Bien sabéis, hermanos, que cuando nuestro Señor vino en la carne y predicaba el evangelio del reino, agradaba a unos y desagradaba a otros. Sobre él corrían diversas opiniones entre los judíos: Unos decían: «Es buena persona». Otros, en cambio: «No, que extravía a la gente». Así pues, unos hablaban bien de él, otros lo desacreditaban, lo cubrían de ironía y sarcasmo, lo ultrajaban. Para aquellos a quienes agradaba, se vistió de majestad; para aquellos, en cambio, a quienes desagradaba, se ciñó de poder. Imita también tú a tu Señor, para que puedas ser el vestido que él se ciñe; preséntate vestido de majestad a aquellos a quienes agradan tus obras; sé fuerte frente a los detractores.
Escucha cómo el apóstol Pablo, imitador de su Señor, supo también presentarse con majestad y con poder. Somos –dice– el incienso que Cristo ofrece a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden. En efecto, los que aman el bien, se salvan; los que lo desprecian, perecen. El, por su parte, poseía el incienso; más aún: era el incienso. ¡Pero desdichados los que mueren incluso con el incienso!
Pues no dijo: para unos somos olor bueno, para otros olor malo; sino: Somos el incienso que Cristo ofrece a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden. Y añade a renglón seguido: Para éstos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida que da vida. Para quienes era olor de vida que da vida, se vistió de majestad; para quienes era olor de muerte que mata, se ciñó de poder. Si te alegras tan sólo cuando te alaban los hombres y aprueban tus buenas obras, mientras que cejas en el bien obrar cuando te censuran, y piensas haber perdido el fruto de las buenas obras porque has topado con gente que te critica, señal de que no estás firme, señal de que no perteneces al orbe de la tierra que no vacila. El Señor, vestido y ceñido de poder. De esta majestad y este poder habla en otra parte el apóstol Pablo: Con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la justicia. He visto dónde está la majestad, dónde el poder: A través de honra y afrenta. En la honra, majestuoso; en la afrenta, poderoso. Unos le proclamaban digno de honra; otros le despreciaban como innoble. Confería majestad a aquellos a quienes agradaba; se ceñía de poder contra aquellos a quienes desagradaba. Y así va el Apóstol enumerando una serie de contraposiciones, para concluir diciendo: Los necesitados que todo lo poseen. Cuando todo lo posee, está vestido de majestad; cuando está necesitado, se ciñe de poder.