
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha consumado sus planes y ha ordenado este miércoles a cuatro obispos sin la autorización del Papa. Una celebración que ha tenido lugar en la localidad de Écône (Suiza) y por la que los miembros de los lefebvrianos habrían sido excomulgados.
En febrero, el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ya advirtió de que «este gesto constituirá un acto cismático» y recordó que «la adhesión formal al cisma constituye una grave ofensa a Dios e implica la excomunión establecida por el derecho de la Iglesia».
La celebración de este miércoles, a la que asistieron cerca de 15.000 fieles, siguió el rito anterior al Concilio Vaticano II: se ofició de espaldas a los fieles y en latín. La ordenación estuvo presidida por el español Alfonso de Galarreta y el suizo Bernard Fellay, los dos únicos obispos que quedan de los consagrados por Lefebvre en 1988, de ahí «la urgencia» argüida por la fraternidad, y el desafío de ordenar a otros cuatro.
No amar al Papa
Los ordenados han sido el suizo Pascal Schreiber, el estadounidense Michael Goldade y los franceses Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier. A todos ellos, el superior de la fraternidad les ha pedido «no os pleguéis jamás al espíritu del mundo. La consagración va a daros una fuerza irresistible. Desde hoy el mundo entero hay gente que os observa, que os escucha, en 30/40 años tienen que poder decir, no se han plegado, no han doblado su rodilla ante este espíritu del mundo».
El superior general de la FSSPX, Davide Pagliarini, también ha reconocido que «nos acusan de no amar al Papa, de no respetarlo, pero porque amamos al Papa, no queremos verle humillado cuando se pone en el mismo plano de los falsos pastores, de las falsas religiones como hemos visto en varias situaciones».
Vuelvan sobre sus pasos
Por su parte, León XIV escribió esta martes a los lefebvrianos y les rogó, «de todo corazón: ¡vuelvan sobre sus pasos! Les exhorto a considerar atentamente el bien espiritual de los fieles, pues el acto cismático que cometerían les privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida, de los sacramentos que aman y buscan para su propia santificación».
Y añadió: «La Iglesia está dispuesta a emprender un camino de diálogo y entendimiento que el Espíritu Santo pueda hacer posible y fecundo». Por ello, «rezo por ustedes porque lacerar la túnica indestructible de Cristo es un pecado de extrema gravedad. Que el Señor ilumine sus conciencias y despierte sus corazones. En virtud de la autoridad recibida de Cristo, con el corazón afligido, pero aún lleno de esperanza, siento el deber de pedirles que desistan de su propósito y encomiendo estas intenciones al Corazón Inmaculado de María, Madre del Buen Consejo».