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Lo esencial de la fe a caballo entre el viejo y el nuevo año

3 de enero de 2015
Sin la Iglesia, Jesucristo termina reduciéndose a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo

La Virgen de FátimaDe las dos homilías pronunciadas por Papa Francisco en San Pedro el 31 de diciembre de 2014 por la tarde para el «Te Deum» y por la mañana del primero de enero en la Misa dedicada a María, los argumentos que llaman la atención son principalmente los relacionados con la actualidad, como las palabras sobre la corrupción en la ciudad de Roma.

Pero ambas meditaciones también propusieron a los fieles los contenidos esenciales de la fe.El 31 de diciembre, Francisco recordó que «el tiempo que ha sido – por decir así – ‘tocado’ por Cristo, el Hijo de Dios y de María, y ha recibido de Él significados nuevos y sorprendentes: se ha vuelto ‘el tiempo salvífico’, es decir, el tiempo definitivo de salvación y de gracia», e invitó a reflexionar sobre «el final del camino de la vida», «el final de nuestro camino». Con un «examen de consciencia», una petición de perdón y un agradecimiento. El Papa citó «el motivo fundamental de nuestro dar gracias a Dios: Él nos hizo sus hijos, nos adoptó como hijos. Este don inmerecido nos llena de un agradecimiento lleno de estupor».«Alguien -añadió- podría decir: ‘Pero ¿no somos ya todos hijos suyos, por el hecho mismo de ser hombres?’.

Ciertamente, porque Dios es Padre de toda persona que viene al mundo. Pero sin olvidar que somos alejados por Él a causa del pecado original que nos ha separado de nuestro Padre: nuestra relación filial está profundamente herida. Por ello Dios ha enviado a su Hijo a rescatarnos con el precio de su sangre. Y si hay un rescate es porque hay una esclavitud. Nosotros éramos hijos, pero nos volvimos esclavos, siguiendo la voz del Maligno. Nadie nos rescata de aquella esclavitud substancial sino Jesús, que ha asumido nuestra carne de la Virgen María y murió en la cruz para liberarnos, liberarnos de la esclavitud del pecado y devolvernos la condición filial perdida».

El día después, al celebrar la Misa dedicada a María Santísima Madre de Dios, Papa Bergoglio recordó que en «ninguna otra criatura, el haber visto brillar sobre ella el rostro de Dios, el Verbo eterno, a fin de que todos lo puedan contemplar». El Niño Jesús y María son inseparables: entre ellos existe una relación muy estrecha, como entre cualquier hijo y su madre. «La carne de Cristo (que es el centro de nuestra salvación) fue tejida en el vientre de María».«María está tan unida a Jesús porque él le ha dado el conocimiento del corazón, el conocimiento de la fe, alimentada por la experiencia materna y el vínculo íntimo con su Hijo. La Virgen Santa es la mujer de fe, que hizo un sitio a Dios en su corazón, en sus proyectos». Por ello «no se puede entender a Jesús sin su Madre».Francisco después añadió que, «del mismo modo,  Cristo y la Iglesia son inseparables, porque la Iglesia y María van siempre juntas y este es justamente el misterio de la mujer en la comunidad eclesial, y no se puede entender la salvación que llevó a cabo Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia».Separar a Jesús de la Iglesia, dijo el Papa citando las palabras de la «Evangelii nuntiandi» de Pablo VI, sería querer introducir una «dicotomía absurda», porque no es posible «amar a Cristo, pero no a la Iglesia; escuchar a Cristo, pero no a la Iglesia; pertenecer a Cristo, pero fuera de la Iglesia».

«Nuestra fe -añadió el Pontífice- no es una doctrina abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos y vivo entre nosotros. ¿Dónde lo podemos encontrar? Lo encontramos en la Iglesia, en nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica». Y esta acción y misión de la Iglesia es expresión de su «maternidad», porque ella «es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse nunca de la carne ni de la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Jesús.

Sin la Iglesia, Jesucristo termina reduciéndose a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo».Para concluir, también fue significativa la referencia al Concilio de Éfeso: «Miremos a María,  contemplemos a la Santa Madre de Dios. Y quisiera proponerles que la saludáramos juntos, como hizo aquel valeroso pueblo de Éfeso, que gritaba ante sus pastores cuando entraban en la iglesia: “¡Santa Madre de Dios!”. Qué hermoso saludo para nuestra Madre… Dice una historia, no sé si sea cierta, que algunos, entre esa gente, llevaban bastones en las manos, tal vez para que entendieran a los obispos qué les habría pasado si no hubieran tenido la valentía de proclamar a María ‘Madre de Dios’. Los invito a todos, sin bastones -concluyó el Papa- a que se levanten y, por tres veces, la saluden, de pie, con este saludo de la Iglesia primitiva: ‘¡Santa Madre de Dios!’».

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