteros antiguos la utilizaron como algo indiscutible en sus propios escritos7. En cambio, de la llamada II carta, la tradición nos dice que no es testamentaria8; sin embargo, por parecer provechosa a muchos, se la ha tomado en consideración con las otras Escrituras 9.

2 En cuanto a los Hechos que llevan su nombre y el Evangelio llamado suyo 10, así como la Predicación que se dice ser suya y el llamado Apocalipsis 11 sabemos que en modo alguno han sido transmitidos entre los escritos católicos 12, pues ningún autor eclesiástico 13, ni antiguo ni moderno, ha utilizado testimonio alguno sacado de ellos.

3 A medida que avance esta Historia, iré haciendo adrede que, junto con las sucesiones, sean indicados quiénes de los escritores eclesiásticos, según las épocas, usaron de los libros discutidos y de cuáles de ellos, y también qué dicen de los escritos testamentarios y admitidos, y qué de los que no lo están 14.

4 Ahora bien, los escritos que llevan el nombre de Pedro, de los cuales solamente una única carta conocemos como auténtica y admitida entre los presbíteros antiguos, son los dichos.

5 En cambio, es evidente y claro que las catorce Cartas son de Pablo 15. Con todo, no es justo ignorar que algunos han rechazado la carta a los Hebreos, diciendo que la Iglesia de Roma no la admite por creer que no es de Pablo 16. Lo que sobre ésta han dicho los que me han precedido, lo expondré a su debido tiempo 17. Naturalmente, tampoco he aceptado entre los escritos indiscutidos los Hechos que se dicen ser de él18.

6 Mas, como quiera que el mismo apóstol, en las despedidas finales de la carta a los Romanos 19, menciona, junto con otros, a Hermas—de quien se dice que es el libro del Pastor 20—, ha de saberse que también algunos rechazan este libro y que por causa de ellos no se le puede poner entre los admitidos; en cambio, otros lo juzgan muy necesario, especialmente para los que precisan de una introducción elemental. Por esta razón sabemos que se ha leído públicamente en las iglesias y hemos comprobado que algunos escritores de los más antiguos han hecho uso de él.

7 Baste lo dicho como exposición de cuáles son las divinas Escrituras no discutidas y cuáles las que no todos admiten.

Notas:

7 Cf. infra 15,2; 39,17; IV 14,9; Eusebio la utiliza como indiscutible en PE I 3,6.

8 Esto es, canónica.

9 Cf. infra 25,3; J. Chaîne, Les Épîtres Catholiques (Paris 1939) p. 1-34. A. Wikenhau-ser, Einleitung in das Neue Testament (Friburge 1963) p.367-73.

10 Cf. infra VI 12,4-6.

11 Cf. infra 25,4.

12 Es la primera vez que estos apócrifos se mencionan por su nombre. Cf. Hennecke, 2 p. 177-88, sobre los Hechos; ibid., 1 p.i 18-121, sobre el Evangelio; ibid., 2 p.58-61 sobre la Predicación; p.468-471, sobre el Apocalipsis.

13 «Eclesiástico» en el sentido de ortodoxo.

14 Cf. J. Salaverri, La sucesión apostólica en la «Historia Eclesiástica» de Eusebio Cesa-riense: Gregorianum 14 (1933) 219-247.

15 Cf. infra 25,2.

16 Cf. infra VI 20,3; la rechazaron Cayo, en su Diálogo, y algunos romanos.

17 Infra 38,iss.

18 Cf. infra 25,4; sobre estos Hechos de Pablo, atestiguados desde muy pronto, véase Hennecke, 2 p.221-41; L. Vouaux, Les Actes de Paul et ses lettres apocryphes. Introd., textes, trad, et comm. (Paris 1913).

19 Rom 16,14.

20 Cf. infra 25,4; S. GlET, Hermas et les Pasteurs. Les trois auteurs du Pasteur d'Hermas (Paris 1963); R. Joly, Hermas et le Pasteur: VigCh 11 (1967) 201-118; J. J. AyAn-Calvo, Hermas. El Pastor, edición bilingüe = Fuentes Patrísticas, 6 (Madrid 1995), con una completísima bibliografía.

Cap. 4
[De la primera sucesión de los apóstoles]

1 Que Pablo predicó a los gentiles y que, desde Jerusalén, en gira hasta el Ilírico, puso los cimientos de las iglesias, aparece bien claro en sus propias palabras 21 y en lo que Lucas narra en los Hechos.

2 Por las palabras de Pedro en su Carta, de la que ya hemos dicho 22 que está admitida, y que escribe a los hebreos de la diás-pora, moradores del Ponto, de Galacia, de Gapadocia, de Asia y de Bitinia 23, se ve claro en qué provincias predicó él a Cristo y transmitió la doctrina del Nuevo Testamento a los que procedían de la circuncisión 24.

3 Pero no es fácil decir cuántos y quiénes de éstos, convertidos en hombres de celo genuino, fueron considerados capaces de apacentar las iglesias fundadas por estos apóstoles, a no ser los que se pueda ir espigando en los escritos de Pablo.

4 Este, efectivamente, tuvo innumerables colaboradores y—como él mismo los llama—compañeros de milicia 25. A la mayor parte los considera dignos de recuerdo imperecedero y en sus propias cartas da continuo testimonio de ellos. Y no sólo eso, que también Lucas en los Hechos da una lista de los discípulos de Pablo y los menciona por su nombre.

5 De Timoteo al menos se refiere que fue el primero en ser designado para el episcopado de la iglesia de Efeso 26, así como Tito, de las iglesias de Creta 27.

6 Lucas, en cambio, oriundo de Antioquía por su linaje y médico de profesión 28 fue la mayor parte del tiempo compañero de Pablo. Mas su trato con los otros apóstoles tampoco fue superficial: de ellos adquirió la terapéutica de las almas, de la que nos dejó ejemplos en dos libros divinamente inspirados: el Evangelio, que atestigua haber compuesto según lo que le habían transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y se hicieron servidores de la doctrina, a todos los cuales dice él que siguió ya desde el comienzo 29, y los Hechos de los Apóstoles que compuso, no ya con lo que había oído, sino con lo visto por sus ojos.

7 Se dice también que Pablo acostumbraba a hacer mención del Evangelio de Lucas siempre que, escribiendo, decía como si se tratara de un evangelio suyo propio: según mi Evangelio 30.

8 De los restantes seguidores de Pablo, Crescente está probado que fue enviado por él a las Galias 31; y Lino, del que hace mención en la II carta a Timoteo indicando que se halla con él en Roma 32, ya queda anteriormente demostrado 33 que fue designado para el episcopado de la iglesia de Roma, el primero después de Pedro.

9 Mas también Pablo atestigua que Clemente—instituido asimismo tercer obispo de la Iglesia de Roma—fue su colaborador y compañero de lucha 34.

10 Además de éstos, está también el areopagita aquel, llamado Dionisio, del cual escribió Lucas en los Hechos 35 que fue el primero que creyó después del discurso de Pablo a los atenienses en el Areópago, y del que otro antiguo Dionisio, pastor de la iglesia de Corinto, cuenta 36 que fue el primer obispo de Atenas.

11 Mas, a medida que avancemos en el camino, iremos diciendo oportunamente, según las épocas, lo referente a la sucesión de los apóstoles. Ahora sigamos el hilo de la narración.

Notas:

21 Rom 15,19.

22 Gf. supra 3,1.

23 i Pe 1,1.

24 Gál 2,7-10.

25 Flp 2,25; Fil 2.

26 i Tim 1,3. cf. G. SCHOELLGEN, Moriepiskopat und monarchischen Episkopat. Eine Bemerkung zur Terminologie: ZNWKAK 77 (1986) 146-151; H. Kraft, Dalla «Chiesa» originaria αιΓ episcopato monarchico: Rivista ai Storia e letteratura religiosa 12 (1986) 411-438.

27 Tit 1,5.

28 Gol 4.14; que fuera antioqueno su linaje no quiere decir, necesariamente, nacido allí. Eusebio parece ser el primero en hacer a Lucas oriundo de Antioquía, sin que sepamos cuál es su fuente. El padre M. J. Lagrange (L'Évangile selon Saint Luc [París 1921] p.XIII) sugiere el nombre de Julio Africano.

29 Cf. Le 1,2-3; infra 24,15.

30 Rom 2,16; 2 Tim 2,8; cf. San Jerónimo, De vir. ill. 7.

31 2 Tim 4,10; sobre la evangelización, un poco tardía, de la Galia, cf. H. Grégoire, Les persécutions dans l'empire romain (Bruxelas 1951) p. 17 y 96-100; sobre el alcance de la controversia suscitada por este tema, véase C. Spicq., Saint Paul. Les Építres Pastorales, t.2 (Paris 21969) p.811-813.

32 2 Tim 4,21.

33 Cf. supra 2.

34 Flp 4,3. Eusebio sigue probablemente a Orígenes (In Ioann. Comm. 6,54 (36), en una identificación que carece de todo fundamento. Cf. infra 15, donde insiste.

35 Act 17.34.

36 Cf. infra IV 23,3.

Cap. 5
[Del último asedio de los judíos después de Cristo]

1 Después de haber ejercido el poder Nerón durante trece años 37, y habiendo durado los reinados de Galba y de Otón un año y seis meses 38, Vespasiano, que se había distinguido en las operaciones bélicas contra los judíos, fue nombrado emperador en la misma Judea, tras ser proclamado señor absoluto por el ejército allí acampado 39. Encaminándose, pues, en seguida hacia Roma, puso en manos de su hijo Tito la guerra contra los judíos 40.

2 Después de la ascensión de nuestro Salvador, los judíos añadieron al crimen cometido contra él la invención de innumerables asechanzas contra sus apóstoles: Esteban fue el primero que eliminaron, lapidándolo41; después de él, Santiago, hijo de Zebedeo y hermano de Juan, al que decapitaron42; y después de todos, Santiago, el que después de la ascensión de nuestro Salvador fue el primero que se designó para el trono episcopal de Jerusalén y murió de la manera que ya hemos dicho43. Y los demás apóstoles sufrieron mil asechanzas de muerte y fueron expulsados de la tierra de Judea. Sin embargo, con el poder de Cristo44, que les había dicho: Id y haced discípulos de todas las naciones en mi nombre45, dirigieron sus pasos hacia todas las naciones para enseñar el mensaje.

3 Y no sólo ellos. También el pueblo de la iglesia de Jerusalén, por seguir un oráculo remitido por revelación a los notables del lugar, recibieron la orden de cambiar de ciudad antes de la guerra y habitar cierta ciudad de Perea que recibe el nombre de Pella46. Emigrados a ella desde Jerusalén los que creían en Cristo, desde ese momento, como si los hombres santos hubieran abandonado por completo la misma metrópoli real de los judíos y toda la región de Judea, la justicia divina alcanzó a los judíos por las iniquidades que cometieron contra Cristo y sus apóstoles, y borró de entre los hombres aquella misma generación de impíos.

4 Quien quiera, pues, saber con exactitud los males que entonces afluyeron sobre toda la nación en todo lugar, y cómo en especial los habitantes de Judea se vieron empujados hasta el fondo de las calamidades, cuántos millares de jóvenes, de mujeres y de niños perecieron por la espada, por el hambre o por otros innumerables géneros de muerte, y cuántas y cuáles ciudades de Judea fueron sitiadas, y también cuántos horrores y más que horrores contemplaron los que se refugiaron en la misma Jerusalén, por ser metrópoli muy fortificada, así como la índole de toda la guerra, los acontecimientos que en ella se sucedieron y cómo, finalmente, la abominación de la desolación anunciada por los profetas47 se instaló en el mismo templo de Dios, tan célebre antiguamente, que sufrió toda suerte de destrucción y, por último, fue aniquilado por el fuego: todo esto lo hallará en la narración escrita por Josefo48.

5 Pero es necesario señalar que este mismo autor refiere que el número de los que de toda Judea se concentraron los días de la fiesta de la Pascua en Jerusalén, como en una cárcel, por decirlo con sus palabras, era de unos tres millones.

6 Se imponía, pues, el que en los días en que habían dispuesto la pasión del Salvador y bienhechor de todos y Cristo de Dios, en esos mismos, encerrados como en una cárcel, recibieran la ruina que los alcanzaba de parte de la justicia de Dios.

7 Mas pasando por alto lo que les fue sobreviniendo y los intentos que hubo contra ellos con la espada y de otras maneras, creo necesario aducir solamente las calamidades causadas por el hambre, para que quienes lean este escrito puedan saber en parte cómo no tardó mucho en alcanzarles el castigo divino por su crimen contra el Cristo de Dios.

Notas:

37 Cf. Josefo, BI 4 (9,2) 491; exactamente trece años y ocho meses (desde el 13 de octubre del 54 hasta su suicidio, el 9 de junio del 68); el. M. T. Griffin, Nero. The end of a dynasty (Londres 1984); P. KERESZTES, Nero, the Christians and the Jews in Tacitus and Clement of Rome: Latomus 43 (1984) 404-413. .

38 Galba duró hasta su asesinato, el 15 de enero del 69; Otón, que le sucedió, se suicidó tres meses más tarde, el 14 ó 17 de abril; los ocho meses restantes corresponden al reinado de Vitelio, asesinado el 20-21 de diciembre del 69, del que Eusebio nada dice.

39 Cf. Josefo, BI 4 (11,5) 658; en cambio Tácito, Hist. 2,79 y Suetonio, Vesp. 6, con-cuerdan en que fue proclamado en Alejandría, por obra del prefecto de Egipto Tiberio Julio Alejandro, el 1 de julio del 69, y sólo algunos días más tarde, el 3 o el 11, en Cesárea, cf. Schuerer, i p.622.

40 Antes de ir a Roma, Vespasiano volvió a Alejandría, donde permaneció un año; llegó a Roma hacia octubre del 70; cf. Schuerer, i p.623.

41 Act 7,58-60.

42 Act 12,2.

43 Supra II 23,4ss.

44 Cf. Epifanio, Haer. 29,7.

45 Mt 28,19.

46 Eusebio es el único que menciona el oráculo que precedió a la emigración. El relato de ésta seguramente lo tomó de las Memorias de Hegesipo, en las que debía de seguir al del martirio de Santiago. San Epifanio, bebió en ias mismas fuentes; lo repite en tres pasajes: Haer. 29,7; 30,2; De mens, et ponder. 15,2-5. H. J. Sciioeps, Theologie und Geschichte der Judenchristentums (Tubinga 1949) pióiss; B. C. Gray, The movements of the Jerusalem Church during the first Jewish war: The Journal of ecclesiastical history 14 (1973) 1-7.

47 Dan 9.27; i2,i 1; cf. Mt 24,15; Me 13-14.

48 Josefo, BI 6 (9,3) 425-(9,4) 428; cf. S. G. F. Brandon, The Fall of Jerusalem and the Christian Church. A Study of the Effects of the Jewish Overthrow of A. D. 70 on Christianity (Londres 1951).

Cap. 6
[Del hambre que oprimió a los judíos]

1 Así, pues, si tomas otra vez en tus manos el libro V de las Historias de Josefo, lee la tragedia de lo acontecido entonces:
«Para los ricos—dice—quedarse era igual que perderse, pues, so pretexto de que desertaban, a cualquiera lo asesinaban por sus bienes. Con el hambre crecía la desesperación de los rebeldes y de día en día la una y la otra se encendían terriblemente.

2 »El trigo estaba invisible, pero ellos irrumpían en las casas y las registraban. Entonces, si lo encontraban, los maltrataban por haber negado; si no lo encontraban, los torturaban por haberlo escondido tan cuidadosamente. La prueba de tener o de no tener eran los cuerpos de los desgraciados: los que todavía se tenían de pie parecía que abundaban en alimentos; a los que estaban ya consumidos, los dejaban en paz: les parecía fuera de razón matar a los que en seguida morirían de inanición.

3 »Muchos daban ocultamente sus bienes a cambio de una medida de trigo si eran ricos; de cebada los más pobres. Luego se encerraban en lo más oculto de sus casas y, aguijoneados por la necesidad, los unos se comían el trigo en crudo; los otros lo cocían a medida que la necesidad y el miedo se lo dictaban.

4 »No se ponía la mesa, antes bien, sacaban del fuego la comida todavía cruda y la devoraban. El alimento era misérrimo y el espectáculo deplorable: los más poderosos acaparando y los débiles lamentándose.

5 »El hambre excede a todos los sufrimientos, pero de nada es tan destructor como del sentido de la dignidad, pues lo que en otro tiempo se tendría por digno de respeto se lo desprecia en tiempo de hambre. Así, las mujeres arrebataban los alimentos de las mismas bocas de sus maridos, los hijos de las de sus padres y, lo que es lamentable por demás, las madres de las bocas de sus hijitos, y mientras los seres más queridos se consumían entre sus manos, nada les frenaba de arrebatarles las últimas gotas que les hacían vivir.

6 »Pero aun siendo tal su comida, no quedaba oculta. Por todas partes se echaban encima los rebeldes en busca de esta presa. Cuando veían una casa cerrada, era señal de que los de dentro habían conseguido comida, y al punto rompían las puertas y se precipitaban dentro, y sólo les faltaba ya apretar las gargantas y arrancarles el bocado.

7 »Golpeaban a los ancianos que no soltaban sus alimentos y arrancaban el cabello a las mujeres que escondían lo que tenían entre manos. No había compasión ni por los viejos ni por los niños, sino que levantaban a los niños que se aferraban a su bocado y los dejaban caer contra el suelo. Con los que, adelantándose a su irrupción, se tragaban antes lo que ellos habían de arrebatarles eran aún más crueles, como si hubieran recibido una injusticia.

8 «Discurrían espantosos métodos de tortura para descubrir comida: obstruían a los desgraciados la uretra con granos de legumbre y les traspasaban el recto con varas puntiagudas. Se padecían tormentos que espantan con sólo oírlos, hasta confesar la posesión de un solo pan y descubrir un solo puñado de harina escondida.

9 »Mas los torturadores no pasaban hambre alguna—que su crueldad sería mucho menor de mediar necesidad—, sino que ejercitaban su loco orgullo y se iban haciendo con provisiones para los días por venir.

10 »Salían al paso de los que de noche se arrastraban hasta las avanzadas romanas para recoger legumbres agrestes y hierbas. Cuando ya éstos pensaban haber escapado de los enemigos, aquéllos les arrebataban lo que llevaban, y muchas veces que los infelices suplicaban invocando por el terrible nombre de Dios que les dejaran una parte de lo que con tanto peligro habían traído, no les dejaban ni tanto así, y aún podían estar contentos si, además de quedar despojados, no eran asesinados»49.

11 A esto, después de otras cosas, añade:
«Con las salidas se les cortó a los judíos también toda esperanza de salvación, y el hambre, abatiéndose de casa en casa y de familia en familia, iba devorando al pueblo. Los terrados se llenaban de mujeres y de niños de pecho fallecidos, y las callejuelas, de cadáveres de ancianos.

12 »Muchachos y jóvenes, hinchados, vagaban por las plazas como espectros y caían muertos allí donde los cogía un dolor. Los enfermos no tenían fuerzas para enterrar a sus parientes, y los que hubieran podido, se negaban, por ser tantos los muertos y por la incertidumbre de su propio destino. En efecto, muchos caían muertos junto a los recién enterrados por ellos, y muchos iban a sus tumbas antes que la necesidad se lo impusiera.

13 »No había lamentos ni lloros en estas calamidades: el hambre ahogaba los sentimientos, y los que iban lentamente muriendo contemplaban con ojos secos a los que morían antes que ellos. Un silencio profundo y una noche preñada de muerte envolvía a la ciudad. Y peor que todo esto eran los ladrones.

14 »Penetraban en las casas como ladrones de tumbas, despojaban a los cadáveres y, después de arrancar los velos que cubrían los cuerpos, se marchaban entre risas. Y probaban el filo de sus espadas en los cadáveres y, probando el hierro, atravesaron a algunos que, aunque caídos, aún vivían. Pero si alguno les pedía que utilizaran en él su fuerza y su espada, lo desdeñaban y lo abandonaban al hambre. Y todo el que expiraba miraba fijamente hacia el templo, porque dejaba vivos tras sí a los rebeldes.

15 »Estos, al comienzo, por no soportar el hedor, mandaban que se enterrara a los muertos a expensas del tesoro público, pero luego, cuando ya no se daba abasto, los arrojaban por las murallas a los barrancos. Cuando Tito hizo la ronda por aquellos barrancos y vio que estaban repletos de cadáveres y el espeso líquido oscuro que manaba por debajo de los cadáveres en putrefacción, se puso a gemir y levantando las manos tomaba a Dios por testigo de que aquello no era obra suya»50.

16 Después de añadir algunas cosas continúa diciendo:
«Yo no podría desistir de expresar lo que el sentimiento me ordena: creo que, si los romanos hubieran demorado su acción contra los culpables, el abismo se hubiera tragado a la ciudad, o las aguas la hubieran sumergido, o la hubieran alcanzado los rayos de So-doma, pues la generación que encerraba era mucho más impía que las que sufrieron esos castigos. Y por la demencia criminal de estas gentes, el pueblo entero pereció con ellos» 51.

17 Y en el libro VI escribe lo siguiente:
«De los que perecieron en la ciudad por el hambre, el número fue infinito, y los padecimientos, indecibles. En cada casa había guerra como apareciese en un rincón una sombra de comida, y los que más se querían entre sí venían a las manos por arrebatarse el miserable sostén de la vida. Ni siquiera en los moribundos confiaba la necesidad.

18 »Los ladrones registraban incluso a los que estaban expirando, no fuera que alguno escondiese alimentos bajo el vestido y fingiese estar muerto. Otros, con la boca abierta por efecto de la desnutrición, andaban tambaleándose y desencajados como perros rabiosos y empujaban las puertas como hacen ios borrachos y, en su impotencia, entraban en las mismas casas dos y tres veces en una sola hora.

19 »La necesidad les hacía llevarse todo a la boca y, cuando recogían alimentos incluso indignos de los animales irracionales más repugnantes, se los llevaban a escondidas para comérselos, y así terminaron por no abstenerse ni siquiera de los cinturones y del calzado, y quitaban las pieles de sus escudos y las masticaban. Para algunos eran alimento incluso las briznas de la hierba vieja, y otros recogían fibras de plantas y vendían una mínima porción por cuatro dracmas áticos 52.

20 »¿Y qué habría que decir de la impudencia de las gentes presa del desánimo? Porque voy a mostrar una obra suya cual no se encuentra narrada ni entre los griegos ni entre los bárbaros, espantosa para decirla, increíble para escucharla. Yo al menos, para no dar la impresión de que estoy inventando para la posteridad, de buena gana omitiría esta calamidad si no tuviera infinidad de testigos contemporáneos míos. Y además prestaría a mi patria un favor bien menguado si renunciara a relatar los males que de hecho ha padecido.

21 »Una mujer de las que habitaban a la otra orilla del Jordán, llamada María, hija de Eleazar, de la aldea de Batezor—nombre qqe significa 'casa de hisopo'—notable por sus riquezas y su linaje, huyó a Jerusalén con el resto de la muchedumbre y con ella compartía el asedio.

22 »Los tiranos le arrebataron todos los otros bienes que había reunido y llevado consigo a la ciudad desde Perea. Lo demás de su ajuar y el poco alimento que apercibieron se lo fueron arrebatando las gentes armadas que cada día entraban. Fue tremenda la indignación de aquella pobre mujer, que muchas veces injuriaba y maldecía a los ladrones para excitarlos contra sí misma.

23 »Pero como nadie la mataba, movidos por la ira o por la compasión, y cansada de buscar alimentos para otros, que ya era imposible encontrar en parte alguna, con las entrañas y la medula traspasadas por el hambre y encendido su ánimo más por la rabia que por el hambre, tomó como consejeros a la cólera y a la necesidad y se lanzó contra la naturaleza. Agarró el hijo que tenía—niño de pecho todavía—y dijo:

24 »¡Criatura desgraciada! En medio de la guerra, del hambre y de la revuelta, ¿para quién voy a guardarte? Entre los romanos, si por acaso caemos vivos en sus manos, la esclavitud; pero el hambre se anticipa a la misma esclavitud y los rebeldes son aún peores que ambas cosas. jEa! sé alimento para mí, maldición para los rebeldes y fábula para el mundo: lo único que faltaba a las calamidades de los judíos!

25 »Y al tiempo que iba diciendo estas cosas, dio muerte a su hijo. Después lo asó y se comió la mitad; el resto lo guardó escondido. En seguida se presentaron los rebeldes y, husmeando la tufarada impía, amenazaron a la mujer con degollarla inmediatamente si no les mostraba lo que tenía preparado. Ella entonces les dijo que para eilos guardaba una hermosa porción y descubrió lo que quedaba de su hijo.

26 »El horror y el pasmo los sobrecogió al punto y quedaron clavados en el sitio ante aquel espectáculo. Pero ella dijo: Es mi propio hijo y yo lo hice. Comed, que también yo he comido. No seáis más blandos que una mujer ni más compasivos que una madre. Pero si vosotros por escrúpulos piadosos rehusáis mi sacrificio, yo he comido ya por vosotros, quede el resto también para mí.

27 «Después de esto, aquéllos se marcharon temblando: era la única vez que se acobardaban y que, mal de su grado, cedían a la madre semejante comida. En seguida la ciudad entera se llenó de horror, y todo el mundo se estremecía al representarse ante los ojos el crimen como si fuera propio.

28 »Y entre los hambrientos había prisa por morir y cierta envidia de los que se habían adelantado muriendo antes de escuchar y contemplar semejantes horrores»53.
Tal fue la recompensa de los judíos por su iniquidad e impiedad para con el Cristo de Dios.

Notas:

49 Josefo, BI 5 (10,2) 424-(10,3) 438.

50 Josefo, BI 5 (12,3) 5I2-(l2,4) 519-

51 Josefo, BI 5 (13,6) 566. Nótese la tendencia de Josefo a la apologética en pro de la acción romana en Palestina.

52 Cf. Eusebio, Theoph. 4,21.

53 Josefo, BI 6 (3,3) 193-(3,4) 213.

Cap. 7
[De las profecías de Cristo]

1 Justo es añadir la predicación infalible de nuestro Salvador por la cual mostraba estas mismas cosas cuando profetizaba así: Mas ¡ay de ¡as que estén encinta o criando en aquellos dias! Orad para que vuestra huida no tenga lugar en invierno ni en sábado. Porque habrá entonces una gran tribulación como no la hubo desde el comienzo del mundo hasta ahora ni la habrá54.

2 Reuniendo el número total de muertos, el escritor dice55 que por el hambre y por la espada habían perecido un millón cien mil personas; que los rebeldes y bandidos que aún quedaban se fueron denunciando unos a otros después de la toma de la ciudad y fueron ejecutados; que los jóvenes más esbeltos y que sobresalían por su belleza corporal los reservaban para la ceremonia del «triunfo», y que del resto de la población, los que pasaban de diecisiete años, unos eran enviados encadenados a los trabajos forzados de Egipto, y otros, más numerosos, fueron distribuidos por las provincias para hacerlos perecer en los teatros por la espada o por las fieras; y a los que aún no llegaban a los diecisiete años se los condujo cautivos para venderlos. Solamente de éstos el número daba un total de unos noventa mil56.

3 Estos acontecimientos sucedieron de este modo en el segundo año del imperio de Vespasiano 57, según las predicciones de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien, por su divino poder, había visto de antemano estas mismas cosas como si ya estuvieran presentes y había llorado y sollozado, según la Escritura de los sagrados evangelistas, que incluso añaden sus mismas palabras: unas, las que dijo dirigiéndose a la misma Jerusalén:

4 ¡Si también tú conocieras, al menos en este día, lo que atañe a tu paz! Mas ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán dias sobre ti, y tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y de todas partes te estrecharán. Y te asolarán a ti y a tus hijos 58.

5 Y otras como refiriéndose al pueblo: Porque habrá gran necesidad sobre la tierra y cólera contra este pueblo. Y caerán al filo de la espada y serán llevados cautivos a todas las naciones. Y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que estén cumplidos los tiempos de las gentes 59. Y otra vez: Y cuando viereis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que ha llegado su desolación 60.

6 Si uno compara las palabras de nuestro Salvador con los demás relatos del escritor acerca de la guerra entera, ¿cómo no va a quedar admirado y confesar como verdaderamente divinas y sobrenaturalmente portentosas la presciencia y la predicción de nuestro Salvador?

7 Por lo tanto, acerca de lo acontecido a la nación entera después de la pasión del Salvador y de los gritos aquellos con los cuales la plebe judía había pedido librar de la muerte al ladrón y asesino y había suplicado que se les quitara del medio al autor de la vida61, no habrá necesidad de añadir nada a la narración.

8 Con todo, sería justo añadir lo que podría ser significativo del amor a los hombres de la bondadosísima providencia, la cual difirió la destrucción de los culpables durante cuarenta años completos después de su crimen contra Cristo. Durante esos años, numerosos apóstoles y discípulos, y el mismo Santiago, primer obispo de allí y llamado hermano del Señor, que estaban todavía con vida y moraban en la misma ciudad de Jerusalén, se mantenían fieles al lugar como fortísima muralla 62.

9 La providencia divina hasta aquel entonces mostraba su larga paciencia, por si acaso pudieran arrepentirse de lo hecho y alcanzaran así el perdón y salvación; y por si fuera poco longanimidad tan grande, iba dejando ver señales divinas extraordinarias de lo que había de sucederles si no se arrepentían. También estas señales el citado autor las ha considerado dignas de mención. Nada mejor que ofrecérselas a los que lean esta obra.

Notas:

54 Mt 24,19-21.

55 Josefo, BI 6 (9,3) 420; (9,2) 417-418; (10,1) 435. Eusebio nos dará aquí un resumen completo, aunque no muy exacto, del pasaje de Josefo.

56 La cifra de i.ioo.ooo muertos, dada por Josefo y recogida por Eusebio, es a todas luces exagerada teniendo en cuenta la población de Palestina entonces. Para Tácito (Hist. 5, 13), los asediados en Jerusalén eran unos 600.000. Según Josefo, en dicha mortandad intervino, además del hambre y de la espada, la peste. La cifra total de 90.000 cautivos, incluidos los menores de diecisiete años, a la caída de Jerusalén, corresponde casi a la que da Josefo para los prisioneros hechos en todo el transcurso de la guerra: 97.000.

57 Exactamente, en septiembre del 70.

58 Le 19,42-44. Sobre el tema de la destrucción de Jerusalén en el contexto de la tradición cristiana, véase K. N. Klark, Worship in the Jerusalem Temple after A. D. 70: New Testament Studies 6 (1959-1960) 269-280; E. Fascher, Jerusalems Untergang in der urchris-tlichen und altchristlichen Ueberlieferung: Theologische Literaturzeitung 89 (1964) 82-98.

59 Le 11,13-14.

60 Lc 11,10; B. Isaac, judaea after AD 70: The Journal of Jewish studies 35 (1984) 44-50.

61 Le 23,18-19; Jn 18,40; Act 3,14; cf. Tertuliano, Adv. Iud. I3,24ss. Orígenes, C. Cels. 4,23. Eusebio, supra 6,28; II 5,6, insiste sobre la culpabilidad de los judíos.

62 Cf. supra II 23,4-7, con la nota 188; aquí utilízala palabra Ιρκος como interpretación del περιοχή de II 23,7.

Cap. 8
[De las señales que precedieron a la guerra]

1 Toma, pues, y lee cuánto aquél presenta en el libro VI de sus Historias con estas palabras:
«Por aquel entonces, los impostores y los que tales calumnias levantaban contra Dios pervertían al pueblo miserable, de modo que ni atendían ni daban crédito a los portentos 63 bien claros que anunciaban de antemano la inminente desolación; antes bien, como aturdidos por el rayo y como si no tuvieran ojos ni alma, hacían oídos sordos a los mensajes de Dios.

2 »Tales fueron un astro que se detuvo sobre la ciudad, semejante a una espada de doble filo, y un cometa que duró todo un año. Otra vez fue cuando, antes de la insurrección y de los disturbios que llevaron a la guerra, estando el pueblo reunido para celebrar la fiesta de los ácimos, el octavo día del mes de Jantico 64, a la hora nona de la noche, brilló sobre el altar y el templo una luz tan grande que se podía uno creer en pleno día, y esto duró una media hora 65 A los ignorantes les pareció que era buena señal, pero los escribas lo interpretaron rectamente antes que los hechos sucedieran.

3 »Y en la misma fiesta, una vaca que el sumo sacerdote conducía al sacrificio parió un cordero en medio del templo.

4 »Y la puerta oriental del interior, que era de bronce y muy maciza y había sido cerrada al anochecer con dificultad por veinte hombres que la habían atrancado sólidamente con cerrojos sujetos con hierro, además de tener profundos los goznes, se la vio abrirse por sí sola a la hora sexta de la noche.

5 »Y pasada la fiesta, no muchos días después, el veintiuno del mes de Artemisio, se vio aparecer un fantasma demoníaco de tamaño increíble. Y lo que se va a decir podría parecer una patraña si no lo hubieran contado los mismos que lo vieron y si los sufri mientos que se siguieron no hubieran sido dignos de esas señales. En efecto, antes de la puesta del sol, aparecieron por el aire en torno a toda la región carros y falanges armadas que se lanzaban a través de las nubes y rodeaban las ciudades.

6 »Y en la fiesta llamada de Pentecostés, por la noche, entrando los sacerdotes en el templo, como de costumbre,' para ejercer sus funciones, dicen que primeramente percibieron movimiento y ruido de golpes, y luego un grito compacto: ¡Vayámonos de aquí!

7 »Y lo que es más terrible: un hombre llamado Jesús, hijo de Ananías, simple particular, campesino, cuatro años antes de la guerra, cuando la ciudad disfrutaba de la mayor paz y del máximo esplendor, vino a la fiesta, pues era costumbre que todos erigieran tiendas en honor de Dios66, y de repente comenzó a gritar por el templo: ¡Voz de oriente! ¡Voz de occidente! ¡Voz de los cuatro vientos! ¡Voz sobre Jerusalén y sobre el templo! ¡Voz sobre recién desposados y desposadas! ¡Voz sobre todo el pueblo! Día y noche iba gritando esto por todas las callejas.

8 »Pero algunos ciudadanos notables, irritados por el mal agüero, prendieron al hombre y lo maltrataron y llenaron de heridas. Pero él, que no hablaba en provecho suyo ni por cuenta propia, continuaba gritando a los presentes lo mismo que antes.

9 »Pensando entonces los jefes—como así era—que la agitación de aquel hombre era algo demoníaco, lo condujeron ante el procurador romano 67. Allí, dilacerado con látigos hasta los huesos, ni suplicó ni derramó una lágrima, antes bien, cambiando en plañidera su voz cuanto le era posible, a cada herida respondía: ¡Ay, ay de Jerusalén!»68.

10 Refiere el mismo Josefo otro hecho todavía más extraordinario. Dice que en las escrituras sagradas se encontró un oráculo con este contenido: que en aquel tiempo alguien salido de su país regiría el mundo. El mismo Josefo ha concluido que el oráculo había tenido cumplimiento en Vespasiano 69.

11 Pero éste no gobernó a todo el mundo, sino sólo a la parte sometida a los romanos. Sería, pues, más justo referirlo a Cristo, a quien el Padre había dicho: Pídeme y te daré naciones por herencia y los confines de la tierra por posesión tuya 70. Ahora bien, por ese mismo tiempo a toda la tierra llegó la voz de los santos apóstoles y a los confines del mundo sus palabras 71.

Notas:

63 Sobre estos portentos anunciadores de la ruina de Jerusalén, de que también se hace eco Tácito (Hist. 5,13), véase G. Delling, Josephus und das Wunderbare: Novum Testa -mentum 2 (1957-1958) 291-309.

64 Corresponde al mes judío de Nisán (marzo-abril).

65 Cf. Eusebio, DE 8,2,121; Ecl. proph. 164.2-6.

66 Era, pues, la fiesta de los Tabernáculos (septiembre-octubre).

67 Luceyo Albino, procurador entre 62-64; cf. supra II 23,2.

68 Josefo, BI 6 (5,3) 288-304.

69 Cf. Josefo, BI 6 (5,4) 312-313. No sabemos en que pasaje de la Escritura se halla tal oráculo. Quizá piensan en él Tácito (Hist. 5,13), Suetonio (Vesp. 4) y Dion Casio (Hist. 66,1); cf. Schuerer, 2 p.517-18.

70 Sal 2,8.

71 Cf. Sal 18,5; Rom 10,18.

Cap. 9
[De Josefo y los escritos que dejó]

1 Después de todas estas cosas, bien está no ignorar del mismo Josefo—que tanto material ha aportado a la obra que tienes entre manos—de qué país y de qué familia procedía. También será él mismo quien nos declare esto. Dice así:
«Josefo, hijo de Matías, sacerdote originario de Jerusalén, que primero hizo personalmente la guerra contra los romanos y luego quedó a merced de los acontecimientos posteriores por necesidad» 72.

2 De todos los judíos de su época fue el más famoso, y no solamente entre sus congéneres, sino incluso entre los romanos, hasta el punto de ser él honrado con la erección de una estatua73 en Roma y sus libros considerados dignos de una biblioteca.

3 Josefo expuso toda la Antigüedad judía en veinte libros completos, y la Historia de la guerra romana de su tiempo, en siete. El mismo atestigua que no lo entregó solamente en lengua griega, sino también en su lengua materna74. Al menos por todo lo demás es digno de crédito.

4 Hay también de él otros dos libros dignos de estudio, titulados Sobre la antigüedad de los judíos. En ellos refuta al gramático Apión, que por entonces había compuesto un tratado contra los judíos. También refuta a otros que habían intentado igualmente calumniar a las instituciones patrias del pueblo judío75.

5 En el primero de estos dos libros establece el número de escritos del llamado Antiguo Testamento, enseñando cuáles son los no discutidos entre los hebreos, como provenientes de una antigua tradición. Dice textualmente:

Notas:

72 Josefo, BI i (i,i) 3. Nacido el primer año de Caligula (37-38 d.C.), entra en contacto con los romanos el 64. En el 66 manda una parte de las fuerzas revolucionarias de Galilea y cae prisionero de los romanos el 67. Desde su libertad, en el 69, toma parte en los acontecimientos al lado de los romanos, y en Roma vive el resto de su vida, favorecido por los emperadores; cf. supra I 5,3 nota 90; cf. «W. Whiston, The Life and Work of Flavius Josephus (Fiiadelfia 1957); indispensable siempre, Schuerer, i p.74-106.

73 Unica noticia de tal estatua.

74 Cf. Josefo, BI i (i,i) 3. Solamente se conserva la redacción griega. Lawlor (2 p.83) piensa que esta redacción griega es una segunda edición, ampliada, de la aramea, más que traducción.

75 Cf. Josefo, C. Apionem 2,1. La última frase de Eusebio indica lo poco acertado del título «Contra Apión» con que se conoce esta obra—escrita después del 93—y que ha suplantado al original. El primero en utilizarlo, que sepamos, fue San Jerónimo (Epist. 70,3; De vir. ill. 13; Adv. lovin. 2,14). Sobre Apión, cf. supra II 5,3-4 con nota 54.

Cap. 10
[De qué manera cita Josefo los libros divinos]

1 «No hay, pues, entre nosotros miles de libros en desacuerdo y en mutua contradicción, sino que hay solamente veintidós libros 76 que contienen la relación de todo el tiempo y que en buena justicia se los cree divinos.

2 »De ellos, cinco son de Moisés, y comprenden las leyes y la tradición de la creación del hombre hasta la muerte de Moisés. Este período abarca casi tres mil años.

3 »Desde la muerte de Moisés hasta la de Artajerjes, rey de los persas después de Jerjes, los profetas 77 posteriores a Moisés escribieron los sucesos de sus épocas en trece libros. Los otros cuatro contienen himnos en honor de Dios y reglas de vida para los hombres.

4 »Desde Artajerjes hasta nuestros días, todo se ha escrito, pero no todo merece la misma confianza que lo anterior, por no darse sucesión exacta 78 de los profetas.

5 »Pero los hechos ponen de manifiesto cómo nos acercamos nosotros a nuestras propias escrituras. Y es que, habiendo transcurrido ya tanto tiempo, nadie se ha atrevido a añadir ni quitar ni cambiar de ellas nada, antes bien, a todos los judíos es connatural, ya desde su nacimiento, el creer que esos escritos son decretos de Dios, y el aferrarse a ellos y morir gustosos por ellos en caso necesario» 79.

6 Estas palabras del autor aquí presentadas no dejarán de ser útiles. Hay también escrita por él otra obra, no carente de nobleza, Sobre la supremacía de la razón, que algunos titularon Macábeos, porque contiene las luchas de los hebreos valientemente sostenidas en defensa de la piedad para con Dios y referidas en los escritos así llamados De los Macábeos 80.

7 Y hacia el final del libro XX de sus Antigüedades 81, el mismo autor añade la declaración de que tiene el propósito de escribir en cuatro libros, siguiendo las creencias patrias de los judíos, acerca de Dios y de su esencia, y sobre las leyes: porque, según ellas, unas cosas se pueden hacer y otras están prohibidas. El mismo autor, en sus propios tratados, menciona otras obras producidas por él82.

8 Además de esto, bueno será mencionar también las palabras que van al final de sus Antigüedades, para confirmación de los testimonios que de él he tomado. Cuando acusa a Justo de Tiberíades 83 —que había intentado igual que él hacer la historia de los sucesos de aquel tiempo—de no haber escrito la verdad, después de aducir otras muchas enmiendas, añade textualmente lo que sigue:

9 «En verdad yo no tengo los mismos temores que tú por lo que se refiere a mis escritos, pues mis libros los entregué a los mismos emperadores estando los hechos todavía casi ante los ojos, porque tenía conciencia de haber conservado la tradición de la verdad, y no me equivoqué al esperar obtener su testimonio.

10 »También envié mi narración a muchos otros, algunos de los cuales se daba el caso de que habían estado en la guerra, como el rey Agripa y algunos parientes suyos 84.

11 »Y es que el emperador Tito quiso que se informara al público de los hechos solamente por medio de estos libros, tanto es así que la orden de publicarlos la firmó de su puño y letra. Y el rey Agripa escribió sesenta y dos cartas atestiguando que los libros transmiten la verdad»85.
De esas cartas Josefo cita incluso dos. Pero baste ya con esto sobre él, y sigamos.

Notas:

76 Cf. infra VI 25,2

77 Evidentemente, «profetas» en el sentido más amplio de la palabra.

78 La διαδοχή, que será básica para la fijación del canon dei Nuevo Testamento, lo fue ya para determinar el del Antiguo entre los judíos. Para Josefo, este canon se cierra en el reinado de Artajerjes, es decir, con Esdras. Lo escrito después no está garantizado por una διαδοχή exacta.

79 Josefo, C. Apionem i (9) 38-42.

80 Esta obra, cuyo texto griego aparece en los Setenta como libro IV de los Macabeos, nc fue escrita por Josefo, sino por un autor contemporáneo suyo o algo posterior; cf. Schue-rer, 3 p.393-97; A. Dupont-Sommer, Le Quatrième livre des Maccabées (Paris 1939) p.67-85.

81 Josefo, AI 20 (12,1) 268; cf. Schuerer, i p.91-93.

82 Josefo, AI i (proem. 4) 25-(i,i) 29; 3 (4,6) 94 (6,6) 143; 4 (8,4) 198; 20 (12,1) 267; BI 5 (5,7) 237.(5,8) 247.

83 Autor de una Historia de la guerra Judía y de una Crónica de los reyes judíos, ambas perdidas; Focio, Biblioth. cod.33 todavía conocía la Crónica. Cf. Schuerer, i p.58-63.

84 Cf. Josefo, C. Apionem 1(9)50-52.

85 Josefo, De vita sua (65) 361-364. Esta larga cita se halla, para Eusebio, «al final» de las Antigüedades (cf. § 8). Por lo tanto, para él la autobiografía de Josefo no es obra aparte, sino un apéndice de las Antigüedades, a las que se une mediante la partícula δέ. Por lo demás, tampoco es una «vida», sino una «apología pro vita sua» escrita unos seis años después que las Antigüedades, para justificar principalmente su actividad—prorromana—desde el año 66; cf. Schuerer, i p.86-88.

Cap. 11
[De cómo después de Santiago dirige la Iglesia de Jerusalén Simeón]

Después del martirio de Santiago y de la toma de Jerusalén, que le siguió inmediatamente, es tradición86 que los apóstoles y discípulos del Señor que todavía vivían se reunieron de todas partes en un mismo lugar, junto con los que eran de la familia del Señor según la carne (pues muchos de ellos aún vivían), y todos87 celebraron un consejo sobre quién debía ser juzgado digno de suceder a Santiago, y todos, por unanimidad, decidieron que Simeón, el hijo de Clopás—mencionado también por el texto del Evangelio 88—, era digno del trono de aquella iglesia, por ser primo del Salvador, al menos según se dice, pues Hegesipo89 refiere que Clopás era hermano de José.

Notas:

86 Tradición documental de la que, en estilo indirecto, depende este capítulo y el siguiente. Seguramente se trata de Hegesipo, al que alude al final de este capítulo 11 y en el 12, y al que sigue en la datación del martirio de Santiago, en vez de seguir a Josefo; cf. supra Il 23,2.

87 Nótese la triple clase de electores: apóstoles, discípulos personales y parientes del Señor, todos supervivientes de la primera generación; cf. J. A. JÁUREGUI, Función de los «Doce» en la Iglesia de Jerusalén. Estudio histórico-exegético sobre el estado de la cuestión: EE 63 (1988) 257-184; J. Gilles, Les «frères et soeurs» de Jésus. Pour une lecture fidèle des Evangiles (Paris 1979).

88 Lc 24,18; Jn 19,25; se le suele traducir en castellano por Cleofás.

89 Cf. infra IV 22,4; San Epifanio, Haer. 78,7.

Cap. 12
[De cómo Vespasiano ordena que se busque a los descendientes de David]

Y después de esto Vespasiano, tras la toma de Jerusalén, dio la orden de buscar a todos los descendientes de David, para que entre los judíos no quedara nadie de la estirpe real. Por esta causa se endosó a los judíos otra gran persecución 90.

Notas:

90 De estas disposiciones y de la persecución consiguiente no existe más testimonio que éste, casi seguro de Hegesipo. Es difícil precisar su exacto valor histórico; cf. Schuerer, i p.66o-66i.

Cap. 13
[De cómo el segundo obispo de Roma es Anacleto] 91

Después de imperar Vespasiano diez años, le sucede como emperador su hijo Tito 92. El segundo año del reinado de éste, Lino, obispo de la iglesia de Roma, después de ejercer el cargo durante doce años, se lo transmite a Anacleto 93. A Tito, que imperó dos años y otros tantos meses, le sucedió su hermano Domiciano 94.

Notas:

91 En este capítulo y en el siguiente se ha invertido el orden establecido en el sumario del comienzo del libro, según el cual, el capítulo 13 debería tratar del obispo de Alejandría, y el 14, del de Roma.

92 Proclamado emperador el 1 de julio del 69, Vespasiano muere el 23 de junio del 79; cf. G. W. Clarke, The date of the consecratio of Vespasian: Historia 15 (1966) 318-327. Era, después de Augusto, el primer emperador que moría de muerte natural. Le sucedió su hijo Tito Flaviano Sabino Vespasiano, que, a pesar de su corto reinado (79-81) mereció el título de «deliciae generis humani» (Suetonio, Tit. 1; cf. Eusebio, Chronic, ad annum 79: Helm, p.i89).

93 El texto griego le llama ’Ανέγκλητος, Anacleto, el irreprochable. El Occidente abreviará en Cleto, y el Catálogo Liberiano llegará a ver bajo estos dos nombres dos personas distintas. El orden de sucesión es el que dan Hegesipo e Ireneo. El segundo año de Tito va de julio del 80 a julio del 81. Esto responde a la cronología de la Crónica, ad annum 80: Helm, p. i 89, pero no encaja con los doce años de episcopado atribuidos a Lino, cifra sin duda más convencional que histórica; cf. infra 15.

94 Tito murió el 13 de septiembre del 81. Le sucede su hermano menor Tito Flavio Domiciano (81-96). Cf. S. Gsell, Essai sur le règne de Vempereur Domitien: Studia histórica 46 (Paris 1893; reimpr. anastática, Roma 1967); W. Steidle, Sueton und die Antike Biographie: Zetemata 1 (1951) 94-97; K. Gross, Domitianus: RAC t.4 (1959) col.91-109; K. H. Waters, The character of Domitian: Phoenis 18 (1964) 49-77.

Cap. 14
[De cómo el segundo en dirigir a los alejandrinos es Abilio]

El año cuarto de Domiciano muere Aniano, primer obispo de la iglesia de Alejandría, después de haber completado los veintidós años, y le sucede Abilio como segundo obispo 95.

Notas:

95 Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 84; Helm, p. 190.

Cap. 15
[De cómo el tercer obispo de Roma, después de Anacleto, es Clemente]

El año duodécimo del mismo reinado, Clemente sucede a Anacleto, que había sido obispo de la iglesia de Roma doce años 96. El apóstol, en su carta a los Filipenses, hace saber a éstos que Clemente era colaborador suyo, diciendo: Con Clemente también y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida 97.

Notas:

96 Cf. Ibid., ad annum 92: Helm, p. 191. El duodécimo año de Domiciano corresponde al 93. J. B. Lightfoot (The Apostolic Fathers t.i [1890] p.14-103) supone para el episcopado de Clemente la fecha aproximada 88-97; cf. infra V 6,2; M. Guerra-GóMEZ, El obispo de Roma y la «regula fidei» en los tres primeros siglos de la Iglesia: Burgense 30 (1989) 355-431.

97 Flp 4,3; cf. supra 4,9. La identificación no tiene el menor fundamento.

Cap. 16
[De la carta de Clemente]

De éste se posee una Carta universalmente admitida, larga y admirable, que escribió en nombre de la iglesia de Roma a la de los Corintios con motivo de una sedición que hubo entonces en Corinto 98. Sabemos que esta carta se ha leído públicamente en la asamblea en la mayor parte de las iglesias, no sólo antiguamente 99, sino también en nuestros días. Y de que en el tiempo indicado 100 tuvo lugar la sedición de Corinto, Hegesipo es testigo suficiente 101.

Notas:

98 1 Clementis, inscript. 1. Los testigos más antiguos de la autoridad de esta carta son Hegesipo (Memorias: infra IV 22,1) Dionisio de Corinto (Epist. ad Soterum: infra IV 23 11), San Ireneo (Adv. haer. 3,3,3). Aunque el nombre no aparece, se da por seguro que su autor es Clemente, siendo otro Clemente, el de Alejandría, el que primero se la atribuye nombrándole expresamente. Debió de escribirla a finales del imperio de Domiciano, del 95 al 96, según Lightfoot (o.e., 1 p.346). Se ha transmitido en algunos de los más importantes mss. del Nuevo Testamento como libro canónico. Edición bilingüe preparada por J . I. Ayán-Calvo: Clemente de Roma. Carta a los Corintios = Fuentes Patrísticas, 4 (Madrid 1994).

99 Cf. infra IV 23 (Dionisio de Corinto). Sobre el sentido de estas cartas como ejercicio de la colegialidad episcopal, véase San Pieszczoch, Notices sur la collégialité chez Eusèbe de Césarée (Histoire Ecclésiastique) : Studia Patrística 10: TU 107 (Berlin 1970) 302-305.

100 También puede entenderse: en tiempo del emperador aludido (Domiciano), o bien: en tiempo del personaje aludido (Clemente).

101 Cf. infra IV 12; Zahn, Forschungen 6.243.

Cap. 17
[De la persecución de Domiciano]

Domiciano dio pruebas de una gran crueldad para con muchos, dando muerte sin un juicio razonable a no pequeño número de patricios y de hombres ilustres, y castigando con el destierro fuera de las fronteras y confiscación de bienes a otros innumerables personajes sin causa alguna 102. Terminó por constituirse a sí mismo sucesor de Nerón en la animosidad y guerra contra Dios 103. Efectivamente, él fue el segundo en promover la persecución contra nosotros a pesar de que su padre Vespasiano nada malo había planeado contra nosotros.

Notas:

102 Cf. Suetonio, Damit. 9-16; Dion Casio, Hist. 6τ, Plinio El Joven, Panegyr. 48; Epist. 8,14; TÁCITO, Agrie. 1,3; A. BarZANO, Plinio il Giovane e i cristtani alia corte di Domiziano: Rivista di Storia della Chiesa in Italia 36 (1982) 408-495; B. Levick, Domitian and the provinces: Latomus 41 (1982) 50-73; C. TIBILETTI, II significato politico delle antiche persecuzioni cristiane: Annali delfa Facoltà di lettere e filosofía dell' Umversita di Macerata 10 (1977) 135158; H. D. Stoever, Christenverfolgung im Römischen Reich. Ihre Hintergründe und Folgen (Düsseldorf 1982).

103 Melitón de Sardes (Ad Antoninum: infra IV 26,9) y Tertuliano (Apolog. 5,4) son los primeros autores cristianos que comparan a Domiciano con Nerón. Sobre el carácter de este emperador y su relación con judíos y cristianos, véase supra nota 94; E. M. Smallwood, Domitians attitude toward the Jews and Judaism: Classical Philology 51 (1956) 1-13; K. Christ, Herrscherauffassung Domitians: Schweizerische Zeitschrift für Geschichte 12 (1962) 187-213. Sobre su discutida persecución contra los cristianos puede verse J. Moreau, A propos de la persécution de Domitien: La Nouvelle Clio 5 (1953) I2iss; Id., La persécution du christianisme dans l'empire romain (Paris 1956) p.36ss; M. Sordi, La persecuzione di Domiziano: Rivista di Storia délia Chiesa in Italia 14 (i960) 1-26; W. Barnard, Clement of Rome and the Persecution of Domitian: New Testament Studies 10 (1963) 251-260; S. Rossi, La cosidetta persecuzione di Domiziano. Esame, testimoníame: Giornale Ital. Filolog. ling, classica 15 (1962) 303-341. Para todo el período de Domiciano y, en general, de los Antoninos en relación con el cristianismo, véase J. Speigl, Der römische Staat und die Christen. Staat und Kirche von Domitian bis Commodus (Amsterdan 1970): sobre Domiciano, p.5-42.

Cap. 18
[Del apóstol Juan y el «Apocalipsis»]

1 Es tradición 104 que, en este tiempo, el apóstol y evangelista Juan, que aún vivía, por haber dado testimonio del Verbo de Dios, fue condenado a habitar en la isla de Patmos.

2 Por lo menos Ireneo, cuando escribe acerca del número del nombre aplicado al anticristo en el llamado Apocalipsis de Juan 105, dice en el libro V Contra las herejías, textualmente, de Juan, lo que sigue:

3 «Mas si hubiera sido necesario en la ocasión presente proclamar abiertamente su nombre 106, se hubiera hecho por medio de aquel que también había visto el Apocalipsis, ya que no hace mucho tiempo que fue visto, sino casi en nuestra generación, hacia el final del imperio de Domiciano»107.

4 Mas es de saber que de tal manera brilló por aquellos días la enseñanza de nuestra fe, que hasta los escritores alejados de nuestra doctrina no vacilaron en transmitir en sus narraciones la persecución y los martirios que en ésta se dieron. Incluso indicaron con toda exactitud la fecha ai referir que en el año decimoquinto de Domiciano, Flavia Domitila, hija de una hermana de Flavio Clemente, uno de los cónsules de aquel año en Roma, junto con otros muchos, fue castigada con el destierro a la isla de Pontia, por causa de su testimonio sobre Cristo 108.

Notas:

104 Tradición documental: las Memorias de Hegesipo, sin duda, que así resultaría ser el testigo más antiguo de que el apóstol Juan escribió el Apocalipsis durante el imperio de Domiciano. Cf. R. Schuetz, Die Offenbarung des Johannes und Kaiser Domitians (Gotinga 1933).

105 Ap 13,17-18.

106 El del anticristo; cf. P. Prigent, Au temps de l'Apocalypse. I: Domitien. II: Le culte imperial au Ier siècle en Asie Mineur: Revue d'Histoire et de Philosophie religieuses 54 (1974) 45S-483; 55 (1975) **5'*35.

107 San Ireneo, Adv. haer. 5,30,3; cf. infra V 8,6, donde cita el pasaje más completo. Según él, Ireneo habría nacido poco después del 96.

108 Suetonio (Domit. 15,1) no habla más que del cónsul Flavio Clemente; Dion Casio (Hist. 67,14) habla del cónsul y de su mujer Flavia Domitila, condenados los dos por Domiciano: él, a la última pena, y ella al destierro, a la isla de Pandataria. En cambio, Eusebio sólo habla de una Flavia Domitila, sobrina carnal del cónsul Flavio Clemente, desterrada, no a Pandataria, sino a la isla de Pontia. Los autores paganos a que apela son totalmente desconocidos (el Brutio de la Crónica, ad annum 96, por ser latino, seguramente aparece gracias a San Jerónimo, y además, según Juan Malalas, sería cristiano). Posiblemente se trate de Dion Casio, pero mal entendido. Los esfuerzos de De Rossi (Bolletino di Archeologia Cristiana [1865] n.21), para fijar el árbol genealógico que explicaría los parentescos y las evidentes incongruencias, no parecen haber convencido a todos. Cf. J. Knudsen, The Lady and the Emperor. A study of the Domitian persecution: Church History 14 (1945) 17-32; K. Gross, Domitianus: RAC t.4 (i953) col.91-109, espec. col.104; U. Fasola, Domitilla (Sainte), martyre romaine de la persécution de Domitien, fêtée le 12 mai: DHGE 1.14 (i960) col.630-632; P. R. L. Brown, Aspects of the Christianization of the Roman Aristocracy: Journal of Roman Studies 51 (1961) i-π; Ph. Pergola, La condamnation des Flavieus «chrétiens» sous Domitien: persécution religieuse ou repression à caractère politique?: Mélanges de l'Ecole Française de Rome. Antiquité 90 (1978) 407-413.

Cap. 19
[De cómo Domiciano ordena dar muerte a los descendientes de David]

El mismo Domiciano dio orden de ejecutar a los miembros de la familia de David, y una antigua tradición109 dice que algunos herejes acusaron a los descendientes de Judas—que era hermano del Salvador según la carne—, con el pretexto de que eran de la familia de David y parientes de Cristo mismo 110. Esto es lo que declara Hegesipo cuando dice textualmente:

Notas:

109 Sin duda la misma tradición documental que en capítulos anteriores: las Memorias de Hegesipo; cf. Lawlor, Eusebiana p.40-53.

110 No sabemos quiénes eran esos herejes; cf. infra 32,2.

Cap. 20
[De los parientes de nuestro Salvador]

1 «De la familia del Señor vivían todavía los nietos 111 de Judas, llamado hermano suyo según la carne 112, a los cuales delataron 113 por ser de la familia de David. El evocato 114 los condujo a presencia del césar Domiciano, porque éste, al igual que Herodes, temía la venida de Cristo.

2 »Y les preguntó si descendían de David; ellos lo admitieron. Entonces les preguntó cuántas propiedades tenían o de cuánto dinero disponían, y ellos dijeron que entre los dos no poseían más que nueve mil denarios, la mitad de cada uno, y aun esto repetían que no lo poseían en metálico, sino que era la evaluación de sólo treinta y nueve pletros de tierra, cuyos impuestos pagaban y que ellos mismos cultivaban para vivir».

3 Entonces mostraron sus manos y adujeron como testimonio de su trabajo personal la dureza de sus cuerpos y los callos que se habían formado en sus propias manos por el continuo bregar.

4 Preguntados acerca de Cristo y de su remo: qué reino era éste y dónde y cuándo se manifestaría, dieron la explicación de que no era de este mundo ni terrenal, sino celeste y angélico y que se dará al final de los tiempos; entonces vendrá El con toda su gloria y juzgará a vivos y muertos y dará a cada uno según sus obras 115.

5 Ante estas respuestas, Domiciano no los condenó a nada, sino que incluso los despreció como a gente vulgar. Los dejó libres y por decreto hizo que cesara la persecución contra la Iglesia 116.

6 Los que habían sido puestos en libertad estuvieron al frente de las iglesias 117 tanto por haber dado testimonio como por ser de la familia del Señor, y, vuelta la paz, vivieron todavía hasta Tra-jano 118.

7 Esto dice Hegesipo. Pero no sólo él. También Tertuliano hace una mención semejante de Domiciano:
«También Domiciano intentó algún tiempo hacer lo mismo que aquél, aun no siendo más que una parte de la crueldad de Nerón. Mas, como, según creo, tenía algo de cabeza 119, hizo que cesara rápidamente y llamó de nuevo a los mismos que había desterrado» 120.

8 Después de imperar Domiciano quince años y de sucederle Nerva en el gobierno 121, el senado romano decidió por votación que se anularan los honores de Domiciano y que regresasen a sus casas los que habían sido expulsados injustamente y, a la vez, recuperasen sus bienes. Lo refieren los que han transmitido por escrito los sucesos de aquel tiempo 122.

9 Fue entonces, por lo tanto, cuando el apóstol Juan, de vuelta de su destierro en la isla, se retiró a vivir en Efeso, según refiere la tradición de nuestros antiguos 123.

Notas:

111 Cf. supra 19: descendientes.

112 Mt 13,55; Mc 6,3; cf. J. Blinzler, I fratelli e le sorelle di Gesù (Brescia 1974).

113 Ιδηλατόρευσαν, verbo formado de la palabra latina delator, personaje importantísimo en los últimos años de Domiciano; cf. Pauly-Wissowa t.4, col.2428.

114 Evocatus: soldado veterano, movilizado de nuevo para estar al servicio de los magistrados desempeñando funciones administrativas secundarias.

115 Cf. Mt 16,17; Jn 18,36; Act 10,41; Rom 1,6; 1 Tim 4,1.

116 A lo más puede tratarse de la persecución local de la Iglesia de Jerusalén, de donde procedían los acusados; cf. infra 31,7; sin embargo, no se sabe nada más de dicho decreto; cf. P. Keresztes, The Jews, the Christians, and Emperor Domitian: VigCh 17 (1973) 1-18.

117 ¿Cuál era el papel de estos parientes del Señor «al frente de las iglesias»? Ya hemos visto que, en la elección de Simeón, toman parte junto a los apóstoles y discípulos personales del Señor (supra 11); sí no olvidamos que San Pablo (1 Cor 12,5) también los tiene por autoridades junto a Cefas y los demás apóstoles, nos será difícil pensar en invenciones legendarias; cf. E. Stauffer, Zum Kalifat des Jakobus : Zeitschrift für Religion und Geistesgeschichte 4 (1952) 193-204. t .

118 Cf. infra 32,6, donde se cita el texto de Hegesipo literalmente.

119 σύνεσις, cabeza, inteligencia; el original habla de humanidad: «qua et homo».

120 Tertuliano, Apolog. 5,4.

121 Los conjurados asesinaron a Domiciano el 18 de septiembre del 96; con él terminó la dinastía de los Flavios. El senado eligió como sucesor a Nerva el 1 de octubre del mismo año, que inició la dinastía llamada de los Antoninos (96-192).

122 Cf. Eusebio, Chronic, ad annum 96: Hei.μ, p. 192-193; Suetonio, Damit. 23; Dion Casio, Hist. 68,1.

123 Sin duda también las Memorias de Hegesipo.

Cap. 21
[De cómo el tercero en dirigir la iglesia de Alejandría es Cerdón]

Después de imperar Nerva poco más de un año, le sucedió Trajano 124. Corría el primer año de éste cuando Cerdón sucedía a Abilio, que había regido la iglesia de Alejandría durante trece años 125. Cerdón era el tercero de los que allí ejercieron la presidencia después del primero, Aniano. En este tiempo, a los romanos los regía todavía Clemente, que también ocupaba el tercer lugar 126 de los que fueron obispos de allí después de Pablo y Pedro. El primero había sido Lino, y después de él, Anacleto.

Notas:

124 Efectivamente, Nerva murió el 25 de enero del 98, casi a los dieciséis meses de haber sido elegido. Pero tres meses antes de morir, había adoptado como heredero al general del ejército de Germania, Marco Ulpio Trajano. Este fijó su dies imperii el 27 de octubre del 97, fecha en que fue asociado al imperio. Oriundo de Itálica, este aristócrata español fue el primer provinciano no italiano que llegó a ser emperador; cf. E. ClZEK, L'époque de Trajan (Paris 1983).

125 Según la Crónica, ad annum 96: Helm, p. 193, Abilio muere durante el imperio de Nerva. Pudo ser entre noviembre del 97 y enero del 98. Cf. F. Pericoli-Ridolfini, Le origine della Chiesa di Alessandria d'Egitto e la cronología dei vescovi alessandrini dei secoli I e II : Rendiconti délia Classe di Scienze morali, storiche e filologiche dell'Academia dei Lincei 17 (1961) 308-348; C. W. GRIGGS, Early Egyptian Christianity: from its origins to 451 C.E. = Coptic Studies, 2 (Leyde 1990).

126 Cf. infra V 6,2.

Cap. 22
[De cómo el segundo en dirigir la iglesia de Antioquía es Ignacio]

Pero de los antioquenos, después de Evodio 127, primero que fue instituido, en el tiempo de que hablamos era muy conocido el segundo: Ignacio 128. Igualmente en esos mismos años, el ministerio de la iglesia de Jerusalén lo tenía Simeón 129, segundo después del hermano de nuestro Salvador.

Notas:

127 S. Giet, Traditions chronologiques légendaires ou historiques: Studia Patrística i: TU 63 (Berlin 1957) 608, piensa que este Evodio es el mismo a que se refiere Nicéforo Calixto en su Hist. Eccles. 3, pues le hará «sucesor de los sagrados apóstoles», aunque sus fuentes no merecen mucha confianza.

128 Ya Orígenes (In Lucam hom.6) había dicho que Ignacio era el segundo, pero sin dar el nombre del primero, como Eusebio aquí; cf. infra ló.zss; cf. Ch. Munier, A propos d'Ignace d'Antioche. Observations sur la liste épiscopale d'Antioche: Revue des sciences religieuses 55 (1981) 126-131.

129 Cf. supra 11; infra IV 22,4.

Cap. 23
[Relato sobre el apóstol Juan]

1 Por este tiempo vivía todavía en Asia el mismo a quien amó Jesús 130, el apóstol y evangelista Juan, y allí seguía rigiendo las iglesias después de regresar del destierro de la isla, tras la muerte de Domiciano 131.

2 Y que Juan permanecía en vida por este tiempo se confirma suficientemente con dos testigos. Estos, representantes de la ortodoxia de la Iglesia, son bien dignos de fe, tratándose de hombres como Ireneo y Clemente de Alejandría.

3 El primero de ellos, Ireneo, escribe textualmente en alguna parte del libro II de su obra Contra las herejías como sigue:
«Y todos los presbíteros que en Asia están en relación con Juan, el discípulo del Señor, dan testimonio de que Juan lo ha transmitido, porque aún vivió con ellos hasta los tiempos de Trajano»132.

4 Y en el libro III de la misma obra manifiesta lo mismo con estas palabras:
«Pero también la iglesia de Efeso, por haberla fundado Pablo y porque en ella vivió Juan hasta los tiempos de Trajano, es un testigo veraz de la tradición de los apóstoles» 133.

5 Por su parte, Clemente señala el mismo tiempo, y en su obra que tituló ¿Quién es el rico que se salva? añadió una narración valiosísima para los que gustan de escuchar cosas bellas y provechosas. Tómala, pues, y lee lo que allí escribió:

6 «Escucha una historieta, que no es una historieta, sino una tradición existente acerca del apóstol Juan, transmitida y guardada en la memoria 134. Efectivamente, después que murió el tirano 135, Juan se trasladó de la isla de Patmos a Efeso. De aquí solía partir, cuando lo llamaban, hacia las vecinas regiones paganas, con el fin de, en unos sitios, establecer obispos; en otros, erigir iglesias enteras, y en otros, ordenar a alguno de los que había designado el Espíritu.

7 »Vino, pues, a una ciudad no muy apartada y cuyo nombre algunos mencionan incluso. Después de consolar a los hermanos en todo lo demás, habiendo visto a un joven de bastante estatura, de aspecto elegante y de alma encendida, fijó su mirada en el rostro del obispo instituido sobre la comunidad y dijo: «Yo te confío éste con todo interés, en presencia de la iglesia y con Cristo como testigo». El obispo aceptó al joven, prometiéndolo todo, pero Juan seguía insistiendo en lo mismo y apelando a los mismos testigos.

8 »Luego regresó a Efeso, y el presbítero 136 se llevó a casa al joven que se le había confiado y allí lo mantuvo, le rodeó de afecto y, por último, lo bautizó 137. Después de esto aflojó un poco en su mucha solicitud y vigilancia, pensando que le había impuesto la salvaguardia perfecta: el sello del Señor.

9 »Pero ciertos mozalbetes de su edad, vagos, disolutos y avezados al mal, lo pervirtieron. Su libertad era prematura. Primeramente se lo atrajeron por medio de suntuosos banquetes; después se lo llevaban consigo, incluso de noche, cuando salían al robo, y al fin le exigían obrar con ellos fechorías mayores.

10 »El joven se fue acostumbrando a ello insensiblemente y, desviándose del recto camino, como caballo de boca dura, brioso y que tasca el freno 138, por su vigor natural se fue precipitando con más fuerza en el abismo.

11 »Terminó por desesperar de la salvación divina. Desde entonces no planeaba ya en pequeño, sino que, habiendo perpetrado grandes crímenes, puesto que estaba perdido una vez por todas, consideraba justo correr la misma suerte que los demás. Así fue que, tomando consigo a estos mismos y formando una banda de salteadores, él era su cabecilla decidido, el más violento, el más homicida, el más temible de todos.

12 »Al cabo de un tiempo, surgió cierta necesidad y volvieron a llamar a Juan. Este, después de haber arreglado los asuntos por los que había venido, dijo: 'Bueno, obispo, devuélveme el depósito que yo y Cristo te hemos confiado en presencia de la iglesia que presides y que es testigo'.

13 »El obispo, a las primeras, quedó estupefacto, creyendo ser víctima de calumnia sobre algún dinero que él no había recibido: ni podía creer en lo que no tenía ni podía dejar de creer a Juan. Cuando éste le dijo: ‘El joven es lo que pido y el alma del hermano', el anciano prorrumpió en profundos sollozos y, anegado en lágrimas, dijo: ‘ése está muerto'. ¿Cómo? ¿Muerto de qué? ‘Está muerto para Dios—dijo—, pues se alejó hecho un malvado, un perdido y, para colmo, un salteador, y ahora tiene ocupado el monte que está frente a la iglesia, con una cuadrilla de su misma calaña'.

14 »Rasgó el apóstol su vestido y, golpeándose la cabeza, con gran lamentación exclamó: ‘¡Buen guardián dejé del alma del hermano! Mas venga ya un caballo y alguien que me guíe en el camino'. Y desde allí, tal como estaba, salió de la iglesia y se marchó.

15 »Llegó al lugar. Los centinelas de los bandidos le echaron mano, pero él ni huía ni suplicaba, sino que a gritos decía: ‘Por esto he venido 139, llevadme a vuestro jefe'.

16 »Este, entretanto, aguardaba armado como estaba, mas, al reconocer a Juan en el que se acercaba, se dio a la fuga, lleno de vergüenza. Juan lo perseguía con todas sus fuerzas, olvidado de su edad 140 y gritando:

17 »'¿Por qué me rehuyes, hijo, a mí, tu padre, desarmado y viejo? Ten piedad de mí, hijo, no temas. Todavía tienes esperanzas de vida. Yo rendiré cuentas por ti a Cristo 141, y, si fuere necesario, con gusto sufriré por ti la muerte, como el Señor la sufrió por nosotros. Por tu vida yo daré a cambio la mía propia. ¡Detente! ¡Ten fe! ¡Es Cristo quien me envió!'

18 »El joven, al oírlo, primero se detuvo, con la vista baja; luego arrojó las armas y, temblando, prorrumpió en amargo llanto 142. Cuando el anciano se le acercó, se abrazó a él. Sus lamentos eran ya, en lo posible, un discurso de defensa, y sus lágrimas le servían de segundo bautismo. Sólo ocultaba su mano derecha.

19 »Pero Juan le salió fiador jurando que había alcanzado perdón para él de parte del Salvador, cayó de rodillas, suplicante, y besó su misma mano derecha considerándola ya purificada por el arrepentimiento. Lo recondujo a la iglesia, oró con abundantes súplicas, lo acompañó en su lucha con ayunos prolongados y fue cautivando su espíritu con los variados atractivos de su palabra y, según dicen, ya no partió de allí hasta haberlo asentado en la iglesia, después de que dio gran ejemplo de verdadero arrepentimiento y grandes señales de regeneración, como trofeo de una resurrección visible»143.

Notas:

130 Cf. Jn 13,23; 19,26; 20,2; 21,7-20.

131 Este pasaje y su confirmación en ios párrafos que siguen, con las autoridades de Clemente de Alejandría y de San Ireneo, así como el silencio de supra II 9,1-4, contradicen a la presunta tradición que sitúa la muerte del apóstol y evangelista Juan antes de las persecuciones de Nerón y de Domiciano; cf. K. F. Evans-Prosser, On the suppossed early death of John the Apostle: Expository Times 54 (I942-I943) I38ss.

132 San Ireneo, Adv. haer. 2,22,3.

133 San Ireneo, Adv. haer. 3,3,4.

134 Esta expresión hace pensar en una tradición oral. Clemente la califica de μύθον oú μύθον; es decir, la acepta, pero con reservas. ¿Quizá la tornó de los Hechos de Juan, aludidos más abajo, 25,6?

135 Debe ser Domiciano; cf. svprc § i.

136 El mismo, que en los otros párrafos llama «obispo»; cf. J. Zizioulas, Episkopè et Episkopos dans VEglise primitive. Bref inventaire de la documentation: Irénikon 56 (1983) p.484-501-

137 ¿φώτισε: el bautismo ilumina interiormente; cf. Heb 6,4; San Justino, Apol. I 61,12.

138 Cf. Platón, F/iaear. 254D.

139 Cf. Jn 18,37.

140 El apóstol no podía andar en esta época—últimos años del siglo i—por debajo de los ochenta años.

141 Cf. Heb 13,17.

142 Cf. Mt 26,75.

143 Clemente de Alejandría, Quis dives... 42,1-15.

Cap. 24
[Del orden de los evangelios]

1 Que este testimonio de Clemente sirva aquí a la vez de narración y de provecho para los que lleguen a leerlo. Pero indiquemos los escritos incontrovertidos de este apóstol.

2 En primer lugar quede reconocido como auténtico su Evangelio, que se lee por entero en todas las iglesias de bajo el cielo. Sin embargo, el hecho de que los antiguos con buena razón lo catalogaran en el cuarto lugar, detrás de los otros tres, acaso pudiera explicarse de la manera que sigue.

3 Aquellos hombres inspirados y en verdad dignos de Dios —los apóstoles de Cristo, digo—, purificadas hasta el colmo sus vidas y adornadas sus almas con toda virtud, hablaban, no obstante, la lengua de los simples 144. Al menos, aunque la fuerza divina 145 y obradora de milagros que el Salvador les había dado los hacía audaces, ni sabían ni intentaban siquiera ser embajadores de la doctrina del Salvador con la persuasión y con el arte de los discursos, sino que, usando solamente de la demostración del Espíritu divino que obraba con ellos y del sólo poder de Cristo 146 que se ejercía a través de ellos, anunciaron el conocimiento del reino de los cielos por toda la tierra habitada, sin preocuparse gran cosa de ponerlo por escrito.

4 Y obraban así en cuanto servidores de un ministerio mayor y que está por encima del hombre. Y así, Pablo, el más capaz de todos en la preparación de discursos y el de más vigoroso pensamiento, no dejó por escrito más que sus brevísimas cartas, y eso que podía decir cosas infinitas e inefables por haber alcanzado la contemplación de hasta el tercer cielo, ya que había sido arrebatado hasta el paraíso mismo y se había hecho digno de escuchar las palabras inefables de allá 147.

5 Tampoco faltaba experiencia de estas mismas cosas a los demás acompañantes de nuestro Salvador, los doce apóstoles de una parte y los setenta discípulos de otra, así como otros innumerables, además de éstos. Y, sin embargo, de todos ellos solamente Mateo y Juan nos han dejado memorias de las conversaciones 148 del Señor, y aun es tradición 149 que se pusieron a escribir forzados a ello.

6 Efectivamente, Mateo, que primero había predicado a los hebreos, cuando estaba a punto de marchar hacia otros, entregó por escrito su Evangelio, en su lengua materna, supliendo así por medio de la escritura lo que faltaba a su presencia entre aquellos de quienes se alejaba.

7 Marcos y Lucas habían ya publicado sus respectivos evangelios 150, mientras Juan se dice que en todo ese tiempo seguía usando de la predicación no escrita, pero que al fin llegó también a escribir, por el motivo siguiente. Los tres evangelios escritos anteriormente habían sido ya distribuidos a todos, incluso al mismo Juan, y se dice que éste los aceptó y dio testimonio de su verdad, pero también que les faltaba únicamente la narración de lo que Cristo había obrado en los primeros tiempos y ai comienzo de su predicación 151.

8 La razón es verdadera. Es posible ver, efectivamente, que los tres evangelistas han puesto por escrito solamente los hechos que siguieron al encarcelamiento de Juan Bautista, durante sólo un año, y que son ellos los que advierten de esto mismo al comienzo de los relatos.

9 Por ejemplo, después del ayuno de cuarenta días y de la tentación que siguió, Mateo declara la fecha de su propio escrito cuando dice: Y oyendo que Juan había sido entregado, se retiró de Judea a Galilea 152.

10 Y lo mismo Marcos, que dice: Después de ser entregado Juan, Jesús vino a Galilea 153. Y Lucas, antes de dar comienzo a los hechos de Jesús, hace parecida observación, diciendo que Herodes añadió, a los males que había cometido, este otro: encerró a Juan en la cárcel154.

11 En consecuencia se dice que por esto se le animó al apóstol Juan a transmitir en su Evangelio el período silenciado por los primeros evangelistas y las obras realizadas en este tiempo por el Salvador, es decir, las anteriores al encarcelamiento del Bautista, y que esto mismo se indica, bien cuando dice: Este comienzo tuvieron los milagros de Jesús 155, bien cuando menciona al Bautista entre medio de los hechos de Jesús diciendo que todavía seguía bautizando en Ainón, cerca de Salim. Lo expresa claramente al decir: Porque Juan no había sido encarcelado todavía 156.

12 Juan, por lo tanto, transmite en su Evangelio escrito lo que Cristo obró antes de que el Bautista fuera encarcelado, mientras que los otros tres evangelistas recogen los hechos posteriores al encarcelamiento del Bautista.

13 A quien ponga atención a todo esto no tiene ya por qué parecerle que los evangelios difieren entre sí, puesto que el de Juan contiene las obras primerizas de Cristo, y los otros la historia del final del período. Y, en consecuencia, es también probable que Juan pasara por alto la genealogía carnal de nuestro Salvador por haberla escrito ya anteriormente Mateo y Lucas, y comenzase hablando de su divinidad, cual si el Espíritu divino se lo hubiera reservado a él como más capaz.

14 Bástenos, pues, lo dicho sobre la escritura del Evangelio de Juan. La causa de haberse escrito el Evangelio de Marcos queda explicada ya arriba 157.

15 Por lo que hace a Lucas, también él, al comenzar su escrito 158, expone de antemano el motivo por el cual lo ha compuesto. Debido a que muchos otros se ocuparon con demasiada precipitación a hacerse una narración de los hechos de que él mismo estaba bien enterado, él se sintió obligado a apartarnos de las dudosas suposiciones de los otros y nos ha transmitido por medio de su Evangelio el relato seguro de todo aquello cuya verdad ha captado suficientemente aprovechando la convivencia y el trato con Pablo, así como la conversación con los demás apóstoles 159.

16 Y esto es lo que tenemos sobre el tema. En momento más apropiado trataremos de explicar, por medio de citas de los antiguos, lo que sobre este punto han dicho otros también.

17 De los escritos de Juan, además del Evangelio, también se admite sin discusión, por modernos y por antiguos, la primera de sus cartas. En cambio se discuten las otras dos 160.

18 Por lo que hace al Apocalipsis, todavía hoy la opinión de muchos se bifurca en uno u otro sentido. También él recibirá en ei momento oportuno su sanción, extraída del testimonio de los antiguos 161.

Notas:

144 Es decir, no literaria; cf. Act 4,13; 1 Cor 2,1; 2 Cor 11,6.

145 Cf. Act 1,8.

146 Cf. 1 Cor 2,4-

147 Cf. 2 Cor 12,2-4. ¿Tiene Eusebio «in mente» para estos dos párrafos el pasaje de Orígenes (In Ioann. 4,2; Philocal. 4), aunque no lo cite ni lo tome como autoridad, y parezca que habla de su propia cosecha?

148 En los Mss BD y en L, en vez de διατριβών, leemos μαθητών, loque daría esta traducción: «y, sin embargo, de entre todos los discípulos del Señor, solamente nos han dejado Memorias Mateo y Juan...» Eusebio utiliza aquí la palabra υπομνήματα, para designara los evangelios, sin duda por seguir la terminología de su fuente; San Justino los llama άπο-μνημονευματα (Apol. I 66,3; Dial. 100,4; 101,3; 102,5; 103,6.8; 104,1; 106,1.4). Sobre el matiz de ambos términos, cf. supra II 23,3 nota 182.

149 La expresión supone una documentación escrita, además de la oral a que parece referirse en los párrafos siguientes: φάσι, «dicen».

150 Cf. supra II 15; III 4,6. Las versiones siríaca y latina suponen aquí otro texto: la siriaca dice: «En cambio, de Marcos, de Lucas y de la tradición de sus evangelios ya hemos hablado». Rufino traduce: «post hune Lucae et Marci scriptura evangélica secundum eas causas, quas superius diximus, editur,.

151 A Eusebio le preocupa el comienzo de los evangelios. Si acepta la explicación aquí expuesta, aunque no diga de dónde la toma, es porque ve en ella una razón verdadera (cf. § 8) que le servirá para rechazar la acusación de discordancia entre los sinópticos y Juan; cf. infra § 13, sin necesidad de acudir a la interpretación alegórica, como Orígenes (In Ioann. Comm. 10,3).

152 Mt 4,12.

153 Mc 1,14.

154 Lc 3,19-20.

155 Jn 2,n.

156 Jn 3,23-24.

157 Cf. supra II 15.

158 Lc 1,1-4.

159 Cf. supra 4,6.

160 Cf. infra 15,1.4; C. H. Dodd, The Johannine Epistles (Nueva York 1946); R. Schna-ckenburg, Die Johannesbriefe (Friburgo 1953); F. Mian, SulV autenticità delle «Epistole giovannee»: Vetera Christianorum 13 (1986) 399-411.

161 Cf. E. B. Allo, L'Apocalypse de saint Jean (Paris 1933); H. M. Feret, L'Apocalypse de saint Jean (Paris 1943); A. Feuillet, L'Apocalypse (Paris 1962).

Cap. 25
[De las divinas Escrituras reconocidas y sobre las que no lo son]

1 Llegados aquí, es razón de recapitular los escritos del Nuevo Testamento ya mencionados 162. En primer lugar hay que poner la tétrada santa de los Evangelios, a los que sigue el escrito de los Hechos de los Apóstoles.

2 Y después de éste hay que poner en lista las Cartas de Pablo 163. Luego se ha de dar por cierta la llamada I de Juan, como también la de Pedro 164. Después de éstas, si parece bien, puede colocarse el Apocalipsis de Juan 165, acerca del cual expondremos oportunamente lo que de él se piensa.

3 Estos son los que están entre los admitidos. De los libros discutidos, en cambio, y que, sin embargo, son conocidos de la gran mayoría, tenemos la Carta llamada de Santiago, la de Judas 166 y la II de Pedro 167, así como las que se dicen ser II y III de Juan 168, ya sean del evangelista, ya de otro del mismo nombre.

4 Entre los espurios colóquense el escrito de los Hechos de Pablo 169, el llamado Pastor 170 y el Apocalipsis de Pedro171, y además de éstos, la que se dice Carta de Bernabé 172 y la obra llamada Enseñanza de los Apóstoles 173, y aun, como dije, si parece, el Apocalipsis de Juan: algunos, como dije, lo rechazan, mientras otros lo cuentan entre los libros admitidos 174.

5 Mas algunos 175 catalogan entre éstos incluso el Evangelio de los hebreos 176, en el cual se complacen muchísimo los hebreos que han aceptado a Cristo. Todos estos son libros discutidos.

6 Pero hemos creído necesario tener hecho el catálogo de éstos igualmente, distinguiendo los escritos que, según la tradición de la Iglesia, son verdaderos, genuinos y admitidos, de aquellos que, diferenciándose de éstos por no ser testamentarios 177, sino discutidos, no obstante, son conocidos por la gran mayoría de los autores eclesiásticos, de manera que podamos conocer estos libros mismos y los que con el nombre de los apóstoles han propalado los herejes pretendiendo que contienen, bien sean los Evangelios de Pedro 178, de Tomás 179, de Matías 180 o incluso de algún otro distinto de éstos, o bien de los Hechos de Andrés 181, de Juan 182 y de otros apóstoles. Jamás uno sólo entre los escritores ortodoxos juzgó digno el hacer mención de estos libros en sus escritos.

7 Pero es que la misma índole de la frase difiere enormemente del estilo de los apóstoles, y el pensamiento y la intención de lo que en ellos se contiene desentona todavía más de la verdadera ortodoxia: claramente demuestran ser engendros de herejes. De ahí que ni siquiera deben ser colocados entre los espurios, sino que debemos rechazarlos como enteramente absurdos e impíos.
Continuemos ahora nuestro relato.

Notas:

162 Comienza aquí una digresión que ocupará siete capítulos: 25-31, para darnos un catálogo de los escritos del Nuevo Testamento. Al confeccionarlo, seguramente Eusebio tenía delante algunas listas ya hechas, pero que no coincidían entre sí; de ahí sus vacilaciones. Distingue tres clases: 1ª, los escritos όμολογούμενα o reconocidos por todos sin discusión, αναντίρρητα; los traduciremos por admitidos, reconocidos: son los canónicos; 2ª, los άντι-λεγόμενα, controvertidos o discutidos, pero familiares a la mayoría: pueden llegar a formar parte del canon; también los llama νόθα—espurios, bastardos—, aunque parece aplicar este apelativo más bien a un subgrupo de los discutidos, los que, de hecho, aparte del Apocalipsis (que ya puso también en el primer grupo), quedarán finalmente fuera del canon; 3ª, los libros heréticos, es decir, de autores herejes que los habían puesto bajo el nombre patrocinador de algún apóstol o discípulo del Señor; los llama αίρετικών άνδρών άναπλάσματα (infra § 7), άτοπα καί δυσσεβή (infra 31.6). Cf. Μ. Mueller, Die Ueberlieferung des Eusebius in seiner Kierchengeschichte über die Schriften des N.T. unddesser Verfasser: Theologische Studien und Kritiken 105 (1933) 425-455; J. Salaverri, El origen de la Revelación y los garantes de su conservación en la Iglesia, según Eusébio de Cesárea: Gregorianum 16 (i935) 349-373; y en general, C. F. D. Moule, The Birth of the New Testament: Harpers New Testament Commentaries (Nueva York 1962); F. V. Filson, A New Testament history (Londres 1965); F. Bovon-E. Norelli, Dal kerygma al canone. Lo statute degli scrxtti neotestamentari nel II sec.: Cristianesimo nella Stona 15 (1994) 525-540.

163 Cf. supra 3,5, donde menciona la duda de algunos sobre la Carta a los Hebreos.

164 Cf. supra 3,1.

165 Coloca el Apocalipsis entre los escritos universalmente aceptados, pero con reserva de puntualizar más adelante; véase que lo pone también entre los espurios (§ 4).

166 Cf. supra II 23,24-25; Orígenes, In Math. 17,30.

167 Cf. supra 3,1.

168 Cf. supra 24,17.

169 Cf. supra 3,5.

170 Cf. supra 3,6; Orígenes, In Math. Comm. ser. 53; In Num. hom.8; In Psal. 37 hom.1,1.

171 Cf. supra 3,2.

172 Obra, no del Bernabé compañero de San Pablo, sino quizá de un maestro cristiano alejandrino, que la escribió después de la ruina total de Jerusalén, seguramente después de 130. En todo caso después de 115-116 y antes de 140. Así P. Prigent-R. A. Kraft, Épt-tre de Barnabé: Sources Chrétiennes 171 (Paris 1971). Epístola del Pseudo-Bernabé: Introducción, texto, traducción y notas de Juan José Ayán Calvo = Fuentes Patrísticas, 3 (Madrid 1992) p.125 y ss. Sobre su carácter, cf. L. W. Barnard, The Epistle of Barnabas- À Pascal Homily?: VigCh 15 (1961) 8-11 (responde afirmativamente en la p.21-22: se leía en la vigilia pascual): sobre su pretendido milenarismo, cf. A. Hermans, Le Pseudo-Bamabé est-il'mil-lénariste?: Ephemerides Theologicae Lovanienses 15(1959) 840-876; J. C. Paget, The Epistle of Barnabas. Outlook and background [Diss.] — Wissenschaftl. Untersuch, z. N.T. II Ser., 04 (Tubinga 1994).

173 Seguramente se trata de la Didaché; cf. T. P. Audet, La Didachè. Instructions des Apôtres: Etudes Bibliques (Paris 1958) 82-83; cf. la edición bilingue de J. J. Ayán Calvo = f uentes Patrísticas, 3 (Madrid 1992) p.i-m.

174 Cf. supra § 2.

175 Quizás Hegesipo, Memorias: infra IV 22,8; Clemente de Alejandría, Stromat. 2, 45,ς; Orígenes, In Ioann. 2,12; In Ierem. hom.15,4.

176 Cf. Hennecke, 1 p. 104-107; A. de Santos Otero, Los Evangelios apócrifos: BAC 148 (Madrid 1963) p.29-47.

177 Esto es, canónicos.

178 Cf. infra VI 12,2; Hennecke, i p.i 18-21; A. de Santos Otero, o.e., p.64-67.375-393.

179 Cf. Hennecke, 1 p. 199-223; A. de Santos Otero, o.e., p.6o-62.

180 Cf. Hennecke, 1 p.224-228; A. de Santos Otero, o.e., p.58-60.

181 Cf. Hennecke, 2 p.270-280.

182 Cf. Ibid., p.125-143; cf. las Actas del Coloquio sobre los Apócrifos, y los trabajos correspondientes, editados en Augustinianum, t.23 (1983).

Cap. 26
[Del mago Menandro]

1 Al mago Simón le sucedió Menandro 183, el cual, por su manera de obrar, mostró ser una segunda arma del poder diabólico no inferior a la primera. También él era samaritano y, en su progreso hasta la cima de la hechicería, no fue menor que su maestro, sino que abundó en milagrerías aún mayores. A sí mismo se llamaba, como si realmente lo fuera, el salvador enviado de algún lugar de lo alto, desde eones invisibles, para salvación de los hombres.

2 Y enseñaba que nadie podría en modo alguno aventajar incluso a los mismos ángeles que han hecho el mundo si primero no era conducido a través de la experiencia mágica transmitida por él y a través del bautismo por él impartido. Los que son considerados dignos de éste participarán ya en esta vida de la inmortalidad perdurable y no morirán ya más, antes permanecerán acá para siempre, no envejecerán y serán inmortales. Este punto es fácil conocerlo por los escritos de Ireneo 184.

3 También Justino, al mencionar a Simón por la misma razón, añade una relación acerca de este otro, diciendo:
«Sabemos también que cierto Menandro, samaritano igualmente, oriundo de la aldea llamada Caparatea, después de hacerse discípulo de Simón y estando también él poseído por los demonios, se personó en Antioquía, y con su arte mágica sedujo a muchos. Y convenció a sus secuaces de que no morirían. Hoy quedan algunos de su secta que lo siguen profesando» 185.

4 Era sin duda obra del influjo diabólico el echar mano de semejantes hechiceros revestidos del nombre de cristianos para afanarse en calumniar al gran misterio de piedad, acusando de magia 186, y destrozar por su medio los dogmas de la Iglesia acerca de la inmortalidad del alma y la resurrección de los muertos. Mas aquellos que reconocen a éstos como salvadores se han venido abajo de la verdadera esperanza.

Notas:

183 Habiendo muerto Simón bajo Claudio (41-54), cf. supra II 14,6, Menandro debió de florecer en la segunda mitad del siglo 1. Las únicas fuentes que tiene Eusebio son San Justino y San Ireneo.

184 Cf. San Ireneo, Adv. haer. 1,23.5» Que difiere no poco de Eusebio.

185 San Justino, Apol. I 26,4; cf. el contexto anterior, citado supra II 13,3-4 (sobre Simón), y el que sigue, citado infra IV 11,9 (sobre Marción).

186 Cf. 1 Tim 3,16.

Cap. 27
[De la herejía de los ebionitas]

1 Pero a otros el demonio malvado, impotente para arrancarlos de su disposición para con el Cristo de Dios, se los apropió al encontrar otros puntos por donde agarrarlos. A éstos, los primeros, los llamaron ebionitas 187, como cuadraba, puesto que tenían sobre Cristo pensamientos pobres y de baja estima.

2 Y es que pensaban de él que era simple y común hombre 188 solamente, justificado a medida que progresaba 189 en su carácter, y nacido de la unión de un hombre y de María. Creían absolutamente necesaria para ellos la observancia de la ley 190, alegando que no se salvarían por la sola fe y por vivir conforme a ella.

3 Pero, aparte de éstos, había otros de la misma denominación que escapaban a su extraña insensatez 191. No negaban, efectivamente, que el Señor había nacido de una virgen y del Espíritu Santo. Pero, lo mismo que aquéllos, tampoco éstos confesaban que, por ser Dios, Verbo y Sabiduría, preexistía ya. De esta manera tornaban a la impiedad de los primeros, sobre todo cuando, lo mismo que ellos, ponían su empeño en rodear de gran honor la observancia de la ley.

4 Creían además éstos que era de todo punto necesario rechazar las Cartas del Apóstol, a quien llamaban apóstata de la ley 192, mientras que usaban exclusivamente el llamado Evangelio de los hebreos, sin importarles para nada los restantes 193.

5 Lo mismo que aquéllos, observaban el sábado y lo demás de la disciplina judaica. Sin embargo, los domingos celebraban ritos semejantes a los nuestros en memoria de la resurrección del Salvador.

6 De ahí les ha venido, por tales prácticas, la denominación que llevan: el nombre de ebionitas manifiesta la pobreza de su inteligencia, pues con ese nombre se llama entre los hebreos al pobre.

Notas:

187 Del hebreo ebionim (— pobres), cf. infra § 6. Eusebio sigue a San Ireneo (Adv. haer. 1,26,2) y a Orígenes (De princip. 4,3,8 [22]; C. Celsum 2,1). San Epifanio, Haer. 30,17,1 continúa la misma línea. Para una visión de conjunto, cf. H. J. Schoeps, Ebionites: DHGE t.14 (i960) col.1314-1319; J. M. Magnin, Notes sur l'Ebionisme. III: Proche Orient Chrétien 25 (1975) 245-273.

188 Cf. Orígenes, In Lucam horn. 17; San Justino, Dial. 48; sobre la doctrina de los ebionitas. véase H. J. Schoeps, Theologie und Geschichte des Judenchristentums (Tubinga 1949).

189 Cf. Lc 2,52.

190 Cf. Orígenes, C. Celsum 5,61.

191 Eusebio, pues, distingue dos clases de ebionitas: unos francamente heterodoxos (§ 2) y otros sólo relativamente ortodoxos (§ 3-5).

192 San Ireneo, Adv. haer. 1,16,2; Orígenes, In 1er. hom.18,12; C. Celsum 5,65.

193 Cf. San Ireneo, Adv. haer. 3,11,7; sobre el Evangelio de los Hebreos, cf. supra 25,5 nota 176; infra 39,16-17; IV 22,8. En general, H. Waitz, Neue Untersuchungen über die sogennanten judenchristlichen Evangelien: ZNWKAK 36 (1937) 60-81.

Cap. 28
[Del heresiarca Cerinto]

1 Tenemos sabido que por las fechas mencionadas 194 Cerinto se hizo cabecilla de otra herejía 195. Cayo, a quien hemos ya citado antes 196, escribe acerca de él lo que sigue, en la disputa que se le atribuye:

2 «Sin embargo, también Cerinto, por medio de revelaciones que dice estar escritas por un gran apóstol197, introduce milagrerías con el engaño de que le han sido mostradas por ministerio de los ángeles l98, y dice que, después de la resurrección, el reino de Cristo será terrestre y que de nuevo la carne, que habitará en Jerusalén, será esclava de pasiones y placeres 199 Como enemigo de las Escrituras de Dios y queriendo hacer errar, dice que habrá un número de mil años de fiesta nupcial» 200.

3 Y además Dionisio201, que en nuestro tiempo obtuvo el episcopado de la iglesia de Alejandría, al decir en el libro II de sus Promesas 202 algunas cosas acerca del Apocalipsis de Juan como recibidas de una antigua tradición, hace mención del mismo Cerinto con estas palabras:

4 «Y Cerinto 203, el mismo que instituyó la herejía que de él toma nombre, la cerintiana, y que quiso acreditar su propia invención con un nombre digno de fe. Este es, efectivamente, el tema de la doctrina que enseña: que el reino de Cristo será terreno.

5 »Y como él era un amador de su cuerpo y enteramente carnal, soñaba que consistiría en lo mismo que él deseaba: hartazgos del vientre y de lo que está debajo del vientre, es decir: en comidas, en bebidas, en uniones carnales y en todo aquello con que le parecía que se procuraría estas cosas de una manera más biensonante: fiestas, sacrificios e inmolación de víctimas sagradas».

6 Esto dice Dionisio. E Ireneo, después de exponer, en el libro I de su obra Contra las herejías, algunos de los errores más abominables del mismo Cerinto 204, nos ha transmitido por escrito, en el libro III, un relato que no es para olvidar, procedente, dice, de la tradición de Policarpo 205. Afirma que el apóstol Juan entró cierta vez en los baños públicos para lavarse, mas, enterándose de que dentro se hallaba Cerinto,vse alejó presuroso del lugar y huyó hacia la puerta, por no soportar el hallarse bajo el mismo techo que él, y exhortaba a los que le acompañaban a que hicieran otro tanto, diciendo: «Huyamos, no sea que los mismos baños se derrumben por estar dentro Cerinto, el enemigo de la verdad».

Notas:

194 En vida de San Juan. Seguramente en tiempos de Domiciano, de Nerva o de Trajano, últimos citados, cf. supra 21.

195 San Ireneo (Ádv. haer. 1,26,1) supone a Gerinto gnóstico y enseñando en Asia; y en otro lugar afirma que Juan había escrito su Evangelio para refutarle en sus doctrinas cristológicas: ibid., 3»n.i. Sobre las enseñanzas de Cerinto, cf. Hipólito, Refut. 7,33,1-2; 10,21. Desgraciadamente, lo mismo Eusebio que Dionisio de Alejandría (infra § 4-5; VII 25,1,3) solamente nos informan de su milenarismo, que San Ireneo ni siquiera menciona. Cf. G. Bardy, Cérinthe: RB 30 (1921) 341-374; H. J. Schoeps, Theologie und Geschichte des Christentums (Tubinga 1949) p.73.84 y 143.

196 Cf. supra II 25,6; como se desprende de dicho pasaje y de infra VI 20,3 (pero, sobre todo, de infra 31,4), Eusebio no conoce de Cayo más obras que el Diálogo con Proclo, mencionado aquí con el término de ζήτησις, en el sentido de controversia o disputa, término que infra 31,4 parece indicar el contenido; cf. infra nota 197.

197 Aunque la descripción de Cayo no corresponde al Apocalipsis canónico y pudiera pensarse que Eusebio pudo entender esta frase como referida a otro Apocalipsis que Cerinto habría forjado y puesto bajo el nombre del apóstol Juan, si tenemos en cuenta el párrafo 3-4 y el pasaje de Dionisio de Alejandría citado infra VII 25,4, creemos que se trata del Apocalipsis canónico. Lo confirma Hipólito en sus Capita contra Gaium, citados por Dionisio Bar-Salíbí, Comment, in Apocalyps. Actus et epist. canon. : ed. L. Sedlacek (Roma-Par is 1910) p.i, donde afirma que Cayo atribuía a Cerinto la composición del Apocalipsis y del cuarto Evangelio. Esto último, al no ser recogido por Eusebio—le tiene por «eclesiástico», esto es, ortodoxo; cf. supra II 2.5,6—indica que: o no aparecería en el ejemplar que él utilizó del Diálogo o Hipólito lo tomó de otra obra de Cayo posterior, desconocida de Eusebio.

198 Para todo este párrafo, cf. Ap 1,2; 22,8; 20,4-6; 21,2.10; 22,1.2.14.17; 20,3.6; 19,7-9; 21,2.9; 22,17.

199 Cf. Tit 3,3; M. SiMONETTi, L'«Apocalissi» e l origine del millennio: Vetera Christia-norum 26 (1989) 337-350; F. S. THIELMAN, Another look at the eschatology of Eusebius of Caesarea: VigCn 41 (1987) 226-237.

200 ¿y γάμφ έορτής: antigua corrupción, según Schwartz; las variantes de TR έν γάμου έορτή y equivalentes de SL, las considera conjeturas insuficientes, pues supone una laguna antes de εν γάμφ. F. Tailliez, Notes conjointes sur un passage fameux d'Eusèbe : Orientalia Christiana Periodica 9 (i943) 445, propone la lectura έγγαμ(ί)ου έορτής que sigo en la traducción. Ver: St. Heid, Chiliasmus und Antichrist-Mythos. Eine frühchristliche Kontroverse um das Heilige Land = Hereditas, 6 (Bonn 1993); Chr. R. SMITH, Chiliasm and recapitulation in the theology of Ireneus: VigCh 48 (1994) 313-331.

201 Cf. infra VI 40,1.

202 Cf. infra VII 24,25. Sobre Dionisio de Alejandría, cf. C. L. Feltoe, The Letters and other remains of Dionysius of Alexandria (Cambridge 1904).

203 Por un mal corte, la frase comienza sin sentido; véase el contexto completo infra VII 25,2-3. ~

204 San Ireneo, Adv. haer. 1,21; 1,26,1.

205 Cf. San Ireneo, Adv. haer. 3,3.4; cf. infra IV 14,6, donde aparece claro que San Ireneo no oyó del mismo Policarpo el relato; pero esto no menoscaba el valor de su autoridad.

Cap. 29
[De Nicolás y de los que de él toman el nombre]

1 En esta época surgió además la herejía llamada de los nicolaítas, que duró poquísimo tiempo y de la cual hace mención también el Apocalipsis de Juan 206. Estos se jactaban de que Nicolás era uno de los diáconos compañeros de Esteban encargados por los apóstoles del servicio de los necesitados 207. Al menos Clemente de Alejandría, en el libro III de los Stromateis, cuenta sobre él, literalmente, lo que sigue:

2 «Este, dicen, tenía una mujer hermosa. Después de la ascensión del Salvador, habiéndole reprochado los apóstoles el ser celoso, sacó a su mujer en medio y la permitió entregarse a quien lo quisiera, porque, se dice, esta práctica se halla de acuerdo con aquel dicho: ‘Hay que abusar de la carne' 208. Y en verdad, por seguir lo que se hizo y se dijo por simplicidad y sin pensarlo, los que comparten su herejía se prostituyen sin la menor reserva.

3 »Sin embargo, yo sé que Nicolás no tuvo comercio con mujer que no fuera aquella con quien se había casado, y que, de sus hijos, las hembras llegaron vírgenes a la vejez y el varón permaneció puro. Siendo esto así, la exposición de su mujer, de la que estaba celoso, en medio de los apóstoles, era un rechazo de la pasión, y la abstención de los placeres que más ansiosamente se buscan enseñaba a 'abusar de la carne', pues creo que, conforme al mandato del Salvador, él no quería ser esclavo de dos señores 209, el placer y el Señor.

4 »Dicen igualmente que también Matías enseñaba esto mismo: a la carne, combartirla y abusar de ella, sin consentirle nada por placer; y al alma acrecentarla mediante la fe y el conocimiento» 210. Esto, pues, baste sobre los que, si emprendieron en la época mencionada211 la tarea de pervertir la verdad, con todo, se extinguieron por completo con más rapidez de lo que lleva el decirlo.

Notas:

206 Ap 2,6.15. Del Apocalipsis se deduce que debía de ser una secta con tendencia acentuada a la relajación. Su pretensión de filiación con el diácono Nicolás (cf. Act 6,5), a pesar de San Ireneo (Adv. haer. 1,26,3), no convence. El relato de Clemente utiliza esa filiación para contraponer la relajación de los nicolaitas y la virtud ascética de Nicolás. Nada más se sabe de esa secta. Cf. M. Goguel, Les Nicolaïtes: Revue de l'Histoire des Religions 115 (1937) 5-36; R. HEILIGENTHAL, Wer waren die «Nikolaiten»? Ein Beitrag zur Theologiegeshichte des frühen Christentums: ZNWKAK 82 (1991) 133-137.

207 Act 6,5; cf. U. Bianchi, Encratismo, acosmismo, diteismo, come criteri di analisi storico-religiosa degli Apocrifi: Augustinianum 23 (1983) 309-317; G. Sfameni Gasparro, Gli Atti apocrifi degli Apostoli e la tradizione delVenkrateia. Discussione di una recente formula interpretativa: Augustinianum 23 (1983) 287-307.

208 Cf. Clemente de Alejandría, Stromat. 2,118,3. El dicho es equívoco. Los nico-laítas lo tomaron en sentido licencioso, según Clemente y como lo vemos utilizado también en el Pastor, de Hermas (simil. 5,7,2). Clemente, sin embargo, ensalza a Nicolás porque éste lo entendió en el sentido de la más rigurosa ascesis, capaz de privar «abusivamente» al cuerpo de seguir sus tendencias más legítimas.

209 Cf. Mt 6,24; Le 16,13.

210 Clemente de Alejandría, Stromat. 3,25-26.

211 Bajo Trajano.

Cap. 30
[De los apóstoles cuyo matrimonio está comprobado]

1 Clemente, cuyas palabras acabamos de leer, a continuación de lo dicho anteriormente y por causa de los que rechazan el matrimonio, nos da una lista de los apóstoles que está comprobado que fueron casados y dice:
«¿O también han de desaprobar a los apóstoles? Porque Pedro 212 y Felipe procrearon hijos; es más, Felipe dio maridos a sus hijas 213, y Pablo, al menos en cierta Carta, no vacila en dirigirse a su consorte 214, que no llevaba consigo por facilitar el ministerio» 215.

2 Y puesto que hemos mentado estas cosas, nada impide que citemos también otro relato de Clemente digno de ser expuesto. Lo escribió en el libro VII de los Stromateis y lo narra de la siguiente manera:
«Pues se cuenta que el bienaventurado Pedro, cuando vio que su propia mujer era conducida al suplicio, se alegró por causa de su llamada y de su retorno a la casa, y gritó fuerte para animarla y consolarla, llamándola por su nombre y diciendo: ‘¡Oh, tú, acuérdate del Señor!' Tal era el matrimonio de los bienaventurados y la perfecta disposición de los más queridos» 216. Este era el sitio oportuno para esto, por venir al caso del tema que tratamos.

Notas:

212 Cf. Me 1,30; i Cor 3,5-12. Estos textos dicen solamente que Pedro estaba casado, pero en ningún texto del NT se habla de sus hijos.

213 En ninguna parte del NT se dice que el apóstol Felipe estuvo casado. Clemente, sin embargo, se refiere a él expresamente: se trata del apóstol. No se puede aventurar tan fácilmente una confusión, por su parte, con el diácono Felipe, de Act 21,8-9: el apóstol Felipe «da maridos a sus hijas»; el diácono Felipe tenía cuatro hijas «vírgenes y profetisas». Cf. infra 31,3; V 24, donde se aduce el testimonio de Polícrates.

214 San Pablo, según 1 Cor 7,8, no estaba casado. La afirmación de Clemente se basa en una lectura de Flp 4,3, diferente del «textus receptus»: γνήσια (femenino) σύζυγε, en vez ile γνήσιε σύζυγε (algún ms. Σύνζυγε, nombre propio masculino). A la luz de esa lección interpretaba luego Clemente las afirmaciones paulinas de 1 Cor 9,5.12. Cf. idéntica interpretación en Orígenes, In epist. ad Rom. 1,1-2, aunque sin hacerla suya.

215 Clemente de Alejandría, Stromat. 3,52-53.

216 Ibid., 7,63-64. En la última frase, Clemente tiene μέχρι των φιλτάτων; el ins. que leyó Eusebio debía de dar ya, según Schwartz, των φιλτάτων solamente.

Cap. 31
[De la muerte de Juan y de Felipe]

1 Ya hemos explicado anteriormente el tiempo y el modo de la muerte de Pablo y de Pedro, así como tambiér el lugar donde fueron depositados sus cuerpos después que partieron de esta vida 217.

2 De Juan en cambio, por lo que hace al tiempo, también está ya dicho 218; mas, por lo que atañe al lugar de su cuerpo, se indica en la carta de Polícrates, obispo de la iglesia de Efeso, la que escribió al obispo de Roma Víctor219. Junto con Juan hace mención del apóstol Felipe y de las hijas de éste en los siguientes términos:

3 «Porque también en Asia reposan grandes luminarias220 que resucitarán el último día de la venida del Señor, cuando venga de los cielos con gloria en busca de todos los santos: Felipe, uno de los doce apóstoles 221, que reposa en Hierápolis con dos hijas suyas que llegaron vírgenes a la vejez, y la otra hija 222, que, después de vivir en el Espíritu Santo, descansa en Efeso 223; y además está Juan, el que se recostó sobre el pecho del Señor 224 y que fue sacerdote portador del pétalon 225, mártir y maestro; éste reposa en Efeso» 226.

4 Esto acerca de la muerte de estas lumbreras. Mas también en el Diálogo de Cayo—del que hemos hecho mención algo más arriba—, Proclo—contra el cual iba dirigida la disputa—, coincidiendo con lo expuesto, dice sobre la muerte de Felipe y de sus hijas lo siguiente:
«Después de éste ha habido en Hierápolis, la de Asia, cuatro profetisas, las hijas de Felipe. Allí están sus sepulcros y el de su padre» 227.

5 Así Proclo. Y Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, hace mención de las hijas de Felipe, que entonces vivían en Cesárea de Judea junto con su padre, y que habían sido agraciadas con el don de profecía; dice textualmente lo que sigue: Vinimos a Cesárea y entramos en casa de Felipe el evangelista—pues era uno de los siete— y permanecimos en su casa. Tenía éste cuatro hijas vírgenes, que eran profetisas 228.

6 Después de haber descrito en lo que precede cuanto ha llegado a nuestro conocimiento acerca de los apóstoles y de los tiempos apostólicos, así como de los escritos sagrados que nos dejaron, e incluso acerca de los que son discutidos, pero que, no obstante, en la mayor parte de las iglesias muchos los leen en público, y de los que son por entero espurios y ajenos a la ortodoxia apostólica, continuemos avanzando en nuestra narración.

Notas:

217 Cf. supra II 25,5.

218 Cf. supra 23,1-4.

219 Cf. infra V 24,iss. La carta está escrita hacia el 191.

220 La palabra στοιχεία, cuyo sentido literal es el de «elementos», de gran uso en filosofía, se utiliza también para designar los cuerpos celestes, como vemos ya en 2 Pe 3,10-12, de donde procede el uso metafórico que hallamos en Polícrates.

221 Cf. supra 30,1 nota 213.

222 Contrapuesta a las dos que permanecen vírgenes, Polícrates habla también de «la otra», seguramente casada, ya que, además, la expresión «después de vivir en el Espíritu Santo» es la misma que emplea un poco más abajo (V 24,5) aplicada a Melitón de Sardes, añadiendo «en todo», y no parece significar que vivió en virginidad (esto lo expresa diciendo que era eunuco), sino una vida enteramente espiritual. La expresión ή έτέρα literalmente es «la otra de entre las dos»; en este caso, si las dos primeras eran vírgenes y reposan en Hierú-polis, ésta, casada, descansa en Efeso, pero habría otra, también casada, que podría haber permanecido en Palestina, sin emigrar. En este sentido, Polícrates se daría la mano con Clemente (cf. supra 30,1 nota 213). Pero en esa época es indiferente el uso de έτερος y άλλος (cf. A. Blass-A. Debrunner, Grammatik des neutestamentliehen Griechisch [Gotinga *1949] P-I37); por lo tanto, podría tratarse simplemente de una tercera, «otra», contrapuesta a la pareja de «vírgenes». Polícrates las menciona incidentalmente: acompañan en la emigración a su padre, lumbrera apostólica, y como él son enterradas en Asia. No se dice que fueran profetisas, como se dice de las hijas del diácono Felipe. Polícrates de Efeso estaba en condiciones de conocer bien estos datos. Por lo demás, él se ocupa solamente de «las lumbreras»: apóstoles, obispos y mártires.

223 Hasta aquí, lo mismo que infra V 24,2, donde se da todo el contexto.

224 Cf. Jn 13.25; 21,20.

225 En Ex 28,36-38 (cf. también Lev 8,9), puede verse la descripción de esta insignia del sumo sacerdote judío, y una interpretación simbólica en Filón de Alejandría, De vita Mos. 2(3)111-116; cf. también Clemente de Alejandría, Stromat. 5,38,5-40,4; Excerpta ex Theod. 27. Su aplicación a San Juan, sin duda, es metafórica. Se le asimila al sumo sacerdote. Zahn (Forschungen 6,213) explica: lo mismo que Santiago en Palestina, Juan es en Asia obispo de obispos; cf. también F. M. Braun, Jean le Théologien t.i (Paris 1959) p.338-40. La comparación con Santiago es exacta (cf. supra II 23,4-18): también Santiago, según He-gesipo, en un pasaje que omite Eusebio, pero que recoge San Epifanio (Haer. 29,4; 78,14), iue portador del pétalon. Sin embargo, para J. V. Andersen (L'apôtre Saint-Jean grand prêtre: Studia Theologica 19 [1965] 22-29), el pétalon no es insignia de su condición de profeta ni siquiera de un posible origen regio o sacerdotal, sino de su nazareato, ya que—dice—«el judaismo post-bíblico habla directamente del nazareato como de una forma de sacerdocio» (p.27); su signo externo son los cabellos intonsos (πέταλοv, hoja, lámina fina, puede ser también «trenzado de cabellos»: cf. Suidas, Lexikon t.4 [Leipzig 1935] Ρ·ΐι6). Según esto, San Juan se distinguiría por su cabellera intonsa, y Polícrates habría utilizado una fuente judeo-cristiana.

226 Sobre la tumba de San Juan, cf. F. M. Braun, Jean le Théologien et son Évangile dans l'Église ancienne: Études Bibliques (Paris 1959) 365-374.

227 Proclo, un occidental (cf. supra II 25,6 notas 217 y 218), citado por un romano, habla claramente de un Felipe con cuatro hijas, profetisas. Las cuatro, con su padre, tienen sus sepulcros en Hierápolis. Infra V 17,4 veremos al Anónimo antimontanista enumerar a «las hijas de Felipe» después de los profetas judíos Agabo, Judas y Silas como presuntos predecesores de Montano y sus compañeros en la profecía. Es evidente que también en Oriente existía la tradición de estas cuatro profetisas, hijas de Felipe. Su identificación con las cuatro hijas del diácono y evangelista Felipe, de Act 21,8-9, se le imponía a Eusebio. Es lo que hace en el párrafo 4. Pero no así su identificación con los datos que le da Polícrates. Quien confunde al apóstol con el evangelista es Eusebio, no obstante que los pasajes de Polícrates y de Proclo, referidos a un mismo personaje, se contradicen. Cf. K. Smyth, 7bm6 of St. Philip: Apostle or Disciple? : The Irisch Ecclesiastical Record 97 (1962) 288-295.

228 Act 21,8-9.

Cap. 32
[De cómo sufrió martirio Simeón, el obispo de Jerusalén]

1 Después de Nerón y Domiciano, refiere una tradición que, bajo el emperador cuya época estamos ahora investigando229, se volvió a levantar la persecución contra nosotros, parcialmente y por ciudades, a causa de levantamientos populares 230. En ella Simeón, el hijo de Clopás, del cual ya declaramos 231 que fue el segundo obispo de la iglesia de Jerusalén, hemos sabido que terminó su vida en el martirio.

2 Testigo de ello es aquel mismo Hegesipo, del cual ya antes hemos utilizado diferentes pasajes. Al hablar de algunos herejes 232, añade claramente que por este tiempo, efectivamente, el mencionado Simeón hubo de sufrir una acusación y que durante muchos días fue maltratado de muchas maneras por ser cristiano, y que después de dejar admiradísimos al juez mismo y a los que le acompañaban, alcanzó un final semejante a la pasión del Señor 233.

3 Pero nada mejor que escuchar al mismo escritor, que relata esto mismo textualmente como sigue:
«A partir de esto, evidentemente algunos herejes acusan a Simón 234, el hijo de Clopás, por ser descendiente de David 235 y cristiano, y así sufre martirio a la edad de ciento veinte años, bajo el emperador Trajano y el gobernador Atico» 236.

4 El mismo autor dice que incluso los mismos verdugos ocurrió que fueron apresados cuando se buscó a los descendientes de la tribu real de los judíos, por serlo ellos también. Haciendo un cálculo se podría decir que también Simeón vio y oyó personalmente al Señor, basándose en la larga duración de su vida y en la mención que el texto de los evangelios hace de María de Clopás 237, del cual ya antes se demostró que aquél era hijo 238.

5 El mismo escritor dice que también otros descendientes de uno de los llamados hermanos del Salvador, de nombre Judas, sobrevivieron hasta este mismo reinado, después de haber dado testimonio de su fe en Cristo bajo Domiciano, como ya antes hemos referido 239. Escribe lo siguiente:

6 «Vienen, pues, y se ponen al frente 240 de toda la Iglesia como mártires 241 y como miembros de la familia del Salvador 242. Cuando en toda la Iglesia se hizo paz profunda, viven todavía hasta el tiempo del emperador Trajano, hasta que el hijo del tío del Salvador, el llamado anteriormente Simón 243, hijo de Clopás, fue denunciado y acusado igualmente por las sectas 244, también por la misma razón, bajo el gobernador consular Atico. Durante muchos días lo torturaron y dio testimonio, de manera que todos, incluido el gobernador, quedaron grandemente admirados de cómo seguía resistiendo a pesar de sus ciento veinte años 245. Y lo mandaron crucificar »246.

7 Después de esto, el mismo autor, explicando lo referente a los tiempos indicados, añade que, efectivamente, hasta aquellas fechas la Iglesia 247 permanecía virgen, pura e incorrupta 248, como si hasta ese momento los que se proponían corromper la sana regla de la predicación del Salvador, si es que los había, se ocultaran, en tinie-bla oscura.

8 Mas cuando el coro sagrado de los apóstoles alcanzó de diferentes maneras el final de la vida y hubo desaparecido aquella generación de los que fueron dignos de escuchar con sus propios oídos a la divina Sabiduría, entonces tuvo principio la confabulación del error impío por medio del engaño de maestros de falsa doctrina, los cuales, al no quedar ya ningún apóstol, en adelante, a cabeza descubierta ya, intentarán oponer a la predicación de la verdad la predicación de la falsamente llamada gnosis 249.

Notas:

229 Es decir, bajo Trajano.

230 Cf. J. Moreau, La persécution du Christianisme dans l'empire romain (Paris 1956) p.38-40; J. Speigl, Der römische Staat und die Christen (Amsterdan 1970) p.44-56; M. Pucci, La rivolta ebraica al tempo di Trajano = Biblioteca ai Studi Antichi, 33 (Pisa 1981); Chr. Saulnier, La persécution des chrétiens et la théologie "du pouvoir à Rome (le-IVe s.): Revue des Sciences Religiouses 58 (1984) 151-179; J.-N. rÉRÈS, La théologie du pouvoir à l'époque patristique: Positions luthériennes 33 (1985) 145-164.

231 Supra h.

232 Sin duda los mismos a que se refiere supra 19. ¿Son quizás algunos de los que enumera infra IV 11,5-6?

233 Eusebio, Chronic, ad annum 107: Helm, p. 194. En las actas de los mártires, auténticas o apócrifas, encontramos este afán de asimilar la pasión del mártir a la pasión del Señor; cf. D. VAN Damme, «Martys-Christianós». Ueberlieferungen zur ursprünglichen Bedeutung des (iltkirchlichen Märtyrertitels: Freiburger Zeitschrift für Philosophie und Theologie 13 (1976) 186-303.

234 Es decir, Simeón: cf. supra 11.

235 Cf. supra 12 y 19.

236 Schuerer (i p.645) cree poder identificar a este Atico con el padre del sofista Herodes Atico. Teniendo en cuenta que el mismo Eusebio, en su Crónica, sitúa el martirio de Simeón en el año 107, Schürer supone a Atico gobernador de Judea por estas fechas, entre Cn. Pompeyo Longino y Q. Pompeyo Falco. Pero se extraña del título ύπατικός == consular i s, que, en sí, supone que Atico había sido antes cónsul, y parece admitirlo, remitiendo a los datos sobre Falco. E. M. Smallwood (Atticus, legate of Judaea under Trajan: Journal of Roman Studies 52 [1962] 131-133) está de acuerdo en la identificación con Tiberio Claudio Atico, padre de Herodes Atico, aunque fechando el cargo entre 99-100 y 102-103. Sin embargo, cree que el titulo ύπατικός no tiene sentido técnico de consularis, sino general, de gobernador (de ahí mi traducción), pues entre el 70 y el 132 sólo hubo en Judea, por excepción, un legado consular: Lusio Quieto (dato que da Schuerer, i p.647). Atico, igual que los demás, fue legado pretoriano (p.131).

237 Jn 19,25.

238 Gf. supra 11.

239 Supra 20,1.

240 Imposible determinar exactamente el alcance de esta expresión: «se ponen al frente de».

241 Mártires, en el sentido de testigos de la fe, por haberla confesado ante un tribunal, aunque luego no se haya seguido la muerte. Este era el significado más corriente del grupo μάρτυρ, μαρτυρία, μαρτυρεϊν en el siglo π; cf. supra § 5: μαρτυρίαν; infra § 6 y V 2,2: μαρτυρήσαντες. En latín recibirán el nombre de Confessores.

242 Cf. infra IV 22,4.

243 = Simeón.

244 Cf. supra 19; 32.2-3.

245 Según estos datos, Simeón había nacido hacia el año 13 a.C.; era, pues, mayor que su primo Jesús.

246 Seguramente este párrafo estaba comprendido entre los pasajes que Eusebio parafrasea supra 20,3-6.

247 Seguramente, la de Jerusalén; cf. supra 20,5; infra IV 22,4.

248 Sobre la aplicación del título de «Virgen» a la Iglesia, que encontramos también infra V 1,45, lo mismo que en Hermas, Pastor, vis. 4,2,1 y en el anónimo Ad Diognetum 12,8; d'. C. Plumpe, Mater Ecclesia, An inquiry into the concept of the Church as Mother in Early Christianity (Washington 1943); K. Delahaye, Mater Ecclesia: Wissenschfat und Weisheit 16 (1953) i68ss.

249 1 Tim 6,20; cf. K. W. Troeger, Judentum, Christentum, Gnosis: Kairos, n.s. 14 (1981) 159-170; B. Walker, Gnosticism. Its history and influence (Wellingborough 1983); U. Mianchi, Le origini dello gnosticismo. Nuovi studi e ricerche: Augustinianum 32 (1991) 205-216.

Cap. 33
[De cómo Trajano prohibió que se buscara a los cristianos]

1 Tan grande fue, es verdad, la persecución que por aquel tiempo se extendió en muchos lugares contra nosotros, que Plinio Segundo250, notabilísimo entre los gobernadores, inquieto por la muchedumbre de mártires, da cuenta al emperador del excesivo número de los que eran ejecutados por su fe, y, a la vez, en el mismo documento, le advierte de que no se les ha sorprendido obrando nada impío ni contrario a las leyes, si no es el hecho de levantarse al tiempo de la aurora para entonar himnos al Cristo como a un Dios, pero que el adulterar y el cometer homicidios y crímenes del mismo estilo también ellos lo tienen prohibido, y que en todo obran conforme a las leyes.

2 La respuesta de Trajano251 fue promulgar un decreto del tenor siguiente: que no se buscara a la tribu de los cristianos, pero que se castigara al que cayere. Gracias a esto, se extinguió en cierto modo la persecución, que amenazaba apretar terriblemente, mas no por eso faltaron pretextos a los que querían hacernos mal. Unas veces eran las poblaciones, otras las mismas autoridades locales las que preparaban las asechanzas contra nosotros, de manera que, aun sin persecuciones manifiestas, se encendieron focos parciales, según las provincias, y gran número de creyentes combatieron en diversos géneros de martirio.

3 El relato está tomado de la Apología latina de Tertuliano, mencionada más arriba 252; traducido, es como sigue:
«Sin embargo, hallamos que se prohíbe hasta el que se nos busque. Efectivamente, Plinio Segundo, gobernador de una provincia, después de condenar a algunos cristianos y deponerlos de sus dignidades 253, asustado por su número y no sabiendo ya qué le quedaba por hacer, consultó con el emperador Trajano, alegando que, fuera de que no querían adorar a los ídolos, nada impío había encontrado en ellos. Le informaba también de lo siguiente: que los cristianos se levantaban con la aurora y cantaban himnos al Cristo como a Dios y que, para mantener su conocimiento 254, tenían prohibido matar, cometer adulterio, codiciar, robar y cosas parecidas. A esto Trajano respondió que no se buscara a la tribu 255 de los cristianos, pero que se castigase al que cayere» 256. También esto ocurrió en este tiempo.

Notas:

250 Cayo Plinio Cecilio Segundo, más conocido como Plinio el Joven, sobrino e hijo adoptivo de! autor de la Historia naturalis, PJinio el Viejo, fue gobernador de Bitinia el año ni-112 (cf. CIL 5 5262). La carta cuyo contenido resume Eusebio en este párrafo debió de escribirla ya el año 112. Eusebio, como él mismo advierte, no leyó la carta de Plinio ni el rescripto de Trajano en su texto original, sino a través del Apologeticum de Tertuliano, en su versión griega; cf. supra II 2,4; M. Durry, Pline le Jeune, Lettres t.4 (Paris 1947) p.V-VII y 69-72; P. Winter, Tacitus and Pliny. The early Christians: Journal of Historical Studies i (1967-68) 31-40; Id., Tacitus and Pliny on Christianity: Klio 51 (1970) 497-502; N. Santos Yanguas, Plinio, Trajano y los cristianos: Helmántica 32 (1981) 391-409.

251 La carta de Plinio y la respuesta de Trajano son, respectivamente, las cartas 96 y 97 del libro X del epistolario de Plinio. Mucho se ha escrito sobre ambas. Todavía no hace muchos años, aún se atacaba su autenticidad acudiendo al argumento de las interpolaciones; v.gr. L. Hermann, Les interpolations de la lettre de Pline sur les chrétiens: Latomus 13 (i954) 343-355. Hoy se las considera auténticos documentos oficiales; cf. M. Sordi, I rescritti di Traiano e di Adriano sui cristiani: Rivista di Storia della Chiesa in Italia 14 (i960) 344; F. Furrier, La lettre de Pline à Trajan sur les chrétiens (X 97J : Recherches de Théologie Ancienne et Médiévale 31 (1964) 161-174, que piensa que la carta se apoya en el senatuscon-sulto de 186 a.C., contra la difusión de los misterios de Baco; R. Freudenberger, Das Verhalten der römischen Behörden gegen die Christen in II. Jht. Dargestellt am Brief des Plinius an Trajan und den Reskripten Trajans und Hadrians : Münchener Beiträge zur Papyrusforschung und antiken Rechtsgeschichte 52 (Munich 1967); J. Speigl, o.e., p.58-81; J. Moreau, o.e., p.40-46. El texto de los dos documentos, con su traducción castellana, puede verse en D. Ruiz Bueno, Actas de los mártires: BAC 75 (Madrid 1951) p.244-247.

252 Supra II 4.

253 Tertuliano dice: «quibusdam gradu pulsis», obligados algunos por su posición. El traductor griego debió de entenderlo mal. Hasta la persecución de Valeriano no parece que haya habido casos en que se haya depuesto de sus cargos a cristianos.

254 El texto griego de este inciso resulta muy oscuro; corresponde al latín «ad confoede-randam disciplinam».

255 το φύλον; cf. supra I 11,8 la misma expresión en el discutido pasaje atribuido a Flavio Josefo. Tertuliano dice «hoc genus».

256 Tertuliano, Apolog. 2,6; Plinio, Epist. 10,97.

Cap. 34
[De cómo el cuarto en dirigir la iglesia de Roma es Evaristo]

De los obispos de Roma, el tercer año del emperador citado anteriormente, Clemente acabó su vida después de transmitir su cargo a Evaristo y de haber estado en total nueve años al frente de la enseñanza de la palabra divina 257.

Notas:

257 El tercer año de Trajano es el 100-101. Clemente debió de morir antes. Eusebio (Chronic, ad annum 99: Helm. 193) sitúa en este año 99 el comienzo de Evaristo.

Cap. 35
[De cómo el tercero en dirigir la iglesia de Jerusalén es Justo]

Mas, cuando Simeón murió del modo que hemos expuesto 258, recibió en sucesión el trono del episcopado de Jerusalén un judío llamado Justo, que era uno de los innumerables que, procediendo de la circuncisión, habían creído por entonces en Cristo.

Notas:

258 Supra 32,2.6.; Chronic, ad annum 107: Helm, p. 194.

Cap. 36
[De Ignacio y sus cartas]

1 Brillaba por este tiempo en Asia Policarpo, discípulo de los apóstoles, al que habían confiado el episcopado de la iglesia de Es-mirna los testigos oculares y ministros del Señor 259.

2 A la vez adquirían notoriedad Papías, obispo también de la iglesia de Hierápolis 260, e Ignacio, el hombre más célebre para muchos todavía hasta hoy, segundo en obtener la sucesión de Pedro en el episcopado de Antioquía 261.

3 Una tradición refiere que éste fue trasladado de Siria a la ciudad de Roma para ser pasto de las fieras, en testimonio de Cristo 262.

4 Al ser conducido a través de Asia, bajo la vigilancia cuidadosísima de los guardianes, iba dando ánimos con sus charlas y exhortaciones a las iglesias de cada ciudad donde hacían parada. En primer lugar los exhortaba a que sobre todo se guardasen de las herejías, que precisamente por entonces comenzaban a pulular 263, y los excitaba a aferrarse sólidamente a la tradición de los apóstoles 264, que, por estar ya él a punto de sufrir martirio, creía necesario poner por escrito en gracia a la seguridad.

5 Y así fue que, hallándose en Esmirna, donde estaba Poli-carpo, escribió una carta a la iglesia de Efeso 265, haciendo mención de Onésimo, su pastor 266; otra a la de Magnesia, la que está sobre Meandro, mencionando igualmente al obispo Damas 267, y otra a la de Trales, cuyo jefe era por entonces, dice, Polibio 268.

6 Además de éstas, escribió también a la iglesia de Roma una carta en que va exponiendo su súplica de que no intercedan por él, no sea que le priven del martirio, su anhelada esperanza. En apoyo de lo que hemos dicho, bien será citar algunos pasajes de dichas cartas, aunque sean brevísimos.
Escribe, pues, textualmente:

7 «Desde Siria hasta Roma vengo luchando con fieras por tierra y por mar, de noche y de día, atado a diez leopardos, esto es, un piquete de soldados 269 que se vuelven peores con el bien que se les hace. Mas con sus malos tratos más y más soy discípulo. Sin embargo, no por eso estoy justificado 270.

8 »¡Ojalá pudiera yo gozar de las fieras que me están preparadas! Pido hallarlas bien expeditas para conmigo. Llegaré hasta a adularlas para que me devoren prontamente y no me hagan lo que a algunos, que por temor no los tocaron, y si se hacen las remolonas y no quieren, yo mismo las forzaré.

9 »Perdonadme. Yo sé lo que me conviene. Ahora estoy comenzando a ser discípulo. Que ninguna cosa ni visible ni invisible tenga celos de que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz y manadas de fieras, dispersión de huesos, destrozamiento de miembros, trituración del cuerpo todo y tormentos del diablo vengan sobre mí, con tal solamente que yo alcance a Jesucristo» 271.

10 Esto escribía desde la ciudad mencionada a las iglesias que hemos enumerado. Mas hallándose ya lejos de Esmirna, desde Tróade se pone a conversar, asimismo por escrito, con los de Filadelfia 272 y con la iglesia de Esmirna 273, y en particular con Policarpo 274, que la presidía. Reconociendo a éste como varón verdaderamente apostólico y porque él mismo era pastor legítimo y bueno, le confía su propio rebaño de Antioquía y le pide que se preocupe de él con solicitud 275.

11 El mismo, escribiendo a los esmirniotas y citando pasajes de no sé dónde, discurre acerca de Cristo con palabras así:
«En cuanto a mí, sé y creo que incluso después de la resurrección permanece en su carne, y cuando se acercó a los que rodeaban a Pedro les dijo: 'Tomad y palpadme, y ved que no soy un espíritu incorpóreo'. Y al punto ellos le tocaron y creyeron»276.

12 También Ireneo conoce su martirio y hace mención de sus cartas cuando dice así:
«Como dijo uno de los nuestros condenado a las fieras por su testimonio en favor de Dios, 'trigo soy de Dios y por los dientes de las fieras soy molido para ser hallado como pan puro'» 277.

13 Y Policarpo hace mención también de esto mismo en la carta que se dice de él, dirigida a los Filipenses 278, cuando dice textualmente:
«Os exhorto, pues, a todos vosotros, a obedecer y a ejercitar toda paciencia, la que visteis con vuestros ojos no solamente en los bienaventurados Ignacio, Rufo y Zósimo, sino también en otros de los vuestros, y en el mismo Pablo y en los demás apóstoles, persuadidos de que todos éstos no corrieron en vano 279, sino en la fe y en la justicia, y de que están ya en el lugar que les es debido, junto al Señor, con el cual padecieron 280. Porque no amaron este siglo de acá 281 sino a aquel que murió por nosotros y por nosotros también resucitó, por obra de Dios» 282.
Y añade luego:

14 «Me escribisteis vosotros e Ignacio para que, si alguno marchara a Siria, llevase también vuestras cartas. Tal haré si encuentro ocasión favorable, o bien yo mismo o bien uno que envíe y que será también embajador de parte vuestra.

15 »Las cartas de Ignacio que él envió y todas las otras que teníamos con nosotros, os las enviamos, como nos lo habéis pedido; van adjuntas a la presente carta. De ellas podréis sacar gran provecho, ya que están llenas de fe, de paciencia y de toda edificación concerniente a nuestro Señor» 283.
Esto es lo que se refiere a Ignacio. Después de él, recibió la sucesión del episcopado de Antioquía Heros284.

Notas:

259 Policarpo de Esmirna debió de nacer hacia ei año 69; cf. infra IV 15,20. Según San Ireneo, Adv. haer. 3.3.4, que dice saberlo del mismo Policarpo, fue discípulo de Juan el apóstol (Ireneo no conoce otro Juan), quien seguramente fue el que le hizo obispo de Esmirna, antes del año 100. A juzgar por el tono de su carta a los cristianos de Filipos, su fama y autoridad llegó pronto lejos.

260 Según este párrafo, pues, la acmé de Papías de Hierápolis ocuparía los primeros años del siglo 11, durante el imperio de Trajano; cf. infra 39,1. Eusebio hace a Papias obispo de Hierápolis, ciudad de Frigia, mientras que San Ireneo (Adv. haer. 5,33,4) no dice nada al respecto. E. Gutwenger (Papias. Eine chronologische Studie: Zeitschrift für katholische Theologie 69 [1047] 385-416), atendiendo al testimonio de San Ireneo citado (que Eusebio le discute infra 39,2), que hace a Papias anterior al 110, deduce de Eusebio que Papias era contemporáneo de Clemente de Roma y que desconocía el Apocalipsis, por lo que su obra debió de publicarse en los años 90-100; esta deducción no convence mucho; no obstante, cf. B. de Solages, le témoignage de Papias: BLE 71 (1970) 3-14, que dice que Papías escribió bajo Trajano, entre no y 117, y no en 130, como generalmente se cree.

261 Gf. supra 22. Ignacio debió de nacer poco después de mediado el siglo 1; a juzgar por el tono de su carta a Policarpo, era mayor que éste. Siendo el segundo en la sede antioquena, su obispado no pudo comenzar más tarde del año 100. La única fuente de información que tenemos son sus cartas. Sobre ellas existe una inmensa literatura. Cuando ya se creía cerrada la controversia sobre su autenticidad, de nuevo quedó abierta, tras un intento de R. Wei-jenborg en 1969, por obra de R. Joly y de J. Ríus-Camps, a partir de 1979, aunque por distinto camino. Las hipótesis de estos dos últimos, dignas de seria consideración y estudio, sin duda, no han recibido todavía de la crítica una respuesta del todo convincente, ni de aceptación ni de rechazo. Un buen estudio del problema —con su postura propia, naturalmente—, es el de J. J. Ayán-Calvo en su introducción a la edición bilingüe de las Cartas de S. Ignacio en la colección «Fuentes Patrísticas», 1 (Madrid 1991). Firme en su hipótesis, J. Ríus-Camps señala para las Cartas una fecha mucho más temprana que la tradicional, en su artículo: Indicios de una redacción muy temprana de las Cartas auténticas de Ignacio (ca.70-90 d.C.): Augustinianum 35 (1995) 199-214.

262 Cf. San Ignacio de Antioquía, Ephes, 1; 21; Roman. 4-5; 10; cf. K. G. Essig, Mutmassungen über den Anlass des Martyriums von Ignatius von Antiochien: VigCh 40 (1986) 105-117.

263 Especialmente los docetas: San Ignacio de Antioquía, Magn. 11; Trail. 6-7; Philad. 3; Smyrn. 4; cf. E. Molland, The Heretics combated by Ignatius of Antioch : The Journal of Ecclesiastical History 5 (1954) 1-6.

264 San Ignacio de Antioquía, Magn. 13; Trail. 7.

265 id.. Ephes. 21.

266 id., Ephes. 1-2; 6.

267 id., Magn. 2; 15.

268 id., Trail. 1; 12.

269 Este inciso explicativo le parece a Schwartz una glosa que pasó muy pronto al texto.

270 Cf. 1 Cor 4.4.

271 San Ignacio de Antioquía, Roman. 5.

272 Id., Philad. il.

273 Id., Smyrn. 12.

274 Id., Polyc. 8.

275 Id., Polyc. 7; cf. U. BlANCHI, Questioni storico-religiose relative al Cristianesvmo in Siria nei secc. II-IV: Augustinianum 19 (1979) 4-1-5*.

276 Id., Smyrn. 3. Para San Jerónimo (De vir. ilL 16; In Is. comm. 18 pról.), Ja cita de este pasaje, correspondiente a Le 24,38-40, estaría tomada del Evangelio de tos Hebreos (cf. supra 25,5); según Orígenes, De princ. 1 praef. 8, la frase en concreto: «no soy un espíritu incorpóreo» proviene de la Predicación de Pedro (cf. supra 3,2). Pero no es probable que Ignacio cite directamente al uno o al otro de ambos apócrifos.

277 San Ireneo, Adv. haer. 5,28,4; ía cita es cié San Ignacio, Roman. 4, pero Ireneo no lo nombra.

278 Esta es la única carta de Policarpo que se nos ha conservado y que responde a la que los filipenses le habían escrito pidiéndole copia de la carta que San Ignacio, a su paso por Filipos, le había escrito encargándole el cuidado de su iglesia de Antioquía. Policarpo les envía, junto con esta respuesta, el primer corpus ignaciano de que haya noticia. Los problemas que esta carta plantea y su posible solución pueden verse en P. N. Harrison, Poly-carp's two Epistles to the Philippians (Cambridge 1936); sin embargo, la fecha que propone para la supuesta segunda carta, 135-137» resulta demasiado tardía. Sobre la fecha no se puede decir más que debió ser en tiempos de Trajano, como el martirio de Ignacio, entre el no y el 118, cf. Id. ibid., p.208-230; L. W. Barnard, The problem of St Polycarp's Epistle to the Philipians: The Church Quarterly Review 163 (1962) 421-430; cf. el estudio actualizado del tema en J. J. AyAn-Calvo, Policarpo de Esmima, edición bilingüe, Fuentes Patrísticas, 1 (Madrid 1995).

279 cf. Flp 2,16.

280 1 Clement. 5.

281 2 Tim 4,10.

282 San Policarpo, Philip. 9.

283 San Policarpo, Philip. 13. Este pasaje se conserva solamente aquí en griego. Como se ve, Policarpo disponía ya de un epistolario ignaciano. Eusebio ha hecho memoria de siete cartas, aunque no en el mismo orden en que suelen enumerarlas los mss., que seguramente siguen el impuesto por Policarpo; cf. W. R. Schoedel, Polycarp's witness to Ignatius of Antioch: VigCh 41 (1987) 1-10.

284 Según infra IV 20, Heron.

Cap. 37
[De los evangelistas que todavía entonces se distinguían]

1 Entre los que por este tiempo eran famosos, estaba también Cuadrato, del cual refiere una tradición que sobresalía en el caris -ma profético, junto con las hijas de Felipe 285. Y también eran célebres entonces, además de éstos, otros muchos que tuvieron el primer puesto en la sucesión de los apóstoles 286. Estos magníficos discípulos de tan grandes hombres edificaban sobre los cimientos de las iglesias echados anteriormente en cada lugar por los apóstoles 287, acrecentaban más y más la predicación y sembraban por toda la extensión de la tierra habitada la semilla salvadora del reino de los cielos.

2 Efectivamente, muchos de los discípulos de entonces, heridos en sus almas por la palabra divina con un amor muy fuerte a la filosofía 288, primeramente cumplían el mandato salvador repartiendo entre los indigentes sus bienes 289, y luego emprendían viaje y realizaban obra de evangelistas 290, empeñando su honor en predicar a los que todavía no habían oído la palabra de la fe y en transmitir por escrito los divinos evangelios 291.

3 Estos hombres no hacían más que echar los fundamentos de la fe en algunos lugares extranjeros 292 y establecer a otros como pastores 293, encargándoles el cultivo de los recién admitidos, y en seguida se trasladaban a otras regiones y a otras gentes con la gracia y la cooperación de Dios, puesto que por medio de ellos seguían realizándose aún entonces muchos y maravillosos poderes del Espíritu divino, de suerte que, desde la primera vez que los oían, muchedumbres enteras de hombres recibían en masa con ardor en sus almas la religión del Creador del universo.

4 Siéndonos imposible enumerar por su nombre a todos los que en la primera sucesión de los apóstoles fueron pastores e incluso evangelistas en las iglesias de todo el mundo 294, es natural que mencionemos por sus nombres y por escrito solamente a aquellos de los cuates se conserva la tradición todavía hasta hoy gracias a sus memorias de la doctrina apostólica.

Notas:

285 El hecho de venir aquí asociado a las hijas de Felipe el nombre de Cuadrato, a causa de su carisma profético, indica que el documento aludido por Eusebio debía de ser el Anónimo antimontanista cuyo texto cita infra V 17,3. Para G. Bardy (Sur l'apologiste Quadratus: Mélanges H. Grégoire, t.i fBruxelas 1949] p.86), este Cuadrato, profeta, fue distinto del homónimo apologista (infra IV 3), y aun sospecha que el Cuadrato obispo de Atenas (infra IV 23,3), también del siglo 11, fue distinto de los otros dos.

286 Cf. supra II 23,3; in/ra 37.4; V 17,2-3; 20,1: lo mismo que SAn Policarpo (cf. supra î6,1) eran των αποστόλων όμιληταί.

287 Cf. 1 Cor 3,10; Ef 2,20.

288 Es la doctrina cristiana vivida: cf. G. Bardy, Philosophie et philosophes dans le vocabulaire chrétien des premiers siècles: Mélanges Viller (Tolosa 1949) p.1-12; A. M. Malin-grey, «Philosophia». Étude d'un groupe de mots dans la littérature grecque des Présocratiques au IVe siècle après l.-C. (Paris 1961), especialmente p.185-206; cf. J. B. Bauer, Das Verständnis der Tradition in der Patristik: Kairos, n.s. 20 (1978) 193-208.

289 Cf. Mt 19,21; Mc 10,21; Lc 18,22.

290 Cf. 2 Tim 4,5.

291 Cf. Rom 15,20-21.

292 Cf. Ef 2,19-20.

293 Cf. supra 23,6.

294 Cf. J. Salaverrï, La sucesión apostólica en la «Historia Eclesiástica» de Eusebio de Cesárea: Gregorianum 14 (1933) 220-247.

Cap. 38
[De la carta de Clemente y los escritos que se le atribuyen falsamente]

1 No cabe duda, pues, de que tales son Ignacio, en sus cartas, cuya lista hemos dado, y Clemente en la carta por todos admitida, que escribió en nombre de la iglesia de Roma a la de Corinto 295. En ella expone Clemente muchos pensamientos de la Carta a los Hebreos, e incluso utiliza textualmente algunos pasajes de la misma 296, mostrando así con toda claridad que este escrito no es reciente.

2 De ahí que haya parecido natural catalogarlo entre los demás escritos del Apóstol 297. Porque Pablo platicó por escrito con los hebreos valiéndose de su lengua patria, y unos dicen que quien tradujo la carta fue el evangelista Lucas 298, pero otros, en cambio, afirman que fue este mismo Clemente 29 9,

3 lo cual sería quizás más verdadero por el hecho de conservar ambas, la Carta de Clemente y la Carta a los Hebreos, un carácter estilístico semejante, además de no diferenciarse mucho el pensamiento de uno y otro escrito.

4 Ha de saberse además que hay una segunda carta que se dice de Clemente 300, pero no sabemos que se la conozca al igual que la primera, ya que tampoco los antiguos la han utilizado, que sepamos.

5 Y muy recientemente algunos han sacado a la luz, diciendo que son de él, otros escritos, verbosos y largos, que contienen, los diálogos de Pedro y de Apión 301. De estos escritos ni se halla la menor mención entre los antiguos ni, efectivamente, conservan puro el carácter de la ortodoxia apostólica. En consecuencia, está claro cuál es el escrito admitido de Clemente. También se ha hablado de los de Ignacio y Policarpo.

Notas:

295 Cf. supra 16.

296 1 Clement. 17 (= Heb 11,37); 21 (= Heb 4,12)127 (= Heb 10,23); 36 (= Heb 2, 17-18; 4.14-15; 8,3; ι,3.4·7·5.ΐ3).

297 Cf. supra II 17,12; C. Spicq, L'Épîlre aux Hébreux: Études Bibliques (Paris 1952-53), especialmente t.i p. 169-219.

298 Así Clemente de Alejandría, Hypotypos.: infra VI 14,2.

299 Infra VI 25,11-13, donde Eusebio cita a Orígenes, que, aunque expresa la misma idea, no da el nombre de Clemente.

300 Eusebio es el primero en hablar de ella. Actualmente se la tiene por una homilía escrita bastante después de la muerte de Clemente, hacia el año 150, y probablemente en Corinto, según Funk y Krüger; cf. B. Altaner-A. Stuiber, Patrologie (Friburgo 1966) p.88.

301 Se trata de los apócrifos atribuidos a Clemente, sin duda las Pseudo-clementinas, Homil. y Recogn.

Cap. 39
[De los escritos de Papías]

1 Escritos de Papías se dice que son cinco, bajo el título de Explicaciones de las sentencias del Señor 302. De ellos hace Ireneo mención como de los únicos escritos por Papías; dice así:
«Esto lo atestigua también por escrito Papías, que fue oyente de Juan, compañero de Policarpo y varón de los antiguos 303, en el libro cuarto de los escritos por él, porque, efectivamente, tiene escritos cinco libros» 304.

2 Esto es lo que Ireneo dice. Papías mismo, en cambio, según el prólogo de sus tratados, no se presenta a sí mismo en modo alguno como oyente y como testigo ocular de los sagrados apóstoles 305, sino que enseña haber recibido lo referente a la fe de boca de quienes los habían conocido. Estas son sus palabras:

3 «No vacilaré en ponerte ordenadamente con las interpretaciones todo cuanto un día aprendí muy bien de los presbíteros y que bien recuerdo, segurísimo como estoy de su verdad. Porque yo no me complacía como hace la gente en los que mucho hablan, sino en los que enseñan la verdad; ni tampoco en los que recuerdan mandamientos ajenos, sino en los que traen a la memoria los que se han dado a la fe de parte del Señor y nacen de la verdad misma.

4 »Y si acaso llegaba alguno que había seguido también a los presbíteros, yo procuraba discernir las palabras de los presbíteros: qué dijo Andrés, o Pedro, o Felipe, o Tomás, o Santiago, o Juan, o Mateo o cualquier otro de los discípulos del Señor, y qué dicen Aristión y el presbítero Juan, discípulos del Señor, porque yo pensaba que no me aprovecharía tanto lo que sacara de los libros como lo que proviene de una voz viva 306 y durable» 307.

5 Aquí bueno será también hacer notar que enumera dos veces el nombre de Juan. Al primero lo pone en lista con Pedro, Santiago, Mateo y los demás apóstoles 308, siendo evidente que señala al evangelista; en cambio, al otro Juan, después de cortar el discurso, lo coloca con otros, fuera del número de los apóstoles, anteponiéndole Aristión y llamándole claramente presbítero 309.

6 De manera que también por esto se demuestra que es verdad la historia de los que dicen que en Asia hubo dos con ese mismo nombre, y en Efeso dos sepulcros, de los que aun hoy día se afirma que son, uno y otro, de Juan 310. Es necesario prestar atención a estos hechos, porque es probable que fuese el segundo —si no se prefiere el primero—el que vio la Revelación (= Apocalipsis) que corre bajo el nombre de Juan 311.

7 Ahora bien, Papías, de quien estamos hablando, confiesa que las palabras de los apóstoles las ha recibido de los discípulos de éstos, mientras que de Aristión y de Juan el Presbítero dice haber sido él mismo oyente directo 312. Efectivamente, los menciona por su nombre muchas veces en sus escritos y recoge sus tradiciones.

8 Y no se diga que por nuestra parte es inútil lo dicho. Pero es justo añadir a las palabras de Papías ya citadas otros dichos suyos con los que refiere algunas cosas extrañas y otros detalles que, según él, le han llegado por la tradición.

9 Ahora bien, ya quedó explicado más arriba 313 que el apóstol Felipe había morado en Hierápolis con sus hijas, pero ahora hay que señalar cómo Papías, que vivió en esos mismos tiempos, hace mención de haber recibido un relato maravilloso de boca de las hijas de Felipe. Narra, efectivamente, la resurrección de un muerto ocurrida en su tiempo y, por si fuera poco, otro hecho portentoso referente a Justo, el apellidado Barsabás, pues sucedió que éste bebió una pócima mortal sin que, por gracia del Señor, sufriera daño alguno.

10 A este Justo, después de la ascensión del Salvador, los sagrados apóstoles le pusieron junto con Matías y oraron sobre ellos para que la suerte completara su número en lugar del traidor Judas; lo cuenta el libro de los Hechos de la siguiente manera: Y pusieron a dos: José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y Matías. Y orando sobre ellos dijeron 314.

11 El mismo Papías cuenta además otras cosas como llegadas hasta él por tradición no escrita, algunas extrañas parábolas del Salvador y de su doctrina, y algunas otras cosas todavía más fabulosas.

12 Entre ellas dice que, después de la resurrección de entre los muertos, habrá un milenio, y que el reino de Cristo se establecerá corporalmente sobre esta tierra 315. Yo creo que Papías supone todo esto por haber tergiversado las explicaciones de los apóstoles, no percatándose de que éstos lo habían dicho figuradamente y de modo simbólico.

13 Y es que aparece como hombre de muy escasa inteligencia, según puede conjeturarse por sus libros. Sin embargo, él ha sido el culpable de que tantos escritores eclesiásticos después de él hayan abrazado la misma opinión que él, apoyándose en la antigüedad de tal varón, como efectivamente lo hace Ireneo y cualquier otro que manifieste profesar ideas parecidas.

14 En su propia obra transmite Papías todavía otras interpretaciones de las palabras del Señor recibidas de Aristión, mencionado arriba 316 así como también otras tradiciones de Juan el Presbítero. A ellas remitimos a cuantos quieran instruirse. Ahora nos vemos obligados a añadir a sus palabras anteriormente citadas una tradición acerca de Marcos, el que escribió el Evangelio, que viene expuesta en los términos siguientes:

15 «Y el Presbítero decía esto: Marcos, intérprete que fue de Pedro, puso cuidadosamente por escrito, aunque no con orden 317, cuanto recordaba de lo que el Señor había dicho y hecho. Porque él no había oído al Señor ni lo había seguido, sino, como dije, a Pedro más tarde, el cual impartía sus enseñanzas según las necesidades y no como quien se hace una composición de las sentencias del Señor, pero de suerte que Marcos en nada se equivocó al escribir algunas cosas tal como las recordaba 318. Y es que puso toda su preocupación en una sola cosa: no descuidar nada de cuanto había oído ni engañar en ello lo más mínimo» 319.

16 Esto es lo que cuenta Papías acerca de Marcos. Referente a Mateo, dice lo siguiente:
«Mateo ordenó las sentencias en lengua hebrea, pero cada uno las traducía como mejor podía» 320.

17 El mismo escritor utiliza testimonios tomados de la carta primera de Juan, e igualmente de la de Pedro, y expone también otro relato de una mujer acusada de muchos pecados ante el Señor, que se contiene en el Evangelio de los hebreos 321. Quede constancia obligada también de esto, además de lo ya expuesto.

Notas:

302 Todos los Mss, menos M, y las versiones SL, lo mismo que San Jerónimo (De vir. ill. i8), traen o suponen έξηγήσεως, sin duda por una mala lectura de έξηγήσεις (M). Sobre el sentido de λογίών, cf. R. Grysov, A propos du témoignage de Papias sur Mathieu. Le sens du mot λόγιον chez les Pères du second siècle: Ephemerides Theologicae Lovanienses 41 (1965) 547; J. Donovan, Note on the Eusebian Use of «Logia»: Bíblica 7 (1926) 302. Sobre los fragmentos que nos quedan de la obra, cf. K. Beyschlag, Herkunft und Eigenart des Papiasfragmente: Studia Patrística t.4: TU 79 (Berlín 1961) 268-280; J. K.UERZINGER, Papias von Hierajyolis und die Evangelien des Neuen Testaments = Eichstätter Materialien. Ser. Philos, u. Theol., 4 (Ratisbona 1983).

303 E. Gutwenger (Papias. Eine chronologische Studie: Zeitschrift für katholische Theologie 69 [1947] 416) se apoya en esta expresión de San Ireneo y en su interpretación por Eusebio (infra § 13), para concluir que Papias publicó sus libros entre los años 90-100, antes de la composición del Apocalipsis. Si fue compañero de Policarpo, debió de ser oyente de Juan, como él, en su niñez o adolescencia y alcanzar su florecimiento entre 120 y 130. Cf. G. Bardy, Papias d'Hiérapolis: DTC 1.11 col. 1944-1947; M. Jourjon, Papias: Supplément du Diet, de la Bible, t.6 col.1103-1109; U. H. J. K.OERTNER, Papias von Hierapolis. tin Beitrag zur Geschichte des frühen Christentums = Forschungen z. Relig. u. Literat, d. A. u N. Testaments, 133 (Gotinga 1983).

304 San Ireneo, Adv. haer. 5,33,4.

305 Eusebio le discute a Ireneo su información sobre Papias, negando que éste haya sido oyente directo del apóstol Juan (Ireneo, sin embargo, no parece conocer otro). El texto que aduce en su apoyo no parece en realidad contradecir a Ireneo.

306 Más que preferir la tradición oral frente a la escrita, Papías quiere acentuar la garantía «apostólica» de lo que le dicen; cf. A. F. Walls, Papias and oral tradition: VigCh 21 (1967) 137-140.

307 Este texto ha constituido y sigue siendo una verdadera «crux interprctum», un auténtico enigma que ha dado lugar a una ingente literatura, sobre todo entre historiadores y exegetas, sin hacer posible un acuerdo. Un buen estudio es el de J. Munck (Presbyters and Disciples of the Lord in Papias. Exegetics Comments on Eusebius, Ecclesiastical History III, 39: HTR 52 [1959] 223-243). Cf. G. M., Presbyters and Apostles: ZNWKAK 62 (i97i) 122, donde se afirma que πρεσβύτερος está tomado por apóstol, como en el Canon de Ata-nasio 87.

308 La deducción es obvia, pero Papías no ha empleado la palabra «apóstoles», sino «presbíteros» y «discípulos del Señor».

309 Es difícil no estar de acuerdo con Eusebio en esta interpretación, afirmando con él la existencia de dos personajes distintos con el nombre de Juan, uno el apóstol y otro conocido por «el presbítero», del que nada más sabemos; cf. J. Munck, a.c., p.238; G. Bardy, Jean le Presbytre: Supplément du Diet, de la Bible, t.4 (1949) col.843-847; F. M. Braun, Jean le Théologien et son Évangile dans l'Église ancienne (Paris 1959) p.357-364. Tampoco de Aristión se sabe más. Quizás tenga razón F. C. Conybeare al identificarlo (en «The Expositor», 5a s.2 [1895] 407-421) con «el presbítero Aristión» del evangelio armeno que descubrió en 1891 en Edschmiatzin (facsímil en H. B. Swete, The Gospel according to St Mark [1902] página opuesta a la CIV). Cf. también Constitutiones Apóstol. 7,46, ed. Funk, p.454, donde el nombre Aristión aparece aplicado ai primero y tercero de los obispos de Esmirna.

310 Cf. infra VII 25,16, donde citan el pasaje de Dionisio de Alejandría sobre el que sin duda se apoya, y que refiere rumores sueltos, nada más, de la existencia de dichos sepulcros; cf. F. M. Braun, o.e., p.365-374.

311 La existencia de otro Juan distinto del apóstol parece facilitar a Eusebio la solución para librar a éste de la atribución del Apocalipsis; cf. supra 25,2.4; infra VII 15, aunque no aventura más que la probabilidad.

312 En los fragmentos conservados no aparece esta afirmación por ninguna parte; quizás se hallaba en los párrafos omitidos del prólogo; cf. J. F. Bligh, The prologue of Papias : Theological Studies 13 (1952) 234-240.

313 Supra 31,3-5; lo mismo que allí, Eusebio sigue confundiendo ai apóstol Felipe con el evangelista. De todos modos, el contenido de este párrafo supone a Papias suficientemente mayor como para haber tratado a las hijas de Felipe, ya que éstas no pudieron vivir muchos años del siglo 11.

314 Act 1,23-24.

315 Sobre el milenarismo de Papías y su entorno, cf. J. Daniélou, Théologie du judéo-christianisme: Bibliothèque de Théologie. Histoire des doctrines chrétiennes avant Nicée 1 (Paris-Lovaina 1958) p.341-366.

316{La nota 316 está referenciada en el texto pero falta al pie en la edición en papel. n.ETF}

317 No según un orden, v.gr., cronológico, sino conforme a las circunstancias y necesidades; sugerencia de J. Reumann, ΟΙκονομία as «Ethical Accommodation» in the Fathers and its Pagan Bacgrounds: Studia Patrística 3: TU 78 (1961) 378; cf. supra II 15,2.

318 El sentido de Ινια es restrictivo; cf. T. Y. Mullins, Papias on Mark's Gospel : VigCh 14 (i960) 216-224.

319 Sobre el origen griego de esta fórmula, cf. W. C. van Unnik, Zur Papias-Notiz über Markus (Eusebius, H. E. III 39,15) : ZNWKAK 54 (1963) 276-277.

320 Cf. C. S. Petrie, The autorship of the Cospel according to Mathew. A reconsideration of the external Evidence: New Testament Studies 14 (1967) 15-33; R Trevijano, La obra de Papias y sus noticias sobre Me y Mt: Salmanticensis 41 (1994) i8i-zii; W. D. Koehler, Die Rezeption des Matthäusevangeliums in der Zeit von Irenaus = Wissenschaftl. Untersuch, z. N. Test. Ser.II, 14 (Tubinga 1987).

321 Eusebio se limita a señalar que el relato se halla en Papias y en el Evangelio de los Hebreos. Es muy posible que sea el mismo de Jn 7.53-8,11, como parece entenderlo Rufino al traducir de muliere adultera.

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