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Secuestrado por las FARC durante 11 años

2 de octubre de 2012
Con once compañeros, hicimos un grupo de oración. Rezábamos el rosario y leíamos partes de la Biblia sobre la liberación.

Después de vivir un secuestro, nadie vuelve a ser el mismo de antes”, asegura el general Luis Mendieta. Y no es para menos. Las condiciones de su secuestro fueron dramáticas: días interminables de exigentes caminatas por la selva, una alimentación deficiente y duras enfermedades, como una fibrosis que lo dejó sin poder caminar durante un tiempo. Desde su actual despacho en Madrid de Agregado de la Policía en la Embajada de Colombia, el general cuenta cómo logró afrontar con esperanza las condiciones inhumanas a las que lo sometieron los guerrilleros.

El general de la Policía Luis Mendieta es el cargo más alto de las fuerzas públicas colombianas que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) han tenido en su poder.

Fue secuestrado en noviembre de 1998, durante la toma de las FARC a un pequeño municipio, al sureste de Colombia, llamado Mitú. Tras horas de intenso combate, los guerrilleros quemaron la comisaría de Policía que estaba a su mando y lo secuestraron a él y a sesenta de sus hombres: los que quedaban con vida. A partir de ese momento, comenzó un duro cautiverio, de casi doce años, en medio de las selvas colombianas, donde se esconde la guerrilla.

Ser policía le confería una categoría de secuestrado especial, es decir, del tipo con el que los terroristas son particularmente severos. A veces, se despertaba en la noche y notaba que la mitad de su cuerpo no respondía, ya que las cadenas que lo ataban del cuello a los árboles impedían que recibiera suficiente irrigación sanguínea. Con la poca movilidad que le quedaba, debía esforzarse para reactivar su circulación. Y como este ejemplo, fueron múltiples los riesgos y humillaciones que tuvo que soportar durante su prolongado cautiverio.

Entre el 13 y el 14 de junio de 2010 se desarrolló la operación militar Camaleón, en la cual el Ejército logró rescatar al general Mendieta y a otros tres hombres de las fuerzas públicas (dos coroneles de la Policía Nacional de Colombia y un sargento del Ejército).

-¿Cuál fue el momento más difícil durante su secuestro, general?
- Fueron muchos. Desde la toma de Mitú, donde fuimos secuestrados, hasta las propias condiciones del cautiverio: el recorrido por la selva –que está lleno de riesgos–, los fusiles de los terroristas apuntándonos en todo momento… Incluso la propia Operación Camaleón, la del rescate, que fue a sangre y fuego. Muy violenta.

-¿De dónde sacó la fuerza para resistir tantas adversidades?
- Desde el 1 de noviembre de 1998, cuando fuimos secuestrados, me encomendé a Dios. Sabíamos que, en cualquier momento los terroristas podían matarnos. Sin embargo, perseveramos en la oración y Dios Todopoderoso nos dio la fortaleza y la paciencia para seguir adelante. La crueldad de los terroristas se hacía presente las 24 horas del día –nos tuvieron en condiciones infrahumanas–, pero, gracias a la generosidad de Dios, ya estamos aquí, al otro lado. Fue la oración la que hizo posible que esos años, a pesar de haber sido tantos, pasaran más rápido.

- Usted ha contado que las palabras de los familiares a través de la radio les inyectaban vida. ¿Recuerda algunas de esas palabras?
- Los medios de comunicación fueron muy generosos: abrieron sus programas de radio para que nuestros familiares nos enviaran mensajes. Mientras tuvimos radio, pudimos escucharlos y ellos nos animaban con sus palabras de aliento. Solamente escuchar un saludo, nos llenaba. Oír una palabra amorosa, nos permitía resistir el día. Luego, cuando nos quitaron la radio, esos mensajes perduraron en nuestros recuerdos por semanas… Algunos de esos mensajes eran: “fe”, “esperanza”, “hay que resistir...” y también nos decían que nos estaban esperando, en todo momento, en la libertad.

-¿Cómo lo cambió el secuestro?
- El cambio fue dramático. Un secuestrado, después de atravesar esa situación, ya no vuelve a ser el mismo. Las cosas más sencillas, que para alguien que está en libertad parecen intrascendentales, para quien estuvo secuestrado son importantes: tener la ropa seca, tomar agua fresca y pura, disfrutar de los colores –porque en la selva todo es verde y marrón–, de los sonidos –porque allí se escucha constantemente el sonido de las chicharraras. Aquí, nos quejamos porque una comida está salada, mientras que para mí comer un huevo es todo un lujo… ¿Y qué decir del conocimiento? Allí estás aislado, sin poder aprender cosas, sin saber nada del mundo, de tu país… Ese aislamiento equivale a doce años perdidos de una formación intelectual a la que tiene derecho todo ser humano.

-¿Se puede perdonar a los terroristas?
- Dios es el único que puede imponer una sanción; yo no tengo ningún deseo de venganza. Si me pongo a pensar en las condiciones en las que nos tuvieron, no podría disfrutar del presente. Por lo tanto, para mí ese capítulo quedó cerrado. En este momento, me dedico a vivir segundo a segundo, a disfrutar con mi familia, a sentir el afecto de quienes me rodean.

-¿Sintió en algún momento la protección de la Santísima Virgen?
-En los primeros días de estar secuestrado, tuve un sueño con la Virgen María. Ella me dijo que debía rezar mucho, si quería salir de allí con vida. Por eso, aunque ya estaba orando, persistí más en la oración. Con once compañeros, hicimos un grupo de oración. Rezábamos el rosario y leíamos partes de la Biblia sobre la liberación. Después de dos años y medio, diez compañeros secuestrados fueron liberados. Luego, unos meses antes del rescate, tuve un sueño con Jesús en la cruz. Yo estaba en otra cruz, a su lado. El volteó la cabeza y me dijo: “Ya te puedes bajar; ya te puedes ir”. Pocos meses después, fue el rescate.

-¿Cómo vivió su esposa su ausencia?
- Fue muy difícil para ella, pues le tocó afrontar muchas dificultades, pero gracias a su formación cristiana, bien cimentada, logró afrontar las adversidades. Supo sacar adelante a nuestros dos hijos y también luchó, junto con ellos, para que a los secuestrados se nos reconocieran algunos derechos que estaban siendo vulnerados. Estando en cautiverio, a todos los secuestrados nos reconocieron el ascenso al grado inmediatamente superior, como resultado a un trabajo intenso de mi señora y de mis hijos.

-Su esposa dio ejemplo de valentía...
- En un mensaje que ella envió antes de mi liberación decía: “Dios, hágase tu voluntad; estoy en tus manos”. Ella cuenta que el ejercicio más difícil que le tocó hacer fue el del desprendimiento, dejar que Dios tomara la decisión respecto a nosotros. Ese desprendimiento la llevó a entender que nuestra vida depende solo de Él. Por eso, nosotros seguimos aquí en la oración, con ese mismo amor, entregados a nuestro hogar en lo cotidiano.

-¿Puede crecer un matrimonio a pesar de la separación forzada?
- Nuestro amor se hizo mucho más fuerte. Mi esposa fue ejemplar en el trabajo que hizo con nuestros hijos, y por mí, durante los años del cautiverio. Me enviaba mensajes de amor muy fuertes. Cada 13 de junio, día de mi cumpleaños –que coincide también con la fecha del rescate, que fue como un renacer–, me enviaba una serenata de cumpleaños. Muchos de mis compañeros también lloraban, pues sentían como propia esa serenata. Después de mi regreso, la comunicación afectiva entre nosotros ha sido muchísimo más estrecha.

-¿Recuerda alguna anécdota de los días de reencuentro con su familia?
- Mi padre y mi suegro, que estaban muy enfermos, me esperaron para morir. Mi suegro murió a los quince días de mi regreso y, mi padre, a los tres meses. Dios me concedió la gracia de poder despedirme de ellos.

-¿Cómo es hoy su vida de familia?
- El principal estímulo durante el cautiverio era pensar en regresar y poder abrazar y besar a mi esposa y a mis hijos. No hay como el contacto, el estar con ellos cada día, dándoles esos besos y esos abrazos que se perdieron… Por eso, hoy tratamos de disfrutar de cada cosa que vivimos: escuchar música, salir a pasear, comer juntos, charlar…

-¿Qué significa la libertad para una persona que está secuestrada?
- En los mensajes que nos enviaban los familiares nos decían: “Mientras haya vida, hay esperanza”. Pero nosotros pensábamos: “Mientras haya esperanza, hay vida”.

La esperanza no podía desfallecer, por eso, las tres palabras mágicas eran: vida, salud y libertad. En primer lugar está la vida, porque con ella, se puede cumplir un papel en este mundo. Alguien decía: ¿para qué la vida si no hay libertad? Pero no es así. Segundo, la salud, pues para quienes afrontamos enfermedades tan difíciles en la selva, es esencial. Muchas veces estuvimos a punto de morir, pero, gracias a la generosidad de Dios, llegaban las medicinas y pudimos curarnos. Entonces, había vida y había salud, y confiábamos en recuperar un día la libertad. Pero, aun estando en cautiverio, si se tienen los pensamientos bien forjados, existe la libertad.

-¿Y cómo entiende hoy esa libertad?
- Estuvimos allí con cadenas, sin podernos mover… Ahora estamos aquí, y ¡qué maravilloso es disfrutar de esa libertad! Podemos ver a las personas, sus sonrisas, ir de un lugar a otro… Por eso, estoy estudiando derechos humanos, porque las libertades no se pueden restringir.

-Un héroe es…
-Colombia está llena de héroes. Trabajar en las fuerzas públicas colombianas es una labor de héroes.

-El lema de su vida…
-Solidaridad, compañerismo y responsabilidad.

-Le quita el sueño...
-Las pesadillas, porque, cuando estaba en cautiverio, soñaba que recuperaba la libertad y, hoy en día, todavía sueño que estoy en cautiverio. Vienen a mi mente los recuerdos a quitarme un poco la paz, pero, por eso, persisto en la oración, para que, por fin, esas pesadillas pasen.

-Una canción…
- Son varias. Las que le dediqué a mi esposa mientras estaba secuestrado: Cómo voy a olvidarte, de Segundo Rosero; Quiero saber de ti y Tu voz, de Celia Cruz.

-Un miedo…
- Después de vivir con un fusil apuntándote en todo momento, ya no existe el miedo… Al ver los disparos, se siente el frío de la muerte, que es el instante supremo de miedo, pero aquí, en libertad, todo es especial y no he vuelto a sentir ese frío.

- Un buen amigo…
- El cabo Durán, compañero fiel del capitán Guevara durante nuestro secuestro. A pesar de que el capitán Guevara estaba enfermo, el cabo Durán, en todo momento, lo ayudó: lo llevaba cargado en la espalda, le daba de comer, lo bañaba… Lo más doloroso es que, en la noche que murió, los guerrilleros no le permitieron estar a su lado. Al día siguiente, cuando encontró su cadáver, lo bañó, lo afeitó y lo despidió de este mundo.

- La soledad es…
- La mejor compañera, cuando es deseada. Nos permite reflexionar, interiorizar y comunicarnos con el Todopoderoso. Es el encuentro de la persona con la majestuosidad y la presencia de Dios.

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