«Tenemos a un Señor que es capaz de llorar con nosotros, que es capaz de acompañarnos en los momentos más difíciles de la vida; muchos de ustedes perdieron todo; no no sé qué decirles, no tengo palabras… Él sabe qué decirles». Tormenta y ráfagas de viento; por primera vez, el Papa celebra la misa usando, sobre los paramentos, e impermeable amarillo de los peregrinos. Pero los protagonistas de la misa en el aeropuerto de Tacloban fueron la conmoción y las lágrimas de medio millón de personas, que desafiaron el mal tiempo para estrecharse alrededor del obispo de Roma. Francisco quiso ir allí, al lugar en el que hace poco más de un año el tifón Yolanda provocó más de diez mil muertos y devastó ciudades y aldeas. Debido a la tormenta tropical Amang que está llegando, el Papa partió una hora antes, pero no canceló su visita.
Francisco baja del avión y no quiere ni el paraguas; en pocos minutos la sotana talar blanca está ensopada. En el papamóvil lleva un impermeable amarillo, que seguirá usando durante la misa en el altar sobre el palco que no lo repara ni del agua ni del viento. Al momento de la homilía, el Papa ni siquiera comenzó a leer el texto en inglés que había sido preparado, y lo hace en español, con el intérprete al lado para que traduzca.
«Jesús es como nosotros, Jesús vivió como nosotros, es igual que nosotros en todo menos en el pecado. No era un pecador, pero para ser igual a nosotros asumió nuestro pecado. Se hizo pecado y esto lo dice Pablo. Jesús siempre va delante de nosotros, y cuando pasamos por una cruz, él pasó antes que nosotros. Y si hoy todos nosotros nos reunimos aquí, 14 meses después del paso del tifón Yolanda, es porque tenemos la seguridad de que no seremos desilusionados por nuestra fe, porque Jesús pasó antes, asumió todo nuestro dolor».
Y el Papa reveló un detalle importantísimo de la visita: «Cuando vi desde Roma esta catástrofe, sentí que tenía que estar aquí. Y en esos días decidí hacer el viaje. Quise venir para estar con ustedes. Un poco tarde, me dirán, es cierto, ¡pero estoy, aquí estoy! Estoy aquí para decirles que Jesús es el Señor, que Jesús no nos desilusiona. Podrán decirme: ‘Padre, a mí me desilusionó porque perdí mi casa, mi familia, lo que tenía, y ahora estoy enfermo…’. Es cierto esto que me dicen, y yo respeto este sentimiento, pero al mismo tiempo, Jesús está en la Cruz, y desde allá no nos falla».
«Él fue consagrado Señor en ese trono -dijo el Papa indicando la Cruz-, y allí pasó a través de todas las calamidades que nosotros tenemos. Jesús es el Señor y el Señor que reinó desde la Cruz. Por esto es capaz de comprendernos… Se Se hizo igual a nosotros en todo, por esto tenemos un Señor que es capaz de llorar con nosotros, que es capaz de acompañarnos en los momentos más difíciles de la vida. Muchos de ustedes han perdido todo, no sé qué decirles… Él sí que sabe qué decirles. Muchos de ustedes perdieron parte de la familia… Yo solo permanezco en silencio y los acompaño con mi corazón. En silencio. Muchos de ustedes se han preguntado viendo a Cristo: ‘¿Por qué, Señor?’. Y, a cada uno, el Señor responde en el corazón, desde su corazón».
«No tengo otras palabras que decirles: veamos a Cristo, Él es el Señor y Él nos comprende, porque ha pasado por todas las pruebas que atravesamos y, unida a Él, bajo la Cruz, estaba la Madre. Nosotros -dijo indicando la estatua de la Virgen que carga al pequeño Jesús- somos como niños, que en los momentos de dolor, de pena, no entendemos nada, solo nos viene a dar la mano y aferrarnos a su mano y decir: ‘Mamá’. Como un niño cuando tiene miedo, dice: ‘¡Mamá!’. Es tal vez la única palabra que puede expresar lo que sentimos en los momentos oscuros: ‘¡Madre, mamá!’».
«Hagamos juntos un momento de silencio y veamos al Señor, Él puede comprendernos, porque ha pasado por todas las pruebas. Y veamos a nuestra Madre, y, como el niño que está abajo, veámosla y con el corazón digámosle: ‘¡Madre!’. En silencio, que cada uno diga lo que siente desde el corazón…».
Después de un momento en silenciosa oración, el Papa añadió: «No estamos solos, tenemos una Madre, tenemos a Jesús, nuestro hermano mayor. No estamos solos. Y también tenemos muchos hermanos, que en estos momentos de catástrofe vinieron a ayudarnos y también nosotros nos sentimos hermanos porque nos hemos ayudado los unos a los otros. Esto es lo único que puedo decirles desde el corazón, perdónenme si no tengo otras palabras. Pero tengan la seguridad de que Jesús no desilusiona nunca, seguros de que el amor y la ternura de nuestra Madre no desilusiona, y, aferrados a ella como hijos y con la fuerza que nos da Jesús, nuestro hermano mayor, salgamos adelante y caminemos como hermanos».
Al final de la Misa, antes de la bendición final, Francisco rezó de esta manera: «Gracias, Señor, por estar hoy con nosotros; gracias por compartir nuestro dolor; gracias, Señor por darnos esperanza; gracias, Señor por tu gran misericordia… Gracias, Señor, porque en el momento más oscuro de tu vida, en la Cruz, te acordaste de nosotros y nos dejaste una Madre, tu Madre. ¡Gracias, Señor, por no dejarnos huérfanos!».