Alfa & Omega, 21/12/06 - El Primado de la Iglesia católica en Hungría, cardenal Erdö, arzobispo de Budapest, recuerda los días de la Revolución de 1956, de la que se celebra el cincuenta aniversario. Por este motivo, la Iglesia ha hecho un gran esfuerzo de reconciliación. Reproducimos, por su interés, una entrevista publicada en La Nuova Europa
¿Qué papel jugó la Iglesia durante la Revolución?
Los sacerdotes y los creyentes no fueron los protagonistas, ni podían serlo, porque la Iglesia no estaba en condiciones de organizar nada, y políticamente no tenía ni la fuerza ni la intención. El Presidente de la Conferencia Episcopal era József Grösz, arzobispo de Kalocsa, que fue obligado a firmar, en nombre del episcopado, el acuerdo de 1950; después fue encarcelado. En vez de moverse según tácticas políticas o diplomáticas, se sintió en el deber de transmitir la fe. En resumen, el episcopado hizo oír su voz de un modo prudente pero claro. Fue un rol simbólico, no central. Los sacerdotes no cogieron las armas para combatir, como en 1848 contra Austria. Significó mucho el envío, por parte de Pío XII, de tres mensajes de solidaridad que dieron una fuerte ayuda espiritual, así como los de otros representantes de la Iglesia italiana.
¿Tiene recuerdos personales de entonces?
La primera ayuda humanitaria fueron los paquetes americanos. Allí vimos por primera vez leche en polvo, y muchas otras cosas tan importantes para nosotros... Muchas casas fueron quemadas, como la nuestra, y no teníamos nada más que lo que llevábamos en el momento de la explosión. La gente había mandado capas desde Polonia. Por ejemplo, mi papá había recibido una, de la cual estuvo orgulloso durante años; decía: «Mira, algún polaco me ha mandado su capa». En los pueblos de la periferia de Budapest había todavía labradores que tenían qué comer. Los párrocos locales habían organizado la acogida en familias campesinas para los prófugos de la ciudad, como nosotros. Los abuelos se habían quedado en el sótano de casa, estaban habituados a pasar tiempo allí, por la guerra. Un día, el párroco nos llamó a los niños a la parroquia, donde había cajas, para escoger un par de zapatos. Yo cogí un par de sandalias; era diciembre, pero me gustaban tanto... También la Iglesia protestante organizó acciones humanitarias.
¿Cómo fue después la situación en el colegio?
Mi Instituto era el único Instituto católico masculino de Budapest, con un límite de 200 alumnos. Teníamos profesores excelentes. Naturalmente, nadie de nuestro Instituto, administrado por la Iglesia, habría podido acceder a la Universidad humanística o a Economía. En el proceso de admisión, era necesario participar de la organización comunista de la juventud. Cuando uno venía de un colegio católico, o se veía que era creyente, tenía grandes dificultades. La única perspectiva era la Facultad técnica. Había también un número cerrado de plazas, según la clase social a la que se pertenecía.
¿Sufre Hungría todavía las secuelas de esa época?
Cuando una nación ha tenido muchas experiencias negativas, crece la tentación de la resignación, de la pérdida del sentido de la responsabilidad: Si los hechos no dependen de mí, ¿cómo puedo ser responsable? Así también disminuye el sentido de solidaridad. Hungría siente todavía el peso psicológico de los siglos pasados, sobre todo del último. Después de 1956, se introdujo una mentalidad según la cual era importante vivir bien, pero sin ocuparse de lo público; bastaba retirarse a la esfera privada. Hoy la población es más bien anciana, hace falta, por tanto, darle confianza, decirle que la fe cristiana es una fe alegre, que siempre hay motivo para ser optimista. Es parte de nuestra misión dar optimismo a la gente en nombre del Señor resucitado. El camino puede ser difícil, porque el optimismo, la fe, y el mirar de frente al futuro vuelven a pedir pasos concretos en el presente. Hace falta de algún modo retomar el pasado. Juan Pablo II hablaba de purificación de la memoria. Es el único camino hacia la reconciliación. También una reconciliación espiritual con el pueblo ruso. Entre los países que han hecho daño a Hungría, sólo los rusos han buscado el perdón, a través de sus políticos y por parte del Patriarca Alexis. Lo mismo tratamos de hacer con el pueblo eslovaco. Son signos alentadores.
Angelo Bonaguro
y Giovanna Valenti