¿Quieres aplacar a Dios? Conoce lo que has de hacer contigo mismo para que Dios te sea propicio. Atiende a lo que dice el mismo salmo: leemos en efecto: Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Pero, ¿es que vas a prescindir del sacrificio?, ¿no vas a ofrecer nada?, ¿no vas a aplacar a Dios con alguna oblación? ¿Qué es lo que acabas de decir? Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Continúa, escucha y di: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Rechazando lo que ofrecías, has comprendido lo que has de ofrecer.
Ofrecías —según la tradición de los padres— víctimas de tus rebaños, que llevaban el nombre de sacrificios. Si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. No te interesan aquellos sacrificios, y no obstante buscas un sacrificio. Tu pueblo te dice: ¿Qué he de ofrecer, si no ofrezco lo que ofrecía? El pueblo, efectivamente, es el mismo: unos mueren, otros nacen, pero el pueblo sigue siendo el mismo. Han cambiado los signos, no la fe. Han cambiado los signos con los que se significaba otra cosa, no la cosa significada. El carnero, el cordero y el cabrito significaban a Cristo: todo simbolizaba a Cristo.
El carnero, porque guía al rebaño: es el mismo que apareció enredado en las zarzas, cuando al padre Abrahán se le ordenó perdonar al hijo, pero no abandonar aquel lugar sin haber antes ofrecido un sacrificio. Isaac era Cristo, y el carnero era Cristo. Isaac llevaba la leña de su propio sacrificio: Cristo cargó con su propia cruz. El carnero ocupó el puesto de Isaac; Cristo no se sustituyó a sí mismo. Pero en Isaac y en el carnero está prefigurado Cristo.
El carnero estaba enredado en las zarzas por los cuernos; pregunta a los judíos dónde colocaron ellos la corona del Señor. Es cordero: Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Es toro: observa los cuernos de la cruz. Es cabrito por su condición pecadora como la nuestra. Todo esto está velado mientras sopla la brisa y las sombras se alargan.
Así pues, los antiguos padres creyeron en el mismo Cristo, el Señor; y no sólo en cuanto Verbo, sino en cuanto que, el hombre Cristo Jesús, es el mediador entre Dios y los hombres. Creyeron y, con su predicación y sus profecías, nos han transmitido esa misma fe. Por eso dice el Apóstol: Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé».
Pues bien: cuando el santo David decía: Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías, se ofrecían aquellos sacrificios, que ahora ya no se ofrecen. Por tanto, mientras cantaba, profetizaba; despreciaba los presentes, preveía los futuros. Si te ofreciera un holocausto –dice–, no lo querrías. Si no quieres, pues, holocaustos, ¿vas a quedarte sin sacrificios? De ningún modo.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Este es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro.