No es aquí ocasión de juzgar si a los niños de 13 años les viene bien o no leer en clase a los clásicos de nuestras letras. El asunto es que a mi generación se nos repartía papeles y leíamos Luces de Bohemia, el Quijote y hasta fragmentos de La Celestina. De entonces recuerdo las risas que nos venían cuando dramatizábamos las escenas que barruntábamos como escabrosas. El aguijón propio de la edad impedía, muchas veces, acercarnos a los libros con acierto, ¡pero qué íbamos a saber entonces!
El pasado sábado vi, en la Casa de la Cultura de Majadahonda, una versión de la obra de Fernando de Rojas, con una memorable Gemma Cuervo que, con el paso de los años, se ha vuelto menos afectada, crecida y mayúscula. Ya se sabe que La Celestina ha despertado un millón de comentarios sobre su presunta amoralidad; se ha dicho que es un canto al amor libre después de tantas centurias de Administración moral católica. No es verdad; pocas obras son tan profundamente perturbadoras en su propuesta de rectificación de conducta como la tragicomedia.
Doy por sabido que el lector ya conoce su argumento. Calixto vive una pasión amorosa por Melibea a la que es incapaz de ponerle medida, descuajándola del quicio de lo humano. Llama a su amada mi salvación, mi Dios, mi todo; es decir, resitúa su pasión en terreno sobrenatural, pidiendo incluso al mismo Dios que lleve a término el propósito de poseerla. Al final, Calixto muere accidentalmente, precipitándose desde una torre. El espectador del siglo XV sabía bien que las muertes abruptas significaban reprobación de lo acontecido. La total ausencia de marco cristiano en La Celestina es quizá la mejor justificación de su necesidad. La ausencia explícita de Dios sirve para precisar que una pasión desmedida, sin el curso natural que el Creador ha regalado a las cosas, conduce al hombre a la propia ruina. Y la belleza de La Celestina radica en que el autor no juzga con dureza lo que expone: sencillamente, lo muestra en su cuadrilla de personajes. No hay una condena directa, explícita, sino su mostración, su secado al aire, para que el espectador encuentre conclusiones.
Como ha dicho Spurgen Baldwin, crítico literario de la Universidad de Illinois, «es una lección de moralidad aún más terrible que una predicación convencional y explícita, dentro de un marco didáctico». El aparato de la pedagogía en el arte es malsano, porque rompe la incursión sigilosa del autor en el alma por una ruta imprevista. Sales de La Celestina con aquella respuesta de Sócrates ante una pregunta sobre la virtud de todo joven: Que no rebase la mesura.
Javier Alonso Sandoica