No sé si algún sacerdote que trabaje en el Vaticano leerá este blog. Pero lo cierto es que tengo varias sugerencias acerca de cómo mejorar algunas cosas en las basílicas, en sus liturgias y en algunas cuestiones organizativas de la diócesis de Roma. Evidentemente, no me puedo presentar en el Vaticano, entrar por la puerta y exclamar: ¡tengo varias sugerencias, escuchadme!
No tengo muchas esperanzas en que algún lector del blog que trabaje en el Vaticano me llame, pero desde luego tengo más esperanzas en ofrecerlas por este medio que en intentar ofrecerlas por algún conducto oficial. ¿A propósito, alguien sabe cuál es el conducto oficial?
Lo que sí que he comprobado, es que la mayor parte de las personas tanto en el campo civil como en el eclesiástico, tienen sus grandes iniciativas, su periodo de vitalidad hasta los cuarenta años. Después, en la mayor parte de los casos, ese entusiasmo renovador se va apagando lentamente. Es un hecho que esas personas llegan a los puestos donde por fin pueden cambiar las cosas, después de los cuarenta años.
Eso vale para lo civil y lo eclesiástico, insisto. También es cierto que aunque después se hacen menos cambios, menos reformas, se es menos innovador, se hace todo desde una mayor serenidad, con más prudencia.
Siempre ha sido así y siempre será así, en todas las sociedades, en todos los estamentos. Pero cuando voy por la calle y veo a muchos sacerdotes jóvenes, veo en sus ojos el entusiasmo, el fervor de quien acaba de comenzar el camino, la ilusión en grado máximo, incluso un ansia ascética que roza el rigor. Lo ideal sería aprovechar ese volcán de pasión y deseos de mejorar las cosas, uniéndolo a la experiencia y prudencia de los más ancianos. De ahí que la sabiduría de los grandes prelados quizá consista en rodearse de una corona de jovenes emprendedores llenos de energía.
Del blog del P. Fortea