Recordaréis, hermanos, que la exposición de ayer terminaba con estas palabras: No necesitáis que nadie os enseñe. Pero su unción os enseña acerca de todas las cosas.
Os acordaréis —estoy seguro— de la explicación que os di de este pasaje: os decía que nosotros nos dirigimos, desde fuera, a vuestros oídos, y somos como los agricultores que cuidan externamente del árbol, pero no está en su mano hacerle crecer ni que éste dé fruto. Si aquel que os creó os ha redimido y os ha llamado y que habita en vosotros por la fe y el Espíritu Santo, no os habla interiormente, en vano atronamos vuestros oídos con nuestras palabras.
¿La prueba? Muy sencillo: son muchos los que oyen pero no a todos convence lo que oyen, sino sólo a aquellos a quienes interiormente habla Dios. Y habla interiormente a los que se le abren; y se abren a Dios, los que se cierran al diablo. El diablo quiere habitar en el corazón del hombre y sugerirle allí todo lo conducente a la seducción. Pero ¿qué dice el Señor Jesús? El Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. ¿De dónde va a ser echado? ¿Quizá fuera del cielo y de la tierra? ¿Tal vez fuera de la fábrica del mundo? No, sino fuera del corazón de los creyentes. Echado fuera el invasor, habite dentro el Redentor, porque el mismo que nos redimió, nos creó. Y ahora el diablo asedia desde fuera, enviando al asalto diversas tentaciones. Pero no consiente aquél a quien Dios interiormente habla, y la unción de que hablamos.
Y esta unción —dice— es verdadera; es decir: el mismo Espíritu, del Señor, que enseña a los hombres, no puede mentir. Y no es mentirosa. Según os enseñó, permaneced en él. Y ahora hijos, permaneced en él para que, cuando se manifieste, tengamos plena confianza y no quedemos avergonzados lejos de él en su venida. Ya veis, hermanos, creemos en Jesús a quien no hemos visto.