La concepción, repetidas veces testificada en la ↗escatología del Nuevo Testamento, de una Jerusalén nueva, superior o celeste, es una antigua herencia judía. Los cánticos de Sión esperan una nueva ciudad de Dios en Sión, en cuyo centro mora Yahveh, y a la que acuden los pueblos con sus tributos (Sal 46; Sal 48; Sal 76). Yahveh mismo construirá la nueva Jerusalén (Is 28,16ss) con piedras preciosas (cf. Tob 13,17), como una fortaleza segura (Is 54,11-17; cf. Zac 14,10ss).
Según Ez, la Jerusalén del fin de los tiempos en Sión (Ez 40,2) tendrá una puerta para cada una de las doce tribus que regresan del exilio (Ez 48,30-35). El nuevo pueblo de Dios incluirá a los extranjeros (Ez 47,22ss).
El NT comparte estas esperanzas. Ya Jesús se imagina el lugar del ↗reino de Dios como una ciudad amurallada (Mt 7,13ss par.; cf. Mt 11,12 par.); también él cuenta con paganos convertidos como futuros comensales de los patriarcas (Mt 8,11 par.). Pablo contrapone la Jerusalén actual, «esclava», a la Jerusalén celeste, libre (Gál 4,25ss). Los cristianos son ya ahora «hijos», es decir, ciudadanos de esta ciudad celeste (Gál 4,26; cf. Flp 3,20). En Heb llegan los cristianos, al cabo de su peregrinación por el desierto (Hb 3s; Hb 12,18-21), al monte Sión, donde está la Jerusalén celeste, la ciudad del Dios vivo, de Jesús, de los ángeles y de los justos consumados (Hb 12,22ss). También Jn conoce la ciudad futura, allende el tiempo, con sus moradas para los fieles (Jn 14,2ss).
Es sobre todo Ap quien presenta la nueva Jerusalén celeste, que desciende del cielo (Ap 3,12; Ap 21,2.9-11). Descrita a modo de fortaleza cúbica (Ap 21,16), con muros de piedras preciosas y 12 puertas de perlas (Ap 21,1-22,5), esta ciudad es la residencia de Dios y del Mesías (Ap 21,3; Ap 22,1), punto de encuentro de los puros (Ap 21,27; Ap 22,14), a saber, de las 12 tribus renovadas y completadas con paganocristianos (Ap 21,12; cf. Ap 7,4-8) y meta de los pueblos que traen sus tributos (Ap 21,24ss).
Las piedras preciosas (Ap 21,18ss) simbolizan las 12 tribus (cf. Éx 28,15-21; Ex 39,8-14), pero también los signos del Zodíaco (cf. Ap 12,1), que ya en el judaísmo (cf. Filón, Mos 2,124.133; Josefo, ant. 3,186; GenR 100 [64b]; ExR 15 [76c]) estaban coordinados con ellas. En las piedras del fundamento de los muros de la ciudad están escritos los nombres de los 12 apóstoles (Ap 21,14). La Jerusalén celeste del Nuevo Testamento es, por un lado, imagen de la esperada consumación del fin de los tiempos del reino de Dios y de su Mesías Jesús y, por otro lado, imagen también de la comunidad cristiana actual en cuanto anticipación todavía imperfecta precisamente de esta salvación eterna.
Otto Böcher