Alejandro Janneo, rey asmoneo de Judea del 109 al 76 a.C. había expandido las fronteras del reino judío abarcando también territorios transjordanos, algunos de los cuales habían formado parte del antiguo Israel. Esos territorios en realidad estaban muy helenizados, y puede decirse que recibieron la conquista romana de Pompeyo en el 63 a.C. como una verdadera liberación. Este general puso a las ciudades de la región bajo la tutela de Siria, y les dio amplia autonomía.
A partir de entonces se puede hablar de una región de la "Decápolis" (lit: "diez ciudades"), un conjunto de ciudades que reivindicaban su autonomía y cultura helénica, sobre todo frente a los reclamos herodianos. No constituían formalmente una federación, aunque ya en época de Jesús se las reconocía como un conjunto.
La primera mención literaria es precisamente en el NT, en las citas que estamos estudiando, pero pocos años más tarde aparecen nombradas así también en Flavio Josefo (Guerras Judías, III,446), así como en la Historia Natural de Plinio (V,16).
En tiempo de Jesús comprendía las ciudades de Gadara, Hippos, Escitópolis (o Betsán), Pella y Dión, a las que Plinio une también Damasco, Filadelfia, Rafana, Gerasa y Canata.
Aunque eran ciudades muy helenizadas, tenían una fuerte presencia judía, por lo que la mención en los evangelios puede deberse a motivos distintos según cada autor.
Para San Marcos, la Decápolis, al este del "Mar de Galilea", al igual que Tiro y Sidón al oeste, representa territorios paganos, en los que Jesús se adentra rompiendo los límites de Israel.
Sin embargo, en la única mención que hace Mateo, la Decápolis parece representar más bien una de las regiones del extenso Israel ideal, el de los relatos más antiguos de la conquista y nacimiento del pueblo en el AT, precisamente el que este nuevo Josué (Jesús) viene a restaurar (ver Zabulón y Neftalí).