Tú, Señor, estás cerca, y todos tus mandatos son estables. El Señor está cerca de todos, pues es omnipresente; si le ofendemos, no podemos huir de él; ni engañarle si en algo faltamos; ni lo perdemos si le adoramos. Dios todo lo escudriña, todo lo ve, asiste a cada uno, diciendo: Yo soy un Dios de cerca. Y ¿cómo podría Dios estar ausente de algún sitio, cuando de su Espíritu se lee: El Espíritu del Señor llena la tierra? Porque donde está el Espíritu del Señor, allí está el Señor Dios. ¿No lleno yo el cielo y la tierra? -oráculo del Señor-. Y ¿de dónde está ausente el que todo lo llena? ¿O cómo podemos todos recibir de su plenitud, si no se acerca a todos?
Sabiendo, pues, que Dios está en todas partes, y que llena el cielo y la tierra y los mares, dice David: ¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? En qué pocas palabras ha expresado que Dios está en todas partes y que donde está Dios, allí está también presente su Espíritu, y que donde quiera que esté el Espíritu de Dios, allí está Dios. En este pasaje está expresada la unión existente en la Trinidad.
En realidad, todo esto lo ha dicho el Hijo de Dios por boca del profeta, hablando en la persona del Hombre, que por su encarnación bajó a la tierra, por su resurrección subió al cielo, por la muerte del cuerpo penetró en el infierno, para liberar a los que allí estaban prisioneros. O bien, si prefieres entenderlo como referido al profeta, no debes perder de vista que siempre que está presente la mano y la diestra de Dios, es decir, Cristo, allí está Dios Padre y el santo Espíritu de Dios.
Porque, ¿cómo podremos dudar de que, al avanzar el día, el sol difunde sus rayos por todo el orbe e ilumina todas las cosas, si su presencia es advertida por los mismos invidentes mediante un progresivo calentamiento de la atmósfera? ¿En dónde no penetra su calor? ¿A dónde no alcanzan sus rayos cuando, disipada la tiniebla de la noche o de las nubes, ilumina la redondez de la tierra? Brilla en el cielo, reverbera en el mar, abrasa en la tierra. Así pues, no te cabe duda de que el sol resplandece por doquier: ¿y dudas de que Dios brille por doquier en la persona de quien es el reflejo de su gloria y la impronta de su ser?
¿Qué es lo que no penetra el Verbo de Dios, esplendor eterno que ilumina incluso los ocultos sentimientos del alma, donde este nuestro sol no puede penetrar? Pues la Palabra de Dios es una espada espiritual, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. De ella dice a María el honrado Simeón: Y a ti una espada te traspasará el alma: así quedará clara la actitud de muchos corazones.
Penetra, pues, el alma y la ilumina cual reflejo de la luz eterna. Y si bien está difusamente presente por todas y sobre todas las potestades, ya que por todos - buenos o malos- nació de la Virgen, calienta sólo al que se acerca a él. Porque así como el que cierra las ventanas de su casa y elige un lugar oscuro para habitar, rechaza la luz del sol, así también el que se vuelve de espaldas al Sol de justicia no puede disfrutar de su resplandor, vive en las tinieblas y, mientras los demás se gozan de la luz, él mismo es causa de su propia ceguera.
Ábrele, pues, de par en par las ventanas, para que ilumine toda tu casa con el fulgor del verdadero sol; abre los ojos para que veas al Sol de justicia nacer para ti. La Palabra de Dios llama a tu puerta, y dice: Si alguien me abre, entraré. En realidad, ninguna puerta está atrancada para Dios, ninguna puerta le está cerrada a la luz eterna: pero él no se digna franquear el dintel de la malicia, se resiste a penetrar los conventículos de la iniquidad.