Ayer celebramos la primera memoria litúrgica del beato Juan Pablo II, el turbosanto. ¿Qué queda del Papa Wojtyla en su sucesor? ¿El mismo fondo un tanto suavizado con distintas formas? ¿La misma partitura con la misma orquesta y diferentes directores? Algunos creen que hay, entre ambos pontificados, una continuidad absoluta y total. No en vano, el cardenal Ratzinger fue, durante 24 años, el ideólogo del Papa polaco. Me da la sensación de que, lógicamente, hay una continuidad (nadie puede renegar totalmente de su memoria, de su pasado y de sus convicciones más profundas) pero discontinua. Fundamentalmente, porque la sotana blanca imprime carácter. No se ven las cosas igual desde Doctrina de la Fe que desde el solio pontificio. Y, en segundo lugar, porque la sotana blanca la lleva ahora un Papa sabio, un Papa intelectual.
Un Papa que no gobierna demasiado, porque está centrado en lo esencial: en dejar a su sucesor una Iglesia limpia y preparada para afrontar, con garantías, los retos del futuro inmediato. ¡Culmen de la humildad! Por eso, se ha convertido en el "barrendero de Dios", que carga con las culpas de otros para limpiar a la Iglesia de sus manzanas podridas. Y en el Papa redimensionador. Es decir, un Papa conservador, pero consciente de que el pontificado de Wojtyla llevó el péndulo eclesial demasiado a la derecha. Y está intentando volver a centrarlo. Con lo difícil que eso es en la Iglesia, donde las inercias lastran y los cambios nunca llegan.
Para recentrar la Iglesia, el Papa Ratzinger ha vuelto a confiar en las órdenes y congregaciones religiosas clásicas, relegadas al ostracismo (evidente, en el caso de los Jesuitas) por JPII. Para el papa polaco sólo existían los nuevos movimientos y, especialmente, el Opus Dei. El Papa alemán sigue mimando a los movimientos (y fiscalizándolos, como demuestra el caso de los Legionarios de Cristo), pero ha vuelto a confiar en salesianos, franciscanos, jesuitas, dominicos, claretianos...
Benedicto XVI está dotando a la institución de altura intelectual y la está convirtiendo en "referencia ideológica" mundial. Y no sólo desde los posulados de la fe, sino también desde la filosofía. Consciente de que la Iglesia volverá a recobrar su autoridad moral, cuando empiece a ganar la batalla de la cultura. De ahí su interés por casar ciencia y fe, razón y fe. De ahí su apuesta para los puestos claves en la Curia por teólogos bien equipados intelectualmente. Desde Ouellet a Levada, pasando por Cañizares o Koch. Pensadores y amigos del Papa. Así elige a sus colaboradores más cercanos.
Ratzinger quiere encauzar también la vieja polémica entre los partidarios y los detractores del Concilio Vaticano II. Un Concilio en el que él participó como joven experto y ayudó a ser lo que fue: soplo del Espíritu y de 'aggiornamento' eclesial. Un Concilio en el que también participó como padre conciliar el entoces obispo Karol Wojtyla, uno de los firmantes en contra del "esquema 13" o lo que, después, sería la Gaudium et Spes, sin duda uno de las principales constituciones conciliares. Benedicto XVI pretende zanjar la cuestión aplicándole al Concilio la hermenéutica de la continuidad: ni evolución ni ruptura.
Es evidente, asimismo, el cambio en las formas. De los gestos a las palabras. Del cantor a la música. De la vista al oído. Benedicto es el papa de la palabra, que tampoco descuida los gestos ni las grandes ocncentraciones. Y es que los viajes del Papa y los eventos multitudinarios se han convertido en uno de los signos de los tiempos, absolutamente necesarios en la era global y mediática en la que vivimos.
Ratzinger es también un Papa más litúrgico, que cuida las formas, que sabe que la liturgia es instrumento de acercamiento al Misterio de Dios. De su mano y de la de Cañizares llegará pronto la reforma de la reforma litúrgica. Que si es una reforma centrada hará mucho bien, pero si se pasa por la derecha hacia los latines y la misa de espaldas al pueblo, no contribuirá a realzar el misterio divino, sino que alejará aún más a los fieles del culto católico.
Un Papa enemigo del carrerismo eclesiástico, que convierte a las curias en nidos de apetencias desordenadas de poder. Ratzinger sabe perfectamente que el poder es la mayor tentación (con diferencia) del alto clero. Y hasta, a veces, del bajo.
¿Estará dispuesto a ir un poco más allá en este dejar lista y preparada la Iglesia pare su sucesor? Desde la libertad de un Papa anciano y sabio podría tener tiempo todavía, si se lo propone, de avanzar en el diálogo ecuménico con acuerdos reales, de replantear algunas cuestiones de la moral sexual, de abrir los ministerios ordenados a otras formas de ejercerlos y, sobre todo, de acabar con el escándalo de ls discriminación de la mujer en la Iglesia. Sólo un Papa con potencia intelectual reconocida puede abordar estos retos, sin que se le desmande ni la izquierda ni la derecha eclesiales. Aunque, como siempre, los más díscolos son los más conservadores y los más papistas que el Papa.
José Manuel Vidal