a) Antiguo Testamento. Los lexemas hebreos para carne son, en el Antiguo Testamento, בָּשָׂר [bāśār] y, con menor frecuencia, שְׁאֵר [šeʾēr] (que en Lv 18,6; Lv 25,49; Miq 3,2ss; Prov 5,11 aparecen juntos).
— α) Carne es un término para designar las partes fisiológicas esenciales constitutivas del cuerpo de hombres y animales (tal vez también de las plantas [cf. Is 10,18]).
αα) «Carne» significa frecuentemente, en hombres y animales, en sentido genérico, las partes blandas que, junto con la sangre [דָּם, dām], los huesos [עֶצֶם, ʿeṣem], los tendones [גִּידִים, gîdîm] y la piel [עוֹר, ʿôr] constituyen el cuerpo; el aliento [רוּחַ, rûaḥ] les confiere la plenitud de la vida (Ez 37,5ss; Gn 2,21; Job 2,5; Job 10,11; Lam 3,4). En ese sentido, la carne de los animales sirve de alimento (Is 22,13; Is 44,16 y otros) y es la materia preferida para los sacrificios (Lv 7,15-21; Nm 19,5). A veces se habla, en sentido hiperbólico, de comer carne humana (p. ej., Lv 26,29; Is 49,26).
αβ) Bāśār señala en algunos casos una parte especial del cuerpo humano, por ejemplo el miembro viril (Lv 15,2ss; Lv 15,7; Ez 16,26; Ez 23,30), el pubis femenino (Lv 15,19), la región púbica (Éx 28,42) o la piel (Sal 102,6).
αγ) Bāśār designa con frecuencia el cuerpo en su conjunto (p. ej., Sal 38,4), sobre todo en las descripciones médicas de síntomas (p. ej., Lv 13,2ss). En sentido sinónimo (Sal 63,2; Sal 84,3; Is 10,18) o antitético (Prov 4,22; Prov 14,30; Job 12,10; Job 13,14; Job 14,22) respecto de las restantes magnitudes antropológicas lēb (corazón), næfæš (garganta), rûaḥ (aliento, respiración), describe al hombre en su totalidad anímico-corpórea y expresa sus componentes específicamente corporales.
— β) El término «carne» actúa como apelativo para el género «hombre» (sinónimo de ʾādām y næfæš, por ejemplo Sal 56,5; Jr 17,5) y se sitúa categorialmente, en lo que concierne al uso lingüístico, cerca del pronombre indefinido (p. ej., Lv 13,18; Lv 13,24). En conexión con kōl (totalidad), bāśār es la afirmación totalizante por «humanidad» (p. ej., Is 40,5ss; Jr 25,31), reino animal (p. ej., Gn 6,19; Gn 7,15ss) o incluso por todo el universo animado (p. ej., Gn 6,17; Gn 9,11; Gn 9,15ss).
— γ) Carne es el término jurídico para señalar el parentesco, que alcanza su expresión máxima en la fórmula «mis huesos y mi carne» (Gn 2,23; Gn 29,14; Jue 9,2 y otros), pero también de forma aislada (Gn 37,27; Lv 18,17; Lv 20,19; Lv 21,2) o en combinación con bāśār y šeʾēr (Lv 18,6; Lv 25,49).
— δ) Carne se emplea como metonimia para designar el carácter efímero y mortal de la criatura, debido al hecho de que bāśār encierra en sí en parte la connotación de «corporeidad» y, a diferencia de lēb, næfæš, rûaḥ, nunca se le aplica a Yahveh. De ahí que a veces tenga el significado de antónimo de las fuerzas y propiedades divinas, por ejemplo en Sal 78,39; Is 31,3; Job 10,4; 2Cro 32,8; cf. Is 40,6ss.
b) Judaísmo temprano. Algunos pasajes veterotestamentarios, como Gn 6,12; Dt 5,26; Sal 65,3ss, han contribuido a que en el judaísmo temprano, y de manera especial en Qumrán, junto a los modos de utilización del Antiguo Testamento (cf. 1QS 3,9; 4,21), el término «carne» encierre los componentes morales negativos de pecado y culpa, singularmente claros en bāśār ʾašmāh, «carne de la culpa» (1QM 12,12), bāśār ʿāwel, «carne de la injusticia» (1QM 4,3; 1QS 11,9) y ʿăwōn bāśār, «culpabilidad de la carne» (1QS 11,12). Se abre paso un dualismo carne-espíritu/alma en los LXX (Prov 5,11; Nm 16,22; Nm 27,16), que evoluciona y se desarrolla en la Sabiduría y los apócrifos hasta desembocar en un dualismo antropológico (Sab 7,1ss; Sab 7,7; 4Mac 7,13; HenEt 102,5; HenEt 102,11; 4Esd 7,78; 4Esd 7,100) y cosmológico (Jub 2,2; Jub 2,30; HenEt 15,4-16,1; TestJob 27,2), según el cual el cosmos está dividido en la esfera de los espíritus y la de la carne.
Para Filón, la carne (σάρξ) tiene una estrecha conexión con la pasión (πάθη) y con el placer (ἡδονή) (p. ej., all. III, 158) y puede llegar a esclavizar a la razón (νοῦς) y a ejercer poder sobre el alma (ψυχή) (p. ej., all. II, 49ss). De ahí que el hombre deba liberarse de ella mediante la ascesis, porque impide el vuelo del alma hacia Dios y el crecimiento de la sabiduría (migr. 14ss.; somn. II, 232). Josefo (Ant. XIX, 325; Bell. Iud. VI, 47) ha aceptado plenamente la dicotomía griega carne-alma.
Theodor Seidl
También en el Nuevo Testamento la carne (σάρξ) señala al hombre en su totalidad (Mc 13,20 par.; Mt 24,22; Hch 2,17; Hch 2,26; Gál 2,16 y otros). Cuando aparece una diferenciación dicotómica o tricotómica (p. ej., 1Pe 2,11; Mc 14,38 par.; Mt 26,41), subyace una influencia helenista, sin que ello suponga la eliminación de la unidad del hombre.
Tiene importancia sobre todo su nutrida presencia en Pablo, donde adquiere un sentido destacadamente antropológico y teológico: «Soy carne...» (Rm 7,14, donde figura como adjetivo) es una autoafirmación del apóstol de cuño fariseo (cf. Gál 2,20), aunque aplicable con validez general a la existencia terrena de todos los hombres (2Cor 10,3 y otros). El concepto de la carne acentúa con más energía que el general de «hombre» la condición humana vista desde su debilidad y desamparo (Rm 6,19; Gál 4,13ss), su propensión a sucumbir a la enfermedad (2Cor 12,7: «aguijón de la carne»), su entrega a la muerte (Rm 5,12-21; Rm 8,6). Cuando «se vive en la carne» acecha siempre el peligro de vivir «según la carne» (2Cor 1,17; 2Cor 5,16; 2Cor 10,2; 2Cor 10,3; 2Cor 11,18), porque no se orienta según los intereses de Cristo Jesús sino según sus «propios intereses» (Flp 2,21; cf. Flp 3,14).
Estas sentencias, de carácter más bien antropológico, adquieren mayor profundidad desde una óptica teológica: «He sido vendido como esclavo al pecado»: Rm 7,14. La experiencia personal del pecado se amplía hasta la afirmación básica de que todos los hombres se encuentran bajo el dominio del pecado (Rm 5,12-21; Rm 7,5; Rm 7,18; Rm 7,25; Rm 8,5-8). Ser carne y ser pecado mantienen, según Pablo, una conexión indisoluble. En el hecho de ser carne hunde sus raíces la incapacidad del hombre de liberarse por sus propios medios (mediante su obediencia a la ley) del poder del pecado. Por eso afirma el apóstol que «Dios envió a su propio Hijo en carne semejante a la del pecado y, como víctima por el pecado, condenó al pecado en la carne...» (Rm 8,3). En virtud de esta acción salvadora de Dios, el bautizado en Jesús, aunque viviendo todavía en la carne, no está ya sometido a la opresión de vivir (de sentir, de pensar, de actuar) según la carne: Rm 8,4-13. Dado que ha pasado a ser, a través del pneuma, «nueva criatura» (2Cor 5,17), tiene la posibilidad de no hacer ya las «obras de la carne», sino de «caminar según el Espíritu» (Gál 5,13-24; Gál 6,8).
Alexander Sand