Mientras que el griego disponía, desde fechas tempranas, con el término «cuerpo» (σῶμα), de un concepto antropológico que abarcaba los aspectos corpóreos del hombre, distinguiéndolos de su «yo», en el ámbito bíblico sólo en la época helenista aparecen los primeros indicios de esa formación conceptual. Hasta entonces, y también muy entrado el Nuevo Testamento, se tenía una visión unitaria del hombre como ser viviente (Gn 2,7). Su esencia, su continuidad, su identidad, su actividad y su individualidad se experimentaban y se expresaban desde los aspectos de su existencia corpórea (por poner algunos ejemplos: ↗carne: Sal 119ss; ↗corazón: 1Sam 16,7; ↗alma: Qo 6,9; «interior»: Jr 4,14). La muerte es la frontera definitiva y el fin de esta existencia corpórea (Is 38,18ss; Qo 12,7).
Hasta la apocalíptica no se conoce una existencia ulterior del individuo como «alma» o como «espíritu», independiente del cuerpo y del cadáver, en la que alcanza su culminación la acción divina que concede premios y castigos que habían quedado pendientes en la vida terrena (HenEt 102,4-104,13; HenEt 108; Jub 32,31). Con la esperanza de la resurrección expresada en Is 26,19; Dn 12,2, se impone también para la existencia más allá de la muerte el rasgo unitario de la antropología bíblica (estado intermedio incorpóreo: HenEt 22; 4Esd 7,32; cf. Ap 6,9; Ap 20,4; Hb 12,23). Tiene más fuerte acento helenista la contraposición entre «cuerpo perecedero» y alma espiritual (preexistente) de Sab 8,19ss; Sab 9,15; cf. 4Esd 7,88.
La tradición jesuana y los evangelios sinópticos presuponen la concepción unitaria del hombre y de su corporeidad (Mt 6,22; Mt 6,25ss par.; Lc 11,34ss; Lc 12,22ss; Mc 14,34). Sólo se establecen diferencias en lo concerniente al destino del cuerpo y del alma inmortal en las situaciones de persecución (Mt 10,28). En los enunciados acerca de la resurrección coexisten, al igual que en el judaísmo temprano, los rasgos firmemente «realistas», «corpóreos» (Mc 9,43-48; Mt 5,29ss; Mt 18,8ss; Mt 8,11 par.; Lc 13,29) con otros que acentúan los aspectos trascendentes (Mc 12,25 par.; pero cf. también los «cuerpos» de los ángeles de Ez 1,11; Ez 1,23; Dn 10,6).
Pablo utiliza con más determinación las posibilidades ofrecidas por la concepción griega del cuerpo (síntesis de todos los aspectos corpóreos del hombre en un concepto; contraposición de cuerpo y «alma», valoración más bien negativa del cuerpo). En una visión unitaria, el cuerpo es la dimensión del hombre determinante para la acción y el castigo (Rm 12,1; 2Cor 5,10). Las diferenciaciones entre cuerpo y ↗espíritu (1Cor 5,3; 1Cor 7,34), espíritu, alma, cuerpo (1Tes 5,23), evocan aspectos concretos del hombre, pero sin establecer contraposiciones valorativas entre ellos.
En otros contextos puede advertirse una diferencia —valorada de diversas maneras— entre cuerpo y persona: en vertiente antropológica-soteriológica: el «hombre interior» asiente a la ley, pero en los miembros de su cuerpo —y ésta es de hecho la dimensión determinante— habita el pecado (Rm 7,22ss); al liberarse del «cuerpo de muerte» (Rm 7,24), es decir, al recibir el bautismo, queda aniquilado el «cuerpo del pecado» (Rm 6,6); sigue existiendo la amenaza del cuerpo a través del pecado (Rm 6,12), pero sus miembros deben ponerse al servicio de la justicia (Rm 6,13; Rm 8,13; 1Cor 9,27; Gál 5,24); en casos extremos: el infractor es entregado a Satanás, de modo que su «carne» (su cuerpo) queda aniquilada, pero se salva su «espíritu» (1Cor 5,5). El cuerpo es mortal por causa del pecado, pero el espíritu «vive» por causa de la justicia (Rm 8,10); los cristianos aguardan expectantes la instauración de la filiación, la «redención de nuestro cuerpo», sometido ahora no sólo al pecado sino también a la muerte y a la corrupción (Rm 8,21ss).
— En la óptica de la confesión: el «hombre exterior» es desgarrado por los padecimientos y las persecuciones, pero el «interior» se renueva día a día hacia la plenitud de la gloria del fin de los tiempos (2Cor 4,16ss).
— En visión escatológica: con la mirada puesta en la totalidad corpórea, la resurrección significa transformación del cuerpo psíquico (anímico) procedente de Adán, con su corrupción, en un cuerpo pneumático («determinado por el espíritu») acorde con la corporeidad de Cristo resucitado, es decir, en un «cuerpo en gloria» (1Cor 15,42-53; Flp 3,20ss).
— En perspectiva cristológico-eclesiológica: mediante el bautismo, los cuerpos de los creyentes se convierten en «templo del Espíritu Santo» (1Cor 6,19; cf. 1Cor 3,17; 2Cor 6,16), en propiedad del Señor, en «sus miembros»; con ellos deben testificar, mediante un género de vida según los mandamientos, su dominio y deben glorificar a Dios en el culto (Rm 12,1; 1Cor 6,13; 1Cor 6,15; 1Cor 6,19ss; 1Cor 12,27; cf. Flp 1,20).
— En perspectiva sacramental: en contextos eucarísticos (1Cor 10,16ss; 1Cor 11,26ss) cuerpo significa «yo», «persona». El pan representa el cuerpo de Jesús en el sentido de una presencia personal del donante en su don; participación en el cuerpo sacramental significa integración en el cuerpo eclesiológico (1Cor 10,17; cf. 1Cor 12,13).
Gerhard Dautzenberg