Ya la simple documentación lingüística del hebreo bíblico —con más de diez términos distintos para el concepto de imagen— pone de manifiesto su gran importancia en el Antiguo Testamento. De todas formas, los contextos en que estos vocablos aparecen indican la diferencia entre la concepción de Israel y la de las restantes culturas del Oriente antiguo, pues estas últimas visualizan en las imágenes concepciones religiosas o teológicas, mientras que en la mayoría de los ejemplos veterotestamentarios se trata de enfrentamientos con ellas —p. ej., en la polémica sobre las imágenes—. A todo ello viene a añadirse el fenómeno, singular en el Oriente antiguo, de que en el culto israelita las imágenes están prohibidas.
Para comprender en sus justos términos el alcance de esta prohibición, que se sitúa en el centro mismo de la temática veterotestamentaria de las imágenes, debe tenerse especialmente en cuenta que los diferentes vocablos hebreos se vinculan semánticamente a los diferentes modos de fabricación de las imágenes o a su función —o su esencia—, y nunca se las entiende como metáforas, recuerdos, representaciones o cosas parecidas.
Tanto las múltiples alusiones del Antiguo Testamento a las obras de arte —p. ej., Ex 25ss; Ex 35ss; 1Re 6 y otros— como los hallazgos aportados por la arqueología palestina en este campo justifican la pregunta acerca de la significación exacta de estas prohibiciones o de las relaciones con las imágenes. Las cambiantes formulaciones en pasajes centrales del Antiguo Testamento —a menudo vinculadas con la prohibición del culto a dioses extraños en la cabecera de textos legislativos, p. ej., Ex 20,4 par. Dt 5,8; Ex 20,23; Ex 34,17; Lv 19,4; Lv 26,1; Dt 27,15— insinúan una dilatada historia en la evolución de esta prohibición, en conexión y dependencia con el origen del ↗monoteísmo.
Esta prohibición nunca fue entendida como rechazo de obras o representaciones artísticas, sino que tuvo siempre el sentido práctico de la promoción —teórica— de la veneración única del Dios YHWH. Así lo confirma también la utilización peculiar de elementos visuales en la profecía veterotestamentaria —cf., por ejemplo, Jr 6 con Is 40 y las visiones de Ezequiel—.
La más antigua formulación de la prohibición de imágenes se encuentra en el texto fundamental del ↗decálogo (Dt 5,8): «No te harás ninguna imagen esculpida». En ella se expresa, además, una pieza central de la reflexión teológica acerca del colapso del reino del Norte a mediados del s. VII a.C.: en el relato de la teofanía del Sinaí se califica por vez primera como pecado, a través del relato del becerro de oro, la veneración de imágenes (Ex 32). Es muy probable que esta crítica esté dirigida al culto del toro —sobre todo en Betel— y a la ambivalencia, inconciliable con la monolatría intolerante de aquella época, inherente a todo tipo de imágenes y símbolos en el culto.
En una etapa posterior, la prohibición de imágenes se independizó y se amplió parcialmente hasta incluir todas las representaciones en el ámbito cúltico, tal como pone ante los ojos la más amplia parénesis sobre esta materia del Antiguo Testamento, la de Dt 4. Como intención positiva de la prohibición de imágenes puede señalarse la preservación de la indisponibilidad del Dios que se revela, ya que esta indisponibilidad es inconciliable con la concreción estática vinculada a todas las imágenes.
El Antiguo Testamento sale al encuentro de la ausencia de una individualidad de Dios accesible a la comprensión humana mediante la revelación de su nombre (↗nombres de Dios), en conexión con la protección frente al peligro de su abuso (Dt 5,11) mediante prácticas mágicas equiparables al culto de las imágenes. La época posterior del Antiguo Testamento devuelve a la inmanencia, mediante la llamada ↗imagen y semejanza de Dios, la trascendencia de Dios derivada de la prohibición de imágenes.
Se percibe otro tipo de enfrentamiento con las imágenes en las polémicas contra las imágenes de los dioses —sobre todo en el Deuteroisaías—. Este rechazo, basado en la burla racionalmente fundamentada —sobre todo en virtud de sus alusiones al carácter inerte, muerto y sin vida de estas imágenes y a la materia de que están hechas—, no es exclusivo de Israel, pero es aquí donde adquiere una forma propia gracias a su posterior vinculación con tradiciones sobre prohibiciones de imágenes.
También en el Nuevo Testamento aparece la problemática de las imágenes, aunque con un espacio mucho más reducido que en el Antiguo Testamento —donde ocupa una posición central—, lo que es indicio de la relación hermenéutica existente entre ambos Testamentos. El Nuevo Testamento tiene siempre, en efecto, al Antiguo Testamento como presupuesto de validez permanente y confirma o repite, por tanto, las formulaciones veterotestamentarias. Y así, aunque no se cita la problemática de las imágenes del Antiguo Testamento, todo el Nuevo Testamento la da por supuesta.
Dos ámbitos delimitan el campo de problemas neotestamentario acerca de la prohibición de imágenes. El enfrentamiento neotestamentario con la idolatría bajo todas sus formas se desarrolla inmediatamente a partir del contexto veterotestamentario de la prohibición de imágenes y de la polémica sobre las imágenes de los dioses.
En el terreno de la terminología se utiliza, además, el concepto de εἴδωλον —y sus derivados—, que los LXX habían empleado ya para designar las imágenes inertes y carentes de vida de los dioses. Empalmando con los LXX, se recurre también, como término técnico para el culto a las imágenes, al vocablo εἰκών, sobre todo cuando se hace necesario distinguir entre una divinidad y su representación en el contexto de las imágenes de dioses. A partir de aquí, el campo semántico no se limita solo a la prohibición de imágenes, sino que abarca prácticamente todas las acciones y actitudes de connotación negativa en la fe y en el culto.
Un segundo espacio de la temática neotestamentaria sobre las imágenes, que encuentra su expresión terminológica en el término εἰκών, se vincula también a la idea veterotestamentaria de la ↗imagen y semejanza de Dios. La posible combinación —a través del concepto— entre datos veterotestamentarios y el universo griego de las ideas —sobre todo en la relación modelo-copia— cristaliza en las numerosas y multiformes utilizaciones presentes en la literatura epistolar neotestamentaria.
Se formulan de esta manera numerosos aspectos cristológicos, antropológicos, eclesiológicos y escatológicos de la relación Cristo-Iglesia/creyente-Dios. El enfrentamiento, ya iniciado en la primera etapa cristiana, sobre la imagen de Cristo se concentra, sobre el trasfondo de la prohibición veterotestamentaria de imágenes, en la concepción neotestamentaria de Cristo como la imagen visible del Dios invisible (Col 1,15; 2Cor 4,4).
Christoph Dohmen