No puede trazarse una visión bíblica unitaria, ni conceptual ni de contenido, acerca del paraíso. El término, que se remonta al persa antiguo pairidaéza, designaba, en su acepción originaria profana, una zona cercada por setos, un parque o un jardín, así en el pardesu babilónico y también en el hebreo פַּרְדֵּס [pardés] (Qo 2,5; Cant 4,13; Neh 2,8). Sólo a través de los LXX, que utilizan el término griego παράδεισος para traducir el hebreo גַּן [gan] (jardín), aplicado al jardín de Dios o jardín del Edén (Gn 2 y 3; Ez 28; cf. Si 24,30; Si 40,17.27; Sab 2,23), adquiere el término una inequívoca connotación religiosa. De todas formas, en esta traslación se percibe claramente el núcleo de la concepción paleotestamentaria del paraíso, dado que la llamada historia del paraíso de Gn 2 y 3 parte, como punto de referencia, de las concepciones de la esencia del paraíso como zona o espacio delimitado y separado.
Gn 2 y 3 expone una gran ↗etiología que retrocede hasta el «punto cero». Se trata de una narración que debe ser catalogada como «situación histórica prototípica», es decir, como protología desarrollada a través de un relato, aislada del marco de la historia universal. A este «concepto de aislamiento y delimitación» se contrapone la idea de jardín, porque el jardín, en cuanto porción espacial separada y delimitada del ámbito existencial humano, refleja «geográficamente» la intención protológica del relato. En la medida en que lo peculiar de aquel jardín se encuentra en la relación entre naturaleza y cultura, el motivo del jardín de Gn 2 y 3 acentúa la concepción antropológica de la «artificialidad natural» (H. Plessner), de tal modo que, a partir de aquí, Gn 2 y 3 puede ser designado también como una etiología de la cultura. En cuanto tal, la historia debe coordenarse claramente con las concepciones del paraíso que no se refieren a lugares de feliz disfrute, sino que describen mundos opuestos para poder eludir de este modo las experiencias deficitarias del mundo real (Theologische Realenzyklopädie 25, pág. 705). A partir de la concreción de un jardín como espacio cerrado y apartado se explica también la terminología específica de Gn 2 y 3, que habla de un jardín en el Edén (2,8) y la denominación topográfica Edén en genitivo, es decir, jardín de Edén (2,15; 3,23ss.). Sólo más tarde, la denominación local Edén se convierte en el Antiguo Testamento y más allá en designación general para referirse al paraíso que describe el jardín pretemporal. (De ahí que la Vulg. haya traducido Gn 2,8 por paradisus voluptatis.)
Las consideraciones antropológicas que se derivan de la concepción bíblica del paraíso en Gn 2 y 3 (cf. también Ez 28; 31) provocan —en cuanto que desbordan los límites del hombre en dirección al «antes» de su existencia terrena— la pregunta acerca de la frontera al final de la vida humana (individual y colectiva). La interdependencia de las preguntas condiciona que también el origen y el fin se expresen a menudo con las correspondientes concepciones. Este tipo de ideas escatologizadas, ya presente en el Antiguo Testamento, ha sido desarrollado con frecuencia en conexión con la teología de Sión (cf. Is 51,3; Is 60,13), que se encuentra tanto en la «geografía del paraíso» de Gn 2,4-10, que permite entrever que Jerusalén está fundada en el paraíso, como en el motivo de la ↗Jerusalén celeste. La idea del paraíso sigue marcando a continuación con rasgos determinantes las expectativas de salvación bíblicas, que experimentan asimismo su localización metafórica en su orientación al ↗cielo.
En esta línea se sitúan los tres datos sobre el παράδεισος (Lc 23,43; 2Cor 12,4; Ap 2,7) utilizados como «expresión de un lugar de estancia de los redimidos en el tiempo intermedio entre la muerte y la resurrección de los muertos, supraterrenal y por el momento oculto» (Exegetisches Wörterbuch zum Neuen Testament, III, págs. 40s.). El Nuevo Testamento comparte la ulterior evolución de las concepciones del paraíso del judaísmo temprano a las que se alude en algunos pasajes (cf. Rom 3,23; Rom 5,12; Lc 16,9.22ss.; Jn 14,2ss.).
Christoph Dohmen