(Hebreo לֵב, לֵבָב [lēb, lēbāb], griego καρδία), concepto antropológico nuclear que desempeña una importante función en la descripción de las vivencias espirituales y anímicas.
Dado que los afectos fuertes se dejan sentir también físicamente en el corazón, apenas hay un proceso orgánico que no esté relacionado con él. El corazón es la sede de los sentimientos (1Sam 1,8; 2Sam 17,10; Jn 14,1), manifiesta anhelos y deseos (Sal 21,3; Rm 10,1). También las habilidades, tanto las manuales como las espirituales, son cosa del corazón (Éx 28,3; Prov 2,10). Como lugar de la capacidad de juicio y de las decisiones (Prov 16,23; 1Cor 7,37), puede ser incluso identificado con la conciencia (Gn 20,5ss; 1Sam 24,6; 1Jn 3,19). Dado que es en el corazón donde se encuentra la raíz más profunda de las acciones humanas (Hch 8,21; 1Tim 1,5), pueden aplicársele afirmaciones que toman la pars pro toto para expresar la situación total del hombre: el corazón flaquea (Ez 21,20), se desmaya (Jos 2,11), se acongoja (Dt 28,65). Las palabras o los hechos pueden revelar el corazón de una persona, pero pueden también encubrirlo (Prov 26,23-26; Lc 8,15). Sólo Dios no se deja engañar por las apariencias (1Sam 16,7); habla a su pueblo al corazón; pone a prueba y somete a juicio los corazones (Jr 17,10; 1Tes 2,4), desenmascara la mentira del corazón (Is 29,13ss) y en el juicio futuro pondrá al descubierto los designios ocultos de los corazones (1Cor 4,5). Cuando, pues, el pecador «pone en juego su vida» para acercarse a Dios (Jr 30,21), deberá presentarse ante él con corazón contrito y afligido, para suplicar la pureza del corazón (Sal 34,19; Sal 51,19).
En la parénesis bíblica se invita siempre en primer lugar al corazón a amar a Dios (Dt 6,4ss; Lc 10,27). Pero, por otra parte, el corazón también se puede endurecer (Éx 4,21; Jr 5,23; Mc 6,52), ser incircunciso (Lv 26,41), estar dividido (Os 10,2) y demostrar así una radical incapacidad para poner en práctica el ideal exigido del reconocimiento de Dios (Dt 4,29). Son aquí especialmente la profecía y la parénesis deuteronómico-deuteronomista quienes atacan la hybris y la ineptitud del corazón humano (Os 13,6; Jr 17,9; Jr 18,12). Dado que el mensaje profético ya no llega hasta el corazón del pueblo, de modo que es cada vez mayor la obstinación y el alejamiento de Yahveh, la única consecuencia de todas las exhortaciones proféticas es el ↗endurecimiento del corazón (Is 6,9ss) y, con ello, el juicio y el castigo de Dios.
El cambio sólo puede producirse mediante una iniciativa salvífica divina. Y así, hay toda una serie de pasajes en los que se habla también del corazón de Dios, que no sólo elige a los hombres que son según su corazón (1Sam 13,14; Jr 3,15; Hch 13,22), sino que le duelen en el corazón los pecados de los hombres (Gn 6,6) y lleva a cabo el castigo sin alegría del corazón (Lam 3,33). Según Os 11,8, el corazón de Dios es la sede de aquella planificación en virtud de la cual Dios se revela al hombre para su salvación y lleva a cabo este designio (1Jn 3,19ss). Sólo cuando Dios concede al hombre un corazón nuevo y escribe sus preceptos en los corazones humanos (Jr 31,31-34; Ez 36,26; Hb 8,10) puede el hombre responder verdaderamente a la voluntad de Dios y puede, por consiguiente, ser incitado a corresponder a esta nueva posibilidad de vida que se le otorga y hacerse un nuevo corazón (Ez 18,31).
Con referencia a Cristo, que es manso y humilde de corazón (Mt 11,29), y en el que se ha cumplido la nueva alianza como concordancia del corazón humano con Dios y con su proyecto en la historia (Hb 8,8-12), el corazón del creyente se mantiene firme e irreprochable (1Tes 3,13; Hb 13,9; Sant 5,8), se convierte en un centro del temor de Dios y de la alabanza a Dios (Ef 5,19; Col 3,16), en el que mora Cristo y por cuyo medio actúa la fe. Van así en aumento las virtudes de la humildad según el modelo de Cristo (Mt 11,29), de la sencillez y la obediencia (Ef 6,5) y, sobre todo, del amor a Dios y al prójimo (Mt 22,37; Mc 12,33; Lc 10,27).
Renate Brandscheidt