
En ese doloroso día en el que se publica el decreto que constata la excomunión en la que incurrieron automáticamente, en el preciso momento de la imposición de manos, los dos obispos lefebvrianos, Galarreta y Fellay, y los cuatro nuevos obispos consagrados, hay quienes, con razón, señalan la abierta contradicción de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. De palabra, en sus declaraciones formales, afirma reconocer la legitimidad y la autoridad del Sucesor de Pedro, León XIV, amarlo y rezar por él. En la práctica —y los hechos siempre cuentan más que las palabras—, no se ha tenido en cuenta en absoluto su voluntad expresa, sus repetidos llamamientos, su petición de no proceder a las consagraciones cismáticas sin mandato pontificio; es más, las consagraciones cismáticas están explícitamente prohibidas por el Pontífice.
En estos días se han recordado las palabras de san Pío X, el Papa del que la Fraternidad toma su nombre, quien en 1912 decía: «¿Y cómo hay que amar al Papa? Non verbo neque lingua (no con palabras ni con la lengua, nota del editor) sed opere et veritate (sino con hechos y en la verdad, nota del editor)… para demostrar nuestro amor al Papa es necesario obedecerle. Por eso, cuando se ama al Papa, no se discute sobre lo que Él dispone o exige, ni hasta dónde debe llegar la obediencia, ni en qué cosas se debe obedecer». Se ha mencionado la paradoja de los tradicionalistas que consideran intocable el rito, pero se inventan una fórmula para suplir la falta de un elemento esencial en toda ordenación episcopal católica: el mandato del Papa.
La cuestión real, sin embargo, es otra. Y no tiene nada que ver con la misa en rito preconciliar (erróneamente denominada «misa en latín»), ya que a los fieles apegados a esa forma litúrgica todavía se les permite celebrarla en plena comunión con Pedro. El verdadero quid de la cuestión es qué es la Tradición y, sobre todo, quién debe custodiarla, haciendo crecer nuestra comprensión de la Tradición bajo la inspiración del Espíritu Santo. Si la Tradición se cristaliza en un sistema ideológico, si se arroga el derecho de juzgar un concilio presidido por dos Papas santos con la participación de tres mil obispos de todo el mundo, que promulgó documentos aprobados prácticamente por unanimidad; si se pretende que el Sucesor de Pedro y toda la Iglesia católica deban aceptar y hacer suyas las ideas teológicas de un grupo concreto, hay algo profundamente contradictorio.
Pero, sobre todo, hay algo muy alejado de la fe católica, cuyo secreto —explicaba el gran escritor Vittorio Messori, fallecido el pasado Viernes Santo, quien tanto se había esforzado por el regreso de la Fraternidad San Pío X a la plena comunión— es y sigue siendo «l’et et», no «l’aut aut». Y, por lo tanto, hay lugar en la Iglesia para los fieles apegados a la liturgia antigua; hay lugar en la Iglesia para debatir, para leer y releer los documentos e interpretarlos. Pero no para juzgar al Papa ni para desobedecerle cometiendo actos que desgarran la unidad del «Cuerpo Místico» de Cristo, que es la Iglesia; tampoco para crear una jerarquía paralela en contra de la prohibición explícita de aquel a quien Jesús dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».