La significación inicial del término hebreo נֶפֶשׁ [næfæš], LXX ψυχή, Vulg. anima, que marca profundamente la antropología bíblica, es «fauces», «garganta», «faringe», «laringe» (Is 5,14; Hab 2,5). A partir de aquí se han desarrollado en el Antiguo Testamento dos líneas básicas de significados: por un lado, la de «ansiar», «desear», «anhelar» (Prov 12,10; Sal 27,12; Sal 42,2ss) y, a una con ello, y como sede de los afectos y las emociones, la acepción de «alma», «corazón» (Dt 6,5) y, por otro lado, la de «respiración», «aliento», «vida» (en su individuación) y «fuerza vital» (Jr 2,24; Éx 21,23; Jon 4,3; Sal 18,8) y, como ampliación, la significación general, y en parte pronominal, de «individuo», «persona», «sí mismo», «alguien» (Éx 1,5; Lv 23,20; Gn 12,13; Gn 19,18ss), que, desligándose ya de su sentido originario del yo vital, se emplea también para señalar el cadáver (como persona muerta: Lv 21,11; Nm 6,6; Nm 19,11).
Es muy ilustrativo para la concepción bíblica del alma el enunciado que se encuentra en el centro de la descripción de la formación y vivificación del ↗hombre por Dios y de su instalación en el jardín de Edén, según el cual del hombre se dice, en razón de la peculiaridad de su creación aquí expuesta, a saber, de su totalidad psicosomática, que es «ser viviente» (Gn 2,7ss). La diferencia esencial respecto de los animales, de quienes se dice, en el contexto de esta descripción, que también ellos son «seres vivientes» (Gn 2,19), está marcada por el dato de que, en conexión con la información que alude a la actividad creadora de Dios en la historia, la inspiración del aliento vital, personalmente realizada por Dios, sólo se da en el caso de la creación del hombre y tiene como objetivo, más allá del proceso mismo de la vivificación, la dotación y capacitación del hombre para asumir, junto con Dios, la dirección de la historia y para el desempeño del destino aquí implicado (Gn 2,15; Gn 1,26ss).
La circunstancia de que en el castigo impuesto al pecador se mencione que retornará al polvo del que fue formado, pero no se diga que Dios le retirará también su aliento (Gn 3,19), insinúa, en este contexto, que, en virtud de su apertura a Dios, el hombre retiene básicamente la capacidad de aceptar, también más allá de la muerte, la autoapertura de Dios para su salvación. Esta capacidad humana tiene su fundamento en su naturaleza espiritual, aquí descrita mediante la expresión «ser viviente», que sigue siendo, también en la ↗muerte, sujeto indestructible de su ser humano y garantía de su identidad. Esta naturaleza espiritual del hombre no incluye en sí, en modo alguno, un derecho a la vida eterna. Más bien, para aquella naturaleza espiritual, y de modo parecido a la permanencia de la creación confirmada en la alianza de Noé (Gn 8,21ss; Gn 9,8-17), esta vida eterna es expresión de la inclinación amorosa, por gracia, de Dios.
Cuando, en el horizonte de la espera salvífica escatológica de Israel, se formuló también el interrogante acerca de la consumación de cada creyente concreto, se comprobó que el recurso a la afirmación del relato de la creación, según el cual el hombre es, en su totalidad psicosomática, un «ser viviente», era el soporte básico de la respuesta ahora aportada por la sabiduría teológica. Mientras que, por un lado, se salía con escepticismo (Qo 3,21) al paso de la concepción de la ↗inmortalidad de la filosofía griega, marcada por el dualismo cuerpo-alma, y se la corregía en el sentido de la fe en Yahveh (Qo 12,7), se expresaba, por otro lado, la certidumbre de la fe en que, tras vencer a la muerte como poder funesto (Is 25,8), Dios introduciría a los hombres en la vida eterna (Sal 49,16; Sal 73,24). Mediante la insistencia en la referencia a Dios fundamentada en la naturaleza espiritual del hombre, que le permite recibir al espíritu de Dios garantizador de la verdadera inmortalidad, y dado que su alma está, como la de todos los justos, en las manos de Dios, que le posibilita la continuación de la historia con él más allá de la muerte, hasta la consumación, el libro de la Sabiduría ha conseguido finalmente conciliar la esperanza escatológica de Israel en la vida eterna con el contenido de verdad del concepto griego del alma aceptable para la fe yahvista en una síntesis teológicamente sostenible (Sab 1-5).
En el Nuevo Testamento, el término ψυχή designa (al igual que נֶפֶשׁ en el Antiguo Testamento) el principio vital de hombres (Hch 20,10) y animales (Ap 8,9) y, en el caso del hombre, la sede y el punto de partida de sus afectos y sus emociones (Mc 14,34), de modo que este concepto puede ser también sustitutivo del pronombre personal y reflexivo (Lc 12,29). Alma significa más específicamente la vida y la fuerza vital humana en su totalidad psicosomática como individuo y como persona (Mc 10,45), con su apertura esencial para Dios (Lc 10,27).
Así, la sentencia de Jesús acerca de salvar o perder el alma tiene este sentido: quien quiera salvar su vida (prescindiendo de las posibilidades de salvación que le ha abierto el creador), la perderá (porque no alcanzará la plenitud); pero quien (en el seguimiento de Jesús) pierde su vida, la salvará (porque será destinado a la comunión de la vida eterna con Dios, Mc 8,35). Y lo mismo acontece con la continuación de la sentencia: «¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero (empeñando en ello todas sus energías) si malogra su vida (al perder su referencia a Dios)? Pues, ¿qué precio podrá pagar el hombre por su vida (frente al poder funesto de la muerte)?» (Mc 8,36).
También la sentencia acerca de matar el alma y el cuerpo tiene ante la mirada la referencia del hombre a Dios, en cuanto que la muerte y la persecución tan sólo dañan el cuerpo, pero no pueden llegar hasta el alma (como expresión de la relación indestructible con Dios). Dios, en cambio, tiene poder bastante para hacer perecer el cuerpo y el alma (es decir, al hombre en su totalidad existencial, Mt 10,28). Y como la salvación del alma así entendida es la meta de la revelación salvífica de Dios (1Pe 1,9), no deben los cristianos entregarse a los deseos que luchan contra el alma (1Pe 2,11), sino que deben recordar su pertenencia a Cristo, pastor y obispo de sus almas (1Pe 2,25). Parecida importancia parece tener el concepto de alma aplicado a Noé y a los que le acompañaban en el arca, a quienes, a diferencia de los espíritus encarcelados, se les considera almas salvadas por medio del agua (1Pe 3,19ss). La sentencia acerca de las almas de los mártires enlaza, en cambio, con su sangre derramada (Ap 6,8; Ap 20,4), pues, según las concepciones bíblicas, la sangre es la sede de la vida (Lv 17,11), si bien en este pasaje, y en total concordancia con la idea bíblica del alma, es la persona, en cuanto tal, de los testigos de Dios la que es llamada a la resurrección.
Ernst Haag