Caos es un concepto colectivo griego, empleado en la ciencia de la religión y de la Biblia, aunque no aparece explícitamente en los textos bíblicos, con el que se designa un ámbito de poder, real o supuesto, exterior y anterior a la creación y opuesto al cosmos entendido como orden universal establecido por Dios (o por los dioses), un poder que amenaza a la creación y debe ser, por consiguiente, combatido. El término puede aplicarse también a aquellos ámbitos o, respectivamente, situaciones a partir de las cuales ha evolucionado el cosmos (proceso de formación del universo) o han sido transformadas por los dioses en orden cósmico (creación del universo).
En contra de la muy difundida opinión según la cual la tradición, al menos en el Oriente antiguo (y, dependiendo de ella, también en Israel), interpreta la creación del universo como la lucha contra el caos, de tal modo que combate contra el caos y creación del universo son tan sólo diferentes aspectos de un único proceso, debe constatarse que ya en Mesopotamia (epopeya ↗Enuma eliš; textos rituales, inscripciones reales) y en Ugarit (mito de Baal) se narra o, respectivamente, se conjura la victoria sobre el caos (personalizado, divinizado, demonizado) para explicar el dominio regio de cada divinidad. También es ajena a la mentalidad egipcia la idea de una batalla cósmica primordial de la que habría surgido el cosmos como consecuencia de la victoria sobre un preexistente caos malvado. El antagonismo que impregna el mundo, tal como se presenta ante nosotros, entre Caos (isfet) y Cosmos (maat) no responde al principio originario de la cosmogonía egipcia, sino que apareció más tarde en el mundo y es superado, día tras día, cósmica o políticamente, en virtud del curso solar y del faraón. El cosmos egipcio no es un avance que desemboca en la victoria definitiva sobre el caos, sino un proceso permanente (comparable al perpetuum mobile), en el que Caos (isfet) es dominado por Maat.
El AT acoge las diversas concepciones del caos de su entorno cuando describe a Yahveh como debelador del caos (Is 51,9ss; Sal 74; Sal 89; Job 26; Job 40ss), dominador del caos (Sal 46; Sal 48; Sal 98; Sal 103; Sal 104; cf. también la simbología del templo de Jerusalén), salvador frente al caos (Éx 15,1-18; Sal 40; Sal 69; Sal 130), transformador del caos (Gn 1; Sab 11,17; Sal 46,4ss), e incluso creador del caos (Is 45,7; Prov 8,23ss), sin que sea posible sistematizar todas estas afirmaciones en una teología de la creación. Las imágenes veterotestamentarias para el caos elevan, por un lado, hasta el plano de la conciencia, en una visión del mundo realista, las amenazas diariamente experimentadas y desconcertantes que se ciernen sobre el cosmos (cf., por ejemplo, las tradiciones de diluvios en Gn 6-9; Is 54,9ss) y su contradicción frente al discurso bíblico sobre Dios (problemática de la teodicea), mientras que, por otro lado, nunca se acentuó la idea del caos hasta convertirla en un ↗dualismo metafísico. Las imágenes bíblicas del caos deben ser leídas como una explicitación, desde múltiples perspectivas, de un dominio de Dios dinámico, experimentado como ambivalente, histórico y cósmico, que se manifestará «en el fin de los tiempos» (Is 65ss; Ap 21,1; Ap 21,25).
Erich Zenger