La utilización y la distribución de los nombres de Dios no fue tan sólo un criterio esencial para la distinción de las fuentes del Pentateuco, sino que tuvo también una importancia capital para la evolución de la historia de la religión bíblica, aunque son aquí muchos los aspectos todavía inseguros, sobre todo en lo que concierne a la época preestatal de Israel y a la religión de los patriarcas (así, p. ej., el valor exacto de los giros «terror de Isaac», Gn 31,42; «el fuerte de Jacob», Gn 49,24, o el origen y la antigüedad del nombre El-Sadday).
אֵל [’ēl], nombre semita común de la divinidad, es también el nombre propio del dios creador principal del panteón cananeo y es empleado a menudo en el Antiguo Testamento como nombre propio, en diversas combinaciones, a modo de epíteto de Dios: «El Dios supremo, אֵל עֶלְיוֹן [’ēl ‘elyôn], el creador del cielo y de la tierra» (Gn 14,19); «Dios que me ve» (אֵל רֳאִי [’ēl ro’î]: Gn 16,13); el «Dios todopoderoso» (אֵל שַׁדַּי [’ēl šadday]: Gn 17,1); «Dios eterno» (אֵל עוֹלָם [’ēl ‘ôlām]: Gn 21,33); «Dios de la gloria» (אֵל הַכָּבוֹד [’ēl hakkābôd]: Sal 29,3), y otros.
El es ampliamente intercambiable con Elohim (אֱלֹהִים [’ĕlōhîm]) y Elohá (אֱלוֹהַּ [’ĕlôah], sobre todo en Job, arcaizando, en labios de no israelitas). Con frecuencia, por ejemplo en la enumeración de los atributos divinos (Ex 34,6ss), El(ohim) es simplemente otra denominación para Yahveh, el nombre específico del «Dios de los padres, del Dios de Abrahán, Isaac y Jacob» que, según Ex 3,13-16, fue revelado por primera vez a Moisés.
Yahveh como nombre de Dios, tal vez de origen madianita, se fue convirtiendo en medida creciente en el nombre exclusivo del Dios de Israel o, respectivamente, y desde la perspectiva monoteísta, en el nombre único del Dios verdadero. Sus epítetos esenciales son «Señor» (אָדוֹן [’ādôn], אֲדֹנָי [’ădōnāy]) y «Rey» (מֶלֶךְ [melek]). Se evitó, como «pagano», el título de «Señor» (בַּעַל [ba‘al]). יְהוָה צְבָאוֹת [yhwh ṣĕbā’ôt], «Señor de los ejércitos», perdió más tarde terreno —no figura nunca, por ejemplo, en Ez o Dt— por sus resonancias belicosas o astrológicas.
A causa de su significación cúltica, el nombre de Yahveh se fue convirtiendo, de la mano del culto centralizado bajo Josías, en símbolo confesional y fue utilizado, por tanto, con creciente frecuencia en nombres personales teóforos (↗Elefantina). En la época exílica/postexílica, y a una con la creciente conciencia de la trascendencia divina, se aplica «el nombre» de Dios a Dios mismo; «poner en él su nombre» (Dt 26,2) significa su presencia.
Günter Stemberger
a) El nombre de Dios que marca con su sello los escritos neotestamentarios es el de «Padre».
α) Jesús toma su modo de dirigirse a Dios del uso confiado del lenguaje familiar (abbá: Mc 14,36, y seguramente al fondo de Mt 11,25s.) y enseña a los discípulos a utilizar este mismo nombre en la oración (Mt 6,9). Ya en la comunidad paulina se interpreta el empleo de ese nombre divino como consecuencia del bautismo (Rom 8,15; Gál 4,6).
β) En el discurso de Jesús sobre Dios, «Padre» puede aparecer unido a pronombres diferenciadores (tu, vuestro, mi) para marcar diferencias en la relación con Dios y para complementarlas adicionalmente (p. ej., según el uso judío: «vuestro Padre en el cielo»: Mt 6,26). «Padre» puede aparecer unido con el título «Dios» (la relación con Dios como Padre se refiere a los creyentes o a Cristo Jesús: por ejemplo, de una manera en Rom 1,7; Gál 1,4, y de otra en Ef 1,3 y otros).
b) En la estela del discurso kerigmático narrativo sobre Dios, se exponen y desarrollan los nombres de Dios de modo predicativo o descriptivo. A Dios se le nombra a través de sus acciones, sobre todo en giros participiales y relativos (p. ej.: «el que lo resucitó de entre los muertos»: Gál 1,1; «de quien todo procede»: 1 Cor 8,6; «el que hizo el cielo y la tierra»: Hch 4,24; Hch 14,15; cf. Hch 17,24). Enlazando con este uso, se encuentran los correspondientes nombres divinos perifrásticos (p. ej.: «el Salvador»: Tit 3,4; Jds 25 y otros; «Señor del cielo y de la tierra»: Mt 11,25 par.).
c) Como prolongación del nombre de Dios habitual en los LXX, aparece la denominación κύριος acompañada de algunas precisiones (p. ej., Mt 9,38: «señor [dueño] de la mies»; Mt 11,25 par.). La delimitación respecto de los correspondientes títulos de Cristo no siempre es clara.
d) En la tradición de las parábolas, a Dios se le nombra, siguiendo los usos judíos, con títulos metafóricos (rey: Mt 22,1-14; propietario [de una viña]: Mc 12,1-12 y otros).
e) Se destacan como nombres de Dios algunos atributos divinos: Dios es el Uno (Rom 3,30; Gál 3,20; 1 Cor 8,4; cf. también Ef 4,6), Dios de los vivos (Mc 12,27 par.), el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob (Mc 12,26), el eterno (Rom 16,26), el invisible (especialmente Col 1,15). Este elemento característico de los nombres de Dios puede expresarse también por medio de genitivos (p. ej., Dios de la compasión: Lc 1,78; de la paz: Flp 4,9; del amor: 2 Cor 13,11).
Walter Kirchschlager