Aun sin profesar la teoría de los cuatro elementos, los hebreos ven el agua como algo fundamental, objeto de experiencias varias y generador de diversos símbolos. En primer lugar, está el agua cósmica, que conciben repartida en dos zonas, por encima y por debajo del firmamento (Gn 1); en la tierra el agua se congrega en los mares (Gn 1) y subsiste debajo de la tierra (Sal 136). Hay como dos océanos primordiales capaces de desatarse (Gn 6). Esa agua cósmica muestra ya su polaridad de elemento que engendra vida (Gn 1) y elemento de desorden, caótico. Después se distingue entre el agua recogida en estanques o albercas y el "agua viva" de manantiales. Se distinguen los ríos de corriente perenne y los arroyos intermitentes, imprevisibles. También el agua de ríos, canales y pozos, que el hombre explota, y el agua de lluvia, que Dios envía (Dt 11,10-12); con la lluvia van el rocío, de condición benéfica, y el granizo destructor. Donde no hay agua no hay vida: por eso el desierto es la región inhabitable, y la sequía es uno de los grandes castigos (Elias, en 1Re 17; Jr 14). Por su pluralidad de funciones y su valor polar, el agua adquiere sentido simbólico en la literatura y en el ritual. Agua de purificación: ritual (Le- vítico) y poético (Ez 36; Sal 51), agua de ordalías. Agua como peligro y amenaza (Is 8 y Is 43). La sabiduría es como agua (Prov 16,22). Dios mismo está representado como agua, en su variedad y polaridad (Sal 42-43; Jr 2,13; Jr 17,13; Jr 15,18). En imágenes poéticas se presenta la lucha de Dios con el océano primordial hostil, sobre todo referida a hechos históricos (Sal 136; Is 51,9-10). Además, Dios es capaz de transformar la distinción original de agua y tierra (Sal 107,33-35), y así anuncia la transformación escatológica (Is 35; Sab 19).