Si yo digo que un reloj es un aparato para medir el paso del tiempo, llamaré reloj a una clepsidra y a uno de péndulo; los dos, a pesar de sus amplias diferencias, miden el paso del tiempo. Pero si ahora pienso en un reloj no sólo como un aparato para medir, sino fijándome en sus peculiaridades constructivas, podría decir que un reloj es un ingenio mecánico que con el movimiento acompasado de sus piezas acompaña el paso del tiempo y permite medirlo... ¡qué distinto es eso! Ahora una clepsidra, un reloj de arena, un reloj de sol, son preanuncios ingeniosos, pero reloj de verdad, a la altura del hombre que lo inventó, serán esas maravillas que tenemos en las torres de las iglesias y ayuntamientos, o esas pequeñas maravillas que llevamos en las muñecas.
Esto es sólo un ejemplo de cómo la definición acompaña lo que estamos dispuestos a ver. Pensemos ahora en el hombre: yo puedo decir que el hombre es una criatura de Dios capaz de reconocer, alabar y bendecir a su Creador por toda la eternidad. Es cierto, para esa alabanza eterna y goce perpetuo en su Creador ha sido creado el hombre. Pero si nos fijamos bien, también podríamos estar hablando del ángel.
A menudo olvidamos que —como en el ejemplo inicial del reloj— lo que nos especifica no es sólo nuestra finalidad, sino también las ruedecillas que con tanto ingenio Dios ha puesto en nuestra vida. Esas ruedecillas son, en el hombre, su capacidad de hacer historia.
La libertad no es un tropiezo que Dios puso en nosotros para alejarnos del cielo, sino la materia prima de aquello que nos hace hombres: poder construir una historia, y llevar esa historia hasta el cielo, es decir, hasta la contemplación y el goce eterno en el Dios que nos ha hecho históricos... ¡y que se ha hecho historia!
El ángel alaba desde el principio y por siempre, porque tiene un único acto de libertad posible: serviré o no serviré a Dios. Pero el hombre va amasando el servicio a Dios, con cada acto de cada momento de su vida: amar cada uno de esos momentos constituye el corazón de lo específico de cada hombre, de lo que nos hace distintos, no sólo al ángel, sino también a cada uno de nosotros.
Nos maravilla contemplar la variedad de los seres vivos. Vamos a un jardín y si lo contemplamos de verdad, no podemos menos que caer de rodillas ante el asombro de una variedad casi infinita de flores, de plantas, de insectos. Pero todas las margaritas son idénticas a la margarita, y todos los tulipanes son idénticos al mismo tulipán ¿Cómo no deberíamos caer de rodillas una y otra vez al contemplar la infinita variedad de seres humanos? No hay dos iguales. Padre e hijo sólo se parecen, pero ni siquiera ellos son iguales.
Dios nos creó para eso, para que seamos cada uno un ejemplar único, pero eso sólo es posible hacerlo atravesando la historia, creando nuestro ser personal en la libertad de la que cada uno dispone. Incluso una magulladura del pecado, es también una marca que te hará, cuando vuelvas de su caída, distinto al otro, que ni en lo bueno ni en lo malo es igual a ti.
Vamos a la eternidad con todo lo que somos y hemos construido. Al Dios que en cinco días pobló la creación de una variedad impresionante de seres, se le ocurrió en el sexto coronarla con la maravilla de un ser que es igual y a la vez distinto, semejante y a la vez único. El signo de eso es crear una primera pareja en la que los dos miembros son, los dos, seres humanos, sin embargo ni el varón es mujer ni la mujer es varón, no son seres humanos al sumarse, sino que lo son por entero cada uno, y son distintos entre sí. Y a eso (¡y no al ángel!) lo llamó "imagen" de sí mismo, porque es la única creatura creada no sólo para reconocer, alabar y bendecir a su Creador, sino también para poder ser divinizada: "ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos" (1Jn 3,2).
La libertad no es un obstáculo, no es un castigo, no es una tentación, es nuestro camino, el que Dios ha pensado para que lleguemos realmente a ser lo que él ha puesto en nosotros.