Francisco invocó «paz en los corazones, en las familias, entre las naciones». Después indicó que «no es posible amar a Cristo pero no a la Iglesia; escuchar a Cristo pero no a la Iglesia; pertenecer a Cristo pero fuera de la Iglesia». De hecho, «la misión de la Iglesia expresa su maternidad», en cuanto la Iglesia es madre que «custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad». En la Misa de este primero de enero, celebrada en la Basílica Vaticana con cardenales y obispos y en la que participaron muchos miembros del Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Pontífice basó su homilía sobre la maternidad de la Iglesia, sobre su encarnación entre los hombres, confirmando la propia visión de la misericordia con la que los cristianos y la Iglesia deben dirigirse hacia las heridas de los hombres y del mundo contemporáneo.
La frase sobre la unión entre Cristo y su Iglesia es de Pablo VI, en la ‘Evangelii nuntiandi’. Inmediatamente después de haberla recordado, Papa Francisco explicó: «De hecho, es justamente la Iglesia, la gran familia de Dios, la que nos lleva a Cristo. Nuestra fe no es una doctrina abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona. Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios que se hizo hombre, que murió y resucitó para salvarnos y que vivió en medio de nosotros. ¿Dónde podemos encontrarlo? -se preguntó Papa Francisco- Lo encontramos en la Iglesia», «en nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica». Con respecto a la misión de la maternidad de la Iglesia, el Pontífice subrayó que la Iglesia «es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede ser separada de la carne y de la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo».
La de los cristianos y de la Iglesia es, pues, una «misión materna dirigida a todos los hombres», siguiendo el modelo del «testimonio discreto y materno» de la madre de Jesús, «modelo de perfecta creyente». Y añadió: «quisiera proponer a todos saludar juntos a María como hizo el valiente pueblo de Efeso, que gritaba: ‘Santa Madre de Dios’; dice una historia, no sé si sea cierta, que algunos llevaban bastones en la mano, para que entendieran los obispos qué les habría pasado si no hubieran tenido el valor para proclamarlo: ‘Santa Madre de Dios’, y los invito a todos ustedes, sin bastones, a levantarse tres veces para saludarla con este saludo de la Iglesia: ‘Santa Madre de Dios’». Así pues, la Iglesia y María van siempre juntas, «y este es justamente el misterio de la mujer en la comunidad eclesial, no se puede entender la salvación que llevó a cabo Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia».