La identidad del movimiento cisterciense se forja en la intersección entre lo ideal y lo concreto, lo poético y lo pragmático. Sus protagonistas son puestos a prueba y purificados por las tensiones que ello conlleva.
He hablado de los altos ideales de Bernardo, de su inclinación a elaborar en su mente una línea de conducta, que luego seguía de forma un tanto drástica. Para él era natural apuntar alto. Nunca abandonó su carácter intransigente, pero con el tiempo se suavizó. Ahora debemos hablar de este proceso: transformó al idealista en un realista.
El psicoanalista Jacques Lacan dijo que «lo real» es aquello con lo que chocamos. La gama de esfuerzos de Bernardo en la Realpolitik hizo que chocara a menudo. Sin embargo, se convirtió en un realista, no solo en el sentido de aceptar las cosas tal y como son, sino también porque aprendió que la realidad más profunda de todos los acontecimientos humanos es un grito que implora misericordia.
Cuanto más aprendía a reconocer este grito en los corazones angustiados, en las lágrimas amargas, en los conflictos mundanos, en las locas campañas contra la decencia y la verdad, e incluso en el susurro de los árboles del bosque, más consciente era Bernardo de la respuesta gloriosa y misericordiosa de Dios. La sintió en el santo nombre de Jesús, que se le hizo indeciblemente querido. En Jesús, Dios revela su plan salvífico, derramándolo sobre la humanidad como aceite perfumado, curativo y purificador.
«Todo alimento del alma —decía Bernardo a sus monjes— es árido si no está impregnado de este aceite; es insípido si no se adereza con esta sal. Si escribes, para mí no tiene sabor si no leo a Jesús en ello. Si discutes o conversas, para mí no tiene sabor si no resuena Jesús en ello. Jesús, miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón».
Bernardo aprendió las maravillas que puede obrar la misericordia de Dios en Jesús. Esto dio a su devoción una profundidad afectiva. El término affectus es fundamental para él. Tiene un amplio espectro de significados, mostrando que la gracia nos mueve como seres encarnados, dejando que nuestros sentidos perciban a Dios. Pero Bernardo consideraba a Jesús, la encarnación de la verdad, nada menos que un principio hermenéutico. Leía las situaciones, las personas y las relaciones rigurosamente a la luz de Jesús. Esta perspectiva le granjeará admiradores convencidos mucho más allá del redil católico, desde Martín Lutero hasta el fundador del movimiento metodista, John Wesley.
Solo cuando sea iluminada de manera sobrenatural, nuestra naturaleza revelará su forma perfecta, su forma formosa; solo entonces será evidente el deleite del que es capaz la vida terrenal; solo entonces la gloria oculta dentro de nosotros y a nuestro alrededor brillará con intensos destellos, enseñándonos lo que nosotros, y los demás, podemos llegar a ser, proporcionando un paradigma para un mundo renovado.
Tal es el realismo al que Bernardo llegó en su madurez. Esto le permitió convertirse no solo en un gran reformador, un orador sin igual, un líder de la Iglesia: el conocimiento de la realidad absoluta del amor de Cristo y de su poder para cambiar todas las cosas, hizo de Bernardo un doctor y un santo. Y por eso lo amamos y lo honramos.
«Era —nos dice la Vita Prima— libre consigo mismo». Esto es lo que la vida le había enseñado. Un hombre o una mujer verdaderamente libres es una realidad verdaderamente gloriosa.