El libro noveno de la Historia eclesiástica contiene lo siguiente:
2. Del posterior empeoramiento.
3. De la estatua recién erigida en Antioquía.
4. De las decisiones votadas contra nosotros.
6. De los que en este tiempo sufrieron martirio.
7. Del edicto contra nosotros fijado en las columnas.
8. De los acontecimientos que siguieron entre hambre, peste y guerras.
9. De la muerte catastrófica de los tiranos 1 y palabras que pronunciaron antes de morir.
[10. De la victoria de los emperadores amigos de Dios]2.
11. De la destrucción final de los enemigos de la religión.
Notas:
1 No pueden ser otros que Maximino y Licinio; en su primera edición, Eusebio debió de escribirlo en singular, referido sólo a Maximino, puesto que Licinio, como anuncia el titulo del capítulo 10, aún era «amigo de Dios* y no «tirano».
2 El título de este capítulo 10 es, evidentemente, resto de una edición anterior en que, además de Constantino, se llamaba también a Licinio «amigo de Dios», en contradicción con el enunciado que encontramos en el capítulo 9; es, pues, anterior a la «damnatio memoriae» de Licinio, que siguió a su muerte, en 323. Además, el título está mal colocado, pues en realidad corresponde al contenido de la primera parte del capítulo 9. Cf. R. Laqueur, Eusebius ais Historiker seiner Zeit (Berlín 1919) p. 188-191.
1 La palinodia de la orden imperial antes citada se expone por todas partes y en todo lugar de Asia, así como en las provincias circundantes 3. Cumplido esto así, Maximino, el tirano de Oriente 4, impiísimo como ningún otro y convertido en el mayor enemigo de la religión del Dios del universo, se disgustó muchísimo con lo escrito5, y, en vez del susodicho edicto, ordenó de palabra6 a los gobernantes sujetos a él7 que aflojaran en la guerra contra nosotros. Efectivamente, como no le estaba permitido contradecir de otra manera el juicio de los más poderosos, poniendo a buen recaudo la mencionada ley y procurando cuidadosamente que en las regiones sujetas a él se hiciera pública, mediante una orden oral manda a los gobernantes sujetos a él aflojar en la persecución contra nosotros 8. Pero los términos de la orden se los van comunicando ellos mutuamente por escrito 9.
2 Así, pues, Sabino, honrado entre ellos con la dignidad de los magistrados más elevados 10, da a conocer la decisión del emperador a los gobernadores de cada provincia mediante una carta en latín. Su traducción es la siguiente 11:
3 «Con el más rico y más santo celo, hace ya tiempo que la divinidad de nuestros señores, santísimos emperadores 12, determinó orientar las mentes de todos los hombres al santo y recto camino del vivir, para que, incluso los que parecían seguir una costumbre ajena a la de los romanos, rindieran el culto debido a los dioses inmortales.
4 »Pero la obstinación y rudísima voluntad de algunos subió a tanto, que ni con el justo razonamiento de la orden se podía apartarles de su propia determinación, ni el castigo prometido los arredraba.
5 »Como quiera, pues, que por causa de tal actitud ocurrió que muchos se pusieron en peligro, la divinidad de nuestros señores, los poderosísimos emperadores, juzgando, según la mucha nobleza de su piedad, que era ajeno a su propio y divinísimo propósito estar arrojando a los hombres a un peligro tan grande por una causa así, ordenó escribir a tu inteligencia por medio de mi devoción, que, si algún cristiano fuere hallado tomando parte en la religión de su propia nación, lo apartes de la molestia y del peligro que lo amenaza y no juzgues que debe alguien ser castigado por este motivo, ya que con el correr de tan largo tiempo se ha comprobado que de ninguna manera es posible persuadirles a que se aparten de semejante obstinación.
6 »Por consiguiente, tu solicitud debe escribir a los curadores 13, a los magistrados municipales y a los prepósitos de distrito rural de cada ciudad para que sepan que, en adelante, no les conviene preocuparse de este edicto» 14.
7 Después de esto, los de cada provincia 15, pensando que la intención de lo que se les escribía era la verdad, dan a conocer por medio de cartas el pensamiento imperial a los curadores, a los magistrados municipales y a los prepósitos de distrito rural. Pero no sólo hicieron avanzar el asunto mediante las cartas, sino también, y muy principalmente, mediante las obras. Con el fin de llevar a término la decisión imperial, sacaban a la luz del día y daban libertad a todos cuantos tenían encerrados en las cárceles por haber confesado la divinidad, y dejaban ir también a los que de entre ellos estaban castigados en las minas. Aunque se equivocaban 16, ellos creían que esto era lo que verdaderamente pensaba el emperador.
8 Y al ocurrir de este modo las cosas, de repente, como una luz que brilla saliendo de la noche oscura 17, en cada ciudad se podían ver iglesias congregadas 18, reuniones concurridísimas y, además, las ceremonias ejecutadas del modo acostumbrado. Y todo pagano infiel era presa de gran estupor ante esto y se maravillaba de cambio tan prodigioso, y a gritos proclamaba grande y único verdadero al Dios de los cristianos.
9 De los nuestros, los que habían sostenido valiente y fielmente el combate de las persecuciones recobraban de nuevo su libertad franca para con todos; en cambio, los que, enfermos en la fe, habían naufragado en sus almas se apresuraban gozosos en busca de remedio, implorando y pidiendo a los fuertes su mano derecha salvadora y suplicando a Dios que les fuera propicio 19.
10 Y luego, los nobles atletas de la religión, liberados del sufrimiento de las minas, regresaban a sus casas caminando majestuosos y radiantes a través de las ciudades y rebosando indecible alegría y una libertad franca que no es posible traducir con palabras.
11 Así, pues, a lo largo de los caminos y las plazas, muchedumbres en tropel realizaban su viaje alabando a Dios con cantos y salmos, y a los que antes estaban presos con durísimos castigos y desterrados de sus patrias, los hubieras visto ahora recobrando sus hogares con rostro rebosante de alegría y satisfacción, tanto que incluso los que anteriormente gritaban contra nosotros, al ver ahora un prodigio tan contrario a lo que se podía esperar, se unían también a nuestro regocijo por lo ocurrido.
Notas:
3 Se entiende principalmente las provincias sujetas a Galerio, incluida Bitinia.
4 Sobre Maximino y el libro IX, véase R. Laqueur, o.c., p.96-191.
5 Como ya vimos supra VIII 17,5, el nombre de Maximino no aparece en el encabezamiento del edicto de tolerancia, pero tuvo que firmarlo como los otros emperadores, a pesar de las medidas que luego tomaría por su cuenta y riesgo. Por lo menos durante algún tiempo —unos seis meses quizás— tuvo que respetar lo acordado; cf. infra 2; S. Mitchell, Maximinus and the Christians in A.D. 312; A new Latin Inscription: Journal of Roman Studies 78 (1988) 105-124.
6 Cf. infra 9a,7.
7 Seguramente, sus más inmediatos colaboradores: el prefecto del pretorio y el «magister militiae».
8 Como se ve, hay aquí una repetición de lo que acaba de decir; es uno de tantos casos en que Eusebio, al revisar su obra, olvida borrar lo que debía eliminar.
9 Maximino, pues, parece que daba oralmente las órdenes a sus colaboradores inmediatos, y éstos las mandaban por escrito a los gobernadores de las provincias.
10 Seguramente prefecto del pretorio ya con Galerio, continuó siéndolo con Maximino, aunque la expresión «entre ellos» puede también referirse a los gobernadores de provincias mencionados en el párrafo anterior. Por lo demás, no se sabe de Sabino más que lo dicho por Eusebio.
11 Esta frase y la carta, resto de una edición anterior y eliminado por Eusebio en las posteriores, se incluyen solamente en los Mss ATER. Como se verá, la carta se basa en la primera parte del edicto de Galerio (cf. supra VIII 17,6-9), pero cambia por completo el sentido de la segunda parte, su parte dispositiva, de manera que no aparece el reconocimiento del cristianismo como «religio licita».
12 La carta quiere aparentar que refleja el pensar de los cuatro emperadores, pero en realidad sólo expresa la voluntad personal de Maximino Daza.
13 Es decir, a los «curatores rei publicae» o «curatores civitatis», con funciones fundamentalmente financieras; cf. L. Homo, Las instituciones políticas romanas. De la ciudad al Estado (Barcelona 1928) p.420.
14 Declara, pues, abrogado un edicto anterior que mandaba perseguir a los cristianos; no sabemos cuál en concreto.
15 Los gobernadores de cada provincia.
16 Eusebio insiste en el cambio sutil que se había logrado dar a la parte dispositiva del edicto de Galerio, por la que de hecho se reconocía al cristianismo como «religio licita».
17 Cf. 2 Cor 4,6.
18 La asamblea, no los edificios.
19 Es la primera alusión que Eusebio hace a las apostasías producidas por esta larga persecución.
Pero el tirano 20 que, según dijimos 21, gobernaba las partes del Oriente 22, enemigo como era del bien y conspirador contra todos los buenos, incapaz de soportar esto, ni siquiera seis meses completos aguantó que se obrara de esa manera. Por consiguiente, se puso a maquinar medios para destruir la paz. Primeramente intentó con un pretexto impedirnos la reunión en los cementerios 23; luego, valiéndose de algunos hombres malvados, él mismo se envió embajadas a sí mismo contra nosotros 24, pues exhortó a los ciudadanos de Antioquía a que pidieran obtener de él como uno de los mayores beneficios el que en modo alguno permitiese a un cristiano habitar en su patria, y que sugirieran a otros esta misma operación. En la misma Antioquía, el autor de todo esto fue Teotecno, hombre temible, charlatán, malvado y que no hacía honor a su nombre 25. Era, según parece, curador de la ciudad 26.
Notas:
20 Maximino Daza.
21 Cf. supra VIII 14,7; IX 1,1.
22 Desde la promulgación del edicto de Galerio, el 30 de abril de 311, hasta noviembre del mismo año, después de haber obtenido Bitinia mediante un difícil arreglo con Licinio, y antes de su partida para Siria; cf. Lactancio, De mort. pers. 36.
23 Al no haber otros lugares de reunión, esta prohibición equivalía a impedir toda clase de asamblea religiosa; no sabemos a ciencia cierta qué pretexto adujo.
24 Cf. Lactancio, o.c., 36,3. Sin duda esta maniobra provocó pronto iniciativas más o menos «espontáneas» y complacientes, como veremos, comenzando por Teotecno. Como ejemplo de esta clase de peticiones, puede verse la del «concilio» provincial de Licia y de Panfilia, reproducida por H. Grégoire (Inscriptions chrétiennes d'Ásie Mineur (Paris 1922) p.95; cf. también P. de Labriolle, La réaction païenne (Paris 1942) p.323-325.
25 Teotecno significa «hijo de Dios».
26 «Curator civitatis», o director municipal de hacienda; su obsequiosa colaboración le valdrá cargos más importantes; cf. infra 11,5; V. Schultze, Altchristliche Städte und Landschaften. III Antiocheia (Gütersloh 1930) p.75.
Este hombre 27, pues, que nos hizo la guerra cuanto pudo y por todos los medios se afanó para que a los nuestros los cazaran en sus escondrijos como a ladrones sacrílegos, y que todo lo maquinó basado en la calumnia y acusaciones contra nosotros y fue el causante de la muerte de innumerables personas, terminó por erigir una estatua de Zeus Filios 28 con prácticas de magia y brujerías. Inventó para ello ceremonias impuras, iniciaciones de mal agüero y purificaciones abominables, y hasta delante del emperador hizo gala de su categoría prodigiosa mediante lo que él tenía por oráculos. Este, para adular a su dueño y señor en lo que le gustaba, excitó contra los cristianos al demonio y dijo que el dios ordenaba expulsar a los cristianos más allá de los límites de la ciudad y de la región circundante, por ser, afirmaba, enemigos suyos.
Notas:
27 Teotecno.
28 Zeus, protector de la amistad.
1 Este fue el primero a quien salió bien su propósito. Todas las demás autoridades que habitaban las ciudades sujetas al mismo mando se apresuraron a tomar parecida resolución, mientras los gobernadores de provincia, al comprender que esto agradaba al emperador 29, sugerían a sus súbditos que hicieran lo mismo.
2 El tirano dio contentísimo su asentimiento a estas decisiones mediante un rescripto 30, y otra vez se reavivó la persecución contra nosotros. El mismo Maximino estableció por cada ciudad como sacerdotes de los ídolos y, por encima de éstos, como sumos sacerdotes, a todos los que más se habían distinguido en las funciones públicas y que en todas habían adquirido fama31. También ellos fueron muy solícitos en todo lo que atañía al culto de los dioses que tenían a su cuidado.
3 En resumen, la absurda superstición del dueño y señor inducía a todos sus súbditos, gobernantes y gobernados, a obrar en todo contra nosotros para congraciarse con él. A cambio de los beneficios que creían que iban a obtener de él, le hacían este favor, el mayor: desear nuestra matanza y seguir haciendo gala de las más nuevas maldades a nosotros destinadas.
Notas:
29 Maximino.
30 Cf. infra 7.3-14.
31 Cf. supra VIII 14,9; Lactancio, o.c., 36,5. Cada ciudad tendría un sumo sacerdote (ἱερεύς = «sacerdos maximus»), asistido por los sacerdotes ya existentes («veteres sacerdotes»); por encima de los sumos sacerdotes de cada provincia se nombraba un pontífice (ἀρχιερεύς, «quasi pontifex»). La correspondencia con la jerarquía cristiana parece clara: respectivamente, obispo, presbítero y metropolitano. Según Lactancio, esta nueva jerarquía pagana tenía que ser también un instrumento de persecución.
1 Después de inventar—como suena—unas Memorias de Pilato 32 y de Nuestro Salvador, abarrotadas de todo género de blasfemias contra Cristo, con la anuencia del soberano las distribuyen por todo el país sujeto a su mando, con instrucciones escritas para que en todo lugar, lo mismo en los campos que en las ciudades, se expusieran públicamente a todos y los maestros de escuela se cuidaran de enseñarlas a los niños en vez de las ciencias, y hacérselas retener de memoria.
2 Mientras esto se cumplía de la manera dicha, otro, un comandante militar, que los romanos llaman dux 33, hizo sacar a viva fuerza de la plaza pública de Damasco de Fenicia a unas despreciables mujerzuelas y las amenazaba con aplicarles torturas forzándolas a declarar por escrito que, efectivamente, algún tiempo habían sido cristianas y que entre los cristianos habían visto acciones criminales, y que éstos cometían acciones licenciosas en las mismas casas del Señor 34, y todo cuanto querían que ellas dijeran para calumnia de nuestra doctrina. Luego insertó estas declaraciones en unas memorias 35 y las comunicó al emperador, quien ordenó que también dicho documento se hiciera público en todo lugar y en cada ciudad.
Notas:
32 Sobre esta clase de invenciones y falsificaciones, cf. W. Speyer, Die literarische Fälschung im Altertum (Munich 1971) p.146ss. Estas Memorias o Actas de Pilato son—no cabe duda—las aludidas supra I 9,3. Lo más importante quizá sea el destino que se les dio: por primera vez un emperador ataca al cristianismo valiéndose de la escuela y de los medios de enseñanza; cf. J.D. Dubois, Les «Actes de Pílate» au IVe s.: Apocrypha 2 (1991) 155-163.
33 Después que Diocleciano separó los poderes civil y militar, éste pasó a los jefes de las circunscripciones militares, que se llamaron «duces»; cf. L. Homo, Los instituciones políticas romanas (Barcelona 1918) p.435.
34 τὰ κυριακὰ, así llama Eusebio aquí a los edificios de las iglesias (cf. supra VIII 17,9).
35 Las Actas del proceso verbal.
1 Pero no tardó mucho este comandante militar en pagar la pena de su maldad suicidándose. En cuanto a nosotros, de nuevo se reanudaron los destierros y terribles persecuciones, y una vez más se alzaron cruelmente contra nosotros los gobernadores de todas las provincias, hasta el punto de que algunos de los más eminentes en la doctrina divina fueron apresados y recibieron sentencia inapelable de muerte 35. De ellos, tres en Emesa, ciudad de Fenicia, que se confesaron cristianos y fueron entregados como pasto a las fieras. Entre ellos estaba el obispo Silvano 36, de avanzadísima edad, que había ejercido su ministerio durante cuarenta años completos.
2 Por el mismo tiempo también, Pedro, que presidía brillantísimamente las iglesias de Alejandría 37—un modelo divino de obispos por su vida virtuosa y por su estudio asiduo de las Sagradas Escrituras—, fue arrestado sin ningún motivo y sin que tal cosa pudiera esperarse, de repente y sin razón, como por orden de Maximino, y fue decapitado 38. Y, junto con él, sufrieron la misma pena otros muchos obispos de Egipto.
3 Y Luciano, hombre excelentísimo en todo, acreedor del aplauso por su vida, su continencia y sus conocimientos sagrados, presbítero de la iglesia de Antioquía, fue conducido a la ciudad de Nicomedia, donde casualmente se hallaba por entonces el emperador. Habiendo expuesto públicamente en presencia del soberano la defensa de la doctrina por la que se le hacía comparecer, fue encarcelado y ejecutado 39.
4 Verdaderamente, fue tanto lo que en breve espacio de tiempo organizó contra nosotros aquel enemigo del bien, Maximino, que nos pareció que había suscitado una persecución mucho más cruel que la primera.
Notas:
35 Hasta entonces, desde fines de 311, se habían limitado a las mutilaciones; cf. Lactancio, De mort. pers. 36,6. {N.ETF: la numeración de esta nota está repetida en la edición en papel.}
36 Cf. supra VIII 13.3-4-
37 Cf. supra VII 32,31.
38 Cf. supra VIII 13,7. Pedro, lo mismo que Silvano, parece haber sido una de las primeras víctimas del recrudecimiento de la persecución en 312; el Martirologio siríaco señala como fecha el 24 de noviembre; cf. E. Schwartz, Zur Geschichte des Athanasius: Nachrichten v.d.k. Gesellschaft der Wiss. zu Göttingen (1904) 529.
39 Cf. supra VIII 13,2. Rufino, con su acostumbrada libertad en el trato del texto de Eusebio, cambia este pasaje e inserta el discurso o defensa que supone pronunciado por Luciano ante el tribunal. Pero no menciona—con más acierto que Eusebio—la presencia del emperador en Nicomedia por aquellas fechas; para Rufino, Luciano expone su defensa en presencia del «praeses», o gobernador civil.
1 Por lo menos—cosa que nunca jamás había ocurrido 40—se grababan en estelas de bronce 41 y se exponían al público en medio de las ciudades las decisiones que las ciudades votaban contra nosotros y los rescriptos con las ordenaciones imperiales correspondientes, y los niños en las escuelas cada día tenían en sus labios a Jesús, a Pilato y las Memorias 42 inventadas para insultar.
2 Aquí me parece que es necesario insertar el edicto mismo de Maximino, el que se expuso en estelas, para que al mismo tiempo se evidencie, de una parte, la arrogancia jactanciosa e insolente del odio de aquel hombre contra Dios, y de otra, el aborrecimiento del mal por parte de la justicia divina, siempre alerta contra los impíos, que le iba persiguiendo de cerca, pues no mucho después, impulsado por ella, empezó a decir sobre nosotros todo lo contrario y lo decretó en leyes escritas.
3 «Por fin, la débil audacia de la mente humana se ha fortificado al haber sacudido y disipado toda oscuridad y tiniebla de error—el mismo que antes de ahora asediaba con la sombra funesta de la ignorancia—de los sentidos de unos hombres no tan impíos cuanto desgraciados, y reconoce que es regida y consolidada por la providencia benevolente de los dioses inmortales.
4 »Es algo realmente increíble decir cuán grato y cuán placentero y entrañable fue para nosotros el que nos hayáis dado la mayor demostración de vuestros sentimientos de amor a los dioses cuando, incluso antes de ahora, nadie ignoraba lo observantes y piadosos que erais para con los dioses inmortales, pues vuestra fe no se daba a conocer como fe de nuevas y huecas palabras, sino como fe sólida y extraordinaria 44 en obras excelentes.
5 »Por lo cual vuestra ciudad podría apellidarse justamente templo y habitáculo de los dioses inmortales, ya que está bien claro por muchos ejemplos que debe su actual florecimiento al hecho de habitar en ella los dioses del cielo.
6 »Ved, pues, que vuestra ciudad, descuidando todos sus intereses particulares y pasando por alto las anteriores solicitudes sobre asuntos que le concernían de cerca, cuando nuevamente se percató de que estaban comenzando a infiltrarse los secuaces de esta maldita impostura y que era como una hoguera descuidada y adormecida, cuyas brasas al reavivarse producen los mayores incendios, inmediatamente y sin demora alguna recurrió a nuestra piedad, como a la metrópoli de todas las religiones, pidiendo algún remedio y ayuda.
7 »Es evidente que este saludable pensamiento os lo han sugerido los dioses por causa de la fe de vuestra religión. Él fue, efectivamente, él, Zeus, el más alto y más grande, que preside vuestra ilustrísima ciudad y libra de la ruina funesta a vuestros dioses patrios, a vuestras mujeres, a vuestros hijos y a vuestros hogares, quien insufló en vuestras almas esta voluntad salvadora, mostrando y poniendo de manifiesto cuán excelente, espléndido y saludable es acercarse con la debida veneración al culto y a las ceremonias sagradas de los dioses inmortales.
8 »Porque, ¿quién podría ser tan insensato y ajeno a todo entendimiento que no comprenda que, a la solicitud benevolente de los dioses debemos el que la tierra no niegue las semillas a ella confiadas ni arruine con vana espera la esperanza de los campesinos; el que no se afirme inevitablemente sobre la tierra el espectro de una guerra impía ni la muerte arrastre consigo los cuerpos escuálidos al corromperse la temperie del cielo; el que la mar embravecida por el soplo de vientos desmedidos no se alce, y los huracanes, estallando inesperadamente, no levanten mortífera tempestad; más aún, el que la tierra, madre y nodriza de todos los seres, no se hunda con temblor espantoso45 desde sus propios abismos más profundos ni las montañas que hay encima se derrumben en las simas abiertas? Nadie ignora que precisamente todas estas calamidades, y otras aún mucho peores, han ocurrido con frecuencia antes de ahora.
9 »Y todas ellas ocurrieron por causa del funesto error de la vana impostura de esos hombres inicuos46, cuando prevalecía en sus almas y casi, por así decirlo, abrumaba con sus deshonras a todas las regiones del mundo habitado».
10 A esto, después de otras cosas, añade:
«Que contemplen cómo florecen en las anchas llanuras las mieses ondulantes de espigas, cómo lucen los prados con sus plantas y flores, gracias a la lluvia bienhechora, y cómo el cielo se ha cambiado en suavísima temperie47.
11 »Alégrense todos en adelante porque, gracias a nuestra piedad, a nuestros sacrificios rituales y a nuestra veneración, se ha aplacado el poderosísimo y firmísimo aire, y que por esto mismo se complazcan en disfrutar de la más tranquila paz seguros y en sosiego. Y, en consecuencia, que todos cuantos, con provecho absoluto, han vuelto de aquel ciego error y extravío a un recto y óptimo pensar, se alegren todavía más, como si se vieran libres de un imprevisto huracán o de una terrible enfermedad y hubieran cosechado para el futuro el goce placentero de la vida.
12 »Pero si permanecieren en su maldita impostura, que sean separados y arrojados bien lejos de vuestra ciudad y de sus contornos, conforme lo pedisteis 48, para que de esta manera vuestra ciudad, apartada de toda mancilla y derioda impiedad, siguiendo vuestra laudable diligencia en este asunto y vuestro natural propósito, pueda con la debida reverencia prestarse a los sacrificios rituales de los dioses inmortales.
13 »Y para que sepáis cuán agradable nos ha resultado vuestra petición sobre este asunto y cuán predispuesta al amor del bien está nuestra alma, por propia voluntad, aun sin decreto y sin petición, permitimos a vuestra devoción que pidáis el mayor don que queráis a cambio de este vuestro religioso propósito.
14 »Y ahora no vaciléis en hacerlo y en recibir el premio, pues lo alcanzaréis sin la menor demora. Este premio otorgado a vuestra ciudad proporcionará por todos los siglos un testimonio de vuestra religiosa piedad para con los dioses inmortales y demostrará a vuestros hijos y descendientes que habéis alcanzado de nuestra benevolencia dignos premios por este vuestro plan de vida».
15 Estas medidas en contra nuestra se proclamaron públicamente en cada provincia, impidiendo a nuestros asuntos toda buena esperanza, al menos en cuanto depende de los hombres, tanto que, según aquel divino oráculo, de ser posible, hasta los mismos elegidos podrían tropezar bajo tales circunstancias49.
16 Sin embargo, cuando ya la esperanza casi estaba expirando en la mayoría50, de repente, hallándose todavía en camino por algunas regiones los servidores de este edicto 51 contrario a nosotros, Dios, campeón de su propia Iglesia, haciendo tascar el freno, por así decirlo, al orgullo del tirano contrario a nosotros, demostró que el cielo era un aliado puesto de nuestro lado.
Notas:
40 Cf. H. Leclercq, Arikanda: DACL t.1, 2ª col.2839-2841.
41 La encontrada en Aricanda de Licia está grabada en piedra; cf. ibid., col.2835.
42 Cf. supra 5,1 nota 32.
43 Es, pues, copia de una traducción griega—bastante mala en verdad—del texto latino oficial. Rufino, que tampoco disponía, por lo que se ve, del original latino, se limitará a resumir retraduciendo al latín. P. Battiffol (La paix constantinienne et le Catholicisme [París 1914] p.207-210) ve en este rescripto un esbozo de apología pagana.
44 Schwartz supone que el latín daba «solida et admiranda».
45 Quizás se aluda al terremoto que asoló a Tiro y Sidón poco antes de la persecución, según Eusebio (Chronic. ad annum 304: HELM, p.228).
46 El rescripto hace suya la vieja tendencia pagana a hacer de los cristianos los culpables de toda calamidad pública; cf. Tertuliano, Apolog. 40-41.
47 Esta descripción supone que el rescripto se redacta con la primavera ya bastante avanzada.
48 Cf. supra 2; 4,1; infra 9a,4-6; Lactancio, De mort, pers. 36.
49 Mt 24,24; supra VI 41,10.
50 Cf. Lc 21,26.
51 Es decir, los encargados de su publicación.
1 Por consiguiente, los acostumbrados aguaceros y las lluvias continuas retuvieron su habitual tributo a la tierra, aunque era la estación invernal, y un hambre inesperada 52 hizo su aparición, a lo que se añadió la peste y el ataque de alguna otra enfermedad: una úlcera que, por causa de su inflamación, se llamaba significativamente carbunco 53, corriéndose a todo el cuerpo, causaba a los pacientes serios peligros, y no sólo eso, sino que, atacando en la mayor parte de los casos particularmente a los ojos, dejaba ciegos a innumerables hombres, mujeres y niños.
2 Por añadidura a todo esto, le sobrevino al tirano la guerra con los armenios, amigos de antiguo y aliados de los romanos. Como también éstos eran cristianos54 y cultivaban con diligencia la piedad para con la divinidad, el aborrecedor de Dios trató de obligarles a sacrificar a los ídolos y demonios, y de amigos los tornó enemigos, y de aliados, adversarios.
3 El hecho de que todo esto afluyera de golpe y a un mismo tiempo sirvió para refutar la jactancia del osado tirano contra Dios, ya que, efectivamente, se venía vanagloriando de que, por causa de su celo por los ídolos y de su obsesión contra nosotros, ni el hambre, ni la peste, ni siquiera la guerra tenían lugar en sus días. Estas calamidades, pues, sobreviniendo juntas y al mismo tiempo, constituyeron también el preludio de su caída.
4 Así, él mismo se afanaba junto con sus tropas en la guerra contra los armenios, mientras el hambre y la peste unidos dejaban terriblemente exhaustos a los demás habitantes de las ciudades a él sujetas, tanto que, por una medida de trigo, se daban a cambio hasta dos mil quinientas dracmas áticas.
5 En consecuencia eran millares los que morían en las ciudades, aunque más numerosos todavía que éstos eran los que morían en las campiñas y en las aldeas, hasta el punto de que los antiguos censos, abundantes en campesinos, por poco se quedaron completamente borrados, al perecer casi todos a la vez por falta de alimento y por enfermedad pestilencial55.
6 Así, pues, algunos juzgaban bueno vender sus más preciados bienes a los más ricos por unas migajas de alimento; otros, vendiendo poco a poco sus posesiones, habían llegado a la más extrema penuria, y aun hubo quienes, habiendo masticado briznas de hierba o comido por descuido ciertas plantas mortíferas, arruinaron el estado físico de su cuerpo y perecieron.
7 Y algunas mujeres nobles de las ciudades, empujadas por la indigencia al más vergonzoso menester, salían por las plazas públicas a mendigar, y sólo en el rubor de su rostro y en la decencia de su vestimenta dejaban entrever la prueba de su antigua crianza noble.
8 Y otros, secos ya, como fantasmas cadavéricos, luchando con la muerte y tropezando y resbalando aquí y allá, terminaban derrumbándose impotentes para tenerse en pie. Tendidos boca abajo en medio de las plazas, imploraban que se les alargase un pedacito de pan, y con el alma ya en los últimos soplos, gritaban que estaban hambrientos, sin tener fuerzas más que para este único y dolorosísimo grito.
9 Otros, en cambio, los que parecían ser de los más acomodados, estupefactos ante la muchedumbre de pedigüeños, después de haber repartido innumerables limosnas, en adelante se encerraron en una actitud dura e insensible, esperando todavía no padecer ellos también lo mismo que los pedigüeños. De hecho, en medio de las plazas y de las callejuelas ofrecían ya a la vista el más lamentable espectáculo los cadáveres desnudos que yacían insepultos desde hacía muchos días.
10 Algunos hasta eran ya pasto de los perros, y por esta causa, sobre todo, empezaron los vivos a matar perros, temerosos de que rabiaran y se dedicasen a devorar hombres.
11 Pero la misma peste causaba mayores estragos en todas las casas, sobre todo en aquellas en que el hambre no era capaz de exterminarlos porque abundaban en provisiones. Así, los opulentos: magistrados, gobernadores y muchísimos funcionarios, dejados por el hambre como adrede para la peste, padecieron una muerte acerba y rapidísima. Todo, en consecuencia, estaba lleno de gemidos y por todas las callejuelas, plazas y avenidas no se podía contemplar otra cosa que lamentaciones con su acostumbrado acompañamiento de flautas y ruido de golpes.
12 De esta manera, luchando a la vez con las dos armas susodichas, la peste y el hambre, la muerte devoró en breve familias enteras, hasta el punto de ser posible ver en un solo entierro llevar los cuerpos de dos y tres muertos.
13 Tales calamidades eran la paga de la gran jactancia56 de Maximino y de las peticiones de las ciudades contra nosotros, siendo así que a todos los paganos aparecía manifiesta la prueba del celo y de la piedad de los cristianos en todo 57.
14 Ellos eran, efectivamente, los únicos que en esta circunstancia calamitosa demostraban con sus propias obras la compasión y el amor a los hombres. Los unos perseveraban todo el día en el cuidado y enterramiento de los muertos (que eran millares los que no tenían quién se ocupara de ellos), y los otros, reuniendo en un mismo lugar la muchedumbre de los que en toda la ciudad estaban agotados por el hambre, a todos repartían pan, de suerte que el hecho corrió de boca en boca y todos los hombres glorificaban al Dios de los cristianos y, convencidos por las obras mismas, confesaban que éstos eran los únicos verdaderamente piadosos y temerosos de Dios.
15 Después de cumplido esto como se ha dicho, Dios, el más grande y celestial defensor de los cristianos, tras haber mostrado por los medios mencionados su amenaza y su enojo contra todos los hombres, de nuevo nos devolvió, a cambio de ios excesos que ellos habían mostrado contra nosotros, el rayo propicio y esplendoroso de su providencia para con nosotros. Como en una oscuridad profunda, hizo que del modo más maravilloso nos iluminara la luz de la paz, que de él procede, y a todos puso de manifiesto que Dios mismo fue y sigue siendo el supervisor de nuestros asuntos58, el que azota a su pueblo y el que, valiéndose de las circunstancias según la ocasión, de nuevo lo convierte, y en fin, el que después de una buena lección59 se muestra propicio y piadoso para los que en Él esperan 60.
Notas:
52 Cf. Lactancio, De mort. pers. 37,3-4, que achaca el hambre más bien a las medidas fiscales de Maximino, y no mienta las otras calamidades referidas por Eusebio.
53 El término técnico es precisamente transcripción del griego: ántrax.
54 Sobre el cristianismo en Armenia, cf. A. Harnack, Mission p.750-754.
55 Lactancio (o.c., 23) nos ha dejado un cuadro muy negativo de la revisión de los censos y tributos llevada a cabo por Galerio. Sobre las reformas económicas de la época, cf. M. Rostovtzeff, Historia social y económica del imperio romano, t.2 (Madrid 1937) P.462ss.
56 Cf. supra § 3.
57 Cf. supra VII 22,7-10.
58 Cf. 1 Pe 2,25.
59 Cf. supra VIII 1,7-9; 1 Clementis 59,3.
60 Cf. Prov 3,11-12; Heb 12,5-6.
1 Así, pues, a Constantino, que, como ya hemos dicho anteriormente 61, es emperador hijo de emperador y varón piadoso, hijo de un padre piadoso y prudentísimo en todo 62, lo suscitó contra los impiísimos tiranos 63 el Emperador supremo, el Dios del universo y Salvador. Y cuando se determinó a luchar según la ley de la guerra, combatiendo, como aliado con él, Dios de la manera más extraordinaria, Majencio cayó en Roma al empuje de Constantino64, mientras el otro 65, sobreviviéndole muy poco tiempo en el Oriente, sucumbió a manos de Licinio, que por entonces aún no se había trastornado 66.
2 Constantino 67 fue el primero de los dos—primero también en honor y dignidad imperiales— que mostró moderación con los oprimidos por los tiranos en Roma. Después de invocar como aliado en sus oraciones al Dios del cielo y a su Verbo, y aun al mismo Salvador de todos, Jesucristo68, avanzó con todo su ejército, buscando alcanzar para los romanos su libertad ancestral.
3 Majencio, lo sabemos, confiaba más en los artilugios de la magia que en la benevolencia de sus súbditos, y en verdad no se atrevía a dar un paso fuera de las puertas de la ciudad 69, a pesar de que, con la muchedumbre incontable de hoplitas y con las innumerables compañías de legionarios, cubría todo lugar, toda región y toda ciudad, todas las que en torno a Roma y en toda Italia tenía esclavizadas. El emperador, aferrado a la alianza de Dios, ataca al primero, al segundo y al tercer ejército70 del tirano, y tras vencerlos a todos con facilidad, avanza lo más que puede por Italia hasta muy cerca de Roma.
4 Luego, para que no se viera forzado a luchar con los romanos por causa del tirano, Dios mismo arrastró al tirano, como con cadenas, lo más lejos de las puertas71. Y lo que ya antiguamente estaba escrito en los sagrados libros contra los impíos, increíble para la mayor parte como si se tratara de cuentos de fábula, pero bien digno de fe por su misma evidencia, al menos para los fieles, por decirlo simplemente, se hizo creíble a todos cuantos, fieles e infieles, vieron con sus propios ojos el prodigio.
5 Lo mismo, pues, que, en tiempos de Moisés y de la antigua piadosa nación de los hebreos, precipitó en el mar los carros del faraón y su ejército, la flor de sus caballeros y capitanes; el mar Rojo se los tragó, el mar los cubrió 72, así también Majencio y los hoplitas y lanceros de su escolta se hundieron en lo profundo como una piedra 73 cuando, dando la espalda al ejército que venía de parte de Dios con Constantino, atravesaba el río que le cortaba el paso y que él mismo había unido y bien pontoneado con barcas, construyendo así una máquina de destrucción contra sí mismo 74.
6 De él se podría decir: cavó un foso y le quitó la tierra; y caerá en el hoyo que se hizo. Su trabajo se volverá contra su cabeza, y su injusticia recaerá sobre su coronilla75.
7 Así, pues, deshecho el puente tendido sobre el río, el paso se hunde y las barcas se precipitan de golpe en el abismo con todos sus hombres; y él mismo el primero, el hombre más impío, y luego los escuderos que le rodeaban se hundieron como plomo en las aguas impetuosas76, como ya predice el oráculo divino;
8 de suerte que, si no con palabras, como es natural, sí al menos con las obras, los que, gracias a Dios, se habían alzado con la victoria, podían, lo mismo que los seguidores del gran siervo Moisés 77, entonar el mismo himno que contra el impío tirano de antaño y decir: Cantemos al Señor, porque gloriosamente se ha cubierto de gloria. Caballo y jinete los arrojó al mar. Mi ayuda y mi protección, el Señor; se hizo mi salvador78; y ¿Quién como tú entre los dioses, Señor? ¿Quién como tú, glorificado en los santos, admirable en la gloria, obrador de prodigios? 79
9 Estas y muchas más cosas parecidas a éstas cantó Constantino con sus obras al Dios supremo, causa de su victoria, y entró en triunfo en Roma, mientras todos en masa, con sus niños y sus mujeres, los senadores y altos dignatarios80, y todo el pueblo romano, le recibían con los ojos radiantes, de todo corazón, como a libertador, salvador y bienhechor 81, en medio de vítores y una alegría insaciable.
10 Pero él, que poseía la piedad para con Dios como algo innato, sin perturbarse lo más mínimo por las aclamaciones ni engreírse con las alabanzas, muy consciente de que la ayuda provenía de Dios, ordena inmediatamente que en la mano de su propia estatua se coloque el trofeo de la pasión salvadora 82, y al ver que le erigían en el lugar más público de Roma sosteniendo en su mano derecha el signo salvador, les urge a que graben esta inscripción en lengua latina con sus mismas palabras:
11 «Con este signo salvador, que es la verdadera prueba del valor, salvé y libré a vuestra ciudad del yugo del tirano; más aún, la libré y restablecí al senado y al pueblo romanos en su antiguo renombre y esplendor».
12 Y después de esto, el mismo Constantino, y con él Licinio 83—que por entonces aún no había vuelto su pensamiento hacia la locura en que vino a dar más tarde84—, tras aplacar a Dios, causa para ellos de todos los bienes, ambos a dos, por acuerdo y decisión común, redactan una ley perfectísima 85 en el más pleno sentido en favor de los cristianos, y envían relación de los portentos que Dios les había hecho—la victoria contra el tirano 86—y la ley misma87 a Maximino, que todavía imperaba en los pueblos de Oriente y les fingía amistad.
13 Pero él, tirano como era, se afligió sobremanera al conocer estas cosas, y luego, no queriendo aparentar que cedía ante los otros ni tampoco que suprimía lo mandado, por temor a los que lo tenían ordenado, se ve en la necesidad de escribir en favor de los cristianos a los gobernadores súbditos suyos, como si lo hiciera por propio y absoluto poder, esta primera carta 88 en que falsamente se finge a sí mismo cosas que jamás había realizado.
Notas:
61 Cf. supra VIII 13,13-14; apend. 4.
62 Los Mss ATER, como resto de una edición anterior a la «damnatio memoriae» de Licinio, añaden aquí: «y Licinio, que venía después de él, honrados por su inteligencia y su piedad»; y el párrafo continuaba redactado así: «los suscitó el Salvador, y cuando los dos amigos de Dios se alzaron contra los dos impiísimos tiranos y se alinearon en orden de batalla, según las leyes de la guerra, Dios combatía como aliado con ellos...»
63 Majencio y Maximino.
64 Cf. Lactancio, De mort. pers. 44; A. Plganiol, L'empereur Constantin (París 1032) p.óass; L. Homo, Nueva historia de Roma (Barcelona 1943) p.367; G. Ricciotti, La «Era de los mártires». El cristianismo desde Diocleciano a Constantino (Barcelona 1955) p. 185-199; P. A. Barceló, Die Religionspolitik Kaiser Constantins des Grossen vor der Schlacht an der Milvischen Brücke (312): Hermes 116 (1988) 76-94.
65 Maximino.
66 Cláusula, sin duda, añadida posteriormente.
67 El contenido de los párrafos 2-11 se halla también, con pocas diferencias, en VC 1,37-40; cf. A. Alfoeldí, Costantino tra paganesimo e cristianesimo = Biblioteca di Cultura Moderna, 789 (Roma 1976).
68 Es todo lo que Eusebio nos dice en su HE acerca de la conversión de Constantino, y nada dice de la visión que la determinó, según su otra obra VC 1,26-32; cf. Lactancio, De mort. pers. 44. La bibliografía sobre el tema es inmensa y muy varia. Me limitaré a señalar las obras de J. W. Eadie, Conversion of Constantin: European problems studies (Londres 1970); la de H. Kraft, Kaiser Konstantins religiöse Entwicklung (Tubinga 1955); R. Mac Mullen, Constantin, le premier empereur chrétien (París 1971), y los artículos siguientes: H. Kraft, Im welchen Zeichen siegte Konstantin?: Theologische Literaturzeitung 77 (1952) 118-120, y S. Pezzella, Massenzio e la política religiosa di Costantino: Studi e materiali di storia delle religione 38 (1957) 434-450; P. Keresztes, The phenomenon of Constantine the Great's Conversion: Augustinianum 27 (1987) 85-100; S. Calderone, Letteratura costantiniana e «conversione» di Costantino, en Costantino il Grande dall'Antichità all'Umanesimo. Colloquio sull Cristianesimo nel mondo antico, Macerata, 18-20 Dicembre 1990. A cura di G. Bonamente e F. Fusco (Macerata 1992-93), I, p.231-252.
69 Un presagio le había advertido que, de hacerlo, moriría, según Lactancio (De mort, pers. 44,1; cf. supra VIII 14,5).
70 Se refiere sin duda a ios encuentros de Constantino con las tropas majencianas en las inmediaciones de Turin y de Brescia, y al de Verona, que, aunque no resultó tan fácil, le dejó libre el paso por la vía Flaminia hasta Saxa Rubra, a unos 18 kilómetros de Roma.
71 Según Lactancio (o.c., 44,7-9), un levantamiento popular le obligó a unirse al ejército que se había formado en orden de batalla y que esperaba a Constantino en Saxa Rubra; cf. A. Víctor, Caes. 40,43. El puente Milvio, que da nombre a la batalla, y al que solamente alude Lactancio (o.c., 44), debía de encontrarse bastante más cerca de Roma, para facilitar el avituallamiento y permitir la retirada en caso necesario, pudiendo en seguida ser destruido. La batalla tuvo lugar el 28 de octubre de 312; cf. G. Ricciotti, o.c., p.201-207.
72 Ex 15,4-5.
73 Ex 15,5.
74 En VC 1,38, Eusebio explica más esta frase: el puente de barcas estaba preparado como trampa para Constantino, pero se rompió antes de tiempo. Lactancio (De mort. pers. 44,9) habla sólo de un puente, pero no de barcas. No obstante, lo mismo estos autores que los profanos, todos coinciden en afirmar que Majencio murió ahogado aquel día en el Tíber.
75 Sal 7,16-17.
76 Ex 15,10.
77 Cf. Ex 14,31.
78 Ex 15,1-2.
79 Ex 15,11.
80 Literalmente, los «perfectissimi»; pero, desde la reforma de Diocleciano, recibían este tratamiento los grandes funcionarios de la administración central o regional, todos del orden ecuestre; cf. L. Homo, Las instituciones políticas romanas (Barcelona 1928) p.457-458.
81 Nótese que Eusebio aplica a Constantino aquí los títulos que en los siete primeros libros aplicaba sólo al Logos de Dios; cf. supra VIlI 1,1 nota 5; cf. R. Farina, Eusebio di Cesárea e la «svolta costantiniana»: Augustinianum 26 (1986) 313-322; P. Stockmeier, Die sogenannte Konstantinische Wende im Licht antiker Religiosität: Historisches Jahrbuch 95 (1975) 1-17.
82 No es fácil pensar en una estatua expresamente «cristiana» de Constantino en 313. El senado le dedicó una estatua, según informa también A. Víctor (Caes. 40,26), y Constantino, según Eusebio, debió limitarse a mandar que el cetro se rematara en forma de cruz (τρόπαιον) con un anagrama (σημεῖον) que, en realidad, era el de Cristo; asi C. Ligota (Constantiniana: Journal of the Warburg and Courtauld Institute 26 [1963] 178-192). C. Cecchelli (La statua di Costantino col salutare segno della croce, en Actes du VIe Congrès International d'Etudes Byzantines 2 [Paris 1951] p.85-88) y H. Kaehler (Konstantin 313: Jahrbuch des Deutschen Archeologischen Instituts 67 [1952] 1-30) identifican esta estatua con la hallada, aunque fragmentada, en la basílica de Majencio, y que se puede fechar en 313; cf. también E. Dinkler, Bemerkungen zum Kreus als τρόπαιον: Mullus. Festschrift Theodor Klauser: Jahrbuch f, Antike u. Christentum. Ergänzungsband 1 (Munster 1964) 74-75, que cree que se trata del lábaro. A Eusebio debieron de llegarle ecos lejanos de la inauguración de esta estatua y, en todo caso, el texto de la inscripción, que, sin duda, originalmente, difería del sentido que él cree ver en ella. Cf. H. A. Pohlsander, Victory: The Story of a Statue: Historia 18 (1969) 588-597.
83 Los Mss ATER dicen: «el emperador Licinio», resto de edición anterior.
84 Inciso añadido posteriormente a la «damnatio memoriae» de Licinio, como supra § 1.
85 Parece referirse al llamado «Edicto de Milán», cuya traducción griega se verá infra X 5, 1-14, mientras que Lactancio (De mort. pers. 48,2-8) ha conservado el texto latino. Algunos, sin embargo, piensan en un edicto inmediatamente posterior a la victoria sobre Majencio, todavía en 312; cf. P. Allard, Le Christianisme et l'Empire romain de Néron à Théodose (Paris 81908) p.146-153; G. Boissier, La fin du paganisme, t.I (Paris 61909) p.41-84; P. Battiffol, La paix constantinienne et le catholicisme (Paris 31914) p.211-267; espec. R. Klein, Der νόμος τελεώτατος Konstantins für die Christen im Jahre 312: Römische Quartalschrift für christliche Altertumskunde und für Kirchengeschichte 67 (1972) 1-28; J. Szidat, Konstantin 312 n. Chr. Eine Wende in seiner religiösen Ueberzeugung oder die Möglichkeit, diese öffentlich erkennen zu lassen und aus ihr heraus Politik zu machen?: Gymnasium 92 (1985) 514-525·
86 Majencio.
87 Constantino y Licinio envían a Maximino la relación o informe de la victoria obtenida sobre Majencio, y a la vez le comunican la decisión tomada en favor de los cristianos.
88 La primera después de reanudada por cuenta propia la persecución; para la segunda, cf. infra 10,7-11.
1 «Jovio Maximino Augusto 90, a Sabino 91: Estoy persuadido de que, lo mismo para tu firmeza que para todos los hombres, es evidente que nuestros señores y padres, Diocleciano y Maximiano, cuando se dieron cuenta de que casi todos los hombres, abandonando el culto de los dioses, se habían mezclado con la raza de los cristianos 92, obraron rectamente al ordenar que todos los que habían desertado del culto de sus propios dioses inmortales fueran de nuevo llamados al culto de los dioses mediante corrección y castigo ejemplar 93.
2 »Pero cuando yo llegué por primera vez al Oriente 94 bajo buenos auspicios y me enteré de que en algunos lugares los jueces habían desterrado por la causa antes señalada a numerosísimas personas que podían ser útiles al Estado, di órdenes a cada uno de los jueces para que en adelante ninguno de ellos se comportara duramente con los habitantes de las provincias, sino que, más bien, con halagos y exhortaciones, intentaran llamarlos de nuevo al culto de los dioses.
3 »En consecuencia, por entonces, mientras los jueces, conforme a mi mandato, guardaban lo que estaba ordenado, ocurría que de las partes de Oriente ninguno era desterrado ni ultrajado; al contrario, más bien ocurría que, al no hacerse nada grave contra ellos, retornaban al culto de los dioses 95.
4 »Y luego, cuando el año pasado entré felizmente en Nicomedia y residí en ella, se presentaban a mí ciudadanos de la misma ciudad con las estatuas de sus dioses pidiéndome encarecidamente que de ninguna manera permitiese que semejante raza 96 habitara en su patria 97.
5 »Sin embargo, cuando me enteré de que numerosísimos hombres de la misma religión habitaban en aquellas regiones, les di como respuesta que les agradecía complacido su petición, pero que advertía que esta demanda no provenía de todos. Por consiguiente, si había algunos que perseveraban en la misma superstición, que cada uno decidiera según su personal preferencia y, si querían, que reconocieran el culto de los dioses.
6 »No obstante, a los habitantes de la misma Nicomedia y a las demás ciudades que tan solícitamente me tenían hecha también idéntica petición, a saber, que ningún cristiano habitara en sus ciudades 98, hube de responderles forzosamente en términos amistosos, ya que esto mismo guardaron incluso los antiguos emperadores, todos, y plugo a los mismos dioses—por los cuales se mantienen todos los hombres y la misma administración del Estado— que yo confirmara esa importante petición que presentaban en favor del culto de su divinidad.
7 »Por consiguiente, aun cuando anteriormente hayamos escrito a tu devoción y se te haya igualmente ordenado en instrucciones 99 no comportarte duramente con los provincianos que se empeñaran en guardar semejante costumbre, sino tratarlos con paciencia y mesura, sin embargo, para que no tengan que aguantar insultos ni violencias a manos de los beneficiarios 100 o de otros cualesquiera, juzgué oportuno sugerir a tu gravedad con esta carta que, valiéndote de halagos y exhortaciones, hagas que nuestras provincias reconozcan el culto de los dioses.
8 »De ahí que, si alguno por su voluntad admitiese que se ha de reconocer el culto de los dioses, a esta gente conviene recibirla. Pero si algunos desean seguir su propio culto, podrías ir dejándolos en su libertad 101.
9 »Por esta razón, tu devoción debe guardar escrupulosamente lo que se te ha confiado, y que a nadie se le dé facultad para excitar a nuestros provincianos con injurias y violencias, pues, como arriba queda escrito, más bien conviene atraer de nuevo a nuestros provincianos al culto de los dioses con exhortaciones y halagos. Y para que este mandato nuestro llegue a conocimiento de todos nuestros provincianos, deberás hacer público lo mandado mediante una orden que tú propondrás».
10 Como quiera que había tomado estas disposiciones forzado por la necesidad y no por propia convicción, nadie le tuvo ya por verdadero y digno de fe, a causa de su pensar inconstante y mentiroso, manifestado ya anteriormente tras una concesión semejante 102.
11 En consecuencia, ninguno de los nuestros se atrevía a convocar una reunión ni a presentarse en público, ya que el edicto no se lo autorizaba; solamente ordenaba guardarse de insultarnos, pero no animaba a que se hiciesen reuniones, a que se construyesen iglesias y a que se practicase cualquier acto de los acostumbrados entre nosotros.
12 Y, sin embargo, los defensores de la paz y de la piedad 103 le habían escrito que lo permitiera 104, y ellos lo habían concedido por medio de edictos y leyes a todos sus súbditos. En realidad, aquel monstruo de impiedad prefería no ceder en este terreno, hasta que, al fin, acosado por la justicia divina, mal de su grado, se vio llevado a hacerlo.
Notas:
89 Este capítulo adicional del 9 contiene el documento de Maximino, que viene a ser el equivalente de la palinodia de Galerio con que se cierra el libro anterior, y seguramente se destinaba a concluir, a su vez, el libro IX.
90 Maximino, que aspira al honor de primer augusto, hace suyo el título de «Jovius», asumido por Diocleciano al comienzo de la tetrarquía; cf. Lactancio, De mort. pers. 52,3. La carta data de finales de 312.
91 Cf. supra 1,2.
92 Cf. supra I 4,2.
93 Cf. supra VIII 2; 4; 5; 6,10.
94 Se hallaba en Iliria cuando, en 305, Diocleciano le llamó para hacerlo césar de Galerio, tío suyo; Lactancio (o.c., 19,5-6) se complace en subrayar su baja extracción.
95 La cínica habilidad de los perseguidores en el uso del lenguaje para ocultar la verdad es, como se ve, muy antigua. Maximino se cuida muy bien de llamar por su nombre a la sangrienta persecución de que fueron víctimas los cristianos de sus dominios desde 306.
96 Cf. supra § 1; I 4,2.
97 Sobre el verdadero sentido de este párrafo y el siguiente, cf. supra 2 nota 24; Lactancio, o.c., 36,3.
98 Cf. supra 7,12.
99 Seguramente orales.
100 Los «beneficiarii» eran soldados que, rebajados de los servicios más gravosos por concesión especial, solían desempeñar trabajos fáciles, como los de policía y acompañamiento de los oficiales superiores.
101 Aunque con sobrada mala gana, Maximino se ve constreñido a soltar la frase decisiva, atenuándola todavía, no obstante, con el optativo.
102 Cf. supra 2.
103 Las ediciones anteriores, reflejadas en el grupo ATER, añadían: «Constantino y Licinio».
104 Cf. supra 9,12; infra X 5-6.
1 Esta fue la causa que le obligó. Maximino era incapaz de llevar el peso del supremo gobierno que le habían confiado sin merecerlo; debido a su carencia de reflexión sensata y propia de un emperador, manejaba los asuntos públicos con total impericia y, sobre todo, se alzaba irreflexivamente en su alma con orgullosa jactancia incluso contra sus mismos colegas imperiales, que en todo le sobrepasaban, lo mismo en linaje que en educación, instrucción, dignidad, inteligencia y—lo que es más importante que todo—en sabia prudencia y en piedad para con el verdadero Dios. Empezó con la osadía de insolentarse y de proclamarse a sí mismo públicamente el primero en los honores 105.
2 Llevando hasta la locura su vesánico orgullo, quebrantó los pactos que tenía hechos con Licinio 106 y emprendió una guerra sin cuartel107. Luego, al poco tiempo, alborotándolo todo y perturbando profundamente a cada ciudad, reunió toda la fuerza armada, una muchedumbre de incontables miríadas, y partió a la lucha en orden de batalla contra él y con el alma exaltada por las esperanzas puestas en los demonios, que él creía dioses, y en las miríadas de soldados armados.
3 Pero, al venir a las manos, se encontró desprovisto de la protección de Dios, por otorgarse al que entonces mandaba 108 la victoria que procede del mismo y único Dios de todas las cosas.
4 En primer lugar pierde el cuerpo de hoplitas en el que tiene puesta su confianza, mientras los lanceros de su escolta personal lo abandonan indefenso y falto de todo, y se pasan al vencedor. El desgraciado, desnudándose a toda prisa del ornato imperial, que en modo alguno le cuadraba, se desliza entre la muchedumbre cobardemente, como un canalla y sin ánimo viril. Después se fuga y, sustrayéndose con dificultad por los campos y aldeas a las manos de sus enemigos, va vagando de una parte a otra buscando su salvación 109 y mostrando bien a las claras, con los hechos mismos, la fidelidad y verdad de los divinos oráculos en que se dice:
5 No se salva el rey por su numeroso ejército ni el gigante será salvo por la abundancia de su fuerza. Vano es el caballo para salvarse, y uno no se salvará por su gran potencia. Ved los ojos del Señor puestos sobre los que le temen, los que esperan en su misericordia, para arrancar sus almas de la muerte 110.
6 Así fue como el tirano llegó cubierto de vergüenza a su propio territorio 111, y allí, enfurecido, comenzó por hacer ejecutar a muchos sacerdotes y profetas 112 de los dioses que él antes admiraba y cuyos oráculos le habían incitado a emprender la guerra, acusándoles de impostores, de embaucadores y, sobre todo, de haberse convertido en traidores de su salvación. Luego 113 dio gloria al Dios de los cristianos, y después de haber dispuesto una ley perfectísima y completísima en favor de la libertad de los mismos, acabó inmediatamente su vida con una muerte penosa y sin que le fuera dado un plazo de tiempo 114.
La ley que él había enviado 115 era del tenor siguiente:
7 «El emperador César Cayo Valerio Maximino Germánico Sarmático Augusto Pío Félix Invicto: Que nosotros velamos continuamente y de todas las maneras por el provecho de nuestros provincianos y que nuestra voluntad es proporcionarles lo que más hace prosperar las ventajas de todos y cuanto es de provecho y utilidad comunes, así como lo que se ajusta a la utilidad pública y resulta agradable al parecer de cada uno, creemos que nadie lo ignora, antes bien, creemos que cada cual se atiene a los hechos mismos y es consciente de su evidencia.
8 »Así, pues, cuando antes de esto resultó patente a nuestro conocimiento que, bajo el pretexto ese de que los divinos Diocleciano y Maximiano, nuestros padres, tenían mandado abolir las asambleas de los cristianos 116, los officiales 117 habían realizado muchos perjuicios y expoliaciones y que, en lo sucesivo, esto mismo se había extendido en daño de nuestros provincianos (por cuyo digno cuidado nos estamos desviviendo), quedando destruidas las haciendas de los particulares, el pasado año dirigimos cartas a los gobernadores de cada provincia 118 y legislamos lo siguiente: que si alguien quería seguir semejante costumbre o bien la observancia misma de la religión, que no tuviera impedimento en su propósito y que nadie le pusiera estorbos ni se lo prohibiera, y que todos tuvieran facilidad para hacer sin temor ni suspicacia cuanto a cada cual le viniera en gana 119.
9 »Solamente que ahora no ha podido ocultársenos que algunos jueces venían descuidando nuestros mandatos, disponían a nuestros hombres a la duda sobre lo mandado y hacían que se acercaran con mayor vacilación a las mismas prácticas religiosas que eran de su agrado.
10 »Por consiguiente, para eliminar en lo sucesivo toda sospecha y ambigüedad causantes de temor, hemos determinado que se promulgue esta orden, con el fin de que a todos sea manifiesto que, por este regalo nuestro, a quienes quieran tomar parte en semejante secta y religión les es lícito acercarse, de la manera que cada uno quiera, o como más le guste, a aquella religión que haya elegido practicar habitualmente. Y también les queda permitido el construir sus iglesias propias 120.
11 »Mas, para que incluso fuera mayor nuestro regalo, juzgamos digno legislar también lo siguiente: que si algunas casas y campos, propiedad anteriormente de los cristianos por derecho, hubieran venido a caer en posesión legal del fisco por mandato de los nuestros, o se los hubiera apropiado alguna ciudad, bien en pública subasta o bien porque se dieron en obsequio a alguien, todo ello mandamos que sea restituido al antiguo derecho de propiedad de los cristianos, con el fin de que, incluso en esto, perciban todos nuestra piedad y nuestra providencia».
12 Estas son las palabras del tirano, que llegaron con casi un año 121 de retraso sobre los edictos que él mismo había hecho fijar en estelas contra los cristianos. Y a los que hacía bien poco sucumbían ante sus propios ojos a fuego y a hierro y como pasto de fieras y aves de rapiña, y sufrían toda especie de castigo, de suplicio y de muerte del modo más miserable, como si se tratara de ateos e impíos, a éstos declaraba él mismo ahora observantes de la religión y les permitía construir iglesias. ¡Y hasta el tirano en persona confiesa que tienen parte en ciertos derechos!
13 Y cuando hubo realizado tales confesiones, padeciendo indudablemente menos de lo que merecía padecer, como si por causa de ellas hubiera logrado cierto favor, herido repentinamente por el látigo de Dios 122, sucumbe en la segunda refriega de la guerra.
14 Pero no tuvo la muerte que acontece a los generales supremos de la guerra que, batiéndose varonilmente una y otra vez por la virtud y por sus amigos, sufrieron con valentía un fin glorioso en la batalla; éste, bien al contrario, como impío y hostil a Dios, recibió el castigo merecido cuando se hallaba en casa y andaba ocultándose mientras su ejército seguía todavía en la llanura combatiendo por él123. Herido repentinamente en todo su cuerpo por el látigo de Dios, cayó de bruces como empujado por atroces sufrimientos y vivísimos dolores. Devorado por el hambre y enteramente consumidas sus carnes por un fuego invisible y de origen divino, toda apariencia de su antigua forma desapareció como aniquilada y quedó únicamente en los puros huesos, como un espectro desde largo tiempo reducido a esqueleto; así que quienes le rodeaban no podían por menos de pensar que el cuerpo se le había convertido en sepulcro del alma, enterrada ya en un cadáver en completa descomposición.
15 Pero al abrasarle mucho más terriblemente la calentura desde lo hondo de los tuétanos, los ojos se le saltaron y, cayendo de sus propias cuencas, le dejaron ciego 124. El, respirando todavía, pese a ello, confesaba al Señor 125 y llamaba a la muerte. Y después de confesar que esto lo padecía con toda justicia por causa de su exceso demencial contra Cristo, entregó su alma 126.
Notas:
105 Cf. supra 9a,1; VIII 13,15. En verdad, por derecho de antigüedad en el mando imperial, aunque solamente como césar, le correspondía la dignidad de primer augusto.
106 Sobre este pacto con Licinio tras la muerte de Galerio, cf. Lactancio, De mort. pers. 36,1-2.
107 En la primavera de 313, partiendo de Asia Menor, invadió Tracia. Allí, en Campus Serenus (Tzirallum), lo derrotó Licinio el 30 de abril de 313. Cf. Lactancio, o.c. 46-47.
108 Esto último es, sin duda, arreglo posterior; los Mss ATER conservan todavía el nombre de Licinio.
109 Esta descripción se completa con la que hace en VC 1,58, sin olvidar la citada de Lactancio.
110 Sal 32,16-19.
111 Según Lactancio (o.c., 49). Maximino todavía logró hacerse fuerte en el desfiladero del Tauro, pero, derrotado una vez más por Licinio, huyó a Tarso, donde quedó completamente cercado.
112 De esto nada dice Lactancio.
113 No hay que hacer mucho caso de esta palabra; Maximino debió de publicar el edicto en cuestión antes de verse del todo perdido en Tarso, seguramente con el fin de ganarse a los cristianos contra Licinio cuando aún cabía esperar, es decir, antes de que éste rompiese la barrera del Tauro.
114 Es Lactancio quien refiere la muerte de Maximino (De mort. pers. 49).
115 Lactancio no la mienta, pero eso no arguye de modo concluyente contra su autenticidad.
116 Es lo que disponía el primer edicto; aunque ni Eusebio ni Lactancio mencionan esta cláusula, a ella apela el juez Baso cuando interroga al mártir Felipe, obispo de Heraclea según su Passio 4 (D. Ruiz Bueno, Actas de los Mártires: BAC 75 [Madrid 1951] p.1060).
117 Maximino trata de cargar la responsabilidad sobre los «officiales» o funcionarios civiles superiores de su servicio; cf. Lactancio, o.c., 49,6.
118 Cf. supra 9a, la enviada a Sabino.
119 De estas «liberales» concesiones que dice haber hecho no queda más rastro que la expresada en el rescripto a Sabino (supra 9a,8), y además se calla lo referente a «los halagos y exhortaciones» con que pretendía hacer a los cristianos abjurar de su religión (ibid., § 7).
120 Cf. supra VII 30,19; VIII 17,9; C. Pietri, Recherches sur la Domus ecclesiae: Revue des Etudes Augustiniennes 14 (1978) 3-21; pero este «regalo», igual que los demás del edicto, no es más que mera aplicación de lo acordado por Constantino y Licinio en Milán; cf. infra X 5,6-11.
121 M. R. Cataudella (Due luoghi eusebiani (Hist. Eccl. IX-X,12; Mart. Pal. III 1): Helikon 6 [1966] 672-678) propone la siguiente corrección: οὐδ’ ὃλον [δεύτερον] ἐνιαυτόν.
122 La expresión, que ya encontramos aplicada a Herodes (supra I 8,5) y que se repite infra § 14, indica una enfermedad grave, mortal incluso. La frase que sigue no quiere decir que cayera en la batalla, pues va a afirmar lo contrario, sino que el hecho ocurrió en el tiempo en que tuvo lugar el segundo encuentro.
123 Cf. supra § 6. A pesar de lo que allí se dice, para Eusebio está claro que Maximino, antes de morir, todavía pudo reorganizar sus tropas y lanzarlas a una segunda batalla; seguramente se trata de su resistencia en el desfiladero del Tauro, coincidiendo así con Lactancio (o.c., 49,1-2). Pero de nuevo abandonó a su ejército en plena lucha, para huir y refugiarse finalmente en Tarso.
124 Esta muerte, que tanto parecido tiene con la de Herodes (cf. supra I 8,5) y con la de Galerio (supra VIII 16,4), según la descripción de Eusebio, participa de todas las características retóricas del género, lo mismo que en VC 1,58-59. Según Eusebio—y con él Zósimo y el Epítome de A. Víctor—, fue una muerte debida a una enfermedad natural, aunque terrible. Lactancio (De mort. pers. 49) habla, en cambio, de una embriaguez excesiva, acompañada de envenenamiento. Posiblemente, dadas ciertas coincidencias y síntomas, no haya contradicción. De todos modos, Eusebio parece refundir en una sola dos descripciones diferentes, y casi contradictorias, de dicha muerte.
125 Lo mismo afirma Lactancio (o.c., 49,6).
126 Era el verano de 313.
1 Muerto de esta manera Maximino, único superviviente de los enemigos de la religión y que manifestó ser el peor de todos, las iglesias surgían, por la gracia de Dios todopoderoso, reconstruidas desde los cimientos, y la doctrina de Cristo, rutilante para gloria del Dios del universo, iba alcanzando una libertad confiada, mayor que la de antes, mientras los impíos enemigos de la religión se iban colmando de vergüenza y deshonra extremas.
2 Efectivamente, Maximino mismo fue el primero al que los emperadores proclamaron enemigo común de todos, y por medio de edictos públicos, para general conocimiento, se le denunció como tirano impiísimo, abominabilísimo e inimicísimo de Dios. De las pinturas que en cada ciudad estaban dedicadas en honor suyo y de sus hijos, las unas, arrojadas de lo alto contra el suelo, se deshicieron en pedazos; y las otras, ennegrecidas las caras con sombríos colores, quedaban inservibles 127. Y lo mismo las estatuas, todas las que estaban erigidas en honor suyo: también fueron derribadas y se hicieron pedazos, quedando expuestas a la risa y a la burla de los que querían insultarlas y ensañarse con ellas 128.
3 Y luego también a los restantes enemigos de la religión se les fue despojando de todos los honores, e incluso se mataba a todos los partidarios de Maximino 129, muy especialmente a los que, habiendo sido honrados por él con los honores del gobierno, por adularle se habían ensañado con violencia contra nuestra doctrina.
4 Tal era Peucetio, para todos el más honrado por él, el más respetado y el de más confianza de sus compañeros, a quien él había nombrado cónsul por dos y tres veces, y prefecto de todas las cuentas 130. Y lo mismo Culciano, que había ascendido por todos los grados del gobierno y que también se gloriaba de innumerables matanzas de cristianos en Egipto 131. Y además de éstos había no pocos otros, mediante los cuales sobre todo se había afirmado y acrecentado la tiranía de Maximino.
5 Es de saber que también a Teotecno 132 lo reclamaba la justicia, que no olvidaba lo que él había llevado a cabo contra los cristianos. Efectivamente, porque había erigido un ídolo en Antioquía pensaba que sus días serían felices, y realmente hasta Maximino le había considerado digno de un cargo de gobierno.
6 Pero cuando Licinio penetró en la ciudad de Antioquía y emprendió la búsqueda de los embaucadores, hizo dar tormento a profetas y sacerdotes del recién erigido ídolo, tratando de averiguar por qué razón habían fingido el engaño. Gomo, apretados por los tormentos, no les era posible seguir ocultándolo, declararon que todo el misterio era un engaño urdido por industria de Teotecno 133. Entonces impuso a todos el castigo que habían merecido y entregó a la muerte primero al mismo Teotecno, y luego también a sus cómplices en el embaucamiento, tras numerosos suplicios.
7 A todos éstos vinieron a añadirse incluso los hijos de Maximino, a los que ya él tenía hechos socios de la dignidad imperial y de la dedicatoria en retratos y en pinturas 134. Y los que anteriormente se jactaban de parentesco con el tirano 135 y estaban prestos a avasallar a todos los hombres, sufrieron las mismas penas que los susodichos, junto con la deshonra extrema, ya que no habían aceptado la lección ni conocían ni comprendían la exhortación que en las Sagradas Escrituras va repitiendo:
8 No estéis confiados en los príncipes ni en los hijos de los hombres, en los que no hay salvación. Su espíritu saldrá y se volverá a su tierra. En aquel día perecerán todos sus designios 136.
(En todas las cosas se den gracias a Dios todopoderoso y rey del universo y también muy numerosas al Salvador y Redentor de nuestras almas, Jesucristo, por medio del cual estamos continuamente suplicando que nos conserve segura y firme la paz, al abrigo tanto de las perturbaciones de fuera como de las de la mente).
[Así barridos los impíos, Constantino y Licinio guardaron para sí solos la parte correspondiente del Imperio, segura e indiscutible. Estos, después de eliminar del mundo antes que nada la enemistad contra Dios, conscientes de los bienes que Dios les había otorgado, demostraron su amor a la virtud, su amor a Dios, su piedad y gratitud para con la divinidad por medio de su legislación en favor de los cristianos]137.
Notas:
127 Algunas de estas pinturas o retratos, mutilados y estropeados, pudo verlos todavía San Gregorio Nacianceno (Orat. IV cont. Julian. 1,96).
128 Estamos ante un caso patente y por demás interesante de «damnatio memoriae» de un emperador.
129 Cf. Lactancio, o.c., 50.
130 Es decir, «magister summarum rationum». Es todo lo que se sabe de Peucetio (o Peucedio, como le llama Rufino).
131 Claudio Culciano, prefecto de Egipto, fue el que condenó a Fileas y a Filoromo (cf. supra VIII 9,7; 10,6), según informan las Actas de su proceso. Cf. D. Ruiz Bueno, o.c., p.1149-1157.
132 Cf. supra 2-3.
133 A este interrogatorio alude Eusebio en su PE 4,2,11, como a cosa conocida; cf. supra 2.
134 Esto parece indicar que Maximino había hecho cesares a sus hijos, que serían más de uno; pero Lactancio (o.c., 50,6) dice solamente que Licinio dio muerte a un hijo de ocho años y a una hija de siete.
135 Lactancio (De mort. pers. 50-51) da los nombres de los principales: además del hijo y de la hija de Maximino (cf. nota anterior), están Candidiano, hijo de Galerio; Severiano, hijo de Severo; incluso Prisca, la viuda de Diocleciano, y Valeria, su hija, viuda de Galerio.
136 Sal 143,3-4. Los Mss BD terminan este libro IX con la doxología que va entre paréntesis; en cambio, el grupo ATERM la dejan para el comienzo del libro X, mientras que S la pone en las dos partes. El grupo ATER, representante de una edición anterior, y M terminan el libro IX con el pasaje que, tanto en el texto como en la traducción, hemos encerrado entre corchetes.
137 Sin duda el llamado «Edicto de Milán», cuya transcripción, en principio debía de seguir para cerrar el libro—como el edicto de Galerio cierra el libro VIII—, pero que finalmente fue desplazado al capítulo 5 del nuevo libro X; cf. R. Laqueur, Eusebius als Historiker seiner Zeit (Berlin 1919) p.185-191; P. P. Joannou, La législation impériale et la christianization de l'Empire romain (311-476) = Orientalia Christiana analecta, 192 (Roma 1972); K. Baus, H.-G. Beck (etc.), The Imperial Church from Constantine to the early Middle ages = History of the Church, 2 (Londres 1980); G. Dahyot-Dolivet, L'Église à l'époque impériale (313 à 590): Apollinaris 55 (1982) 846-870.