La fe cristiana nació y se desarrolló con un impulso muy esperanzado, casi diría optimista, de que los valores proclamados por Jesús son tan adecuados al hombre, y además de que el hombre los recibiría con tanta ansia y deseo de acogerlos, que en poco tiempo un escritor como Tertuliano (siglo II-III) puede decir "somos de ayer y lo llenamos todo".
La base de ese optimismo cristiano está precisamente en que, por muy oscurecida que esté la conciencia de muchos hombres, por mucho que malgobierne el "Príncipe de este mundo", el Demonio, hay un hilo sutil e invisible que une a cada hombre con el Dios que lo creó a imagen de sí mismo: ese hilo es el amor.
El amor se expresa de múltiples modos, incluso puede participar del oscurecimiento y el pecado, pero en lo que tiene de amor, es siempre reflejo del amor que es el propio Dios. Digamos que, si Dios es amor, todo amor, ¡todo amor!, proviene de Dios. Por eso el hombre, incluso cuando hace el mal, necesita pensarlo bajo la apariencia del bien, necesita "justificarse", porque no puede conocer realmente otra cosa más que lo que es, y lo que es proviene de Dios, que es amor.
De allí surge que el hombre que no conoce a Dios, en la medida en que ama es ya, de alguna manera, cristiano: "anima naturaliter christiana", "alma cristiana por naturaleza", decía el mismo Tertuliano al referirse a Cicerón, el filósofo y escritor pagano; y otros Padres acompañaron este pensamiento con motivos semejantes, como san Justino, que proclama que la creación está llena de "semillas del Verbo", es decir, que aquello que vino a traernos Jesús de parte de Dios (en tanto "Verbo hecho carne") está ya presente, de alguna manera, en forma de semillas que en contacto con la Palabra, fructifican.
Este "de alguna manera" que he repetido tres veces deja al descubierto el andamiaje de una mirada auténticamente católica sobre el mundo: el pagano Terencio había dicho que "soy hombre, y nada de lo humano me es ajeno" ("homo sum: humani nihil a me alienum puto"), el cristiano puede decir, con la misma convicción: soy creatura de Dios, y nada de lo creado me es del todo ajeno. El mundo no es un paraíso, ni muestra a Dios de manera inmediata, está sumido en el pecado y la desorientación, pero pecado, desorientación y oscuridad son sobrevenidas, son corrupciones de una verdad muy esencial que sigue allí presente, y que se libera cuando de los vestigios de Dios pasamos al testimonio del creyente. Quien ama ha nacido de Dios, quien confiesa al Dios que es amor, llega a poder amar en él y al modo de él, infinitamente más pleno que cualquier forma del amor de la que el mundo pueda tener experiencia.
Por tanto, llegando a tu pregunta, si es evidente que los ateos aman, es evidente que una buena parte del camino de la evangelización está ya hecha, porque ya, de alguna manera, conocen a Dios, porque Dios es amor.
Por supuesto, no es de eso de lo que está hablando la primera carta de Juan, él no estaba desarrollando la presencia del amor divino en el mundo, sino más bien hablando de la plenitud del amor a la que llega el creyente cuando confiesa a Cristo, y a la plenitud de confesión a la que llega cuando ama como ama Cristo. En 1Juan (y en toda la obra joánica) hay planteada una oposición bastante radical entre el que cree y el que no, lo que hace que muchas veces los cristianos lo leamos desde esa oposición, y tendamos a desvalorizar el mundo, sumido en el pecado y el desconocimiento de Dios.
Es muy habitual, por ejemplo, que el nuevo converso mire hacia atrás, hacia su vida anterior, y vea todo lo que había allí de perdido, cuan oscura era esa vida. Sin embargo, también podríamos mirar en esa misma vida, cuánto Dios había estado presente y trabajado en la oscuridad y el silencio, para dar un fruto de conversión en un determinado momento. Así que ni siquiera lo que es oscuro y aparentemente ausente de Dios puede ser del todo desechado, porque allí Dios está obrando, Dios está presente en la forma de vestigios del amor, de vestigios de la verdad, de vestigios de búsqueda y deseo del bien. Y eso que ocurre en cada vida individual, ocurre en el mundo en su conjunto: a pesar del lenguaje profundamente dualista de la tradición joánica, no podemos ceder a una valoración puramente negativa y a-tea del mundo, porque el mismo Juan nos enseña que Dios es amor, y que por tanto en todo sitio donde haya amor, mucho o poco, allí está Dios, y no debe ser arrancado de raíz, sino limpiado con delicadeza para que brille en todo su esplendor.