El término se corresponde en parte con el hebreo לֵב [lēb], «corazón», como lugar de la comprensión y del conocimiento, pero más en especial y sobre todo con el lexema polisémico רוּחַ [rûaḥ] (casi siempre femenino), que puede significar viento, aliento, espíritu. En los LXX רוּחַ se traduce preferentemente por πνεῦμα (aunque también por ἄνεμος, θυμός, πνοή y otros). Dada la fluida transición, es a veces difícil la decisión por uno u otro significado.
El espíritu de Dios capacita a los hombres para acciones extraordinarias y los convierte en guías o dirigentes carismáticos: Ehúd (Jue 3,15), Gedeón (Jue 6,34), Jefté (Jue 11,29), Sansón (Jue 14,6; Jue 14,19; Jue 15,14), Saúl (1Sam 10,6; 1Sam 10,10; 1Sam 11,6). También Josué, sucesor de Moisés (Nm 27,18; Dt 34,9), el Siervo de Yahveh (Is 42,1) y el ungido de Yahveh (Is 61,1-11) fueron instituidos por el espíritu para el cumplimiento de su misión. Entre los efectos del espíritu se cuentan los fenómenos extáticos (1Sam 10,10; 1Sam 19,23). También pueden producirse arrebatamientos temporales por medio del espíritu de Dios (1Re 18,12; 2Re 2,16). En Ez se atribuyen al poder del espíritu vivencias extáticas visionarias (Ez 3,12; Ez 3,14; Ez 8,3; Ez 11,1; Ez 11,5; Ez 11,24; Ez 37,1; Ez 43,5). El espíritu de Dios puede asimismo provocar efectos negativos: Saúl (1Sam 16,14) y Ajab (1Re 22,21-38). A veces el espíritu de Dios aparece contrapuesto a la fragilidad de las condiciones terrenas (Is 30,1; Is 31,1). Hablan del espíritu de Dios como poder creador Sal 104,29ss, en el sentido de una creatio continua, y Gn 1,2, como de una fuerza inicial anterior a toda palabra creadora de Dios. Los salmos postexílicos sitúan juntos el espíritu del creador y su palabra creadora (Sal 33,6; Sal 147,18; Sal 148,8).
En el hombre, el espíritu designa las fuerzas psíquicas emocionales que se manifiestan bajo la forma de ira (Prov 29,11; Qo 10,4) y de valor (Jos 2,11; Jos 5,1; Prov 18,14). Un espíritu humilde (Prov 16,19; Prov 29,23), afligido (Sal 34,19; Is 57,15; Prov 15,13; Prov 17,22; Prov 18,14), abatido (Sal 51,19; Is 65,14) y desfallecido (Is 61,3; Ez 21,12) son la marca de la modestia, del desánimo, del remordimiento y de la desesperanza.
También se utiliza este término para aludir a un futuro mejor (↗escatología): del rey del tiempo de la salvación se espera que poseerá los dones del espíritu (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, conocimiento y temor de Dios: Is 11,2). Ez 37,1-14 anuncia que los huesos secos serán revivificados por el espíritu de Dios. Y aunque el pasaje se refiere primariamente al restablecimiento de Israel después de la catástrofe del 586 a.C., pudo derivarse de aquí, con el correr de los años, una esperanza vinculada al fin de los tiempos. Jl 3,1ss deja entrever que en el futuro se derramará el espíritu de Dios sobre todos los hombres, de modo que todos podrán profetizar.
Armin Schmitt
Las experiencias del espíritu en las actividades de Jesús y la tentativa de interpretar sus ulteriores repercusiones en sus discípulos y en sus comunidades confieren su propia singularidad al lenguaje neotestamentario sobre el espíritu (πνεῦμα), un lenguaje que construye ampliamente sobre los precedentes datos judíos veterotestamentarios. Aquí, el Nuevo Testamento habla sobre todo de «espíritu» (el vocablo πνεῦμα aparece 379 veces) y más raramente de «espíritu santo».
Carece de significación específica el empleo —pocas veces— de πνεῦμα en el sentido básico de «soplo», «viento», «aliento», etcétera (Jn 3,8; 2Tes 2,8; Hb 1,7) y tampoco lo tiene cuando se le utiliza para significar «hálito», «respiración», «espíritu de vida», «fuerza vital», «alma» (Mt 27,50; Jn 19,30; Hch 7,59; Sant 2,26 y otros), aunque en estos casos predomina claramente la concepción dicotómica paleotestamentaria del hombre (carne o, respectivamente, cuerpo, y espíritu o, respectivamente, alma: Rm 8,10; 1Cor 5,3ss; 1Cor 7,34 y otros), sobre la tricotómica helenista (espíritu-alma-cuerpo: 1Tes 5,23). Ejemplo típico: «el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mc 14,38).
El espíritu es casi siempre en el Nuevo Testamento (cerca de 275 veces) un don de Dios. En cuanto tal, es también parte del hombre: sede de la vida interior, de los sentimientos y de la voluntad, de las actitudes y las sensibilidades espirituales —también, y sobre todo, en Pablo—, que abarca el ser interior total del hombre, su yo, su personalidad (Rm 1,9; Rm 8,16; 2Cor 2,13; 2Cor 7,13 y otros). La aplicación del término «espíritus» a los fallecidos (Hb 12,23; 1Pe 3,19) acentúa la separabilidad del espíritu y el cuerpo. Además de Hb 1,14; Hb 12,9, habla de espíritus (al servicio de Dios) sobre todo Ap (Ap 1,4; Ap 3,1 y otros). En el Nuevo Testamento se cuenta también con la presencia de espíritus demoníacos (↗demonio) (Mc 9,20; Lc 10,20 y otros). En este sentido, el hombre es —como el universo entero— escenario de la batalla entre los buenos y los malos espíritus (2Cor 11,4; 2Tes 2,2; 1Jn 4,1ss; cf. 1QS 3,13-4,26: espíritu de la verdad y espíritu de la falsedad) y es necesario comprobar de qué clase de espíritu es un hombre (1Cor 12,10; 1Jn 4,1b). El espíritu de Dios y el espíritu del mundo se combaten entre sí (1Cor 2,12ss; Gál 5,1; Jn 4,23ss).
El mismo Jesús es interpretado, sobre todo en los sinópticos, como elegido por y lleno del espíritu (de Dios: Mc 1,10) y determinado por él en toda su existencia (Lc 1,35; Mt 1,18ss); en virtud del espíritu, su predicación lleva a cabo la irrupción del reino de Dios (Mt 12,28). En las expulsiones de demonios y en las curaciones de enfermos se manifiesta su poder sobre los espíritus malos e impuros que dominan el mundo (Mc 1,23-28; Mc 1,34 y otros). Toda su actividad da testimonio del espíritu que descansa en él y actúa por medio de él (Lc 4,18-21). Ha sido ungido con espíritu santo y poder (Hch 10,38). Por eso, negar que posee el espíritu divino es pecado contra el Espíritu Santo (Mc 3,28ss). A este Espíritu debe Jesús su resurrección de entre los muertos y su constitución como Hijo de Dios (Rm 1,3ss; 1Pe 3,18).
Una vez ya exaltado, da el Espíritu a sus discípulos (Jn 20,22; Hch 2,1-13; Hch 2,33) —a hombres y mujeres (Hch 2,17ss)— y en la acción del Espíritu experimentan ellos la presencia del Señor resucitado (Hch 2-8 y otros). El Señor es el Espíritu (2Cor 3,17; cf. Gál 4,6), como lo es también Dios (Jn 4,24a; para la intercambiabilidad entre el Espíritu de Dios y el Espíritu de Cristo cf. Rm 8,9). Es él quien nos da su Espíritu (1Cor 2,10ss) (↗Espíritu Santo; ↗Trinidad).
La existencia cristiana (Rm 8,11) y la comunidad cristiana (1Cor 12,13) han sido —sobre todo en Pablo y Lucas— creadas y henchidas por el Espíritu (Rm 8,14; Hch 8,39ss; Hch 16,16ss y otros). Bautizados con el Espíritu Santo (Hch 1,5), los discípulos se convierten en testigos de Jesús y de su evangelio (Hch 1,8; cf. 1Tes 1,5; 1Cor 2,4). El Espíritu de la vida habita en los bautizados y los arrebata al mundo de la carne —de lo perecedero, de lo opuesto a Dios, del pecado y de la muerte—. Los hace hijos de Dios y coherederos con Cristo (Rm 8,2-17). El Espíritu es poder (1Cor 2,4; Lc 1,17) y vida (Rm 8,10; Jn 6,63b); concede sabiduría (1Cor 2,12-16; Hch 6,3; Hch 6,10), ayuda a una nueva comprensión de la Escritura (2Cor 3,4-18) y funda una alianza nueva (2Cor 3,6). Hace posible una conducta cristiana de la vida (Gál 5,16; Gál 5,25) y también la oración y la alabanza (Rm 8,15; Rm 8,26ss; Gál 4,6; Col 3,16; Ef 5,19), inspira a los hombres (2Pe 1,21; Hch 11,28 y otros), habla por medio de ellos (1Cor 14,2; 1Cor 14,14ss; 1Pe 1,11), les otorga dones del Espíritu o de la gracia (1Cor 12,4-11; Rm 12,6ss), les capacita para el desempeño de las tareas y de los ministerios (1Cor 12,4-11; Hch 13,1ss y otros), en el seno de la Iglesia como comunión del «Cuerpo de Cristo» generada por el Espíritu (1Cor 12,13ss). Desde la exaltación de Jesús (Jn 7,39), el Espíritu es el «Defensor» permanente de sus discípulos (Jn 14-16) y «arras» de la salvación definitiva (2Cor 1,22; 2Cor 5,5; Rm 8,23; Ef 1,14).
Josef Hainz