
¿Vendrá de Francia la solución a la “cuestión tradicionalista”? En cualquier caso, la expectativa parece ser claramente alta en Roma: según nuestras informaciones, el papa León XIV habría confiado personalmente al cardenal Jean-Marc Aveline, durante el consistorio de enero, el deseo de que reflexionara sobre posibles vías para resolver las tensiones en torno a la liturgia tridentina: ¿Habrá que ratificar el motu proprio de Francisco, que restringió drásticamente la celebración de la misa según el rito antiguo tras la apertura permitida en 2007 por Benedicto XVI? ¿Suprimirlo? ¿O proponer una tercera vía? “León XIV se preocupa por la unidad. Está muy interesado en la cuestión y nos ha pedido que reflexionemos sobre algo”, confirma un obispo.
Porque si bien otros países, con Estados Unidos a la cabeza, cuentan con importantes comunidades tradicionalistas, Francia, donde nació esta corriente, sigue siendo su epicentro, tanto por el dinamismo de sus fieles –como ilustra el éxito de la peregrinación de Chartres en Pentecostés– como por las tensiones persistentes en las diócesis. “Para el Papa, lo que se hace en Francia sirve de modelo”, opina otro obispo que ha hablado de ello con León XIV.
El Vaticano II como trasfondo
Investidos de esta misión, y dado que León XIV ha definido la liturgia como una de las prioridades de trabajo para los cardenales y podría figurar en la agenda del consistorio de junio, los obispos de Francia dedicaron una sesión al tema “Liturgia y tradición” durante su Asamblea de primavera, el jueves 26 de marzo en Lourdes. “Existe una voluntad compartida de ir realmente al fondo de las cosas”, relata, al término de esta sesión que él mismo moderó, Olivier de Cagny, obispo de Évreux y responsable, junto con otros, de las cuestiones litúrgicas en la Conferencia Episcopal de Francia (CEF). “Es la primera vez que oigo tan claramente que el tema debe tratarse a nivel teológico, y no solo de manera pastoral y afectiva”, observa.
De hecho, todos coinciden en general en la misma constatación: la misa, en realidad, no es el tema principal. “Detrás de la liturgia hay problemas de doctrina y de eclesiología, la cuestión de la aceptación del Concilio Vaticano II”, subraya un obispo que cuenta en su diócesis con varias comunidades tradicionalistas.
Como señalan varios obispos, la Iglesia también debe reconocer ciertos excesos en la aplicación de la reforma litúrgica y ser sensible a lo que atrae hoy hacia esta liturgia: verticalidad, silencio, sentido de lo sagrado… Nociones, sin embargo, ambivalentes y a veces idealizadas. “Detrás del atractivo por lo bello y lo sagrado, hay todo un debate teológico que algunos no perciben: un Dios distante o un Dios que se hace cercano, es toda una relación con el mundo, con la libertad de conciencia, con el diálogo interreligioso”, advierte así un obispo del sudeste.
La “trampa” de la tradición
Así, algunos obispos han evocado la necesidad de un trabajo de fondo sobre los conceptos de “lo sagrado”, “sacramento” y, más aún, “tradición”, palabra “trampa y a menudo mal entendida”. “Me gustaría que se pudiera incluir a representantes de las comunidades tradicionales, incluidos los monasterios, en esta reflexión”, propone de Cagny.
¿Y qué hay de la dimensión política, que ha resurgido con la muerte de Quentin Deranque, en Lyon, un joven converso con vínculos neofascistas que, por otra parte, frecuentaba una comunidad tradicionalista? “Detrás de la liturgia, a veces también puede haber una ideología político-religiosa, que deriva en antisemitismo en ciertos círculos tradicionales”, señala un obispo. “La liturgia es un mundo, y conlleva una visión del mundo”, analiza por su parte de Cagny. “Es imposible que no tenga también un vínculo con nuestra visión política. De ahí la necesaria vigilancia respecto al apego a la liturgia y la forma de promoverla”.
Adaptaciones con condiciones
Si bien la mayoría de la Asamblea se mostró decidida a abordar el tema de frente, se expresaron varias posiciones: algunos, alineados con el motu proprio de Francisco, esperan de León XIV la misma firmeza; otros se muestran favorables a las adaptaciones, pero con condiciones: un leccionario y un calendario litúrgico comunes, la celebración de los demás sacramentos —bautismo, matrimonio, confirmación…— según el nuevo rito (posiblemente en latín), el retorno a la responsabilización de los obispos en sus diócesis y, sobre todo, el fin del “exclusivismo”, es decir, la negativa rotunda a celebrar según el nuevo misal, considerado por los obispos “inaceptable” (y contrario al espíritu del motu proprio de Benedicto XVI, que deseaba un “enriquecimiento mutuo”).
Muchos expresan así su incomprensión ante la negativa de los sacerdotes de la Fraternidad San Pedro, en particular, a acompañar al obispo diocesano en la misa crismal (algo que, sin embargo, es obligatorio según el espíritu del derecho canónico, aunque no se especifique formalmente), y su cansancio ante lo que perciben como “una actitud poco clara”, o incluso “un doble lenguaje”, citando en particular las amenazas que, al parecer, habrían sufrido algunos seminaristas de ser expulsados del seminario si llegaran a celebrar o concelebrar la misa de Pablo VI.
“Muchos de estos jóvenes sacerdotes tienen un gran celo misionero y podrían ayudarnos en nuestras diócesis si aceptaran celebrar en ambos ritos”, lamenta otro obispo. “La liturgia toca lo más íntimo del ser humano, es normal que suscite pasión, debates, pero no hasta el punto de formar comunidades que se combaten o se ignoran”, señala de Cagny, quien insiste en la importancia de un rito único –“lo que permite a todos, sea cual sea su sensibilidad, convivir en una oración común”–. Una unidad que bien podría ser profética: “En los próximos años, la Iglesia será quizá el único lugar donde coexistan personas muy diferentes. La eucaristía está en el centro de todo esto, pues es el sacramento de la caridad y de la unidad”.
Sea cual sea la solución elegida, León XIV “no podrá prescindir de una aclaración”, subraya un obispo, recordando las excepciones concedidas por el papa Francisco a ciertas comunidades tradicionalistas tras ‘Traditionis Custodes’, lo que hace que este motu proprio sea “difícilmente aplicable”.