El Señor plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado.
Puesto que leemos en el Génesis que Dios plantó un jardín hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado, hemos dado ya con el autor de este jardín. ¿Quién si no pudo crear un jardín sino el Dios omnipotente que lo dijo, y existió, el que no necesita nada de lo que se dignó crear? Fue él efectivamente el que plantó el jardín del que dice la Sabiduría: la planta que no haya plantado mi Padre, será arrancada de raíz. Buena es la plantación de los ángeles, buena la de los santos; se ha dicho, en efecto, que en aquel futuro reinado de la paz, los santos —que son figura de los ángeles— se sentarán bajo su parra y su higuera sin sobresalto.
Tenemos, pues, un jardín en el que abundan los árboles y los árboles frutales, árboles pletóricos de savia y vigor, de los que se ha escrito: Aclaman los árboles del bosque, árboles en perpetua floración a causa del frescor de los méritos, como aquel árbol plantado al borde de la acequia, cuyas hojas no se marchitan, porque todo él es fruto exuberante. Este es, pues, el jardín.
El paraje donde plantó el jardín se llama «delicias». Por lo cual dice el santo David: les das a beber del torrente de tus delicias. Has leído que en Edén nacía un río que regaba el jardín. Así pues, estos árboles plantados en el jardín son regados como por el flujo del torrente del espíritu. De él se dice igualmente en otro lugar: el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Se refiere a aquella ciudad, la Jerusalén de arriba que es libre, en la que pululan los diversos méritos de los santos. En este jardín colocó Dios al hombre que había plasmado. Y ten presente ya desde ahora que el hombre que Dios colocó en el jardín no es el hombre creado a imagen de Dios, sino el hombre en cuanto ser corpóreo; lo incorpóreo no puede ubicarse.
Y lo colocó en el jardín como el sol en el cielo, a la espera del reino de los cielos, como la creación está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios. Ahora bien, si jardín es el lugar donde habían brotado matorrales, puede decirse que el jardín es el alma que multiplica la semilla recibida, en la que una a una se plantan las virtudes, en la que estaba también el árbol de la vida, esto es, la sabiduría, como dice Salomón: la sabiduría no procede de la tierra, sino del Padre; pues es el reflejo de la luz eterna y emanación de la gloria del Omnipotente.